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domingo, 6 de junio de 2021

Lengua, educación y violencia

por Luis Rojas Aspiazu *


2.    El derecho a ser universales


Universalidad fidedigna

La civilización occidental penetra en tiempos y lugares como inapelable normalidad y normatividad de las maneras de ser y pensar, de las conductas cotidianas, de las formas de educarse, de la imposición de valores y hábitos, deseos y nostalgias:

...cuando vienen por aquí

esos hombres de aire arrogante

siempre llegan de mal seño a mi casa

y como hurones buscan y rebuscan

por todos los rincones

mis anhelos, mis esperanzas,

mis ilusiones.

[...]

Cuando yo sufro

sufren los pajonales

se rasgan los ojos

las piedras y los canchales

y se despojan de su vellón las vicuñas.

Cuatro siglos de salvaje rencor

me queman sin tregua las entrañas.

Uñas de mil dedos iracundos

me desgarran el pecho

y caballos con heridas mortales

me hincan sus dientes agónicos de dolor.

(Primo Castrillo, Voz aymara)

Sobre las lenguas ancestrales pesa el arrinconamiento por su "no universalidad". Esta postergación se produce en las universidades, en los colegios u otros espacios, unas veces por considerarse al quechua y al aymara lenguas no utilizables en los ámbitos a los que quiere ascender socialmente y, otras, porque se evita volver a esa parte de mundo interior que en la escuela comenzó a ser cohibida.

Tal actitud ante lenguas consideradas "no universales" se encuentra, por ejemplo, en los manuales de enseñanza de estas lenguas; se reducen a presentar diálogos referidos a los avatares de gallinas, cerdos, patos, y estampas campesinas folklorizadas, estereotipadas: hombres arando, mujeres hilando o cocinando; niños entre ollas y perros, llorando.

En tales textos no se vislumbra el sentido de vida con despliegues de universalidad del hombre y de la mujer quechuas; menos admitirán que las culturas andinas --concentradas en sí mismas y en los lugares con los que se consustancian desde siempre-- son semilla y muestra de fidedigna universalidad y anuncio del final de la violencia multiforme de la "universalidad" de la civilización occidental.

Atiy y taypi yuyay

La idea de que se vayan creando uno, dos y muchos espacios-tiempo para cultivar un yuyay (vivir-pensar-vivir-recordar-vivir...) poderoso (atiyniyoj) y con gravidez de taypi (centro en aymara) al que, por tanto, vengo llamando (sin excluir otros nombres igualmente apropiados) taypi yuyay, va siendo resultado de una germinación microscópica --así ocurre con todo lo esencial-- como "acumulación", convergencia, intensificación y expansión de miles y miles de cursos de vida como los de Valentín, Calisaya, jóvenes quechuas, "con garra para ya no ser esclavos", Justino Quispe y los hermanos de sus hermanos que como ríos que salen del gran cauce se adelantan al ayllu, a la comunidad, al nosotros y vuelven con atiy fortalecido, con yuyay enriquecido, precisados de lugares-momentos que concentren el aliento y den continuidad a los aprendizajes cumplidos en la intemperie sin colegios ni universidades.

El encuentro con Valentín me llevó a meditaciones punzantes, con la sensación, como fondo, de haber transitado por caminos eriales, particularmente el del colegio, y que me quedaba el de la universidad. Recordé el primer "laboratorio" de Valentín; para llegar a él, teníamos que atravesar un canchón en el que se alojaban arrieros con sus llamas. Era un cuarto oscuro, arrinconado, la poca luz provenía de resquicios entre el techo y una chimenea conectada con una chhaqa ('fogón para la fabricación de chicha') en desuso. Valentín iluminaba su laboratorio con una combinación de velas y mecheros. Prefería su laboratorio a ir a la escuela. Cuánto atiy --como el de Valentín-- marginado, detenido, empequeñecido por una escuela estrictamente contraria a la postulada por Elizardo Pérez y Avelino Siñani: una escuela donde el atiy estalle, florezca, se vista de resplandores:

Atiy-poder; / atiy-triunfo; / atiy-plenitud; / atiy-vida; / atiy-comunidad.

Atiy que proporcione la grandeza de ser presencia ineludible como la del adolescente que preguntaba cuando Elizardo Pérez volvía a Warisata de sus viajes a la ciudad de La Paz: "y el mundo ¿qué dice de nosotros?".

Existe dificultad para entender el significado cabal de lo que es atiy, dificultad que abarca a la lengua como conjunto debido a las resonancias de las palabras castellanas y a la invasión de instituciones (religiosas, políticas, desarrollistas, educativas) encubridoras y deformantes de aspectos periféricos de la cosmovisión. Estas resonancias, encubrimientos y deformaciones impiden entender, por ejemplo, que el fortalecimiento y despliegue del atiy está consustanciado con el enriquecimiento de bienes del corazón que se manifiesta como khuyay ('amor fraterno y cuidadoso'). Poco tiene que ver con ciertas capacitaciones ofrecidas por instituciones bien intencionadas.

En castellano se encuentran separados en diversos términos significados que están concentrados en atiy, dependiendo esta concentración del yuyay ('vivir-pensar-recordar-vivir...')

Como podrá verse no estoy en la tarea de precisar aspectos de traducción entre dos lenguas de la misma "estirpe", como serían, por ejemplo, el castellano y el italiano. Se trata de establecer puentes entre cosmovisiones por el camino compatibilizar, contrastar, comparar aspectos contenidos en palabras correspondientes a lenguas de culturas radicalmente diferentes, como el quechua y el castellano. Los diccionarios son elaborados sin tener en cuenta esta situación. Lo cierto es que habría que idear diccionarios que extiendan puentes sobre los abismos que separan a las culturas. Lo que no nos haría olvidar el atiy de Simón.

El Atiy de Simón

En un territorio que vengo llamando la diagonal de la pobreza impuesta y de la resistencia y persistencia cultural, extendido desde un lugar del Beni hasta otros de Potosí y Chuquisaca, pasando por La Paz y Cochabamba, estuve en una comunidad quechua en la que conocí a Simón, joven que se distinguía por la forma en que expresaba el atiy. Simón con mucha perseverancia consiguió una máquina de coser y bordar. Adquirió una destreza ejemplar para producir los bordados que son parte relevante de la vestimenta tanto de varones y mujeres --particularmente jóvenes-- de la comunidad. Lo hacía con entusiasmo, cuidado y cariño, su realización era ver a la comunidad vestida con la elegancia que hacía honor a sus costumbres. Era el atiy de Simón.

El atiy es un conjunto de cualidades que implican poder con el significado más amplio e integrado a la palabra.

El atiy implica amor a sí mismo, orgullo de tener el poder para ejercitar "artes", "técnicas" y "ciencias", que permitan vivir conocer y situarse en un mundo solidario.

El atiy es una de las manifestaciones del vivir en comunidad dentro de una forma de producción, la andina, lo que da fundamento a su desarrollo como ininterrumpida actualización de la persona en un afán cotidiano de afirmación, poder y triunfo.

Es el hecho y forma de aparecer en comunidad: el vestir, el trabajar la tierra, construir las herramientas, confeccionar la ropa, cumplir el ritual y la fiesta; y, por último, "sobrevivir" y pelear en un mundo convertido en mercado, con modalidades y resultados obligados por esta adversidad; es el caso del migrante que "triunfa" en países lejanos, enfrentando situaciones extrañas y desventajosas; otro ejemplo lo encontramos en la modalidad que cobra el atiy del dirigente de movimientos sociales amenazado de sucumbir en los laberintos de la violencia estatal.

Yuyay

El yuyay, vida-pensamiento-memoria-vida... sin desgajarse, sin separarse de este lugar que se articula con otros lugares.

Encontrarse siempre, estar presente ante uno mismo, mostrarse, estar aquí, espontáneamente: pensamiento-memoria-yo-nosotros, lugar y tiempo concentrados, tierra, semilla, flor, fruto transmutados... Yuyay es el fluir pausado, constante, del vivir y el conocer inseparables.

Aquí no hay impostura; no, "yo pienso, tú obedeces"; "yo nací para pensar, tú para trabajar"; "yo para educar, tú para educarte".

El arrinconamiento de la lengua propia, el bloqueo de formas y contenidos absorbidos de la geografía y de los reservorios mentales es invisibilización y, en el fondo, --paradójicamente-- persistencia y maduración, presencia creciente del yuyay.

Yachachiy

Valoro la experiencia educativa de Jesualdo en el Uruguay, y la de Pérez y Siñani en Bolivia, como las más significativas realizadas en Nuestra América durante el siglo pasado. En una oportunidad, le expresaba a Jesualdo que su experiencia en la escuelita de Las Canteras podía ser interpretada y explicada con el término quechua yachachiy. Jesualdo escuchó con aprecio mi breve exposición sobre el contenido de yachachiy. Fácil era percibir que el olvidado educador uruguayo buscaba la fundamentación de su original trabajo en la revisión crítica de las corrientes psicológicas y pedagógicas europeas; la burocracia pedagógica no le concedió tiempos y espacios para elaboraciones exhaustivas, urdió motivos para enjuiciar penalmente su trabajo.

No sería arduo fundamentar una educación orientada por el yachachiy; pero por aquí ocurre lo que en otras partes no es posible: tapar el sol con un dedo, el dedo de la "incuestionable universalidad" del pensamiento occidental; entonces nos quedamos exclamando ¡oh, Vigotsky!, ¡oh, Piaget!, ¡oh, Bélgica!, ¡oh...!, ignorando, por ejemplo, que el término yachachiy está ofreciéndonos lo que sin resultado se busca en otras partes.

Una práctica educativa con base en el yachachiy lleva a descubrir a un educador que crea condiciones, toca puntos sensibles, toma actitudes, proporciona elementos que permiten que se produzca el aprendizaje con plena responsabilidad y movilización de quien recorre el camino de llegar a persona  (runayay). Yachachiy, formando un tríptico con yuyay y atiy, proporciona los fundamentos de un modo de educarse, el que precisamos.

El yachachiy supera la dicotomía enseñar-aprender con la absorción del enseñar por el aprender. Encontraremos que es inútil esforzarse en mostrar que en quechua existe el término enseñar y esto me lleva al comentario que sigue.

En este afán de pregonar la ineludible necesidad de la comunicación en quechua, encontré un criterio muy útil para percibir y valorar los significados y sentidos de las palabras quechuas: el criterio de ausencia. Cuando en quechua no se encuentra un término que en castellano existe se atribuye al "subdesarrollo" del quechua y se intenta llenar forzadamente ese vacío. Por el contrario, ocurre que esos vacíos tienen sentido y significado, como dirían los poetas, "son ausencias que son presencias". Es el caso de la ausencia de enseñar en la lengua quechua.

* Luis Rojas Aspiazu (1929-2020) A un año de su partida (1ro de junio, 2020), compartimos un capítulo de su "Lengua, educación y violencia" (Cochabamba: Ediciones Runa, 2003) como un homenaje a su fecunda vida dedicada a pensar y hacer desde las culturas andinas y recordando su cálida existencia en la que encarnó armoniosamente el pensar, vivir, recordar (yuyay) del que habla en este libro. (La foto es de la portada de otro libro compilado por Luis Rojas en 1978 con reflexiones de varios autores sobre el proyecto "Ayni Ruway en América Latina. Educación y desarrollo)



viernes, 14 de mayo de 2021

Reverencia andina. Motivos rituales y consecuencias políticas en el Estado plurinacional


Compartimos un fragmento de la exploración etnográfica del antropólogo Into Goudsmit sobre los rituales andinos en el norte de Potosí que tuve el privilegio de traducir hace unos años y que acaba de ser publicada por IFEA/Plural editores. Una etnografía fantástica fruto de una inmersión profunda en la vida ritual de una comunidad indígena en la misma década inicial del Estado plurinacional.

Reverencia andina. Motivos rituales y consecuencias políticas en el Estado plurinacional

por Into Goudsmit
[.....]

Capítulo 1

El ritual del llanthuuna experiencia del orden cósmico

A pesar de la estática, el Big Ben estaba llegando hasta mis oídos. Después de un día de arduo trabajo, labrando la tierra con don Julián, me encontraba recostado en mi cama escuchando el servicio internacional de la BBC a través de mi radio Sony. Fue una jornada decepcionante. Habíamos cosechado el único terreno pequeño de la familia con michkha, papa cultivada con riego. Lo que pudimos recoger era una lástima, la mayor parte había sido comida por el urogallo. En términos generales, la papa por cosechar se encontraba en estado lamentable. No había llovido durante más de un mes desde los primeros días de diciembre.

 

El radionoticioso había terminado cuando abrí los ojos. A la luz tenue de la lámpara de parafina que iluminaba nuestro pequeño dormitorio y despensa familiar de granos y tubérculos, me di cuenta de que algo importante estaba ocurriendo. Don Julián y Remo estaban sentados al borde de la otra cama, hablando quedamente. Se encontraban leyendo hojas de coca extendidas sobre una pequeña tela en el regazo de don Julián. No hace mucho que había estado preocupado por una herida en uno de sus toros y la falta de lluvia. Mediante las hojas de coca, Wirjina, la Virgen tierra, estaba hablando con él, aconsejándole qué hacer.

 

La experiencia del llanthu

 

Nunca pude saber lo que Wirjina decía sobre el toro porque me quedé absorto en el ritual que ella había recomendado para atraer la lluvia a Yaykunaqa: junt’achay llanthuman, “llenar el llanthu”, o simplemente llanthu. Fue el primer ritual prolongado en el que pude participar en toda su extensión durante mi trabajo de campo. Me permitió contar con una interiorización privilegiada de las técnicas rituales y el orden cósmico, poblado por dioses como Tata Mustramu (Dios) y los Kumbres (dioses del cerro), los cuales juegan un papel clave en los dos modelos culturales que examina este libro. [1]

 

Don Julián, Remo y yo empezamos discretamente, acullicando coca y libando licor de caña (con 96% de grado alcohólico) durante varias horas, por una diversidad de deidades. Hacia la medianoche, nos trasladamos a otro cuarto de adobe al costado del canchón de la casa. Fue la primera vez que entré a este cuarto puesto que la puerta estaba siempre cerrada. Entre los implementos agrícolas, pieles de oveja y cabra, botellas de plástico vacías, bolsas de sal, un viejo tambor lleno de trigo y otros ítems no fáciles de identificar, mis ojos se posaron en una estructura tipo altar con dos velas que proyectaban su luz titilante sobre varias estatuas e imágenes pequeñas de los santos (y vírgenes) de la casa. Don Julián los había heredado de su padre o los había adquirido en persona cuando había salido en peregrinaje a los santuarios mayores. Una de las estatuas había sido un regalo de un patrón de Toracari muy respetado.

 

Las ch’allas (ofrendas rituales de libación) a los santos y otras deidades se volvían cada vez más elaboradas. Cada cierto rato, Remo vertía un poco de alcohol mezclado con azúcar y agua tibia en una pequeña tutuma (media calabaza utilizada como copa), que nos la pasaba a don Julián y a mí. Rociábamos primero unas cuantas gotas al piso, para Wirjina, mascullábamos algunas frases de libación y secábamos la tutuma en un solo trago. Mientras tanto, nos ofrecíamos coca mutuamente, mascando las hojas en homenaje a las fuerzas divinas. Don Julián y Remo llaman a la coca Mama Yungasa Inala o Inala Mama, una divinidad por sí misma. Mientras cada uno mascullaba sus ch’allas, los otros hablaban, reían o lloraban por la mala suerte de algún vecino, la ausencia del profesor o los objetos exóticos del etnógrafo. Era una ocasión feliz y solemne a la sombra de las velas titilantes.

 

En algún momento, armamos una Iskina cerca del altar de los santos. Sobre una pequeña mesa de piedra que llegaba a la altura de la rodilla, Remo puso una cajita de madera, del tamaño de un diccionario gordo, lleno de maíz, mientras don Julián la cubría con una inkuña, un pequeño pedazo de tela. La inkuña era doblada en dos pliegues y el viejo Julián puso unas cuantas hojas de coca en los pliegues mientras su hijo añadía unas cuantas monedas grandes, principalmente monedas de 50 centavos de los 70. Sobre la inkuña colocaron dos pequeños turuwasus (tazones de madera con un par de bueyes forjados al medio), uno lleno con vino dulce y el otro con licor de caña. Con esto, la fuerza divina de la Iskina materializó. Continuamos challando y acullicando coca por las deidades. Luego, antes del amanecer, escuchamos las primeras gotas de lluvia deslizándose por la puerta de calamina oxidada de la casa de los santos. Me sentí eufórico por la coca, el alcohol y la divina providencia.

 

No obstante, después de dormir algunas horas, el sol había vuelto a abrasar los campos de Yaykunaqa. Encontré a don Julián sentado fuera de casa. Supe de inmediato que se había trasnochado, continuando con más ch’allas, ya que no había salido para arrear el ganado de toros, vacas, dos caballos y dos burros que tenía la familia. Como persona mayor, esta se había vuelto su principal labor doméstica, aunque esta vez uno de sus nietos se había encargado de ello. Estaba rondando por la casa, preparándose para una noche decisiva, como él mismo dijo. Me senté en una piedra próxima, disfrutando de la espléndida vista de los altos cerros de Mallku Quta y el ayllu Takawani frente a nosotros, el río Sak’ani hacia abajo y el pueblo de Toracari a unos 5 kilómetros río abajo. Don Julián me señaló al cerro a mis espaldas, Tata Qalaqala. El Padre Qalaqala se yergue sobre la comunidad de Yaykunaqa que se extiende sobre sus laderas. Se volvería de gran importancia en las ch’allas al llanthu.

 

Cuando cayó la noche otra vez, volvimos a la casa de los santos. Esta vez nos acompañaban los tres hijos de Remo. Retomamos donde lo habíamos dejado la noche anterior, ch’allando y mascando coca tranquilamente. Al poco tiempo Remo y su hijo Edelberto desaparecieron en la oscuridad por unas horas, llevándose consigo dos baldes de manzana trozada remojando en agua. Don Julián me dijo que ellos iban a lavar, mayllay, los campos con ch’uwa (claro, transparente), como llamaba al agua de manzana, rodándola sobre los cercanos campos de ocas, papas y maíz para moldear los estados de ánimo de Wirjina y el Kumbre Qalaqala: este dúo divino tenía que conectarse, para escuchar nuestras ch’allas.

 

Don Julián, con quien me quedé en casa, se concentró en preparar llamp’aqha o llamp’aq, un elemento central de las ofrendas. [2] Llamp’aqha es un brebaje ceremonial basado en maíz machacado. Ayudé a don Julián a desgranar el maíz, seis yuraq q’urunta, choclos blancos (o amarillos) y seis puka q’urunta, choclos rojos (o marrones). El maíz desgranado era machacado con una pizca de copal (resina aromática), utilizando para ello una piedra de moler en un batán que el día anterior había servido como la Iskina de la familia. Por separado, don Julián molía conjuntamente q’uwa, confite, canela y romero. [3] Muchos ingredientes se habían comprado en la ciudad de Cochabamba, a un día de distancia en bus. Cuando se terminó de moler y mezclar, don Julián se dirigió otra vez a la harina de maíz y copal triturado, a los cuales les añadió agua hasta que se formó una sustancia viscosa. [4] Por último, las dos mezclas fueron combinadas ambas removiendo con un marlo blanco y otro rojo, dando como resultado la llamp’aqha. Antes de dormitar, don Julián armó otra vez la Iskina, colocando el brebaje junto a los dos turuwasus.

 

Repentinamente –aunque ha debido ser mucho más tarde– unas balas estaban golpeando contra el suelo. Don Julián estaba pegando dos balas contra el suelo de tierra y entre sí: una era una piedra negra reluciente del tamaño de un puño, la otra una concha fosilizada. Los yaykunaqa encuentran balas en el campo donde consideran que un rayo ha pegado contra la tierra. Yo no salía de mi asombro cuando, repentinamente, el sonido cambió a un tono más alto de pequeñas hojuelas metálicas cimbrando entre ellas. Don Julián había reemplazado una de las balas con su anti. Con una mano siguió golpeando la piedra del rayo contra el suelo, mientras su otra mano agitaba una sonaja metálica, el anti. El golpeteo y sonajeo se hicieron cada vez más intensos.

 

Una voz baja surgió de don Julián, murmurando, susurrando, hablando melodiosamente. El anti sonajeaba, las balas golpeteaban. El sonido vocal profundo siguió murmurando. Una voz alta emergió de don Julián, murmurando, susurrando, hablando rítmicamente. El anti siguió sonajeando, las balas golpeteando. Las voces altas y bajas se turnaban. El hombre Kumbre Qalaqala y la mujer Wirjina se estaban conectando, conversaban a través de don Julián, decidiendo si hacer llover en Yaykunaqa o no.

 

Un balido se hizo escuchar. Metieron un carnero blanco en la casa y lo carnearon. La sangre se recogió en una tutuma grande. La carne, hígado y riñones eran para nuestro consumo. Don Julián separó cuidadosamente los pulmones, sunqu. Doña Reina –la esposa de Remo– limpió las tripas, mientras don Julián cortaba los pulmones en pedacitos. Una parte de los pulmones y la sangre fueron mezclados con parte de la llamp’aqha que habíamos preparado hace poco. En ese momento, don Julián mandó ir a Remo y su nieto mayor Pablo hasta la punta de Qalaqala. En este lugar, al amanecer, ellos tenían que hacer una ofrenda de intestinos y otros órganos al Mallku Tunari, el cóndor que vive en el cerro Tunari (cerca de la ciudad de Cochabamba), y la llamp’aqha mezclada con sangre y sunqu a Qalaqala. Si entendí bien a don Julián, el dios del cerro Qalaqala compartiría su ofrenda con varias cumbres cercanas, que él me había señalado el día anterior cuando contemplábamos absortos el sensacional paisaje de Mallku Quta y el ayllu Takawani desde su casa en Yaykunaqa. Además, se dejó dos manzanas sin pelar para Qalaqala.

 

Don Julián mezcló tres pequeños atados adicionales de sangre, pulmones y llamp’aqha. Luego salió al sayanku de la familia para ofrendar los atados a Acha[1]chila. El sayanku es un tipo de santuario familiar que está bien oculto y cobija al dios Achachila, quien se encuentra en contacto con el distante cerro Tata Tunari. Con frecuencia, se refieren al Achachila simplemente como Sayanku.

 

Temprano por la mañana, Remo volvió de su peregrinaje a la cumbre del Qalaqala. Había empezado nuevamente a llover. Las gotas refrescantes del día anterior fueron reemplazadas por una fuerte llovizna que duró como media hora. No suficiente para tener cierta relevancia agrícola, pero de cualquier manera más de lo que había llovido todo el mes anterior. Remo mezcló la mayor parte de los saldos de llamp’aqha, sangre y pulmones, y desapareció otra vez rumbo a sus cultivos. Más tarde dijo que había visitado todos sus campos, cavando un pequeño hoyo en el suelo para dejar una parte de la ofrenda ritual para Wirjina. [5] Además ella recibió –no sé cómo ni cuándo– una manzana sin pelar.

 

Me resigné a mi estatus de observador relativamente externo, obligado a quedarme atrás en la casa de los santos y aguantando mi curiosidad por lo que estuvieran haciendo precisamente don Julián y Remo. Mi trabajo consistía en ayudar a doña Reina y Pablo a deshuesar el carnero cocinado con un cuchillo que apenas tenía filo. Ese mismo día comeríamos la carne hervida de cordero pero sin sal en honor a los chullpas, las criaturas antropomórficas que habían vivido sobre la tierra antes que Dios creara a la humanidad. Don Julián me dijo que ellos aún deambulan por la punta de los cerros. Los chullpas solían vivir en permanente oscuridad, comiendo los frutos de la naturaleza, sin agricultura ni ganado, sin civilización. Debido a su condición prehumana, no conocían la sal y no había posibilidad de que les gustase en el presente. [6]

 

Después de comer en abundancia y continuar bebiendo, don Julián, Remo, Pablo y Milton, el tercer hijo de Remo, abrieron finalmente el llanthu de la casa; fue en la tarde del tercer día. Habíamos seguido ch’allando a los dioses. Según don Julián, el dios Llanthu es el hermano sullk’a, el hermano menor del Sayanku. En medio de un campo, sacamos varias piedras planas ocultas bajo la tierra que cubrían el llanthu, un hoyo llenado con huesos de oveja dispuestos ordenadamente dentro de un pequeño cuadrado dibujado con piedras. Claramente los huesos se habían estado acumulando aquí por muchos años. Rodeando de rodillas al hoyo, pusimos algo de llamp’aqha, sangre y pulmones –esta vez por separado– con algo de extra q’uwa al lado de la vieja calavera de oveja que estaba depositada en el llanthu.

 

De pronto, don Julián entró en pánico cuando descubrió que 5 de los 8 talones del carnero que acabábamos de descuartizar estaban desaparecidos. Nos mandaron a buscarlos a mí y a Pablo en la casa de los santos, encontrando los 5 faltantes. Este era un asunto delicado puesto que había que enterrar todo el esqueleto para que el ritual tuviera el efecto esperado. Don Julián separó 3 montoncitos de huesos, enlazándolos con hilos de q’aytu teñido de rojo, de lana natural llamada panti millma (lana roja). En los ojos de la calavera del carnero recién sacrificado, colocó algodón, rodeado de panti millma. La calavera estaba dispuesta en primer lugar, luego la espina dorsal a un lado, flanqueada en ambos lados por los huesos de las piernas y pezuñas. Luego venían las costillas encima de la columna y las piernas, ordenadamente hueso por hueso en el lugar adecuado, hasta que todos los huesos estuvieron dentro del llanthu. Luego los últimos restos de sangre y pulmones se rociaron sobre este; entretanto la restante llamp’aqha, a la que se le añadió q’uwa, coronaba el pequeño montón ordenado de huesos de oveja enterrados. Habíamos terminado de llenar el llanthu, cerrándolo nuevamente con las piedras planas grandes y cubriendo todo con tierra fértil.

 

Casi no habíamos hablado todo este tiempo, solo acullicábamos coca. Solo al final, don Julián nos pidió que hiciéramos algunas ch’allas finales para las deidades Llanthu, Sayanku, Kumbres, Iskina y, en particular, Wirjina. Las últimas ofrendas al llanthu habían estado destinadas a la diosa tierra, a las que se referían como Wirjinaquqawi, la merienda de Wirjina.

 

Cayó una lluvia fuerte, salvando una parte de la cosecha de papa. “Yachani” –“Yo sé”–, dijo don Julián, de pie en la entrada de nuestro cuarto con su ropa empapada, mirándome con una expresión que daba la impresión de confianza, propósito logrado y alivio. Después de más de 2 días de intenso ritual, me tocó presenciar un ejemplo ilustrativo de máximo bienestar a través del ritual.

 

El orden cósmico

 

El ritual del llanthu roza muchos aspectos de la cosmología campesina. Los momentos de mayor intensidad y los silencios del ritual expresan poderosamente las características de cada una de las fuerzas divinas en el valle. Al presentar los detalles de la divinidad, preparo el terreno para los siguientes capítulos que se enfocan en la relación entre Dios (Segunda parte) y los dioses del cerro (Tercera parte), por un lado, y la población campesina, por el otro. Mi argumento es que este orden cósmico, en última instancia, proporciona a los campesinos de Toracari un repertorio mental que les permite hacer sentido de las diferentes relaciones sociales, así como interactuar con ellas (Cuarta parte).


[.....]


Capítulo 2.


Orar a Gobierno:

distanciamiento campesino del Estado boliviano


[….]

 

Similitud entre Gobierno y Dios

 

El Día de la Patria –el día de la independencia de Bolivia– es la principal jornada cívica que se celebra en el campo boliviano. Cada 6 de agosto, todas las escuelas en el país celebran la creación de la República en 1825. Los campesinos y sus hijos en Toracari celebran intensamente este día, ya que los estudios históricos muestran que en el Potosí rural el Día de la Patria fue una celebración común en la segunda mitad del siglo XIX (Platt 1993). Los toracareños consideran al Día de la Patria una de sus festividades anuales más importantes. Por ejemplo, don Julián lo coloca a la par de Carnaval y la fiesta del Tata Espíritu, Pentecostés. Esta última es la única fiesta de alcance regional que se celebra en su propia comunidad Yaykunaqa, fiesta que atrae gente de comunidades aledañas y patrones del pueblo de Toracari. Lo cual nos advierte a que cuidemos de no interpretar las celebraciones del Día de la Patria como simples actos de la élite mestiza local para imponer la ideología estatal, que la población campesina se ocupa de socavar (Gose 2001: 73-79; Wilson 2001). El Día de la Patria tiene la misma importancia que otras fiestas y es vital para la reproducción del orden cósmico y social de la población local.[1]

 

Las celebraciones del Día de la Patria duran unos seis días, tres días en comunidades que tienen una escuela primaria y tres días en el pueblo de Toracari, empezando allí el 5 de agosto.[2] Las celebraciones comunales se desarrollan a través de ceremonias oficiales organizadas por los profesores: entonación del himno nacional, discursos a cargo de profesores y estudiantes, números artísticos de los alumnos, competencias divertidas entre estudiantes y padres de familia, e interpretación de zampoñas por los músicos de la comunidad. Muchas actividades se realizan en los patios escolares sobre una tarima elevada decorada con los colores de la bandera y los retratos de los próceres de la patria: Simón Bolívar y José Antonio de Sucre. Se alternan elementos patrióticos como la marcha de los colorados –alumnos vestidos con uniforme de la antigua infantería– con prácticas campesinas comunes como la ejecución de rituales para las Iskinas de la escuela local, las cuales garantizan su bienestar para que los profesores enseñen bien. Por ejemplo, durante la primera noche de festejos, la comunidad participa en

un solemne desfile de teas, realizando un recorrido amplio en torno a la escuela, encabezado por los retratos de Bolívar, Sucre y el escudo nacional de armas, el estandarte de la escuela y la bandera boliviana. La comunidad atraviesa cuatro arcos armados de ramas en los cuatro extremos del recorrido patriótico, los cuales representan a las cuatro Iskinas de la escuela. Al día siguiente, se sacrifica ritualmente un cordero en la principal Iskina del patio escolar. Es de destacar que los participantes enfatizan las referencias al Día del indígena originario campesino, o lo que se solía llamar el Día del Indio, del campesino o de la reforma agraria. Este día se celebra oficialmente el 2 de agosto pero en las comunidades de Toracari se combina con el Día de la Patria en un solo gran evento. En los discursos, los profesores enfatizan la importancia de la creación de la primera escuela indigenal en Bolivia, realizada por el profesor Elizardo Pérez y el jatun jilanku Avelino Siñañi en 1931, razón por la cual el gobierno de entonces había instituido en primer lugar este día oficial en 1937.

 

El Día de la Patria –incluido el día del indígena originario campesino– difiere en dos sentidos significativos de otras festividades importantes. En primer lugar, durante y después de las conmemoraciones, la gente ora o realiza actos parecidos a los rezos; y en segundo, los patrones y los campesinos enfatizan su comunalidad, e incluso su igualdad, durante los rituales. Para el propósito de mi análisis, la diferencia entre orar y ch’allar (ofrendar, hacer ofrendas de libación) es una distinción importante. En todas las fiestas, incluido el Día de la Patria, los campesinos de Toracari rocían ritualmente ofrendando a una variedad de fuerzas divinas, pero es solo durante el Día de la Patria, Todos Santos y en los velorios de las almas (de los difuntos) que ellos también elevan cierto tipo de oraciones. Cuando declaman oraciones públicas en voz alta, los transeúntes dejan de charlar o chismear para asumir un silencio respetuoso. Las ch’allas (ofrendas rituales de libación), por otro lado, consisten en tomar un trago de chicha de maíz (u otra bebida alcohólica) después de haber rociado unas gotas a Wirjina (la diosa tierra) y murmurando unos cuantos versos dedicados a las fuerzas divinas relevantes. No es que los versos de ch’alla sean entonados con menor dedicación o inspiración que las oraciones, pero ellos tienen un carácter más privado.

 

Curiosamente, en el Día de la Patria de 2003 varios campesinos oraron al gobierno, rezando el Padrenuestro y el Ave María, las únicas oraciones que se saben de memoria en los ayllus de Toracari. Puede que esta práctica no sea generalizada pero llama la atención a los paralelismos entre las oraciones católicas y el himno nacional. El himno siempre lo cantan todos en el Día de la Patria. En ambos casos –oraciones católicas e himno nacional– los campesinos se expresan en voz alta para ser escuchados por todos, mientras que los oyentes suspenden las actividades que realizan en ese momento; en ambos casos, ellos ejecutan secuencias rituales de estilo formal cuyo significado literal es de segunda importancia, siendo que la mayoría de los participantes no entienden las complicadas frases en castellano que están orando y entonando (p. ej., el primer verso del himno reproducido al inicio de este capítulo). Estas secuencias rituales de las oraciones públicas muestran un contraste marcado con las estrofas de las ofrendas rituales que se murmuran sin seguir mayor orden muchas veces (ver Capítulo 1). Las oraciones y el himno son técnicas rituales parecidas para comunicarse con Dios o Gobierno. En este sentido, el himno nacional constituye una oración específica dedicada al gobierno mediante la cual este último asume rasgos de Dios a los ojos de los campesinos indígenas que practican rituales.

 

Durante las celebraciones del Día de la Patria y las conmemoraciones de las almas, los campesinos también crean el imaginario de un lugar en el que ellos son iguales a los patrones. Como lo sugiere la distribución de la tierra (ver Capítulo 6), esta igualdad no se refleja en la realidad social de Toracari en el presente. En general, las celebraciones rituales en el valle recrean las diferencias sociales entre campesinos y patrones (ver Capítulo 4). Es más, el aspecto igualitario del Día de la Patria es relativo puesto que los patrones tienden a sentarse en las primeras filas para ver las actuaciones en el patio escolar del pueblo de Toracari, y los principales protagonistas de estas actuaciones son sus hijos e hijas. A pesar de estos detalles, los discursos de los profesores en el Día de la Patria están llenos de homenajes a héroes indígenas como Túpac Katari y Bartolina Sisa, los líderes revolucionarios del siglo XVIII, y a los logros nacionales importantes como ser la primera escuela indigenal y la reforma agraria de 1953. Los profesores –que son, como veremos, mayoritariamente patrones– repiten una y otra vez la consigna movilizadora de esta reforma: “la tierra es de quien la trabaja”.

 

Es muy revelador que, durante la segunda noche de festejos del Día de la Patria en las comunidades, los campesinos vistan a su profesora patrona con ropas indígenas tradicionales y bailen con ella. Está claro que esto contrasta con la ceremonia del Día de la Patria en Santa Bárbara de Culta, en el altiplano andino del departamento de Oruro, colindante con el Norte de Potosí. Allí, muchos indios se sacan sus atuendos tradicionales y se visten con ropa comprada de tienda para identificarse con la cultura nacional urbana, para “volverse civilizados” según lo manifiestan ellos (Abercrombie 1998: 95). De este modo, aunque de maneras opuestas, las poblaciones indígenas tanto de Santa Bárbara como de Toracari se imaginan en igualdad de condiciones con los “otros poderosos” (urbano, patrón) durante el Día de la Patria. Es curioso, algunos comunarios enfatizan que el Día de la Patria es “para todos los bolivianos, patrones y campesinos”. Un campesino de una comunidad aledaña fue más preciso: “La fiesta es de la patria donde todos, campesinos y patrones, somos iguales”.

 

La patria está en el centro de lo que experimentan los campesinos durante las fiestas patrias y parece ofrecer cierto tipo de alternativa utópica a las relaciones sociales y políticas. Las principales figuras relacionadas con la patria son Bolívar y Sucre, y la bandera o escudo bolivianos. [3] Hay una referencia constante a todos ellos en los discursos públicos oficiales de los profesores y durante las ofrendas rituales de libaciones campesinas que acompañan las celebraciones formales y que se ofrendan fuera de escenario (Arnold et al. 2000: 254-265). Aparte de los rituales en las Iskinas de la escuela, estos versos de ch’alla se enfocan en los padres fundadores de la patria. [4] Don Julián me dice que son ellos los que constituyen el Gobierno, explicando que todos los presidentes muertos debieran ser incluidos en las ofrendas rituales a la patria. Otros restringen el concepto de gobierno al presidente del momento, ofrendando ritualmente en su nombre.

 

La evocación del imaginario de una relación igualitaria entre campesinos y patrones, combinada con la recitación de oraciones, ocurre también durante los velorios de las almas y Todos Santos. Estas son las únicas ocasiones rituales en las que Dios se encuentra en el centro de la práctica ritual local. Por lo general, Dios no es objeto principal de los ritos en Toracari (ver Capítulo 1) pero, en estos eventos rituales, son él y su contraparte femenina, la Virgen María (la luna) –en lugar del gobierno– los que reciben las oraciones, en este caso el Padrenuestro y el Ave María. [5] Al mismo tiempo, la gente realiza innumerables ch’allas que acompañan a las almas que van y vienen desde takna (‘cielo’), un lugar paradisiaco donde Dios los está esperando y donde llegarán a estar en la otra vida. A destacar, los que participan en estos rituales están convencidos que todas las personas –o más propiamente, las almas– serán iguales en takna: campesinos y patrones. El parecido entre gobierno y Dios, entre patria igualitaria y takna, es evidente.

 

¿Pero qué significa el gobierno para los hogares campesinos que viven en las comunidades alrededor de Toracari? ¿Qué tipo de fuerza tiene el presidente, o los difuntos presidentes? Cuando se les pregunta, los campesinos siempre tienden a subrayar la importancia del gobierno. Sin embargo, si inquiero más incisivamente normalmente provoco perplejidad. Ellos se dan cuenta que el gobierno no hace nada concreto para sus comunidades. Al tratar de encarar este aparente dilema, resultan saliendo con dos tipos de respuestas. En primer lugar, se le atribuye al gobierno haber creado las escuelas. A este respecto, los campesinos en Toracari mencionan con frecuencia algunos ex presidentes como Víctor Paz Estenssoro (1952-1956, 1960-1964, 1985-1989) y, particularmente, Gualberto Villarroel (1943-1946). Don Julián me mostró los escombros de la que había sido la primera escuela para los campesinos en la región, construida en el ayllu Qullana durante la presidencia de Villarroel. En segundo, al gobierno se lo considera responsable de los decretos o las leyes. Ellos expresan esta idea en términos muy genéricos,

sin especificar ninguna ley o decreto gubernamental en particular; lo que añade un dejo abstracto a una entidad ya percibida como muy impotente (Bigenho 2000: 967). En realidad, su fuerza es tan intangible que los campesinos de Tora[1]cari no saben al principio cómo responder cuando les pregunto sobre el impacto del gobierno. Le atribuyen al gobierno cierta clase de norma moral y justicia social, una fuerza ordenadora principalmente benigna que orienta sus vidas. En este sentido, el gobierno tiene algunas de las cualidades “sublimes” del “mito de Estado” que Hansen (2001), inspirado por Kantorowicz, encuentra en Mumbai, India. Sin embargo, los campesinos de Toracari no asocian con el gobierno ni la sublime capacidad estatal para la violencia, ni tampoco aquellas dimensiones estatales “profanas” de Kantorowicz como la parcialidad y la incoherencia.

 

La concepción local de Dios tiene un paralelo con las ideas de los decretos gubernamentales y la aspiración campesina a la educación. Al igual que el gobierno, se considera que Dios es muy importante pero se lo percibe como un poder remoto que tiene poca influencia concreta sobre las vidas cotidianas (cf. Bouysse-Cassagne y Harris 1987: 50). Si quieren buenas cosechas, hijos inteligentes, ganado saludable o buena fortuna personal, los campesinos organizan rituales complejos para los dioses del cerro, para Wirjina, los santos y otras fuerzas cósmicas, sin oraciones y con escasa mención a Dios. A Dios y la Virgen María solo se los nombra en las primeras frases de las ch’allas y luego desaparecen cuando los rituales más serios ocupan el centro de la atención. Esta correspondencia entre Dios y gobierno confirma anteriores hallazgos en los Andes. Szeminski (1987: 174) corrobora explícitamente el parecido entre Dios y el rey de España –la versión colonial del presidente de la república, diríamos– para los revolucionarios Inka del siglo XVIII. Abercrombie (1998: 399) muestra una asociación similar entre el Estado y los “dioses del cielo” –particularmente el Cristo-Solar, Tatala para la población actual de k’ulta que habita en el departamento de Oruro–. Adicionalmente, la gente del gran ayllu de Macha en el norte potosino sostiene que las viejas monedas de España y del Estado boliviano en la primera mitad del siglo XIX fueron producidas bajo los auspicios del sol y la luna, legitimando el poder del Estado (Platt 1985).


[.....]


Notas de pie de página (Cap. 1)

 

1. Llanthu significa, literalmente, nube o sombra. Se refiere al propio ritual, al hoyo en el suelo (santuario), donde tienen lugar los procedimientos finales, y a la deidad asociada con él. El llanthu parece ser un ritual que puede ser utilizado para otros propósitos y no solo la lluvia. Es diferente de rituales de lluvia específicos que se encuentran en otras partes de los Andes (cf. Van den Berg 1990: 108-118).

2. En la literatura andina, también se refieren a la llamp’aqha como llampu (Isbell 1985: 155-156; Gose 2001: 214), llumpaja (Bouysse-Cassagne y Harris 1987: 50) y llumpaka (Mariño Ferro 1989: 31).

3. La q’uwa es una planta herbácea que se encuentra en tierras altas de Bolivia cerca de la frontera con Chile. El confite son pequeñas bolitas blancas y rojas de azúcar.

4. En otras ocasiones, la gente mezcla esta sustancia con chicha y vino dulce de uvas en vez de agua.

5. En otra ocasión –cuando se me permitió participar plenamente–, Remo cavó pequeños hoyos en 4 lugares de sus campos (entre ellos, una cuesta reforestada), alineados con las 4 Iskinas de su casa.

6. Esto es lo más que pude averiguar de la poca información que hay acerca de los chullpas en Yaykunaqa. Para mayores detalles sobre los chullpas, ver Abercrombie (1991: 110) y Abercrombie y Dillon (1988). En cuanto a la sal, los campesinos en los Andes generalmente asocian esta substancia con un orden civilizado y cristiano (Bouysse-Cassagne y Harris 1987: 51; Platt 1997: 216).

 

Notas de pie de página (Cap. 2)

 

1. No obstante los hallazgos de Harvey (1997) acerca del Estado, son bastante diferentes a los míos, su análisis de las celebraciones del Día de la Patria en los Andes peruanos confirma la importancia social y cosmológica de esta fiesta cívica.

2. En 2012, los campesinos celebraron el Día de la Patria por primera vez recién desde el 5 de agosto, en sus propias comunidades o en el pueblo. Los jóvenes alumnos de las escuelas en las comunidades y sus padres ya no bajaron a sumarse a las festividades de la principal escuela en el pueblo de Toracari. Esto resultó de un instructivo oficial emitido por el director del distrito escolar de San Pedro de Buena Vista.

3. No me he topado con una comprensión local específica de la bandera nacional como la que muestra Orlove (1986) en el pueblo de Sicuani en el departamento Cusco del Perú.

4. Lo interesante es que tanto Platt (1993), para Bolivia, como Taussig (1997), para un imaginario país latinoamericano (una combinación entre Colombia y Venezuela), también muestran cómo la gente le asigna poderes divinos a Simón Bolívar a quien identifican con el Estado republicano.

5. No he podido identificar el complemento femenino del gobierno, su Virgen María, digamos. Platt (1993: 181-182) encuentra paralelismos entre la Virgen María y los territorios libres de América, a los cuales se asocia con Bolívar.

 

Extractado de Into A. Goudsmit, Reverencia andina. Motivos rituales y consecuencias políticas en el Estado plurinacional. La Paz: IFEA/Plural editores, 2020 (Traducido por Hernando Calla del original publicado como “Deference Revisited: Andean Ritual in the Plurinational State”, Carolina Academic Press, Durham, NC, 2016)

miércoles, 31 de marzo de 2021

NO MORE LIES/ NO MÁS MENTIRAS


In Memoriam: Gabriel Calla Ibáñez † (1/4/87-3/5/08)

Un día como hoy 1ro de abril nació Gabriel “Gabo” Calla en La Paz (Bolivia) ...en estos tiempos aciagos y mentirosos, rescatamos esta plegaria (No más mentiras) de uno de sus grupos favoritos (Iron Maiden) como una manera de honrar su vida y meditar sobre el misterio de la muerte, imaginando que en sus últimos instantes también él pudo haber exclamado el último verso de la canción ... ¡no me digan que este es el fin! 


No More Lies / No más mentiras

Iron Maiden

There's a darkening sky before me. / Hay un cielo oscurecido delante mío.

There's no time to prepare. / No hay tiempo para prepararse.

Salvage a last horizon / Rescatar un último horizonte

But no regrets from me. / Pero no tengo remordimientos.


Maybe i'll be back some other day. / Tal vez vuelva algún otro día.

To live again, just who can say / Para vivir otra vez, quién puede saber

In what shape or form that i might be. / En qué figura o forma podría haber

Just another chance for me. / Una otra oportunidad para mí.


A hurried time, no disgrace, / Una época apresurada, no hay pena,

instead of racing to conclusion, / en vez de correr hasta el final,

wishing all my life away, / deseando que mi vida se acabe,

no-one can stop me now. / nadie puede detenerme ahora.


Time is up, it couldn't last, / El tiempo se acabó, no podía continuar,

but there's more things i'd like to do, / pero hay más cosas que me gustaría hacer,

i'm coming back, / volveré,

to try again, / para probar otra vez

some day maybe i'll wait till then... / algún día ...tal vez esperaré hasta entonces.


No More Lies x 8 / No más mentiras x 8


They're all sitting at my table. / Están todos sentados en mi mesa.

Talking tall and drinking wine. / Hablando fuerte y bebiendo vino.

Their time is up just like me / Su tiempo se acabo así como para mí

But they just don't know it yet. / Sólo que no lo saben todavía.


So just a word of warning / Así que una señal de advertencia

When you're in your deepest dreams. / Cuando estás en tus sueños más profundos. 

There's nothing you can hide from. / No te puedes ocultar de nada.


I've got my eye on you. / Te tengo en la mira.

The clock is fast. The hour is near. / El reloj avanza rápido. La hora está cerca.

Eventful past is everclear. / El pasado memorable está más claro que nunca.

My mind is set. The time is here. / Me he decidido. El tiempo ha llegado.

I think i'm coming home... / Creo que estoy llegando a casa...

 

No More Lies x 8 / No Más Mentiras x 8


-solo-


A hurried time, no disgrace, / Una época apresurada, no hay pena,

instead of racing to conclusion, / en vez de correr hasta el final,

wishing all my life away, / deseando que mi vida se acabe,

no-one can stop me now. / nadie puede detenerme ahora.


Time is up, it couldn't last, / El tiempo se acabó, no podía continuar,

but there's more things i'd like to do, / pero hay más cosas que me gustaría hacer,

i'm coming back, / volveré,

to try again, / para probar otra vez 


don't tell me that this is the end... /  no me digan que este es el fin...

 

No More Lies x 8 / No Más Mentiras x 8


*Del disco de Iron Maiden: Death On The Road / Muerte En La Carretera

[Una versión con subtítulos en español: https://www.youtube.com/watch?v=IBkcYxhrE18]

viernes, 5 de marzo de 2021

EL SOFISMA DEL AÑO 2000 (O cómo justificar negarse a la prevención)

 

Por Jean-Pierre Dupuy

(3 de diciembre. 2020)


Observo, en varios círculos, tanto intelectuales como científicos o tecnológicos, que irónicamente llamo los "covid-escépticos", el surgimiento de una idea extraña y para mí inquietante. Llamé a este sofisma "el sofisma del año 2000". El "error informático" del año 2000 podría haber causado terribles desastres.[1] Se preveían los peores escenarios: cortes de cajeros automáticos y pánicos bancarios, cierre de generadores de electricidad, fallos de funcionamiento en las centrales nucleares, incluido el estallido accidental de una guerra nuclear. Se desplegaron considerables recursos. A nivel mundial, se adelantaron cifras de 300 mil millones de dólares. Finalmente, el error informático se evitó como ya sabemos, si no nos hemos olvidado de toda la Historia. Y esto es lo que merece ser observado: ¿cómo podemos explicar que un caso que podría haber sido tan grave a nivel mundial haya dejado tan poco rastro en nuestros recuerdos? Casi nunca aparece en los catálogos de posibles desastres que elaboran los especialistas en catastrofismo. La respuesta me parece obvia: es precisamente porque el desastre no ocurrió. El error del 2000 no ocurrió. Sin embargo, se puede argumentar, la importancia de los medios implementados debería haber dejado su huella en la mente de la gente hasta el punto de que sea recordado otros veinte años más tarde. Ese no fue el caso. ¿Por qué? Aquí es donde se encuentra lo que llamé el sofisma del año 2000. Es como si el éxito mismo de la operación de prevención hubiera hecho desaparecer la importancia del asunto. Por un lado, se nos dice: después de todo, no era un asunto tan grave, ya que se resolvió. Al mismo tiempo, el costo de prevenirlo nos parece escandalosamente alto, y no relacionado con la realidad de la amenaza. Tanto es así que, en Francia, el entonces primer ministro Lionel Jospin, tuvo que defender en el Consejo de Ministros las medidas adoptadas con la siguiente declaración premonitoria: "El hecho de que no haya epidemia no significa que se puedan cuestionar las vacunas".

Este sofisma se puede encontrar hoy en día en los escritos o los discursos de un gran número de intelectuales franceses sobre la pandemia de COVID-19. La falacia que lo estructura es tan grosera que uno se pregunta ¿cómo pueden unas mentes acostumbradas a la práctica del razonamiento [lógico] cometer tales desaciertos, llegando a acusar a las autoridades sanitarias de imponer un régimen tiránico y liberticida [todo] para frenar algo que no es más que una "gripecilla"? En otros sitios,[2] he combatido paso a paso este efecto de aturdimiento que el confinamiento no puede explicar completamente y del cual no veo otra encarnación más cercana que los de la extrema derecha estadounidense, excepto que esos están casi dispuestos a usar rifles de asalto para ser escuchados. Tomaré aquí sólo un ejemplo, particularmente tortuoso, que bordea la deshonestidad.

Cuando el éxito de la prevención justifica la menor acción posible

En un artículo titulado "El valor de la vida. La ética de la crisis sanitaria”,[3] el antropólogo Didier Fassin ataca su tema de esta manera: "Cuando decimos que la pandemia de coronavirus ha producido una crisis sin precedentes, no queremos decir que la enfermedad en sí sea la peor que hemos conocido, porque el sarampión es mucho más contagioso, el SIDA ha sido mucho más grave y algunas gripes también han dado lugar a una expansión planetaria. Lo que se quiere decir es que la respuesta a la pandemia, es decir, el confinamiento generalizado de la población en un gran número de países, no tiene precedentes”. Esta declaración relaciona inútilmente medidas consideradas extraordinarias (por primera vez en la historia de la humanidad, el planeta ha dejado de girar) y una causa, en el doble sentido de la palabra, lo que causa el efecto y aquello por lo que nos movilizamos, el cual, aunque no necesariamente una mera "ola pequeña", no es en sí misma tan extraordinaria: hemos visto otras en el pasado. El lector sólo puede concluir una cosa: este caso ha sido extremadamente mal gestionado. Podemos percibir el sofisma del año 2000. Que la amenaza no esté entre las más formidables no forma parte intrínseca de la epidemia. Puede ser simplemente el resultado feliz de los medios que se consideran desproporcionados para contenerla: la restricción de las libertades civiles, hacer peligrar la economía del país. El autor no está lejos de estar de acuerdo. Entendió que no tenía sentido comparar el costo en sentido amplio de estas medidas con el estado de salud que se obtiene de ellas. Lo que debe ponerse en relación es el costo y la mejora del estado de salud en comparación con una situación en la que estas medidas no fueran aplicadas. El autor escribe: "No se dispone [...] de ninguna evaluación fiable de cuál habría sido la cifra de muertos en ausencia de intervención y, por lo tanto, del número de vidas salvadas por el confinamiento. [...] En resumen, a pesar de los datos publicados por los institutos estadísticos y utilizados por los responsables políticos para justificar o ensalzar sus acciones, nunca se conocerá, ni siquiera aproximadamente, cuántas vidas habrán sido realmente salvadas por las medidas adoptadas por el gobierno”.

El resto del artículo de Didier Fassin nunca más se pregunta sobre estas dimensiones inconocibles. Sin embargo, la Escuela Económica de Toulouse estima que, sin confinamiento, Francia se encaminaba hacia el millón de muertes a finales de año. La revista Nature publicó recientemente un estudio que muestra que las medidas que llamamos "barreras", que son poco más que civilidad básica en un contexto excepcional, han evitado más de quinientas millones de infecciones en seis países: Estados Unidos, China, Corea del Sur, Italia, Irán y Francia. Pero el autor negó de antemano todas estas estimaciones, sospechosas de servir a intereses oscuros. Brasil y Estados Unidos nos dan una idea de lo que da como resultado una política que sacrifica la salud de la población a la marcha sin restricciones de la economía: masacre por un lado sin que la economía se beneficie por el otro. La acumulación de cadáveres no es buena para el funcionamiento de las fábricas ni para el consumo de los individuos. La historia de las pandemias también es una fuente útil de reflexión. Los peores momentos de la llamada gripe española de 1918-1919 en Estados Unidos tuvieron lugar en ciudades que habían salido demasiado pronto de un confinamiento extremadamente severo. La segunda ola se las llevó. Pero el autor no está satisfecho con estas evaluaciones cualitativas. Es como si la indeterminación de estos datos esenciales implicara para él la inexistencia ontológica del orden de magnitud al que se refiere. Pero sin un escenario alternativo, "contrafactual", inevitablemente volvemos a caer en el sofisma del año 2000. En vista de las medidas consideradas exorbitantes, sólo se puede imaginar una epidemia relativamente controlada mediante la eliminación de la relación causal que une a las primeras con la segunda. Ahora sabemos lo suficiente sobre el nuevo coronavirus como para estimar que si la gestión global de la pandemia a corto y medio plazo -digamos tres o cuatro años, el tiempo para encontrar, producir y difundir una vacuna- se vuelve flexible (o, para algunos países, se mantiene), la cifra de muertos podría alcanzar las cifras elevadas que no eran sólo las de la gripe española sino también de la peste negra del siglo XIV. Didier Fassin ha ubicado su reflexión bajo el signo de la ética pública. Me temo que sus palabras irresponsables han violado gravemente la ética de los intelectuales. Por desgracia, no está solo. Cuando uno se niega a estimar el efecto de la prevención, para poder rechazarla mejor he mencionado en otros sitios la enorme decepción que me causaron las posiciones del periodista canadiense David Cayley sobre la pandemia. Es a él que le debemos el último libro de Iván Illich, producto de muchas horas de conversación entre los dos hombres.[4] Este libro es probablemente el mejor que Illich haya escrito, pero uno se pregunta qué ha aprendido Cayley de él. Sus comentarios sobre COVID-19 [5] acumulan todos los clichés que se encuentran en los Giorgio Agamben, André Comte-Sponville, Olivier Rey o, por supuesto, los Fassin, especialmente esa idea errónea de que la vida "desnuda" se habría convertido en el "valor supremo". Y él también se sumerge en el sofisma del año 2000.

Sin embargo, Cayley, a pesar de sí mismo, le da a este sofisma lo que podría pasar por unos fundamentos filosóficos. Por razones empíricas y, por lo tanto, contingentes, se puede decir que nunca sabremos cuántas vidas ha salvado el confinamiento. [En cambio], Cayley lo convierte en una imposibilidad metafísica. Él escribe: " En el corazón de la respuesta al coronavirus ha estado la afirmación de que debemos actuar de manera prospectiva para prevenir lo que aún no ha ocurrido: un crecimiento exponencial de las infecciones, un colapso de los recursos del sistema médico, lo que pondrá al personal médico en la ingrata posición de seleccionar quién va a vivir y quién morir, etc. De lo contrario, se dice que para cuando descubramos a qué nos enfrentamos, será demasiado tarde. (Vale la pena señalar, de paso, que se trata de una idea no verificable: si tenemos éxito, y lo que tememos no acontece, entonces podremos decir que nuestras acciones lo impidieron, pero nunca sabremos realmente si ese fue el caso)".[6] Es cierto que, para poner otro ejemplo, un ingeniero de Puentes y Calles que decide en su oficina cambiar la ruta de una carretera en un punto donde se han producido muchos accidentes fatales nunca sabrá la identidad de las personas que salvó. Los accidentes que no se producen no pueden ser objetos de conocimiento. Ciertamente, el razonamiento probabilístico nos permitiría al menos estimar el número. Pero Cayley lo niega. Sólo lo que sucede y sucederá existe para él. Fuera de eso, nada es posible.

Esta posición filosófica tiene una historia, la que no es posible contar aquí. Desde la Escuela de Megara de Filosofía, entre los siglos V y IV a.C., se considera que los grandes sistemas metafísicos se dividen en dos tipos principales, dependiendo de si aceptan o rechazan el siguiente axioma: cualquier evento que no ocurre ni ocurrirá es imposible. Diodoro de Cronos, que pertenecía a la Escuela, estuvo de acuerdo con el mismo, pensando que podía probarlo, mientras que Aristóteles y su teoría de futuros contingentes lo rechazaron.[7] Puede parecer incongruente vincular a David Cayley con una rama de la metafísica, pero todo sucede como si él hiciera suyo el axioma en cuestión. Lo que es perfectamente legítimo, pero hace falta ver las implicaciones. La primera es que el "sofisma del año 2000" deja de ser un sofisma. Una vez que se ha implementado una política de confinamiento generalizado, la pregunta de qué habría sucedido si no se lo hubiera hecho es irrelevante: ya no tiene sentido. Fassin y Cayley pueden sentirse justificados.

En la concepción del futuro que resulta de ello, sin embargo, cualquier prevención se vuelve inútil. Si la prevención tiene éxito, el evento adverso prevenible no ocurre ni ocurrirá. Por lo tanto, el suceso es imposible y la prevención se muestra inútil en el mismo momento en que alcanza el éxito. Cayley al menos tiene la consistencia a su favor: declara nulo y no legítimo todo esfuerzo de medicina preventiva, e incluso lo considera contraproducente con el argumento de que hace presente hoy la futura enfermedad que se va a prevenir. Toda salud es una enfermedad que se ignora. No estoy seguro de que Iván Illich hubiese estado de acuerdo; quien atribuía el considerable aumento de la esperanza de vida en siglos pasados, no a la medicina curativa impotente, sino a los avances en la higiene.

*Jean-Pierre Dupuy (2020), escritor y filósofo francés, profesor en Universidad de Stanford



Referencias bibliográficas

[1] Ver página de Wikipedia “Problema del año 2000 - Wikipedia, la enciclopedia libre”.

[2] Cf. « Le virus du sophisme – lettre à André Comte-Sponville », AOC, 3 juin 2020; « Si nous sommes la seule cause des maux qui nous frappent, alors notre responsabilité devient démesurée », Le Monde, 3 juillet 2020 ; « Sur une prétendue ‘sacralisation de la vie’ », de próxima publicación.

[3] En Par ici la sortie!, Seuil, n°1, juin 2020, p. 3.

[4] Ivan Illich & David Cayley, La Corruption du meilleur engendre le pire, Entretiens traduits de l’américain par Daniel De Bruycker et Jean Robert, Actes Sud, 2007.

[5] David Cayley, “Questions about the current pandemic from the point of view of Ivan Illich”, Quodlibet, 8 abril 2020. [Versión castellana en: https://lavoragine.net/pandemia-ivan-illich/]

[6] Loc. cit. Mi traducción. Subrayado mío.

[7] Cf. La obra indispensable de síntesis de Jules Vuillemin, Nécessité ou contingence. L’aporie de Diodore et les systèmes philosophiques, Les Éditions de Minuit, 1984.