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lunes, 27 de abril de 2020

Preguntas acerca de la pandemia actual desde el punto de vista de Iván Illich


por David Cayley*


La semana pasada comencé un ensayo sobre la pandemia actual en el que trato de abordar lo que considero es la pregunta central que nos plantea: ¿El esfuerzo masivo y costoso para contener y limitar el daño que el virus provocará es la única opción que tenemos? ¿Se trata de un ejercicio de prudencia obvio e inevitable emprendido para proteger a los más vulnerables? ¿O es un esfuerzo desastroso por mantener el control de lo que obviamente está fuera de control, un esfuerzo que agravará el daño causado por la enfermedad con nuevos problemas que repercutirán en el futuro? Ni bien había comenzado empecé a darme cuenta de que muchos de los supuestos de mi análisis estaban muy alejados de los que se expresaban a mi alrededor. Estos supuestos provenían principalmente, reflexioné, de mi prolongado diálogo con el trabajo de Iván Illich. Lo que esto me sugería era que, antes de poder hablar de manera inteligible sobre nuestras circunstancias actuales, primero tendría que esbozar la actitud hacia la salud, la medicina y el bienestar que Illich desarrolló durante toda una vida de reflexión sobre estos temas. En consecuencia, en lo que sigue, comenzaré con un breve resumen de cómo evolucionó la crítica de Illich a la biomedicina y luego trataré de responder a las preguntas que acabo de plantear…

Al comienzo de su libro La convivencialidad (1973), Illich describió lo que él pensaba que era el curso típico de desarrollo seguido por las instituciones contemporáneas, usando como ejemplo a la medicina. La medicina, dijo, había pasado por “dos umbrales de mutación”. El primero lo cruzó en los primeros años del siglo XX cuando los tratamientos médicos se volvieron probadamente efectivos y los beneficios empezaron –por lo general– a superar a los daños. Para muchos historiadores médicos, éste es el único punto de inflexión relevante: a partir de ese momento, el progreso seguiría indefinidamente y, aunque pudiera haber rendimientos decrecientes, en principio no habría un punto en que el avance se pudiera detener. Esto no era lo que pensaba Illich. Él planteó la hipótesis de un segundo umbral de mutación, que pensó ya se estaba cruzando e incluso sobrepasando en el momento en que él escribía. Planteó que más allá de esta segunda línea divisoria, se daría lo que llamó la contraproductividad: la intervención médica empezaría a ir en contra de sus propios objetivos, generando más daño que bien. Esto, argumentó, era característico [del crecimiento] de cualquier institución, bien o servicio: se podía identificar un punto en el que había [más que] suficiente, y después del cual habría demasiado. La convivencialidad fue un intento de identificar estas “escalas naturales”, la única búsqueda general y programática de una filosofía de la tecnología que Illich emprendió.

Dos años más tarde en Némesis Médica, más tarde retitulado en su edición final y más completa como Límites a la Medicina, Illich intentó exponer en detalle los productos y los daños que causa la medicina. En general, fue favorable a las innovaciones a gran escala en salud pública que nos han brindado buena comida, agua segura, aire limpio, eliminación de aguas residuales, etcétera. También elogió los esfuerzos que se estaban realizando en China y Chile para establecer un conjunto de herramientas médicas básicas y una farmacopea que estuviera disponible y fuera asequible a todos los ciudadanos, en lugar de dejar que la medicina desarrollara productos de lujo que permanecerían para siempre fuera del alcance de la mayoría. Pero el punto principal de su libro era identificar y describir los efectos contraproducentes que percibió se volvían evidentes a medida que la medicina cruzaba su segundo umbral. Denominó iatrogénesis a estos efectos colaterales de tener demasiada medicina, que desglosó bajo tres encabezados: iatrogénesis clínica, social y cultural. El primero lo entiende, ahora, todo el mundo: obtienes el diagnóstico incorrecto, el medicamento incorrecto, la operación incorrecta, te enfermas en el hospital, etcétera. Este daño colateral no es trivial. En un artículo en la revista canadiense The Walrus, “Los errores de sus métodos”, de abril de 2012, Rachel Giese estimó que el 7,5% de los canadienses ingresados ​​en hospitales cada año sufren al menos un “evento adverso” y 24.000 mueren como resultado de errores médicos. Casi al mismo tiempo, Ralph Nader, en Harper’s Magazine, sugirió que el número de personas que mueren anualmente en los Estados Unidos como resultado de errores médicos evitables está alrededor de 400.000. Se trata de un número impresionante, incluso si es exagerado –la estimación de Nader es dos veces más alta per capita que la de The Walrus– pero este daño accidental no fue, de ninguna manera, el interés principal de Illich. Lo que realmente le preocupaba era la forma en que el tratamiento médico excesivo debilita las aptitudes sociales y culturales básicas.

Un ejemplo de lo que llamó iatrogénesis social es la forma en que el arte de la medicina, en la que el médico actúa como sanador, oyente y consejero, tiende a dar paso a la ciencia de la medicina, en la que el médico, como científico, debe, por definición, tratar a su paciente como sujeto experimental y no como un caso único. Y, finalmente, está la última ‘herida’ que inflige la medicina: la iatrogénesis cultural. Esto ocurre, dijo Illich, cuando las habilidades culturales, desarrolladas y transmitidas a lo largo de muchas generaciones, se debilitan primero, y, luego, gradualmente, son reemplazadas por completo. Estas habilidades incluyen, sobre todo, la predisposición a sufrir y sobrellevar la realidad propia y la entereza para enfrentar la propia muerte. El arte del sufrimiento estaba siendo eclipsado, argumentó, por la expectativa de que todo sufrimiento puede y debe aliviarse de inmediato, una actitud que, de hecho, no acaba con el sufrimiento sino que lo priva de sentido, convirtiéndolo simplemente en una anomalía o un fallo técnico. Y, finalmente, la muerte estaba pasando de ser un acto íntimo y personal, algo que cada uno puede enfrentar, a convertirse en una derrota sin sentido, un mero cese del tratamiento o "no queda sino desconectarlo», como a veces se dice fríamente. Detrás de los argumentos de Illich subyace una actitud cristiana tradicional. Afirmaba que el sufrimiento y la muerte son inherentes a la condición humana, son parte de lo que define esta condición. Y argumentó que la pérdida de esta condición implicaría una ruptura catastrófica tanto con nuestro pasado como con nuestra naturaleza de seres creados. Mitigar y aliviar la condición humana era bueno, decía. Perderla por completo es una catástrofe porque sólo podemos conocer a Dios como criaturas, esto es, seres creados o dados, no como dioses que se han hecho cargo de su propio destino.

Némesis Médica es un libro sobre el poder profesional, un aspecto en el que vale la pena detenerse por un momento en vista de los poderes extraordinarios que actualmente se están asumiendo en nombre de la salud pública. Según Illich, la medicina contemporánea, en todo momento, ejerce poder político, aunque esa [condición] puede estar oculta tras la afirmación de que todo se hace en nombre del cuidado [de la salud]. En la provincia de Ontario donde vivo, la “atención en salud” supone actualmente algo más del 40% del presupuesto del Gobierno, lo que debería dejar suficientemente claro el argumento. Pero este poder cotidiano, por grande que sea, puede expandirse aún más con lo que Illich llama “la ritualización de la crisis”. Esto confiere a la medicina “una licencia que normalmente sólo los militares pueden reclamar”. Él continúa:

Bajo el estrés de la crisis, el profesional que se supone que está al mando puede arrogarse fácilmente una inmunidad a las reglas ordinarias de justicia y decencia. A quien se le asigna el control sobre la muerte deja de ser un humano corriente… Debido a que constituyen una frontera encantada que no pertenece a este mundo, el lapso de tiempo y espacio comunitario reclamados por la empresa médica son tan sagrados como sus contrapartes religiosas y militares.[1]

En una nota al pie de este pasaje, Illich agrega que “el que logra arrogarse el poder en una emergencia suspende y puede destruir cualquier evaluación racional. La insistencia del médico en su capacidad exclusiva para evaluar y resolver crisis individuales lo traslada simbólicamente al vecindario de la Casa Blanca”. Aquí hay un sorprendente paralelismo con la afirmación del jurista alemán Carl Schmitt en su Teología política de que el sello distintivo de la verdadera soberanía es el poder de “decidir sobre la excepción”. El punto de Schmitt es que la soberanía está por encima de la ley porque en una emergencia el soberano puede suspender la ley –declarar una excepción– y gobernar en su lugar como la fuente misma de la ley. Este es precisamente el poder que Illich dice que el médico “reclama… en una emergencia”. Circunstancias excepcionales lo hacen “inmune” a las “reglas ordinarias” y le dan capacidad para hacer nuevas según lo dicte el caso. Pero hay una diferencia interesante y, para mí, reveladora entre Schmitt e Illich. Schmitt está embelesado por lo que él llama “lo político”. Illich se da cuenta de que gran parte de lo que Schmitt llama soberanía escapó o fue usurpada del reino político, para investirse de ella varias hegemonías profesionales.

Diez años después de la publicación de Némesis Médica, Illich volvió sobre el tema y revisó su argumento. No renunció, de ninguna manera, a lo que había escrito anteriormente, pero sí lo amplió de forma bastante dramática. En su libro, explicaba entonces, había estado “ciego a un efecto iatrogénico simbólico mucho más profundo: la iatrogénesis del cuerpo mismo”. Había “pasado por alto el grado en que, a mediados de siglo [XX], la experiencia de ‘nuestros cuerpos y nuestras autopercepciones’ se había convertido en el resultado de conceptos y cuidados médicos”. En otras palabras, había escrito en Némesis Médica como si hubiera un cuerpo natural, situado fuera de la red de técnicas mediante las cuales se construye una percepción de sí mismo, y ahora podía ver que no existe tal punto de vista. “Cada tiempo histórico”, escribió, “se encarna en un cuerpo específico de la época”. La medicina no sólo actúa sobre un estado preexistente, sino que participa en la creación de este estado.

Este reconocimiento fue sólo el comienzo de una nueva posición por parte de Illich. Némesis Médica se había dirigido a una ciudadanía que se suponía capaz de actuar para limitar el alcance de la intervención médica. Ahora hablaba de personas cuya autoimagen estaba siendo generada por la biomedicina. En Némesis Médica había afirmado, en su primera frase, que “la medicina institucionalizada se ha convertido en una gran amenaza para la salud”. Ahora juzgaba que la mayor amenaza para la salud era la búsqueda de la salud misma. Detrás de este cambio de opinión se encontraba su sensación de que el mundo, desde entonces, había sufrido un cambio de época. “Creo”, me dijo en 1988, “que… [ha habido] un cambio en el espacio mental en el que viven muchas personas. Cierto tipo de colapso catastrófico de una forma de ver las cosas ha llevado a la aparición de una forma diferente de ver la realidad. El tema de mis escritos ha sido la percepción de sentido [perception of sense] en la manera en que vivimos; y, a este respecto, estamos, en mi opinión, en este momento, atravesando un umbral. No había esperado observar en mi vida este tránsito”. Illich caracterizó “la nueva forma de ver las cosas” como el advenimiento de lo que denominó como “la era de los sistemas” o “una ontología de los sistemas”. La era que veía terminar había estado dominada por la idea de la instrumentalidad: usar medios instrumentales, como la medicina, para lograr algún fin o bien, como la salud. La característica de esta época era que había una clara distinción entre sujetos y objetos, medios y fines, herramientas y usuarios, etcétera. En la era de los sistemas, dijo, estas distinciones se han derrumbado. Un sistema, concebido cibernéticamente, lo abarca todo, no tiene afuera. El usuario de una herramienta toma la herramienta para lograr algún fin. Los usuarios de los sistemas están dentro del sistema, ajustando constantemente su estado al sistema, a medida que el sistema ajusta su estado a ellos. Un individuo delimitado que busca el bienestar personal da paso a un sistema inmune que recalibra constantemente su límite poroso con el sistema circundante.

Dentro de este nuevo “discurso analítico de sistemas”, como lo llamó Illich, el estado característico de las personas es el "incorpóreo" [disembodiment]. Obviamente, se trata de una paradoja, por cuanto lo que Illich llamó “la búsqueda patológica de la salud» puede implicar una preocupación intensa, incesante y virtualmente narcisista sobre el estado corporal de uno. Se puede entender mejor por qué Illich la concibió como "desencarnante" [disembodying] con el ejemplo de la [mentalidad] “consciente del riesgo”, a la que consideró como “la ideología celebrada religiosamente más importante actualmente”. El riesgo era desencarnante, dijo, porque “es un concepto estrictamente matemático”. No pertenece a las personas sino a las poblaciones: nadie sabe qué pasará con esta o aquella persona, pero lo que sucederá con el agregado de esas personas puede expresarse como una probabilidad. Identificarse con este producto estadístico imaginado es comprometerse, dijo Illich, con una “intensa autoalgoritmización”.

Su encuentro más angustiante con esta “ideología religiosamente celebrada” ocurrió en el campo de las pruebas genéticas durante el embarazo. Se produjo a través de su amiga y colega Silja Samerski, que estaba estudiando el asesoramiento genético que es obligatorio para las mujeres embarazadas que están considerando hacerse pruebas genéticas en Alemania –un tema sobre el que ella escribiría después en un libro titulado La trampa de la decisión (2015)–. Las pruebas genéticas de embarazo no revelan nada definitivo sobre el bebé que espera la mujer que se somete a ellas. Todo lo que detecta son indicadores cuyo significado incierto se puede expresar en probabilidades: una probabilidad calculada en toda la población a la que pertenece la persona que se está evaluando, por su edad, sus antecedentes familiares, su etnia, etcétera. Cuando se le dice, por ejemplo, que hay un 30% de probabilidad de que su bebé tenga este o aquel síndrome, no se le dice nada acerca de sí misma o del fruto de su útero; sólo se le dice lo que podría pasarle a alguien como ella. Ella no aprende nada más sobre sus circunstancias reales de lo que revelan sus esperanzas, sueños e intuiciones, pero el perfil de riesgo que se ha determinado para su doppelgänger [doble fantasmagórico] estadístico exige una decisión. 

La elección es existencial; la información en la que se basa es la curva de probabilidad en la que la persona ha sido clasificada. A Illich esto le pareció un perfecto horror. No era que no pudiera reconocer que toda acción humana es un disparo en la oscuridad, un cálculo prudencial frente a lo desconocido. Su horror fue por ver a las personas reconcebirse a sí mismas en la imagen de un constructo estadístico. Para él, esto era un eclipse de las personas por la población, un esfuerzo por prevenir que el futuro revele algo imprevisto y una sustitución de la experiencia sentida por modelos científicos. Illich se dio cuenta de que esto estaba sucediendo, no sólo con respecto a las pruebas genéticas de embarazo, sino más o menos en todos los ámbitos de la asistencia en salud. Cada vez más personas actuaban de manera prospectiva, de acuerdo con su probabilidad de riesgo. Se estaban convirtiendo, como bromeó una vez el investigador en salud canadiense Allan Cassels, en “pre–enfermos”, siempre activos y prevenidos frente a enfermedades que alguien como ellos podría contraer. Los casos individuales se trataban cada vez más como casos generales, como instancias de cierta categoría o clase, en lugar de verse como emergencias únicas, y los médicos se convertían cada vez más en servo–mecanismos de esta nube de probabilidades en lugar de asesores íntimos atentos a las diferencias específicas y los significados personales. Esto era lo que Illich quería decir con “autoalgoritmización” o desencarnación.

Una forma de entender el cuerpo iatrogénico que Illich vio como el efecto principal de la biomedicina contemporánea es volver a un ensayo que fue ampliamente leído y discutido en su entorno a principios de la década de 1990. Con el título de «Biopolítica de los cuerpos posmodernos: configuraciones de la autopercepción en el discurso del sistema inmune», fue escrito por la historiadora y filósofa de la ciencia Donna Haraway y aparece en su libro de 1991 Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature. Este ensayo es interesante no sólo porque creo influyó en la percepción de Illich sobre cómo estaba cambiando el discurso biomédico, sino también porque viendo Haraway, yo diría, casi exactamente las mismas cosas que Illich, saca conclusiones que son, punto por punto, diametralmente opuestas. En este artículo, por ejemplo, en referencia a lo que llama “el cuerpo posmoderno”, ella dice que “los seres humanos, como cualquier otro componente o subsistema, deben localizarse en una arquitectura de sistema cuyos modos básicos de funcionamiento son probabilísticos, estadísticos”. “En cierto sentido”, continúa, “los organismos han dejado de existir como objetos de conocimiento, dando paso a los componentes bióticos”. Esto lleva a una situación en la que “ningún objeto, espacio o cuerpo es sagrado en sí mismo; y los componentes pueden estar en interfase con cualquier otro si el estándar, el código apropiado, puede construirse para procesar las señales en un lenguaje común”. En un mundo de interfaces, donde los límites regulan las “tasas de flujo” en lugar de marcar diferencias reales, “la integridad de los objetos naturales” ya no es una preocupación. “La ‘integridad’ o ‘sinceridad’ de la percepción del sí mismo occidental”, escribe, “da paso a los procedimientos de decisión, los sistemas expertos y las estrategias de inversión de recursos”.

En otras palabras, Haraway al igual que Illich, entiende que las personas, como seres únicos, estables y consagrados, se han disuelto en subsistemas que se autoregulan provisionalmente en un constante intercambio con los sistemas más grandes en los que están enredados. En sus palabras, “todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquinas y organismos… el cyborg es nuestra ontología”. La diferencia entre ambos radica en sus reacciones. Haraway, en otra parte del volumen del que proviene el ensayo que he estado citando, plantea lo que ella llama su “Manifiesto Cyborg”. Hace un llamamiento a las personas a reconocer y aceptar esta nueva situación, pero a "leerla” con una perspectiva de liberación. En una sociedad patriarcal, no hay una condición aceptable a la que se pueda tener la esperanza de retornar, por lo que ella ofrece “un argumento por el placer en la confusión de límites y la responsabilidad en su construcción”. Para Illich, en cambio, la “ontología cyborg”, como la llama Haraway, no era una opción. Para él, lo que estaba en juego era el carácter mismo de las personas humanas como seres enaltecidos con un origen divino y un destino divino. Cuando los últimos vestigios de sentido se desvanecían de la autopercepción corporal de sus contemporáneos, él vio un mundo que se había vuelto “inmune a su propia salvación”. “Llegué a la conclusión”, me dijo apesadumbrado, “de que cuando el ángel Gabriel le dijo a esa muchacha en el pueblo de Nazaret en Galilea que Dios quería estar en su vientre, señaló a un cuerpo que ha desaparecido del mundo en que vivo”.

La “nueva manera de ver las cosas” que se reflejaba en la orientación de la biomedicina equivalía, según Illich, a “una nueva etapa de la religiosidad”. Utilizó la palabra religiosidad en un sentido amplio para referirse a algo más profundo y más penetrante que la religión formal o institucional. La religiosidad es el suelo sobre el que nos paramos, nuestro sentimiento acerca de cómo y por qué las cosas son como son, el propio horizonte dentro del cual se configura el sentido. Según Illich, la calidad de cosa creada o entregada del mundo era la base de toda su sensibilidad. Lo que vio venir fue una religiosidad de total inmanencia en la que el mundo es su propia causa y no hay ninguna fuente de sentido u orden fuera de él: “un cosmos”, como dijo, “en manos del hombre”. El bien supremo en un mundo así es la vida y el deber principal de las personas es conservar y fomentar la vida. Pero esta no es la vida de la que se habla en la Biblia –la vida que proviene de Dios– es más bien un recurso que las personas poseen y deben administrar de manera responsable. Su peculiar propiedad es ser al mismo tiempo objeto de reverencia y de manipulación. Esta vida naturalizada, divorciada de su origen, es el nuevo dios. La salud y la seguridad son sus asistentes. Su enemigo es la muerte. La muerte aún impone una derrota final pero no tiene otro significado personal. No hay un momento adecuado para morir: la muerte se produce cuando el tratamiento falla o cuando se lo interrumpe.

Illich se negaba a “interiorizar los sistemas en uno mismo”. No renunciaría a la naturaleza humana ni a la ley natural. “Simplemente no puedo quitarme la certeza”, dijo en una entrevista con su amigo Douglas Lummis, “de que las normas con las que debemos vivir se corresponden con nuestra comprensión de lo que somos”. Esto lo llevó a rechazar la “responsabilidad por la salud”, concebida como una gestión de sistemas interconectados. ¿Cómo se puede ser responsable, preguntó, de lo que no tiene sentido, límite ni base? Es mejor renunciar a esas ilusiones reconfortantes y vivir en un espíritu de autolimitación que definió como “la renuncia valiente, disciplinada y autocrítica lograda en comunidad”.

Para resumir: Illich, en sus últimos años, concluyó que la humanidad, al menos en su entorno próximo, había hecho abandono de sus sentidos y se había desplazado completamente a un constructo sistémico que carece de cualquier fundamento para la decisión ética. Los cuerpos dentro de los cuales la gente vivía y caminaba se habían convertido en constructos sintéticos tejidos a partir de tomografías computarizadas y curvas de riesgo. La vida se había convertido en un ídolo cuasirreligioso, que presidía sobre una “ontología de los sistemas”. La muerte se había convertido en una obscenidad sin sentido en lugar de un acompañante inteligible. Todo esto lo expresó de manera contundente e inequívoca. No intentó suavizarlo ni ofrecer un consolador “por otro lado…”. A lo que le prestó atención fue a lo que percibió sucedía a su alrededor, y toda su preocupación era tratar de registrarlo lo más sensiblemente posible y abordarlo lo más honestamente que podía. El mundo, desde su perspectiva, no estaba en sus manos, sino en las manos de Dios.

Para el momento en que murió, en 2002, Illich se situaba a una enorme distancia de la nueva "manera de ver las cosas" que percibió se había impuesto durante la segunda mitad de su vida. Le pareció que en esta nueva "era de los sistemas" la unidad primordial de la creación, la persona humana, había empezado a perder su contorno, su distinción y su dignidad. Pensaba que la revelación en la que él tenía sus raíces se había corrompido ––la "vida en abundancia" que se prometía en los Evangelios se había transformado en una hegemonía humana tan total y tan claustrofóbica que ningún indicio de fuera del sistema podía perturbarla––. Creía que la medicina se había alejado tanto del umbral en el que podría haber aliviado y complementado la condición humana que ahora amenazaba con abolir esta condición completamente. Y su conclusión fue que gran parte de la humanidad ya no está dispuesta a “soportar… [su] rebelde, desgarrada y desorientada condición carnal”, y en vez de ello ha trocado su arte de sufrir y su arte de morir a cambio de unos años más de expectativa de vida y de las comodidades de la vida en una “creación artificial”. ¿Podemos hacer sentido de la actual “crisis” desde este punto de vista? Diría que sí, pero sólo en la medida en que podamos tomar distancia de las urgencias del momento y darnos tiempo para considerar lo que está siendo revelado sobre nuestras disposiciones subyacentes: nuestras “certidumbres”, como las llamó Illich.

En primer lugar, la perspectiva de Illich apunta a que desde hace algún tiempo hemos estado practicando las actitudes que han caracterizado la respuesta a la pandemia actual. Es sorprendente que ante sucesos que se perciben como que han cambiado la historia, o que “cambiaron todo” –como se escucha decir a veces–, a menudo las personas parecen de algún modo estar listas para que ocurran o incluso estar esperándolos sea de manera inconsciente o semiconsciente. Recordando el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el historiador económico Karl Polanyi utilizó la imagen del sonámbulo para caracterizar la forma en que los países de Europa arrastraron los pies hacia su destino: autómatas que aceptaban ciegamente el destino que proyectaban sin saberlo. Los hechos del 11 de septiembre de 2001 –el 11S, como lo conocemos ahora– dieron la impresión de ser interpretados y entendidos instantáneamente, como si todos los hubieran estado esperando para explicar el significado evidente de lo ocurrido: el fin de la “Época de la Ironía”, el comienzo de la Guerra contra el Terror o cualquier otro. Algo de esto es seguramente un truco de perspectiva por el que la retrospectiva convierte instantáneamente la contingencia en una necesidad; ya que algo ciertamente sucedió, suponemos que estaba ahí destinado a ocurrir todo el tiempo. Pero no creo que esta sea toda la explicación.

En el corazón de la respuesta al coronavirus ha estado la afirmación de que debemos actuar de manera prospectiva para prevenir lo que aún no ha ocurrido: un crecimiento exponencial de las infecciones, un colapso de los recursos del sistema médico, lo que pondrá al personal médico en la ingrata posición de realizar triaje, etc. De lo contrario, se dice que para cuando descubramos a qué nos enfrentamos, será demasiado tarde. (Vale la pena señalar, de paso, que se trata de una idea no verificable: si tenemos éxito, y lo que tememos no acontece, entonces podremos decir que nuestras acciones lo impidieron, pero nunca sabremos realmente si ese fue el caso). Esta idea de que la acción prospectiva es crucial ha sido aceptada fácilmente, y la gente incluso ha competido entre sí a la hora de denunciar a los reacios que se han resistido a aceptarla. Pero actuar de esta manera requiere experiencia [previa] en vivir al interior de un espacio hipotético donde la prevención supera a la cura, y esto es exactamente lo que Illich describe cuando habla del riesgo como “la ideología celebrada religiosamente más importante en la actualidad”. Una expresión como “aplanar la curva” puede convertirse en sentido común de la noche a la mañana sólo en una sociedad experimentada en “adelantarse a la curva” y en pensar en términos de dinámica de poblaciones en lugar de hacerlo en función de los casos concretos.

El riesgo tiene una historia. Uno de los primeros en identificarlo como la preocupación de esta nueva forma de sociedad fue el sociólogo alemán Ulrich Beck en su libro La sociedad del riesgo (1986). En este libro, Beck retrató la modernidad tardía como un experimento científico incontrolado. Por incontrolado quería decir que no tenemos un planeta libre en el que podamos llevar a cabo una guerra nuclear para ver cómo va, ni una segunda atmósfera que podamos calentar y ahí observar los resultados. Esto significa que la sociedad tecnocientífica es, por un lado, hipercientífica y, por otro, radicalmente no científica en la medida en que no tiene un estándar respecto al cual pueda medir o evaluar lo que ha hecho. Hay un sinfín de ejemplos de este tipo de experimento incontrolado: desde bebés de probeta y ovejas transgénicas hasta turismo internacional masivo y la transformación de personas en transmisores de comunicación. Todos estos ejemplos, en la medida en que tienen consecuencias imprevisibles e impredecibles, constituyen ya una especie de vida en el futuro. Y sólo porque somos ciudadanos de la sociedad del riesgo y, por lo tanto, participantes por definición en un experimento científico incontrolado, nos hemos convertido, sea paradójico o no, en seres permanentemente preocupados por controlar el riesgo. Como señalé anteriormente, se nos trata y examina para detectar enfermedades que aún no tenemos, en función de nuestra probabilidad de contraerlas. Las parejas embarazadas toman decisiones de vida o muerte basadas en perfiles de riesgo probabilístico. La seguridad se convierte en un mantra –"que te vaya bien” se traduce en “que estés seguro”–, la salud se convierte en un dios.

De igual importancia en la atmósfera actual ha sido la idolatría de la vida y la aversión a su obscenidad opuesta, la muerte. Que debemos “salvar vidas” a toda costa no se cuestiona. Esto hace que sea muy fácil comenzar una estampida. Hacer que un país entero “se vaya a casa y se quede en casa”, como dijo nuestro primer ministro hace poco, tiene costos inmensos e incalculables. Nadie sabe cuántas empresas fracasarán, cuántos empleos se perderán, cuántas personas se enfermarán por la soledad, cuántas reanudarán adicciones o se golpearán entre ellas en su aislamiento. Pero estos costos parecen soportables tan pronto como el espectro de vidas perdidas aparece en escena. Nuevamente, hemos estado contando vidas durante mucho tiempo. La obsesión con el “número de muertos” de esta última catástrofe es simplemente el otro lado de la moneda. La vida se convierte en una abstracción, un número sin historia.

Illich afirmó a mediados de los 1980 que empezó a conocer personas cuyas “autopercepciones mismas” eran producto de “conceptos y cuidados médicos”. Creo que esto ayuda a explicar por qué el estado canadiense, y los gobiernos provinciales y municipales que lo componen, no han reconocido lo que está actualmente en juego en nuestra “guerra” contra “el virus”. Protegerse detrás de las faldas de la ciencia, incluso donde no hay ciencia, y entregarse a los dioses de la salud y la seguridad les ha parecido una necesidad política. Los que han sido aclamados por su liderazgo, como el primer ministro de Quebec, François Legault, han sido aquellos que se han distinguido por su resuelta consistencia en la aplicación de la sabiduría convencional. Pocos se han atrevido a cuestionar el costo, y cuando esos pocos incluyen a Donald Trump, la autocomplacencia dominante sólo se fortalece, ¿quién se atrevería a estar de acuerdo con él? A este respecto, la repetición insistente de la metáfora de la guerra ha sido influyente: en una guerra nadie cuenta los costos ni calcula quién los está pagando. Primero, debemos ganar la guerra. Las guerras crean solidaridad social y desalientan la disidencia: aquellos que no muestren la bandera son pasibles a que se les muestre el equivalente de la pluma blanca con la que se avergonzaba a los no combatientes durante la Primera Guerra Mundial.

Al momento en que escribo este texto, a principios de abril, nadie sabe realmente lo que está sucediendo. Dado que nadie sabe cuántos tienen la enfermedad, nadie sabe cuál es la tasa de mortalidad: la de Italia actualmente se encuentra en más del 10%, lo que la colocaría en el rango de la gripe catastrófica [española] que se produjo al final de la Primera Guerra Mundial, mientras que la de Alemania está en 0.8%, lo que está más en línea con lo que sucede sin estruendo cada año: algunas personas muy mayores y algunas más jóvenes contraen la gripe y mueren. Lo que parece claro aquí en Canadá es que, a excepción de algunos sitios puntuales de verdadera emergencia, la sensación generalizada de pánico y crisis es en gran parte resultado de las medidas tomadas contra la pandemia y no de la pandemia en sí. Aquí la palabra en sí misma ha jugado un papel importante: la declaración de la Organización Mundial de la Salud de que una pandemia estaba ahora oficialmente en marcha no cambió el estado de salud de nadie, pero sí modificó drásticamente el clima público. Fue la señal que los medios habían estado esperando para introducir un régimen en el que nada más que el virus pudiera ser discutido. En este momento, una historia en el periódico que no se preocupe por el coronavirus es de hecho un escándalo. Esto genera la impresión de un mundo en llamas. Si no se habla de nada más, pronto parecerá que no hay nada más. Un pájaro, un azafrán, una brisa primaveral pueden empezar a parecer casi irresponsables: “¿no saben que es el fin del mundo?”, como se pregunta un clásico de la música country. El virus adquiere una iniciativa propia extraordinaria: se dice que hundió el mercado de valores, cerró negocios y generó pánico, como si éstas no fueran consecuencias de acciones de personas sino de la enfermedad misma.

Me pareció emblemático, aquí en Toronto, un titular en The National Post. En un tamaño de fuente que ocupaba gran parte de la mitad superior de la portada, se leía simplemente: PÁNICO. Nada indicaba si la palabra debía leerse como una descripción o una instrucción. Esta ambigüedad es constitutiva de todos los medios de comunicación, y no prestarle atención es la característica "deformación profesional" del periodista, pero resulta particularmente fácil de ignorarla en una crisis oficialmente certificada. No es el obsesivo reportaje sobre lo mismo o la incitación a las autoridades para que hagan más lo que ha trastornado el mundo: es el virus el que lo ha hecho. No culpes al mensajero. Un titular del 1 de abril en el sitio web STAT, y no creo que fuera una broma, incluso llegó a afirmar que el “Covid–19 ha hundido el barco del Estado”. Es interesante, a este respecto, realizar un experimento mental: ¿en qué nivel de emergencia nos sentiríamos que estamos si no la hubiésemos llamado pandemia y no se hubieran tomado medidas tan estrictas contra ella? Muchos problemas escapan a la atención de los medios. ¿Cuánto sabemos o nos importa la catastrófica desintegración política de Sudán del Sur en los últimos años, o los millones de personas que murieron en la República Democrática del Congo después de la guerra civil en 2004? Es nuestra atención la que constituye lo que consideramos el mundo relevante en cualquier momento dado. Los medios no actúan solos –la gente debe estar dispuesta a atender allá donde los medios dirigen su atención–, pero no creo que se pueda negar que la pandemia es un objeto construido que podría haberse construido de manera diferente.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, comentó el 25 de marzo que estamos enfrentando “la mayor crisis de la atención en salud de nuestra historia”. Si se lo entiende como refiriéndose a una crisis de salud, esto me parece una exageración grotesca. Piensen en el efecto desastroso de la viruela en las comunidades indígenas, o en una gran cantidad de otras epidemias catastróficas, desde el cólera y la fiebre amarilla hasta la difteria y la poliomielitis. ¿Puede luego realmente decir que una epidemia de gripe que parece matar principalmente a los ancianos o a los que se vuelven vulnerables por alguna otra condición previa es siquiera comparable, menos aún peor, a la devastación de pueblos enteros? Y, sin embargo, sin precedentes, lo mismo que “la mayor" del primer ministro, parece ser la palabra en boca de todos. Sin embargo, si tomamos las palabras del Primer Ministro literalmente, haciendo referencia a la atención en salud, y no sólo a la salud, la cosa cambia. Desde el principio, las medidas de salud pública tomadas en Canadá se han dirigido expresamente a proteger al sistema de atención en salud de cualquier sobrecarga. Para mí esto está señalando una dependencia extraordinaria de los hospitales y una extraordinaria falta de confianza en nuestra capacidad de atendernos unos a otros. Sea que los hospitales canadienses lleguen a estar desbordados o no, una mística extraña y temerosa parece estar presente: el hospital y su personal se consideran indispensables, incluso cuando las cosas podrían tratarse de manera más fácil y segura en el hogar. Una vez más, Illich fue profético al plantear, en su ensayo sobre las Profesiones Inhabilitantes, que las hegemonías profesionales extralimitadas minaban las capacidades populares y hacían que las personas dudaran de sus propios recursos.

Las medidas impuestas por “la mayor crisis de la atención en salud de nuestra historia” han implicado una reducción notable de las libertades civiles. Esto se ha hecho, se dice, para proteger la vida y, en la misma línea, para evitar la muerte. La muerte no sólo debe evitarse, sino también mantenerse oculta y sin considerarse. Hace años escuché una historia sobre un oyente desconcertado en una de las conferencias de Illich sobre Némesis Médica que luego se dirigió a su compañero y le preguntó: “¿Qué quiere, dejar que la gente muera?”. Quizás a algunos de mis lectores les gustaría hacerme la misma pregunta. Bueno, estoy seguro de que hay mucha otra gente mayor que se me uniría para decir que no quieren ver arruinadas las vidas de los jóvenes para poder vivir uno o dos años más. Pero, más allá de eso, “dejar que la gente muera” es una formulación muy jocosa porque implica que el poder de determinar quién vive o muere está en manos de aquel a quien se dirige la pregunta. Los nosotros a los que se imagina que tenemos el poder de “dejar morir” viven en un mundo ideal de información perfecta y dominio técnico perfecto. En este mundo no ocurre nada que no haya sido expresamente elegido. Si alguien muere, será porque se los ha “dejado… morir”. El Estado debe, a toda costa, fomentar, regular y proteger la vida: esta es la esencia de lo que Michel Foucault llamó biopolítica, el régimen que ahora nos manda sin ser cuestionado. La muerte debe mantenerse fuera de la vista y fuera de la mente. Se le debe negar sentido. Nunca a nadie le llega su momento: se los deja ir. El ángel de la muerte puede sobrevivir como figura cómica en las historietas del New Yorker, pero no tiene lugar en la discusión pública. Esto hace que sea difícil incluso hablar de la muerte como algo más que la negligencia de alguien o, al menos, como un agotamiento final de las opciones de tratamiento. Aceptar la muerte es aceptar la derrota.

Los sucesos de las últimas semanas revelan hasta qué punto vivimos totalmente dentro de los sistemas, cuánto nos hemos convertido en poblaciones en lugar de ciudadanos asociados, cuánto nos gobierna la necesidad de superar continuamente en astucia al futuro que nosotros mismos hemos preparado. Cuando Illich escribió libros como La Convivencialidad Némesis Médica, todavía esperaba que la vida dentro de límites fuera posible. Trató de identificar los umbrales en los que la tecnología debe ser restringida para preservar al mundo en la escala local, sensible y conversable en la que los seres humanos puedan seguir siendo los animales políticos que Aristóteles pensó que estábamos destinados a ser. Muchos otros tuvieron la misma visión, y muchos han intentado en los últimos cincuenta años mantenerla viva. Pero no hay duda de que el mundo del que Illich nos advirtió ha llegado a ser. Es un mundo que vive principalmente en estados desencarnados y espacios hipotéticos, un mundo de emergencia permanente en el que la próxima crisis siempre está a la vuelta de la esquina, un mundo en que el incesante parloteo de la comunicación ha estirado el lenguaje más allá de su punto de ruptura, un mundo en el que una ciencia sobregirada se ha vuelto indistinguible de la superstición. ¿Cómo entonces pueden las ideas de Illich lograr ser compradas en un mundo que parece haberse alejado del alcance de sus conceptos de escala, equilibrio y significado personal? ¿No debería uno simplemente aceptar que el grado de control social que se ha ejercido recientemente es proporcional y necesario en el sistema inmune global del cual somos, en la expresión de Haraway, “componentes bióticos”?

Puede ser, pero un viejo axioma político que se puede encontrar en Platón, Thomas More y, más recientemente, en el filósofo canadiense George Grant, dice que si no puedes lograr lo mejor, al menos evita lo peor. Y las cosas ciertamente pueden empeorar como resultado de esta pandemia. Ya se ha convertido en un lugar común algo ominoso que el mundo no será el mismo una vez que termine. Algunos lo ven como un ensayo y admiten francamente que, aunque esta plaga en particular puede no justificar completamente las medidas que se toman contra ella, estas medidas constituyen un ensayo valioso para plagas futuras y potencialmente peores. Otros lo ven como una “llamada de alarma” y tienen la esperanza de que, cuando todo termine, una humanidad escarmentada empiece a alejarse del abismo. Mi temor, y creo que muchos lo comparten, es que nos dejará una predisposición para aceptar una vigilancia y un control social mucho mayores, más telepantallas y más telepresencia, y una mayor desconfianza. En este momento, todo el mundo describe de manera optimista el distanciamiento físico como una forma de solidaridad, pero también es una práctica en considerar uno al otro, e incluso a nosotros mismos –“no toques tu cara”– como posibles vectores de la enfermedad.

Ya dije que el riesgo es una de las certidumbres que la pandemia está profundizando en el imaginario popular. Pero esto es fácil de pasar por alto puesto que al riesgo se lo mezcla muy fácilmente con el peligro real. La diferencia, yo diría, es que al peligro se lo identifica por un juicio práctico basado en la experiencia, mientras que el riesgo es una construcción estadística que corresponde a una población. En el riesgo no caben la experiencia individual ni el juicio práctico. El riesgo te dice sólo lo que sucederá en general. Es un resumen deducido de una población, no una imagen concreta de persona alguna, ni una guía sobre el destino de esa persona. El destino es un concepto que simplemente se disuelve frente al riesgo, donde todos están dispuestos, de modo incierto, en la misma curva. Lo que Illich llama “la historicidad misteriosa” de cada existencia, o, más simplemente, su sentido, queda anulado. Durante esta pandemia, la sociedad del riesgo ha alcanzado la mayoría de edad. Esto es evidente, por ejemplo, en la tremenda autoridad que se ha otorgado a los modelos [matemáticos], incluso cuando todos saben que están alimentados por poco más de lo que uno espera sean conjeturas informadas. Otro elemento que lo ilustra es la familiaridad con la que la gente habla de “aplanar la curva”, como si se tratara de un objeto cotidiano, incluso he escuchado canciones al respecto. Cuando se vuelve un objetivo de la política pública operar sobre un objeto matemático puramente imaginario, como una curva de riesgo, es seguro que la sociedad del riesgo ha dado un gran salto adelante. Creo que esto es lo que Illich quiso decir sobre lo desencarnado: lo impalpable se vuelve palpable, lo hipotético se vuelve real y el ámbito de la experiencia cotidiana se vuelve indistinguible de su representación en redacciones, laboratorios y modelos estadísticos. Los humanos han vivido, en todo momento, en mundos imaginarios, pero creo que esto es diferente. En el ámbito de la religión, por ejemplo, incluso los creyentes más ingenuos son conscientes de que los seres que invocan y a los que se dirigen en sus encuentros no son objetos cotidianos. En el discurso de la pandemia, todos se familiarizan con fantasmas científicos como si fueran tan reales como las rocas o los árboles.

Otra característica relacionada del panorama actual es el gobierno a través de la ciencia y su complemento necesario: la abdicación del liderazgo político. También éste es un campo labrado y preparado para plantar desde hace mucho. Illich escribió hace casi cincuenta años en La Convivencialidad que la sociedad contemporánea está “obnubilada por un delirio respecto a la ciencia”. Este delirio asume muchas formas, pero su esencia es construir a partir de las prácticas desordenadas y contingentes de un montón de ciencias un único becerro de oro ante el cual todos debemos inclinarnos. Es este espejismo gigante el que generalmente se invoca cuando se nos indica que “escuchemos a la ciencia” o comunica qué “muestran los estudios” o “dice la ciencia”. Pero no hay tal cosa llamada "la ciencia", sólo las ciencias, cada una con sus usos únicos y sus limitaciones particulares. Cuando “la ciencia” se abstrae de todas las vicisitudes y sombras de la producción de conocimiento, y se la eleva al rango de oráculo omnisciente cuyos sacerdotes pueden ser identificados por sus atuendos, sus posturas solemnes y sus credenciales impresionantes, el que queda maltrecho, en opinión de Illich, es el juicio político. No hacemos lo que parece bueno para nuestro rudo y simple entendimiento de cómo están las cosas aquí sobre el terreno, sino sólo aquello que puede disfrazarse como lo que la ciencia dice. En un libro llamado Rationality and Ritual, el sociólogo de la ciencia Brian Wynne examinó una investigación pública realizada por un juez de la Corte Suprema del Reino Unido en 1977 sobre la cuestión de si una nueva planta debería agregarse al complejo de energía nuclear británico. Wynne muestra cómo el juez abordó la cuestión como algo que “la ciencia” pueda responder – ¿es seguro? – sin necesidad de consultar principios morales o políticos–. Este es un caso clásico de desplazamiento del juicio político sobre las espaldas de la Ciencia, concebida en los términos mitológicos que bosquejé antes. Este desplazamiento es ahora evidente en muchos campos. Uno de sus rasgos distintivos es que los individuos, pensando que “la ciencia” sabe más de lo que sabe, imaginan que ellos saben más de lo que efectivamente saben. Ningún conocimiento real necesita respaldar esta confianza. Los epidemiólogos pueden decir con franqueza, como muchos lo han dicho, que, en el presente caso, hay muy poca evidencia sólida como para avanzar, pero esto no ha impedido que los políticos actúen como si fueran simplemente el brazo ejecutivo de la Ciencia. En mi opinión, la adopción de una política de poner en semi–cuarentena a los que no están enfermos –una política que puede tener consecuencias desastrosas en el futuro en cuanto a empleos perdidos, negocios fallidos, personas angustiadas y gobiernos asfixiados por la deuda– es una decisión política y debe ser discutida como tal. Pero, en este momento, las faldas anchas de la Ciencia protegen a todos los políticos de la mirada pública. Tampoco nadie habla de inminentes decisiones morales. La ciencia decidirá.

En sus últimos escritos, Illich introdujo, aunque nunca lo desarrolló realmente, un concepto que denominó “sentimentalismo epistémico”; no es algo fácil de retener, sin duda, pero creo que arroja luz sobre lo que está sucediendo actualmente. Su argumento, en resumen, es que vivimos en un mundo de “sustancias ficticias” y de “fantasmas administrativos” –cualquier cantidad de bienes nebulosos, desde la educación definida institucionalmente hasta la patogénica “búsqueda de la salud”, podrían servir de ejemplo– y que en este “desierto semántico lleno de ecos confusos” necesitamos “algún fetiche prestigioso” que nos reconforte como la «manta de [seguridad] Linus». En el ensayo que he estado citando su principal ejemplo es la “Vida”. El “sentimentalismo epistémico” se adhiere a la Vida, y la Vida se convierte en el estandarte bajo el que los proyectos de control social y extralimitación tecnológica adquieren calidez y brillo. Illich llama a esto sentimentalismo epistémico porque involucra a objetos construidos desde el conocimiento que luego se naturalizan al amparo de la amable tutela del “prestigioso fetiche”. En el presente caso, estamos salvando vidas frenéticamente y protegiendo nuestro sistema de atención en salud. Estos nobles objetivos dan paso a un torrente de sentimiento que es muy difícil de resistir. Para mí se resume en el tono casi santurrón con que nuestro Primer Ministro se dirige a nosotros a diario. ¿Pero quién no está en una agonía del cuidado? ¿Quién no ha dicho que nos estamos evitando unos a otros debido a la profundidad de nuestro cuidado mutuo? Este es un sentimentalismo epistémico no sólo porque nos consuela y hace que una realidad fantasmal parezca humanitaria, sino también porque oculta las otras cosas que están sucediendo, como ser: el experimento masivo de control y acatamiento social, la legitimación de la telepresencia como modo de sociabilidad y de instrucción, el aumento de la vigilancia, la normalización de la biopolítica y el refuerzo de la conciencia del riesgo como fundamento de la vida social.

Otro concepto que creo Illich aporta a la discusión actual es la idea de los “equilibrios dinámicos [multidimensionales]” que desarrolla en La Convivencialidad. Esta idea me surgió recientemente mientras leía una refutación de la posición disidente del filósofo italiano Giorgio Agamben sobre la pandemia. Agamben había escrito previamente en contra de la inhumanidad de una política que permite que las personas mueran solas y luego prohíbe los funerales, arguyendo que una sociedad que pone la «pura vida» (nuda vita) por encima de la preservación de su propia forma de vida ha aceptado lo que equivale a un destino peor que la muerte. La colega filósofa Anastasia Berg, en su respuesta, expresa respeto por Agamben, pero luego afirma que él ha perdido el rumbo. La gente está cancelando los funerales, aislando a los enfermos y evitándose unos a otros no porque la mera supervivencia se haya convertido en lo más importante de la política pública, como afirma Agamben, sino en un espíritu de sacrificio amoroso que Agamben es demasiado obtuso y teorizante para apreciar. Las dos posiciones parecen radicalmente opuestas, y la elección una de tipo “o bien lo uno, o lo otro”. Una ve el distanciamiento social, a lo Anastasia Berg, como una forma de solidaridad paradójica y sacrificada, o uno lo ve a lo Agamben como un paso fatídico hacia un mundo donde las formas de vida heredadas se disuelven en una atmósfera de supervivencia a toda costa. Lo que Illich intentó argumentar en La Convivencialidad es que las políticas públicas siempre deben apuntar a un equilibrio entre dominios opuestos, racionalidades opuestas, virtudes opuestas. Todo el libro es un intento por discernir el punto en el que unas herramientas útiles –las herramientas conviviales– se convierten en herramientas que se vuelven fines en sí mismas y comienzan a dictar el comportamiento de sus usuarios. Del mismo modo, trató de diferenciar el juicio político práctico de la opinión experta, el lenguaje casero familiar del discurso prefabricado de los medios masivos, las prácticas vernáculas de las normas institucionales. Desde entonces, muchos de estos intentos de distinción se han ahogado en el fondo monocromático del “sistema”, pero pienso que la idea aún puede ser útil. Nos anima a hacer la pregunta, ¿qué es suficiente? ¿dónde está el punto de equilibrio?

En este momento, esta pregunta no se hace porque los bienes que buscamos generalmente se consideran ilimitados: no podemos imaginar, por principio, tener demasiada educación, demasiada salud, demasiada ley o demasiado de cualquiera de los otros servicios básicos institucionales sobre los que prodigamos nuestra esperanza y nuestra sustancia. Pero, ¿y si se restituyera la pregunta? Esto requeriría que preguntemos de qué manera Agamben podría estar en lo cierto, si bien dando aún cabida al argumento de Berg. Tal vez se podría encontrar un punto de equilibrio. Pero esto requeriría cierta capacidad para sostener una mente dividida –el sello mismo del pensamiento, según Hannah Arendt–, así como el resurgimiento del criterio político. Semejante ejercicio de juicio político implicaría una discusión de lo que se está perdiendo en la crisis actual, así como de lo que se está ganando. ¿Pero quién delibera en una emergencia? Movilización total –preocupación total – la sensación de que todo ha cambiado – la certidumbre de vivir en un estado de excepción en vez de estar en tiempos normales – todas estas cosas van en contra de la deliberación política. Se trata de un círculo vicioso: no podemos deliberar porque estamos en una emergencia y estamos en una emergencia porque no podemos deliberar. La única forma de salir del círculo es por la forma de entrar –la forma creada por los supuestos que se han vuelto tan arraigados que parecen obvios–.

Illich tuvo la sensación, durante los últimos veinte años de su vida, de que estábamos en un mundo encerrado en «una ontología de los sistemas», un mundo inmune a la gracia, alejado de la muerte y totalmente convencido de su deber de gestionar cada eventualidad: un mundo, como lo dijo una vez, en el que “abstracciones fascinantes y cautivadoras del espíritu se han extendido sobre la percepción del mundo y de uno mismo como fundas de plástico para almohada”. Semejante punto de vista no se presta fácilmente a las prescripciones de políticas. Las políticas se adoptan en el momento de acuerdo con las exigencias del momento. Illich hablaba de modos de percibir, de pensar y de sentir que se habían deslizado al interior de las personas a un nivel mucho más profundo. En consecuencia, espero que nadie que haya leído hasta aquí piense que he estado haciendo propuestas simplistas de políticas en lugar de tratar de describir un destino que todos compartimos. Aun así, mi visión de la situación es probablemente lo suficientemente clara por lo que he escrito. Creo que de este túnel en el que hemos entrado –de distanciamiento físico, aplanamiento de la curva, etcétera– será muy difícil salir: o bien lo cancelamos pronto y enfrentamos la posibilidad de que todo haya sido en vano, o lo extendemos y creamos daños que pueden ser peores que las bajas que hemos evitado. Esto no quiere decir que no debamos hacer nada. Esto es una pandemia. Pero habría sido mejor, en mi opinión, intentar seguir adelante y utilizar la cuarentena selectiva para los enfermos testeados y sus contactos. Cerrar los estadios de béisbol y los grandes campos de hockey, por supuesto, pero también mantener abiertas las pequeñas empresas e intentar espaciar a los clientes de la misma manera que lo hacen las tiendas que siguieron abiertas. ¿Morirían más por eso? Quizás, pero esto está lejos de ser evidente. Y ese es exactamente mi punto: nadie lo sabe. El economista sueco Fredrik Erixon, director del Centro Europeo para la Economía Política Internacional, planteó lo mismo recientemente en defensa de la actual política de precaución sin confinamiento de Suecia. “La teoría del confinamiento”, dice, “no ha sido probada”, lo cual es cierto, y, en consecuencia, “no es Suecia la que está llevando a cabo un experimento masivo. Son todos los demás”.

Pero, para decirlo nuevamente, mi intención aquí no es cuestionar las políticas, sino sacar a la luz las certidumbres prácticas que hacen que nuestras actuales políticas parezcan incuestionables. Déjenme tomar un último ejemplo. Recientemente, un columnista del periódico de Toronto sugirió que la emergencia actual puede interpretarse como una elección entre “salvar la economía” o “salvar a la abuela”. En esta figura, dos certidumbres de primer orden se enfrentan entre sí. Si tomamos estos fantasmas como cosas reales en lugar de como construcciones cuestionables, sólo podemos terminar fijando un precio a la cabeza de la abuela. Es mejor, sostengo, tratar de pensar y hablar de una manera diferente. Quizás las elecciones imposibles que nos plantea el mundo de los modelos [matemáticos] y la gestión [burocrática] son una señal de que las cosas se están enmarcando de manera incorrecta. ¿Hay alguna manera de pasar de la abuela como “grupo demográfico” a una persona que pueda ser consolada y acompañada hasta el final de su camino; de La Economía como la máxima abstracción hasta la tienda de calle en la que alguien ha invertido todo lo que tienen y que ahora lo pueden perder? En la actualidad, «la crisis» mantiene a la realidad como rehén, cautiva en su sistema cerrado y hermético. Es muy difícil encontrar una forma de hablar en que la vida sea algo diferente y más que un recurso que cada uno de nosotros debe gestionar, conservar y, finalmente, salvar de manera responsable. Pero creo que es importante analizar detenidamente lo que ha salido a la luz en las últimas semanas: la capacidad de la ciencia médica para «decidir sobre la excepción» y luego tomar el poder; el poder de los medios para reconstruir lo que se percibe como realidad, mientras niegan su iniciativa propia; la abdicación de la política ante la Ciencia, incluso cuando no hay una ciencia; la inhabilitación del juicio práctico; el poder aumentado de la conciencia de riesgo; y la emergencia de la Vida como el nuevo soberano. Las crisis cambian la historia, pero no necesariamente para mejor. Mucho dependerá de lo que se entienda ha significado el suceso. Si en lo que venga después, las certidumbres que he esbozado aquí no se ponen en duda, entonces el único resultado posible que puedo ver es que ellas se fijarán aún más firmemente en nuestras mentes y se volverán obvias, invisibles e incuestionables.



*David Cayley es un radiodocumentalista canadiense y editor/autor de varios libros, entre ellos, Ivan Illich in Conversation (1992) y The Rivers North of the Future. The Testament of Ivan Illich as told to David Cayley (2005)


Traducción colaborativa en https://lavoragine.net/pandemia-ivan-illich/ revisada y corregida por Hernando Calla, La Paz (Bolivia), actualizada al 31 de mayo, 2020




[1] Iván Illich, Némesis Médica (1976). En Obras Reunidas I, México: Fondo de Cultura Económica, 2006 [p. 614–15]

Referencias adicionales
A continuación, algunos enlaces a los artículos que he citado antes o que influyeron en mi pensamiento sobre el tema:




https://off-guardian.org/2020/03/17/listen-cbc-radio-cuts-off-expert-when-he-questions-covid19-narrative/  (Esta historia está mal titulada –Duncan McCue no le corta la palabra al Dr. Kettner– es justamente porque Kettner llega a plantear muchos puntos fuertes que el ítem es valioso) 

https://www.journal-psychoanalysis.eu/coronavirus-and-philosophers/ (La opinión de Agamben se puede encontrar aquí junto a muchos otros materiales interesantes) 

Giorgio Agamben’s Coronavirus Cluelessness  (La crítica de Agamben por Anastasia Berg) 



jueves, 26 de marzo de 2020

ACLARACIONES por Giorgio Agamben*


Nota del traductor: Giorgio Agamben escribió un artículo sobre la respuesta al coronavirus en Italia que provocó una controversia en los medios periodísticos y entre otros filósofos europeos (algunos textos pueden leerse en inglés aquí: http://www.journal-psychoanalysis.eu/coronavirus-and-philosophers/); posteriormente, el filósofo italiano escribió estas “Aclaraciones” aduciendo que algún periodista había distorsionado y falsificado sus consideraciones sobre la confusión ética a la que la epidemia estaba llevando a su país. A continuación, mi traducción de las Aclaraciones del autor publicadas en Quodlibet el 17 de marzo de 2020 (Ver original en: https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-chiarimenti)

El miedo es mal consejero, pero hace que aparezcan muchas cosas que se fingía no ver. La primera cosa que evidencia la ola de pánico que ha paralizado al país es que nuestra sociedad no cree en nada más que la pura vida (nuda vita). Es evidente que los italianos están dispuestos a sacrificar prácticamente todo, las condiciones normales de la vida, las relaciones sociales, el trabajo, incluso las amistades, los afectos y las convicciones religiosas y políticas, al peligro de enfermarse. La pura vida –y el miedo a perderla– no es una cosa que una a los hombres, sino algo que los encierra y los separa. 

Los otros seres humanos, como en la plaga descrita en la novela de Alessandro Manzoni, son ahora vistos solamente como posibles transmisores que es preciso evitar a cualquier costo y de quienes es necesario mantenerse a una distancia de mínimo un metro. Los muertos –nuestros muertos– no tienen derecho a un funeral y no está claro que sucede con los restos de nuestros seres queridos. Nuestro prójimo ha sido cancelado y es curioso que las iglesias no se pronuncien al respecto. ¿En qué se convierten las relaciones humanas en un país que se habitúa a vivir de este modo por quien sabe cuánto tiempo? ¿Y qué cosa es una sociedad que no tiene otro valor que la sobrevivencia?

La otra cosa no menos inquietante que la primera, que la epidemia ha hecho aparecer con claridad, es que el estado de excepción al que los gobiernos nos han habituado desde hace tiempo, se ha convertido verdaderamente en la condición normal. Ha habido epidemias más graves en el pasado, pero nadie pensó por eso declarar un estado de emergencia como el actual, que nos impide incluso de movernos. Los hombres han sido tan habituados a vivir en condiciones de crisis continua y emergencia permanente que no parecen darse cuenta que su vida ha sido reducida a una condición puramente biológica y ha perdido no sólo toda dimensión social y política, sino incluso la humana y afectiva. Una sociedad que vive en un estado de emergencia permanente no puede ser una sociedad libre. Vivimos de hecho en una sociedad que ha sacrificado la libertad a supuestas “razones de seguridad” y se ha condenado por ello a vivir en un permanente estado de miedo e inseguridad.

No sorprende que se hable de guerra por el virus. Las medidas de emergencia nos obligan de hecho a vivir en condiciones de toque de queda. Pero la guerra contra un enemigo invisible que puede anidarse en cualquier otra persona es la más absurda de las guerras. Es, en realidad, una guerra civil. El enemigo no está fuera, está dentro de nosotros.

Lo que preocupa no es tanto o no es sólo el presente, sino lo que viene después. Así como las guerras dejaron como herencia a la paz una serie de tecnologías nefastas, desde alambre de púas hasta plantas nucleares, es también muy probable que aún después de la emergencia se busque continuar los experimentos que los gobiernos no lograron realizar antes: que cerremos las universidades y las escuelas y pasemos clases sólo por Internet, que dejemos de una vez de hacer reuniones para hablar de cuestiones políticas y culturales, e intercambiemos solamente mensajes digitales, y donde sea posible con la máquina sustituyamos cada contacto –cada contagio– entre seres humanos.

*Traducción de Hernando Calla (del inglés por Adam Kotsko y comparando con el original)

La Paz, Bolivia 26/03/2020

miércoles, 12 de febrero de 2020

EL MANIFIESTO CONVIVENCIAL DE IVÁN ILLICH (1973)



por Hernando Calla*

A principios de 1976, llegó a mis manos un libro delgadito para los parámetros de la época titulado “La Convivencialidad” cuyo autor era apenas conocido por alguna gente interesada en el debate sobre la educación. En efecto, Iván Illich había difundido en años anteriores una demoledora crítica de la educación escolar a través de panfletos muy difundidos como “En América Latina: ¿Para qué sirve la escuela?”,[1] y era conocido a nivel internacional haciendo dupla con Paolo Freire, el autor carioca de la “Pedagogía del Oprimido”, en un cuestionamiento de los resultados perversos de la educación escolar y de las certidumbres consagradas en las instituciones educativas de cualquier país en vías de modernización. Illich había sido incluso invitado a Bolivia por Mariano Baptista, por entonces Ministro de Educación del gobierno del General Ovando (1969-70), para dar un par de conferencias ante auditorios sorprendidos de universitarios y profesores que tuvieron que escuchar palabras poco complacientes del autor iconoclasta para con la supuesta vocación revolucionaria de los primeros o la sacrificada labor de los segundos, estos últimos intentando infructuosamente poner en vereda cada año a escolares y colegiales poco dispuestos a dejarse educar.[2]

El librito con “el manifiesto de la convivencialidad” me provocó una sensación de estar frente a un texto fundacional que develaba los profundos problemas y desequilibrios de la modernidad industrial capitalista y proponía alternativas y acciones concretas para superarla; por  ello mismo, me parecía destinado a replantear los términos del cambio revolucionario que supuestamente exigían nuestras sociedades, un debate que hasta entonces estaba prácticamente monopolizado por las corrientes marxistas, en toda la gama de su diversidad.

De cualquier modo, mi visión crítica del capitalismo se agudizó con la lectura de “La Convivencialidad”, el manifiesto elaborado por Iván Illich y discutido con otros pensadores latinoamericanos que se habían dado cita en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) que dirigía Valentina Borremans en Cuernavaca (México). En mi opinión, el manifiesto profundizaba la crítica de la sociedad contemporánea al cuestionar no solamente el modo capitalista de apropiación del excedente sino el mismo modo industrial de producción de bienes y servicios modernos.

Cuando leí el manifiesto, me quedé fascinado por la capacidad del autor para resumir los principales desequilibrios de la época moderna en un marco conceptual que parecía más apropiado a nuestra época que el marxismo. Una muestra del diagnóstico de Illich en el manifiesto, con sus resonancias aun más actuales a más de 40 años de su publicación original,[3] podría quizás justificarme:

“En la etapa avanzada de la producción en masa, una sociedad produce su propia destrucción. Se desnaturaliza la naturaleza: el hombre, desarraigado, castrado en su creatividad, queda encarcelado en su cápsula individual. La colectividad pasa a regirse por el juego combinado de una exacerbada polarización y de una extrema especialización. La continua preocupación por renovar modelos y mercancías produce una aceleración del cambio que destruye el recurso al precedente como guía de la acción. El monopolio del modo de producción industrial convierte a los hombres en materia prima de [o sobre la que] la herramienta [trabaja]. Y esto ya es insoportable. Poco importa que se trate de un monopolio privado o público, la degradación de la naturaleza, la destrucción de los lazos sociales y la desintegración del hombre nunca podrán servir al pueblo”. (p. 11)

A continuación, Illich se distanciaba de algunos de sus compañeros de viaje que habían impulsado un acercamiento de los sectores progresistas de las iglesias cristianas a los conceptos e ideologías marxistas perfilando así la que fuera conocida desde entonces como “teología de la liberación”. Decía Illich:

“Las ideologías imperantes sacan a luz las contradicciones de la sociedad capitalista. No presentan un cuadro que permita analizar la crisis del modo de producción industrial. Yo espero que algún día, con suficiente vigor y rigor, se formule una teoría general de la industrialización, para que enfrente el asalto de la crítica (...)”. (p. 11)

Por su parte, en La Convivencialidad Illich ya anticipaba algunos conceptos de dicha teoría general que parece ser aun más urgente en la actualidad, si bien su objeto seguramente sería no sólo la industrialización o, como se plantea para el caso de nuestros países poco industrializados, el “neoextractivismo” (de recursos naturales primarios) sino la llamada “globalización económica” o el “sistema económico global”.
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Uno de estos conceptos, utilizado en varios de sus análisis de la década de 1970, es la “contraproductividad” de las instituciones de la sociedad industrial moderna. Se la puede expresar en términos sencillos: cuando estas instituciones trasponen ciertos umbrales y límites críticos empiezan a generar resultados contrarios a los esperados: la educación escolar ya no suscita la cultura sino la confusión y una atrofia de la sensibilidad; los hospitales dejan de tratar las enfermedades curables y los médicos de aliviar el dolor y empiezan a aplicar tratamientos contraindicados que merman la salud o resultan fatales; el tráfico vehicular no significa más un ahorro de tiempo sino una movilidad entrabada y la permanente frustración de los usuarios.

Posteriormente, en los años 1980 Illich introdujo otro concepto clave, “el desvalor” que, en retrospectiva, parece ser aun más importante que la “contraproductividad” para el análisis del sistema económico contemporáneo. Se trata de un concepto que apunta al resultado de los mecanismos institucionales de nivelación de las culturas mediante los cuales el mercado moderno amplía su poder al haberse destruido previamente la autonomía de la gente: el desvalor, que no es un simple despojo de bienes o territorios sino una desvalorización previa de sus dueños legítimos.[4] En consecuencia, instituciones modernas como la educación, al contrario de lo que se supone, más que capacitar a las personas tendrían la función de desvalorizar a la gente para que esta pueda ser más fácilmente absorbida por la economía.  Pero volvamos al análisis todavía presentado en La Convivencialidad.


La industrialización de las necesidades

Según Illich, el modo industrial de producción fue plenamente racionalizado, por primera vez en el siglo XVII, en ocasión de la fabricación de un nuevo bien de servicio: “la educación”. Aparentemente, el servicio de educación y la institución escolar se justifican mutuamente. “El sistema escolar me ha parecido el ejemplo-tipo de un escenario que se repite en otros campos del complejo industrial”, decía Illich, “se trata de producir un servicio, llamado de utilidad pública, para satisfacer una necesidad llamada elemental”.

Pero después de intentar durante varias generaciones que este servicio promueva una mayor igualdad en el acceso a las oportunidades, se descubrió que al rebasarse ciertos límites en el impacto social que tiene el someter a la población a dosis cada vez más mayores de escolaridad, se subvierten los pretendidos propósitos de la educación como ser la iluminación de las mentes infantiles o la realización plena de las facultades humanas y se obtienen, por el contrario, sujetos escolarizados poco imaginativos o creativos  aunque muy conscientes de “su valor”, es decir, aquel que les viene asignado por el nivel que alcanzaron en la pirámide educativa.

Al respecto, conviene escuchar a Illich en sus propios términos:

“La redefinición del proceso de adquisición del saber, en términos de escolarización, no solo ha justificado a la escuela, al darle apariencia de necesidad, sino que también, simultáneamente, ha creado una nueva especie de pobres, los no escolarizados, y una nueva clase de segregación social, la discriminación de los que carecen de educación por parte de los orgullosos de haberla recibido. El individuo escolarizado sabe exactamente el nivel que ha alcanzado en la pirámide jerárquica del saber, y  conoce con precisión lo que le falta para alcanzar la cúspide. Una vez que él acepta dejarse definir por una administración, según su grado de conocimientos, acepta después, sin dudar, que los burócratas determinen sus necesidades de salud, que los tecnócratas definan su falta de movilidad. Una vez moldeado en la mentalidad de consumidor-usuario, ya no puede ver la perversión de los medios en fines, inherente a la estructura misma de la producción industrial tanto de lo necesario como de lo suntuario (...) (p. 38-9)

“El servicio educación y la institución escuela se justifican mutuamente. La colectividad sólo tiene una manera de salir de ese círculo vicioso, y es tomando conciencia de que la institución ha llegado a fijar ella misma los fines: la institución presenta valores abstractos, luego los materializa encadenando al hombre a mecanismos implacables. ¿Cómo romper el círculo? (...)”. (p. 39)


El equilibrio múltiple y las herramientas convivenciales

Al momento de publicar La Convivencialidad, él consideraba todavía posible analizar a las instituciones modernas como si fuesen otras tantas “herramientas” inventadas por el hombre para alcanzar sus fines.

“Anticipo aquí el concepto de ‘equilibrio multidimensional’ de la vida humana. Dentro del espacio que traza este concepto, podremos analizar la relación del hombre con su herramienta... Cuando una labor con herramientas sobrepasa un umbral definido por la escala ad hoc, se vuelve contra su fin, amenazando luego destruir el cuerpo social total. Es menester determinar con precisión estas escalas y los umbrales que permitan circunscribir el campo de la supervivencia humana”. (p. 11)

El “análisis dimensional” que propuso pretendía poner en evidencia el impacto ocasionado por el crecimiento institucional en varias dimensiones en las que se verifica el ‘desequilibrio múltiple’ de la vida humana en la sociedad industrial, a saber: la degradación ambiental de consecuencias ecológicas imprevisibles; la concentración del poder en las elites profesionales y la marcada polarización social en un mundo de violencia descontrolada; el crecimiento desproporcionado del conocimiento programado y know-how técnico respecto al saber vernáculo y espontáneo de los individuos arraigados en sus comunidades; la creciente impotencia e ineptitud de la gente para moldear su entorno como consecuencia del 'monopolio radical' ejercido por las instituciones dominantes y, en una quinta dimensión, la obsolescencia planificada por las industrias globalizadas que atenta contra el derecho de los seres humanos a sus tradiciones productivas y culturales (o la posibilidad de su recurso al precedente).

Como alternativa al desequilibrio múltiple de la sociedad industrial, Illich proponía una reinstrumentación de la sociedad con herramientas “convivenciales” que el hombre pueda efectivamente controlar. En la acepción que le dio al término, “convivencial” (o convivial) es la herramienta, no el hombre; el hombre que encuentra su equilibrio en el manejo preferente de herramientas convivenciales sería un hombre “austero”. La herramienta convivencial sería aquella que, al ampliar el radio de acción del individuo, no degrada su autonomía personal. Se trata de una instrumentación orientada a la generación de valores de uso y no a la producción económica de valores de cambio (es decir, productos industriales o servicios profesionales destinados al mercado global); una instrumentación que saque el mejor partido de la energía e imaginación personales, no una tecnología que avasalle y programe a las personas.

Para explicar su diferenciación entre herramientas manipulables y convivenciales, daba algunos ejemplos concretos:

“Ciertas instituciones son, estructuralmente, herramientas convivenciales y ello independientemente de su nivel tecnológico. El teléfono puede servir de ejemplo. Bajo la única condición de disponer de las monedas necesarias para su funcionamiento, cualquiera puede llamar a la persona que quiera para decirle lo que quiera: informaciones bursátiles, injurias o palabras de amor. Ningún burócrata podrá fijar de antemano el contenido de una comunicación telefónica – si acaso, podrá violar el secreto, pero asimismo puede protegerlo –... Cuando una población entera se deja intoxicar por el uso abusivo del teléfono y pierde así la costumbre de intercambiar cartas o visitas, este error conduce al recurso inmoderado a una herramienta que es convivencial por esencia, pero cuya función se desnaturaliza por haber recibido su campo de acción una extensión errónea”. (p. 43)

En otros términos, la sociedad convivencial sería aquella en que la herramienta moderna está al servicio de la persona políticamente integrada a la colectividad y no al servicio de los profesionales. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta.

El monopolio radical y la desprofesionalización

Es difícil imaginar lo que Illich propone como alternativa a los servicios profesionales. Nuestra visión de lo posible está de tal manera moldeada por las expectativas modernas que cualquier alternativa a los servicios profesionales suena como un retorno a los remedios caseros de la abuela, a la charlatanería de los pajpakus o a la falta de calificación y capacitación de los empíricos.

Pero Illich creía que la aplicación de la tecnología moderna y los conocimientos científicos podía orientarse en dos direcciones radicalmente distintas: una de ellas – la que finalmente han adoptado todas las sociedades modernas o en proceso de modernización – ejemplificada por la creciente institucionalización de los valores, la especialización de las funciones y la centralización del poder, y la otra – hoy casi inimaginable debido al monopolio radical que ejercen las profesiones sobre el imaginario social – orientada hacia una sociedad ‘desprofesionalizada’ que limita estas tendencias para dar cabida a un rango más amplio de la competencia, control e iniciativa propias de cada persona, con la sola condición de no coartar esa misma posibilidad a los demás.

Para graficar su propuesta de una desprofesionalización de la sociedad, Illich sugería, por ejemplo, romper el monopolio radical de los médicos sobre el tratamiento de las enfermedades y la atención de la salud:

“A semejanza de lo que hizo la Reforma, al arrancar el monopolio de la escritura a los clérigos, podemos nosotros arrancar el enfermo a los médicos. No es necesario ser muy sabio para aplicar los descubrimientos fundamentales de la medicina moderna, reconocer y atender la mayoría de los males curables, para aliviar el sufrimiento del otro y acompañarle cuando se aproxima la muerte. Nos es difícil creerlo, porque, complicado a sabiendas, el ritual médico nos encubre la simplicidad de los actos. Conozco una niña norteamericana de diecisiete años que fue procesada por haber atendido la sífilis  primaria de ciento treinta camaradas de escuela. Un detalle de orden técnico, señalado por un experto, le valió el indulto: los resultados obtenidos fueron, estadísticamente, mejores que los del Servicio de Salud. Seis semanas después del tratamiento ella logró exámenes de control satisfactorios de todos sus pacientes, sin excepción. Se trata de saber si el progreso debe significar independencia progresiva o progresiva dependencia”. (p. 58)

La sobreprogramación

La progresiva dependencia de los productos industriales y los servicios profesionales que caracteriza a las sociedades modernas, significa una creciente desproporción en la ingestión programada de conocimientos a través de medios formales e informales en desmedro del saber espontáneo de los individuos, el mismo que se encuentra cada vez menos informado por las tradiciones de las culturas humanas. Reflexionando sobre este creciente desequilibrio del saber, Illich se preguntaba:

“¿Dentro de qué ambiente nace el niño de las ciudades? Dentro de un conjunto complejo de sistemas que significan una cosa para quienes los conciben y otra para quienes los emplean. Colocado en contacto con miles de sistemas, colocado en sus terminales, el hombre de las ciudades sabe servirse del teléfono y de la televisión, pero no sabe cómo funcionan. La adquisición espontánea del saber está confinada a los mecanismos de ajuste a un saber masificado. El hombre de las ciudades cada vez tiene menos posibilidad de hacer las cosas a su antojo. Hacer la corte, la comida y el amor se convierte en materia docente. Desviado por y hacia la educación, el equilibrio del saber se degrada. La gente aprende lo que se le ha enseñado, pero ya no sabe por sí misma. Siente la necesidad de ser educada. El saber es pues un bien, y como todo bien puesto en el mercado, está sujeto a la escasez (...)”. (p. 83)

En la actualidad, se ha incrementado exponencialmente la información acumulada en las bases de datos virtuales y el saber cosificado que se inyecta en las cabezas de los expertos y, en dosis menores, en el conjunto de la población conectada con las terminales de los sistemas; como contraparte, se multiplican los sujetos desencarnados convertidos en subsistemas administrables o, por último, desechables del sistema global.

Con qué razón advertía Illich sobre la amenaza al equilibrio múltiple de la vida humana en la etapa de la sociedad industrial avanzada o, con mayor razón, en la actual fase de la gerencia sistémica global:

“Sustituir el despertar del saber por el de la educación es ahogar el poeta en el hombre, es congelar su poder de dar sentido al mundo.  Por poco que se le arranque de la naturaleza, que se lo prive de trabajo creativo, que se mutile su curiosidad, el hombre es desarraigado, maniatado, secado. Sobredeterminar el medio físico es hacerlo fisiológicamente hostil. Ahogar al hombre en el bienestar es encadenarlo al monopolio radical. Desbaratar el equilibrio del saber es hacer del hombre una marioneta de sus herramientas. Empantanado en su felicidad climatizada, el hombre es un gato castrado: no le queda sino la rabia que le hace matar o matarse. (p. 85)

¿Será todavía posible que el hombre pueda reaccionar a aquella amenaza que hace tiempo empezó a convertirse en una espantosa pesadilla? No lo sabemos; como tampoco sabemos si la pregunta que el teórico de la convivencialidad se hacía a continuación tendrá una respuesta afirmativa:

“Siempre ha habido poetas y bufones para alzarse contra el aplastamiento del pensamiento creativo por el dogma. Metaforizando, denuncian el literal vacío cerebral. El humor apoya su demostración: lo serio es insensato. Ellos abren los ojos a lo maravilloso, disuelven lo cierto, destierran el temor y desatan los cuerpos. El profeta denuncia las creencias, desnuda las supersticiones, despierta a la gente, saca afuera la fuerza y la llama. Las intimidaciones que lanzan la poesía, la intuición y la teoría, al avance blindado del dogma sobre el espíritu, ¿serán capaces de lograr una revolución del despertar? ...”. (p. 86)

La polarización social

En el manifiesto convivencial, Illich sentenciaba: “(...) Bajo el empuje de la mega-máquina en expansión, el poder de decisión sobre el destino de todos se concentra en las manos de algunos (...)”. Esta centralización del poder debe diferenciarse de la cuestión más visible de la concentración de la riqueza. La concentración de la riqueza en manos de las elites ha sido un rasgo constante de las sociedades tradicionales; sin embargo, al empuje de la globalización que Illich anticipaba con otros nombres, la pobreza resultante se moderniza multiplicando exponencialmente las categorías de pobres. Escribía Illich:

“La pobreza se moderniza: su umbral monetario se eleva porque nuevos productos industriales se presentan como bienes de primera necesidad, manteniéndose totalmente fuera del alcance económico de la gran mayoría. En el tercer mundo, el granjero pobre es expulsado de sus tierras por la revolución verde. Gana más como asalariado agrícola, pero sus hijos no comen como antes. El ciudadano norteamericano que gana diez veces más que el asalariado agrícola es, también, desesperadamente pobre. Los dos pagan cada vez más cara la creciente falta de bienestar” (p. 96)

Posteriormente, la crítica a la modernización de la pobreza fue profundizada por otros analistas atentos a las nuevas tendencias del desarrollo como ser el llamado “desarrollo humano” o el “desarrollo sostenible”, quienes se ocuparon de señalar cómo, a partir de estas modas, se materializaban en la conciencia social nuevos niveles de pobreza anteriormente impensables. En un artículo publicado a fines de los noventa que resumía los análisis publicados en “El Diccionario del Desarrollo (Lima, PRATEC, 1996) decíamos: “Por ello mismo, la noción del ‘desarrollo humano’ parece ser un instrumento mucho más poderoso que la del mero ‘desarrollo económico’ como arma de doble filo para modernizar la pobreza y convertir a pueblos enteros que todavía conservan su riqueza cultural en conglomerados de sujetos no solamente ‘subdesarrollados’ sino miserables, por el solo hecho de encontrarse por debajo de una imaginaria línea de pobreza crítica y absoluta. Lo peor de todo es que, una vez que estos sujetos han internalizado la imagen de sí mismos como ‘necesitados’, estarán siempre condenados a sentir necesidades que nunca podrán satisfacer en una economía cuya tendencia es generar siempre mayor escasez que los servicios que puede producir”.[5]

Para Illich, no obstante, era tanto más importante distinguir el desequilibrio registrado en la dimensión del poder:

“(...) Pero la angustia que nos oprime no debe, bajo ningún precio, impedirnos comprender bien la estructura del reparto del poder, pues ésta es la cuarta dimensión por donde el sobrecrecimiento ejerce sus efectos destructores. La industrialización sin freno fabrica la pobreza moderna. Es cierto que los pobres con ello disponen de un poco más de dinero, pero pueden hacer menos con sus pocos pesos. La modernización de la pobreza camina de la mano con la concentración del poder: ... el distanciamiento entre ricos y pobres se acentúa, porque el control de la producción se centraliza con miras a producir siempre más para mayor número. Mientras que el alza de los umbrales de la pobreza es efecto de la estructura del producto industrial, el crecimiento del distanciamiento entre inermes y poderosos es consecuencia de la estructura de la herramienta... Nunca antes la herramienta había sido tan poderosa. Y jamás había llegado a ser acaparada hasta ese punto por una elite. El derecho divino robaba menos en favor de los reyes de antaño de lo que el crecimiento de los servicios, al socaire del interés superior de la producción, roba hoy a los cuadros populares (...)” (pp. 96, 98)

Veinte años antes que el término “globalización” se volviera un término clave de la jerga contemporánea, Illich advertía cómo una misma estructura se extendía por todo el mundo provocando la moderna polarización social cuya característica decisiva era esa centralización del “control de la producción” señalada. Al mismo tiempo, advertía cómo esta polarización de las sociedades a nivel profundo podía quedar oculta por los aspectos más impactantes de la competencia entre monopolios transnacionales:

“Este monopolio, que ejerce un solo modo de producción sobre todas las relaciones productivas, es más insidioso y más peligroso que la competencia entre firmas, pero menos visible. Es fácil conocer al ganador en la competencia abierta: es la fábrica que utiliza el capital en forma intensiva; es el negocio mejor organizado; la rama industrial más esclavista y mejor protegida; la empresa que malgasta con la mayor discreción o que fabrica más armamentos. A gran escala, este curso toma la forma de una competencia entre firmas multinacionales y naciones en vías de industrialización. Pero este juego mortal entre titanes distrae la atención de su propia función ritual. A medida que se extiende el campo de la competencia, una misma estructura industrial se desarrolla a través del mundo, y polariza la sociedad (...)”. (p. 120-1)

Quien sabe hoy hubiera escrito “... a medida en que se intensifica la competencia, un mismo sistema económico global se expande por el mundo, instrumentalizando y polarizando a todas las sociedades...”, pero lo importante es subrayar la intención original de Illich de analizar la estructura profunda de la herramienta industrial. En las siguientes décadas, cambió su enfoque para dedicarse a poner al descubierto los supuestos básicos del sistema económico contemporáneo, entre ellos, la idea de la escasez postulada como una certeza autoevidente de la ciencia contemporánea y un hecho irrefutable de la condición humana. A partir de dicha premisa incorporada en las tendencias centrales del pensamiento contemporáneo, la polarización social resultante de la expansión del sistema económico sería una consecuencia inevitable del “necesario” crecimiento económico; aunque, por otro lado, la mayoría de los análisis eviten ver la estructura profunda de la discriminación social contemporánea y la consecuente polarización de niveles insospechados en las sociedades modernas.

¿Herramientas o sistemas?

Podríamos aún revisar otras dimensiones del equilibrio múltiple en las que Illich consideraba que también se habían rebasado los límites (en una quinta dimensión, la “obsolescencia programada” amenaza nuestro “recurso al precedente”) que circunscriben la supervivencia humana; sin embargo, nos parece más importante preguntarnos sobre la relevancia del enfoque adoptado por Illich al momento de escribir el manifiesto.

La primera vez que leímos “La convivencialidad”, tuvimos dificultad para aceptar su utilización en sentido amplio del significado de la palabra herramienta hasta abarcar incluso a aquellas organizaciones como las empresas transnacionales o los organismos multilaterales; lo cierto es que cuesta concebir a estas mega-organizaciones como “herramientas” en el sentido utilizado por Illich:

“Claramente, yo empleo el término ‘herramienta’ en el sentido más amplio posible, como instrumento o como medio, independiente de ser producto de la actividad fabricadora, organizadora o racionalizante del hombre o, como es el caso del sílex prehistórico, simplemente apropiado por la mano del hombre para realizar una tarea específica, es decir, para ser puesto al servicio de una intencionalidad” (p. 41)

Pero incluso antes de nuestra época de transnacionales, en los inicios de la modernidad, ya existía otro tipo de instrumentos – las máquinas” – dotados de un halo de ambigüedad que impedía verlos sin más como otras tantas herramientas de las que se sirvió el hombre milenario. En este caso, la invención de instrumentos cada vez más poderosos dio alas a aquel sueño atávico del hombre occidental en el que la máquina sustituiría al esclavo. Fue justamente en ese sentido que Illich utilizó el término máquina, como sinónimo de herramienta en la primera parte de “La convivencialidad”, al plantear su hipótesis sobre la actual crisis planetaria:

“Los síntomas de una progresivamente acelerada crisis planetaria son manifiestos. Por todos lados se ha buscado el por qué. Anticipo, por mi parte, la siguiente explicación: la crisis se arraiga en el fracaso de la empresa moderna, a saber, la sustitución del hombre por la máquina. El gran proyecto se ha metamorfoseado en un implacable proceso de servidumbre para el productor, y de intoxicación para el consumidor.

“El señorío del hombre sobre la herramienta fue reemplazado por el señorío de la herramienta sobre el hombre. Es aquí donde es preciso saber reconocer el fracaso. Hace ya un centenar de años que tratamos de hacer trabajar a la máquina para el hombre y de educar al hombre para servir a la máquina. Ahora se descubre que la máquina no “marcha”, y que el hombre no podría conformarse a sus exigencias, convirtiéndose de por vida en su servidor. Durante un siglo, la humanidad se entregó a una experiencia fundada sobre la siguiente hipótesis: la herramienta puede sustituir al esclavo. Ahora bien, se ha puesto de manifiesto que, aplicada a estos propósitos, es la herramienta la que hace al hombre su esclavo”. (p. 25)

La pregunta que podría hacerse al cabo de 40 años del manifiesto es: ¿se puede seguir considerando a las instituciones modernas, sean éstas servicios básicos (educación, salud, transporte, etc.) u organizaciones transnacionales (BM, FMI, Microsoft, etc.), como herramientas originalmente creadas para servir a la sociedad?

Una respuesta posible es que, precisamente, al rebasar los umbrales analizados por Illich, las instituciones modernas dejan de ser herramientas sociales controlables en función de los fines deseados por las colectividades humanas y se convierten en sistemas autónomos en que los individuos se encuentran incorporados ya no como sujetos independientes sino como meros operarios y usuarios.

En una conferencia sobre ‘la filosofía de los artefactos’, Illich planteaba dicha posibilidad en los siguientes términos:

“Las cosas actuales con consecuencias decididamente nuevas son los sistemas, ya que ellos están hechos de tal modo que capturan e integran las manos, oídos y ojos del que los utiliza. El objeto ha perdido su distalidad [distancia] al volverse sistémico. Nadie puede romper fácilmente los lazos creados por años de involucramiento con la televisión y la educación curricular, los cuales han convertido a los ojos y oídos en componentes de sistemas”.[6]

Si uno analiza, por ejemplo, un dispositivo moderno como el teléfono celular móvil habría que considerar que éste forma parte de complejos sistemas tecnológicos y económicos sin los cuales simplemente no podría funcionar. Es dudoso que Illich siguiera analizando este tipo de instrumento como una herramienta convivencial cuando se lo utiliza para la comunicación individual (y no sólo corporativa); la dificultad estriba en que es cada vez más difícil considerar a los celulares como meras herramientas y pareciera más apropiado verlos como componentes de sistemas que, a su vez, convierten a los hombres en meros usuarios de los servicios de telecomunicación. Pareciera que estos “servicios” sólo se sirven a sí mismos, no solamente debido a que son propiedad de empresas privadas o transnacionales sino porque redundan, en última instancia, en la integración de los individuos a un sistema productivo global. Este sistema global conspira anteladamente contra la sociabilidad natural de los hombres convertidos en usuarios de los sistemas de comunicación al destruir inexorablemente los ámbitos comunes donde antes se podían encontrar mutuamente en los lugares tradicionales.

Otra respuesta posible, también sugerida por Illich en las últimas décadas de su vida, es que las instituciones modernas tengan su origen en lo que describió a menudo con el vocablo latino corruptio optimi qua est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”), es decir, la “institucionalización de la caridad” que promovieron las iglesias a partir del tercer siglo de nuestra era podría considerarse como la corrupción de la revelación cristiana acerca de la libertad del hombre para amar a su prójimo.[7]

Con este antecedente en el cristianismo, las instituciones modernas se habrían desarrollado como instancias seculares de aquella primera institucionalización eclesiástica y podrían concebirse como una suplantación de los dones gratuitos de la condición humana, por ejemplo, la suplantación por el trasporte motorizado de la capacidad innata que tienen los hombres para movilizarse por sus propios pies. Por lo mismo, sería totalmente inapropiado considerarlas como “herramientas”; se podría verlas más bien como una anomalía misteriosa que, una vez desenmascarada, estaría condenada a desaparecer cuando se restituya al hombre la dignidad y libertad que le son propias.

Con todo, el concepto de herramienta se podía alargar también en el sentido opuesto para incluir cosas tan tradicionales como el lenguaje ordinario, la política y el derecho. El análisis de las condiciones para la inversión política de la crisis a partir de estas “herramientas” de la tradición las expuso Illich en la segunda parte de “La convivencialidad”.

Las herramientas de la tradición

Frente a la pretensión de la ciencia de proporcionar un mejor saber, Illich proponía recuperar la confianza en la palabra y en las reglas del sentido común. La ciencia se habría convertido en una empresa mistificadora que impide la creación del sentido por parte del individuo o el ciudadano. Pero escuchemos cómo lo planteaba en el manifiesto:

“Por encima de todo, el debate político está congelado por un engaño respecto a la ciencia. La palabra ha venido a significar una empresa institucional en vez de una actividad personal; la solución de un rompecabezas en vez del despliegue imprevisible de la creatividad humana. La ciencia es actualmente una agencia de servicios fantasma y omnipresente, que produce mejor saber, igual que la medicina produce mejor salud. El daño causado por ese contrasentido en la naturaleza del saber es aún más radical que el mal hecho por la mercantilización de la educación, de la salud y de la movilidad. La falsedad de la mejor salud corrompe el cuerpo social, pues cada uno se preocupa cada vez menos de la calidad del ambiente, de la higiene, de su modo de vida o de su propia capacidad de cuidar a los demás. La institucionalización del saber conduce a una degradación global más profunda, pues determina la estructura común de los otros productos. En una sociedad que se define por el consumo del saber, la creatividad es mutilada y la imaginación se atrofia”. (p. 116)

Además, Illich señalaba que el mismo lenguaje ordinario había sido degradado por el monopolio creciente del modo de producción industrial:

“Extendida por el mundo entero, esta industrialización del hombre lleva consigo la degradación de todos los lenguajes, y se hace muy difícil encontrar las palabras que hablarían de un mundo opuesto al que las ha engendrado. El lenguaje refleja el monopolio que el modo industrial de producción ejerce sobre la percepción y la motivación. En las naciones industriales, cuando el hombre habla de sus obras, las palabras que emplea designan los productos de la industria. El lenguaje refleja la materialización de la conciencia. Cuando el hombre aprende algo por la lectura dice que ha adquirido educación. El deslizamiento funcional del verbo hacia el sustantivo subraya el empobrecimiento de la imaginación social. La práctica nominalista del lenguaje sirve para marcar las relaciones de propiedad: la gente habla del trabajo que tiene. En toda América Latina, sólo los que tienen un empleo dice que tienen trabajo. Los campesinos (que son la gran mayoría) dicen que lo hacen: “se va a trabajar, pero no se tiene trabajo”. Los trabajadores modernos y sindicalizados no sólo esperan que la industria produzca más bienes y servicios, sino también más trabajo para más gente. No solamente el hacer es sustantivo, sino también el querer. La habitación es más un bien que una actividad; el abrigo se convierte en bien que uno se procura, o que reivindica al verse privado del poder de abrigarse por sí mismo. Se adquiere el saber, la movilidad, y aún la sensibilidad o la salud. Se tiene trabajo o salud, como se tiene placer”. (p. 121)

El análisis de esta degradación del lenguaje se profundizaría posteriormente cuando Illich y sus colegas percibieron la proliferación de lo que denominaron “palabras clave” (key words), los cuales amplían indefinidamente su campo semántico y, por lo mismo, se prestan a ser utilizados para significar cualquier cosa.[8] Además,  se vio que el lenguaje cotidiano era susceptible a la contaminación por parte de los desechos de los lenguajes especializados de las ciencias, las profesiones y la política, desechos que denominaron también “términos plásticos” (plastic words) y cuya característica consistía nuevamente en estar vaciados de sentido. El mismo Illich descubrió más tarde que sus análisis podían ser cooptados por las profesiones, sobre todo cuando había utilizado la terminología de la cibernética y el análisis sistémico.

En el manifiesto de 1973, él subrayaba la necesidad de recuperar el lenguaje cotidiano como una herramienta convivencial indispensable para la inversión política hacia una sociedad post-industrial:

“El código operatorio de la instrumentación industrial se incardina en el habla cotidiana. La palabra del hombre que vive como poeta es apenas tolerada como protesta marginal y siempre que no perturbe a la muchedumbre que hace cola frente al aparato distribuidor de productos. Si no accedemos a un nuevo grado de conciencia que nos permita reencontrar la función convivencial del lenguaje, no llegaremos jamás a invertir ese proceso de industrialización del hombre. Pero si cada uno se sirve del lenguaje para reivindicar su derecho a la acción social más que al consumo, el lenguaje se convertirá en el medio para restituir a la relación del hombre con la herramienta su transparencia”. (p. 123)

No obstante, la sola reivindicación del lenguaje ordinario no bastaba. Illich planteó también la necesidad de recuperar la política y el Derecho. Contra toda la evidencia que desde siempre apunta a que no solo la policía, sino también los órganos legislativos y los tribunales han sido requisados para servir de instrumentos de los ricos y los poderosos y sobre todo para proteger la propiedad privada, Illich consideró estas evidencias como sintomáticas de una perversión de la estructura profunda que subyace al Derecho. Decía Illich:

“Los hombres han perdido la confianza en los procedimientos disponibles, no porque éstos hayan sido pervertidos en sí mismos, sino por el uso abusivo que constantemente se hace de ellos. Son utilizados para atiborrar a la gente con argumentos éticos, políticos o legales. Se han convertido en engranajes de la producción ilimitada. Las iglesias predican la humildad, la caridad y la pobreza, y financian programas de desarrollo industrial. Los socialistas se han convertido en defensores sin escrúpulos del monopolio industrial. La burocracia del Derecho se ha aliado a las burocracias de la ideología del bienestar general, para defender el crecimiento de la herramienta. Pronto será el computador el que decida ideas, leyes y técnicas indispensables al crecimiento. (p.125)

A pesar de todo, él pensaba que era necesario recuperar aquellos procedimientos tradicionales. Planteó el paradigma del Derecho anglosajón como un procedimiento formalmente contradictorio y, por lo mismo, útil para zanjar las disputas entre las partes en conflicto; en nuestro caso, como una estructura potencialmente eficaz para la limitación de las instituciones industriales que permita la reconstrucción social.

“Si no nos ponemos de acuerdo sobre un procedimiento eficaz, duradero y convivencial, con el fin de controlar la instrumentación social, la inversión de la estructura institucional existente no se podrá iniciar y menos mantener. Siempre habrá administradores que quieran aumentar la productividad de la institución, y tribunos que prometan la luna a las multitudes ávidas”. (p. 125)

La encarnación del verbo en la historia

El último capítulo de “La convivencialidad” derrama elocuencia en favor de la recuperación del Derecho y la política como alternativas a la administración tecnoburocrática de la crisis global. Dejemos hablar al manifiesto en sus propios términos:

“Si en un futuro próximo la humanidad no limita el impacto de su instrumentación sobre el ambiente y no pone en obra un control eficaz de nacimientos, nuestros descendientes conocerán el espantoso apocalipsis anticipado por muchos ecólogos. La sociedad puede aislar su supervivencia dentro de los límites fijados y reforzados por una dictadura burocrática, o bien reaccionar políticamente a la amenaza, recurriendo a los procedimientos jurídico y político. La falsificación ideológica del pasado nos vela la existencia y la necesidad de esta elección (…).

“La instalación del fascismo tecnoburocrático no está escrita en las estrellas. Existe otra posibilidad: un proceso político que permita a la población determinar el máximo que cada uno puede exigir, en un mundo de recursos manifiestamente limitados; un proceso consensual destinado a fijar y mantener límites al crecimiento de la instrumentación; un proceso de estímulo a la investigación radical, de manera que un número creciente de gente pueda hacer cada vez más con cada vez menos. Un programa así puede aún parecer utópico a la hora actual; si sigue agravándose la crisis, pronto revelará un realismo extremo”. (p. 133-4)

Illich conjeturaba sobre la agravación de la crisis global y la eventualidad de que, obnubiladas las elites y los partidos tradicionales a consecuencia de una catástrofe planetaria, surjan fuerzas sociales que sean capaces de recuperar el lenguaje ordinario y las herramientas jurídica y política a fin de lograr la reinstrumentación convivencial de la sociedad.

“Los procedimientos político y jurídico van encajados estructuralmente el uno en el otro. Ambos conforman y expresan la estructura de la libertad dentro de la historia. Reconociendo esto, el procedimiento formal puede ser la mejor herramienta teatral, simbólica y convivencial de la acción política. El concepto del Derecho conserva toda su fuerza, aun cuando la sociedad reserve a los privilegiados el acceso a la maquinaria jurídica, aun cuando, sistemáticamente, escarnezca a la justicia y vista al despotismo con el manto de simulacros de tribunales. Cuando un hombre defiende el recurso al lenguaje ordinario y al procedimiento formal, mientras sus compañeros de revolución le arrastran al banquillo de los acusados, este recurso a la estructura formal, inscrito en la historia de un pueblo, sigue siendo la herramienta más poderosa para decir la verdad, para denunciar la hipertrofia cancerosa y la dominación del modo de producción industrial como la última forma de idolatría. La angustia me aprisiona cuando veo que nuestra única posibilidad para detener la marejada mortal está en la palabra, más exactamente en el verbo, que ha llegado a nosotros y se encuentra en nuestra historia. Sólo dentro de su fragilidad, el verbo puede reunir a la multitud de los hombres para que el alud de la violencia se transforme en reconstrucción convivencial”. (p. 144-45)

En la última alusión, Illich no se refería  a los intelectuales, supuestamente responsables de utilizar el verbo o la palabra para la crítica y la denuncia, sino a los hombres y mujeres que han recuperado la confianza en el poder de la palabra convivencial (o convivial) – actualmente humillada por el lenguaje de los especialistas o los ideólogos que bloquean la comprensión profunda de la crisis – para decir la verdad y convocar a los demás a oponerse conjuntamente al proceso de desintegración del mundo en el sistema global.

La Paz - Bolivia, 9 de diciembre, 2011 (revisado el 12 Feb. 2020 en ocasión del lanzamiento de Segundo Manifiesto Convivialista. Ver: http://convivialisme.org)

* El autor es traductor/editor independiente (Contacto: + 591-2-70136985, hernando_calla@yahoo.com)



[1] Illich, Ivan, «The futility of schooling in Latin America», Saturday Review, April 20, 1968. Saturday Review Magazine Co., New York. Ed. española: En América Latina ¿Para qué sirve la Escuela?; ed. Búsqueda, Buenos Aires, 1973 
[2] Illich, Iván, «Bolivia y la revolución cultural», Nuevos caminos, Ministerio de Educación, La Paz, 1970.
[3] Ivan Illich, Tools for Conviviality. Calder & Boyars, London. 1973. Edición española: La Convivencialidad. Barcelona: Barral Editores, 1974 (los números de página de cada párrafo citado corresponden a esta última)
[4] Ver I. Illich “El desvalor y la creación social del desecho”. Tecno-política. Doc. 87-03; o también “Desvalor” en “IVÁN ILLICH: OBRAS REUNIDAS II”. México: FCE, 2008, pp. 477-488.
[5] Hernando Calla, 50 Años de Discurso del Desarrollo. Artículo publicado en “El Malpensante” de La Razón. La Paz, enero 23, 1999
[6] Ivan Illich, Philosophy... Artifacts... Friendship. Ponencia leída en la reunión anual de The American Catholic Philosophical Association en Los Angeles, California, Marzo 23, 1996.
[7] Iván Illich, Los ríos al norte del futuro. Conversaciones con David Cayley. México: Aliosventos Ediciones, 2019.
[8] Ivan Illich, “El Género Vernáculo”. En: OBRAS REUNIDAS II”. México: FCE, 2008, pp. 186-187.

martes, 11 de febrero de 2020

Segundo Manifiesto Convivialista




Capítulo II: Del convivialismo*

El convivialismo es el nombre que damos a todo aquello que contribuye, en las doctrinas y tradiciones, contemporáneas o antiguas, laicas o religiosas, a la búsqueda de principios que permitan a los seres humanos rivalizar sin enemistarse, a fin de cooperar mejor y progresar en humanidad con plena conciencia de la finitud de los recursos naturales y compartiendo la preocupación por el cuidado del mundo. Aspira a ser una filosofía de la convivencia, del arte de vivir junto a otros; no se trata de una nueva doctrina que vendría en reemplazo de otras ideologías, pretendiendo cancelarlas o superarlas radicalmente. Es un movimiento de cuestionamiento mutuo entre diferentes surgido del sentimiento de extrema urgencia frente a las múltiples amenazas que penden sobre el futuro de la humanidad. Pretende preservar lo que hay de más preciado en las doctrinas y tradiciones que hemos heredado.

¿Qué es lo que hay de más preciado? ¿Y cómo se puede definir y entender? Para estas preguntas no existe y no puede –no debe– existir una sola e inequívoca respuesta. Depende de cada uno de nosotros encontrar la respuesta en particular. Sin embargo, hay un criterio definitivo que nos orienta respecto a aquello que podemos preservar de cada doctrina en una perspectiva de universalización (o pluriversalización), tomando en cuenta tanto la amenaza de un posible desastre como la esperanza en un futuro mejor. Con seguridad se debe preservar de cada doctrina: lo que hace posible entender cómo controlar la desmesura y el conflicto de manera que no se tornen violentos, lo que alienta a la cooperación, y lo que abre el camino del diálogo y la confrontación de ideas dentro del marco de una ética de la polémica.

Estas consideraciones son suficientes para esbozar los lineamientos generales de un ideario universalizable, adaptado a las emergencias mundiales del presente, aunque su aplicación concreta sea necesariamente local y coyuntural. Y aunque sea obvio que habrá tantas versiones diferentes, y posiblemente conflictivas, del convivialismo como las hay del budismo, el islam, el cristianismo, el judaísmo, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, etc. (y, en sentido inverso, podrá haber unas variantes budistas, islamistas, liberales o socialistas del convivialismo) Si no por otras razones, porque el convivialismo de ninguna manera pretende cancelar estas religiones o doctrinas. En el mejor de los casos, puede ayudar a “superarlas” (aufheben), es decir a considerarlas en una perspectiva de síntesis, destacando sus puntos de convergencia para imaginar mejor un futuro humanamente sostenible.

Principios convivialistas generales

Las únicas políticas legítimas, pero también la única ética aceptable para nosotros, son aquellas que se inspiran en los cinco principios siguientes: los principios de la naturalidad común, la humanidad común, la socialidad común, la individualidad legítima y la oposición creativa. Estos cinco principios se subordinan al imperativo categórico del control de la hybris.

El principio de la naturalidad común: los humanos no viven fuera de una Naturaleza, de la que deberían volverse los “amos y señores”. Como todos los seres vivos, ellos forman parte de ella y están en interdependencia con ella. Tienen la responsabilidad de cuidar de ella. Si no la respetan, es su sobrevivencia ética y física lo que se pone en peligro.

El principio de la humanidad común: más allá de las diferencias de color de la piel, nacionalidad, idioma, de cultura, religión o riqueza, no existe más que una sola humanidad, que debe respetarse en la persona de cada uno de sus miembros.

El principio de la socialidad común: los seres humanos son seres sociales para los cuales la mayor riqueza es la amplitud de las relaciones concretas que mantienen entre ellos, en el marco de asociaciones, sociedades o comunidades de tamaño y naturaleza variable.

El principio de la individuación legítima: en concordancia con estos tres primeros principios, las políticas legítimas son aquellas que permiten a cada individuo desarrollar su individualidad plena mediante el desarrollo de sus capacidades, de su poder para ser y actuar, sin negar lo mismo a otros, en la perspectiva de una igual libertad. A diferencia del individualismo, donde el individuo sólo cuida de sí mismo desembocando así en la lucha de todos contra todos, el principio de la individuación legítima sólo reconoce el valor de los individuos que afirman su singularidad respetando su interdependencia con los otros y con la naturaleza.

El principio de oposición creativa: debido a que cada quien está llamado a expresar su individualidad singular, es natural que los humanos se opongan entre sí. Pero sólo es legítimo que lo hagan en la medida en que no pongan en peligro el marco de la común humanidad, socialidad y naturalidad que hace de la rivalidad algo fecundo y no destructivo. La política inspirada por el convivialismo es entonces la política que permite a los seres humanos diferenciarse poniendo la rivalidad al servicio del bien común. Lo mismo es cierto para la ética.

A estos cinco principios, y de manera transversal a todos ellos, se añade un imperativo:

EL IMPERATIVO DE CONTROLAR LA HYBRIS. La primera condición para que la rivalidad y la emulación sirvan al bien común es que esté desprovista del deseo de omnipotencia, de la desmesura, de la hybris (y con mayor razón, de la pleonexia, del deseo de poseer siempre más).  Con esta condición, se convierten en una rivalidad para cooperar mejor. Dicho de otra manera, buscar ser el mejor es altamente recomendable si se trata de sobresalir, a la medida de sus posibilidades, en la satisfacción de las necesidades de los otros, de ofrecerles lo más y mejor posible. He aquí algo muy distinto al deseo de ganar a cualquier precio, quitando a los demás lo que les toca. Este imperativo de control de la hybris es en realidad un meta-principio, el principio de principios. Impregna a todos los demás y ha de servirles de regulador y protección. Puesto que cada principio, empujado hacia su extremo y sin ser moderado por los otros, corre el peligro de convertirse en su contrario: el amor a la Naturaleza o a la humanidad en abstracto, en odio a los hombres concretos; la socialidad común en corporativismo, en clientelismo, en nacionalismo o en racismo; la individualidad en un individualismo indiferente a los demás; la oposición creativa en pelea de egos, en narcisismo de la pequeña diferencia, en conflictos destructivos. Puede decirse entonces que este meta-principio es un imperativo “categórico”.

* Extractado de "Second Manifeste Convivialiste. Pour un monde post-néolibéral", editado por Actes Sud, publicada el 20 Feb. 2020. [Traducción por Hernando Calla (no autorizada) de fragmento del capítulo II, ver original francés en: http://convivialisme.org/extraits/chapitre2]

Una versión abreviada del Segundo Manifiesto Convivialista, acaba de salir en inglés la edición de junio 2020 de Civic Sociology, una Revista publicada por University of California Press. Se puede acceder en: https://civicsociology.scholasticahq.com/article/12721-the-second-convivialist-manifesto-towards-a-post-neoliberal-world