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domingo, 12 de agosto de 2018

¡JALLALLA JULIO!



 por Hernando Calla

Para mí Julio Mantilla Cuéllar —ex Alcalde de La Paz, ideólogo temprano de lo andino-aymara, reivindicador de la identidad cholo-indígena, etc. — fue ante todo un amigo. Un gran amigo que se desviaba de su camino para dar una mano al que se encontraba en apuros, al que era agredido por la autoridad abusiva, al que necesitaba una oportunidad o, simplemente, unas palabras de aliento.

Detrás del hombre público que una vez fue, yo prefiero recordar al primer amigo en la ciudad anónima o al compañero de curso que desbordaba la disciplina escolar para entablar una relación personal más directa. Quisiera compartir algunas reminiscencias de Julio, el amigo, con el propósito de matizar el perfil del político y hombre público que acompañó la noticia de su muerte por enfermedad hace unos días en Cochabamba.

En mis primeras incursiones en La Paz, cuando vine de las minas para estudiar la secundaria, abordé un colectivo de esos antiguos y quise apearme en la plaza de San Pedro, pero como el vehículo no daba señales de detenerse decidí bajarme del bus en plena marcha pero ¡sin tomar en cuenta su impulso acelerado! No es difícil imaginar cómo pude haberme torcido el tobillo en la caída, lo cierto es que el dolor me impedía caminar y no encontraba ningún rostro amigable entre los transeúntes. De pronto aparece este grandote del curso que me reconoce, se compadece de mi aprieto, si bien algo divertido por las circunstancias, y me lleva en hombros unas cuadras hasta hacerme abordar otra movilidad que me lleve de vuelta a casa. Era Julio Mantilla quién sería, 30 años después, alcalde de la ciudad que acababa de conocer bruscamente al “caerme” del colectivo en una de sus calles.

Pero las anécdotas del Mantilla, como le decíamos en el colegio, no hacían sino empezar. Mis compañeros de curso deben tener las suyas propias, pero una compartida y que permanece en nuestras retinas a pesar del tiempo transcurrido (corrían los 1960) es aquella en que el Mantilla se “trenzó” en abierta lucha libre con un cura abusivo que le gustaba aplicar literalmente la sentencia ibérica de que “la letra entra con sangre”. Pero nuestro amigo, y alumno rebelde en colegio, no aceptaba fácilmente los malos tratos y, en la ocasión, el “reglazo” en las yemas de los dedos supuestamente ejemplarizador fue cogido en el aire con un movimiento rápido y certero del Mantilla, momento en el cual se inició un verdadero cachascán entre profesor y alumno que todos los del curso festejaron cuando coreaban al unísono: “dale Julio”, alentando al “loco” Mantilla en sus esfuerzos por liberarse del intento del cura por doblegar la inesperada fuerza del rebelde. Las consecuencias fueron, por supuesto, graves para la permanencia de Mantilla en un colegio supuestamente reputado por educar a los alumnos en la obediencia al superior. Fue expulsado del Don Bosco (creo que su familia lo mandó después a un internado en San José de Chiquitos) y ya no lo vimos sino hasta mucho tiempo después.

A mediados de los 1970, después de graduarse como economista de la UMSA, Julio trabajaba en el Ministerio de Asuntos Campesinos y Agropecuarios. Eran los tiempos de Banzer, pero la izquierda — en el caso de Mantilla, la Juventud del PCB— siempre encontraba para sus militantes algunos espacios donde sobrevivir en el sector público. Por mi parte, yo era de lo más anarquista, y me aparecía sin previo aviso y a cualquier hora en las oficinas del amigo. Julio era, por cierto, todo menos un burócrata y aprovechaba mis apariciones como una ocasión para compartir con alguien sus tesoros personales y sueños íntimos. Es así que, en cierta oportunidad, me mostró sus habilidades artísticas plasmadas en unos cuadros de “Cristo Proletario” y otros similares que él había pintado y que lo delataban como un hombre con una sensibilidad siempre a flor de piel, aunque todavía no aparecían de modo ostensible esos motivos andino- aymaras que lo identificaron posteriormente en su quehacer político y gestión pública.

Haciendo un repaso de su trayectoria con amigos comunes, descubrimos que también habíamos coincidido sin vernos en otros momentos históricos: como cuando nos tocó participar en la huelga de hambre de 1978 que marcó el fin de la dictadura banzerista — Julio habría hambreado varios días en el piquete de huelga de la UMSA, mientras que yo lo hice en el piquete de Presencia—. Me contaron que fue allí donde conoció a su esposa con quien tuvo tres hijos y una hija que lo acompañaron, ellos sí, hasta sus últimos días en Sipe Sipe cuando estuvo aquejado por todas las dolencias juntas.

Nos volvimos a encontrar a mediados de los 1980 cuando se me presentó la oportunidad de postular a la titularidad de una materia que ya enseñaba como invitado en la Facultad de Ciencias Sociales, otra vez apareció Julio formando parte de mi panel de evaluación. Gracias a él, no me descalificaron directamente por no tener el título en provisión nacional sino me dieron la chance de seguir optando a la titularidad “una vez que hubiera cumplido todos los requisitos formales”. Pero lo mío es apenas un recuerdo amable comparado con lo que me cuenta otra amiga suya de una ocasión en que, a la salida de uno de sus Talleres en una comunidad de la Isla del Sol, un joven campesino le contó que él había logrado ser profesional gracias a Julio Mantilla, a quien recordaba con cariño pues le había ayudado con los trámites del titulo de bachiller mientras lo preparaba personalmente para que pudiera dar satisfactoriamente su examen de ingreso a la universidad.

A fines de los 1980, Julio Mantilla se involucró como protagonista de primera línea en la corriente liderada por Carlos Palenque a la cabeza de CONDEPA, lo que lo llevó a ser elegido como Alcalde de La Paz al derrotar  en las elecciones municipales de 1991 al candidato de ADN Ronald McLean. Aparte del enorme caudal electoral de la emergente CONDEPA, fue decisiva para el triunfo de su candidatura la capacidad histriónica de Mantilla para desafiar, en un debate clave transmitido por televisión, la supuesta experticia y derecho de clase reclamados por tecnócratas tipo Harvard como McLean para asumir el gobierno metropolitano o el nacional.

Como indicaron las notas de prensa con la noticia de su muerte, la primera gestión de Mantilla tuvo muchos logros ediles y cambios simbólicos que anticiparon los vientos que vendrían con el llamado “proceso de cambio”. Sus colaboradores recuerdan, entre los primeros, cómo el Alcalde paceño logró que la Embajada de Estados Unidos se viera obligada a retroceder 60 cm. un muro ya construido de su legación por encontrarse este fuera de línea y nivel (lo hizo con maquinaria especial para no tener que derrumbarlo). En cuanto a los segundos, el “Jallalla Bolivia Markasa” fue precursor en la utilización de la simbología aymara como carta de presentación oficial. Pero tenía que ser la marca de los actuales titulares del proceso la ingratitud cívica, y hasta el desprecio político, no únicamente hacia los que los antecedieron en otras corrientes políticas como Julio Mantilla —quien peleó por la visibilidad de la mujer de pollera en la sociedad boliviana— sino incluso con aquellos que quisieron aportar con sus capacidades de gestión y/o consistencia ideológica al inicio del proceso político vigente, y después fueron ignorados y estigmatizados por no compartir la línea oficial.

Todavía pude apreciar al amigo cuando, después de sufrir una desgracia en mi familia, me visitó un día el año pasado y quiso consolarme con su fantástica  personalidad que a ratos parecía conectarse casi naturalmente  con el más allá (o la Pachamama). Quedamos en que nos veríamos más seguido... pero no lo busqué, y no escuché nada más de él hasta que nos llegó la noticia de su muerte. Tengo para mí que simplemente se nos adelantó en ese viaje a través del río del olvido hasta alcanzar la otra orilla en que, limpiados de nuestros buenos y malos recuerdos por las aguas del Leteo, enfrentaremos todos el juicio justo y, a la vez, misericordioso de lo Eterno. Entre tanto, prefiero guardar en la memoria el recuerdo del amigo dispuesto a salirse de su camino... para ayudarme a seguir el mío. Descanse en Paz. ¡Jallalla Julio!

Chuquiago Marka, 18 de septiembre, 2012



viernes, 20 de julio de 2018

De la discriminación política a la exclusión populista

por Hernando Calla*

La aspiración al poder total siempre implica –aparte de su desmesura utópica– la destrucción de la pluralidad. (Hannah Arendt, 1958) 

Lo tradicional era sentirnos discriminados por el color de la piel, nuestra condición socioeconómica o no portar el carnet (del partido de turno) correspondiente. A lo primero lo llamamos racismo, lo segundo es corriente en sociedades clasistas como las latinoamericanas, pero lo tercero se agudiza en algunos países que han caído bajo regímenes populistas con ambiciones totalitarias como el nuestro, Nicaragua o Venezuela (donde ahora será necesario portar el "carnet de la patria" hasta ¡para poder comer!) 

El giro de tuerca que han experimentado nuestras sociedades en los últimos 20 años transformó el clientelismo de los gobiernos para favorecer a sus partidarios en algo más que la discriminación tradicional. Esta última ha mutado en una estigmatización ideológica que todo lo justifica con la pretensión de los gobernantes de ser los únicos representantes del “pueblo”, y la correspondiente exclusión de los otros (q’aras, ladinos, escuálidos) como “no pueblo” descartable. En la cúspide del poder ejecutivo que emanaría del pueblo, se alza el Jefazo (o el Comandante) como la primera y única autoridad sobre todos los poderes del Estado. 

En nuestro país, mi papá relataba que ya en la época del MNR era necesario contar con el carnet del partido para poder mantener el puesto laboral en las empresas estatales. Pero incluso en épocas más recientes, aún las “neoliberales”, la condición para acceder a un empleo público en algunas reparticiones “públicas”, tanto a nivel central como local, no sólo era la militancia partidaria sino sobre todo estar dispuesto al descuento de un aporte “voluntario” al partido de turno. 

Cuando soplaron los vientos de cambio en otra dirección, algunos pensaron que las cosas iban a cambiar y que el “cuoteo” político partidario de la administración pública sería pronto un mal recuerdo del pasado. Al contrario, la discriminación política se profundizó a todo nivel (nacional y subnacional) y se hizo más secante que nunca. Antes un empleado público podía rehusarse a dar su aporte al partido y contar con que su trabajo fuera lo suficientemente valorado en sí mismo como para evitar la pérdida del empleo; hoy los testimonios indican que hasta los técnicos indispensables se van si no se someten a los instructivos de la autoridad. 

En estos tiempos de caída abrupta en la popularidad del presidente Evo Morales, los empleados de los ministerios o los técnicos de las dependencias paraestatales (o incluso municipales) se han convertido en peones gratuitos en función de las estrategias de la cúpula gobernante para perpetuarse en el poder. No hace mucho, se los obligó a movilizarse con sus propios recursos hasta Cochabamba para mostrar un supuesto respaldo popular a la repostulación de Evo para el período 2020-2025. En marzo, también tuvieron que desplazarse desde muy temprano al altiplano para el “banderazo”, como parte de la estrategia de apoyo a la demanda marítima en La Haya. 

El nivel de instrumentalización del aparato estatal y subordinación de los empleados públicos en función de los intereses del partido gobernante es tal que difícilmente puede ser explicado como la discriminación política de siempre. Ya no opera en función del tradicional acomodo de correligionarios o ahijados políticos en los puestos públicos apetecidos desde mucho antes, sino que adquiere rasgos punitivos contra aquellos percibidos como opositores o infiltrados (“chupatetillas”, según Evo) a los que se margina sin reparos del empleo en la administración pública e incluso en ámbitos privados pro o paraestatales. 

Por otro lado, la discriminación política actual asume los rasgos de un chantaje del poder político a sus propios mandantes originarios. En momentos electorales, se ha escuchado a García Linera amenazar a comunidades originarias con cortarles el financiamiento de obras municipales si el MAS perdía las elecciones en su municipio. 

Al chantaje de los propios, corresponde la exclusión de los ajenos. En el caso de periodistas y medios independientes, se procede a la asfixia económica a través de una asignación discriminadora de la pauta publicitaria. Seguidamente la discriminación se vuelve persecución política a los recalcitrantes que desconocen la pretendida lealtad que le deberían todos a la verdad oficial sancionada por la autoridad correspondiente y difundida por los medios convencionales (aquella no contaminada por “las mentiras de la oposición” difundidas por los periodistas que “le hacen juego a la derecha y el imperio”). 

En todos estos casos, la discriminación política tradicional ya no contiene. Se ha convertido en algo aún más excluyente del populismo encaramado en el poder. Según estudios de teoría política recientes, el populismo puede ser caracterizado como la pretensión de unos cuantos de ser “ellos y sólo ellos, los únicos representantes del pueblo y de que sólo aquellos sectores populares que los respaldan son propiamente el pueblo" (Jan-Werner Müller, 2016). Esto es lo que pretenden los actuales gobernantes y sus “movimientos sociales”, el único pueblo que cuenta es aquel que respalda sus pretensiones de quedarse indefinidamente en el poder. 

Si para ello tienen que desconocer los resultados del referendo 21F, pues no dudan en hacerlo obedeciendo la supuesta voluntad del pueblo “verdadero” (aquel no engañado por “la mentira” opositora que indujo al voto por el NO). Ya no es más la discriminación política “normal” de aquellos que no votaban por el partido gobernante, lo que hay ahora es la exclusión masista del voto ciudadano mayoritario a como dé lugar (sea por un fallo del TCP o cualquier otro dispositivo judicial o extrajudicial). Sin importar que ello implique la negación de la pluralidad política, el desconocimiento de las garantías constitucionales, la paulatina destrucción de la institucionalidad pública aún vigente, el descrédito mayor del poder judicial y, finalmente, la destrucción de la democracia en aras de la supervivencia del autócrata como único representante del "pueblo". 

* El autor es editor/traductor independiente.

Publicado originalmente  el 3/6/2018 en Rimay Pampa por Tonny López

lunes, 16 de julio de 2018

La perversión del derecho como instrumento de persecución política


por Hernando Calla*

La perversión del derecho como instrumento de persecución política (I)

“Para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley” (Kurt Weyland, 2013)

A la salida de la audiencia de medidas cautelares a Soledad Chapetón, la Warmi Alcaldesa de El Alto, la multitud que se había congregado para apoyarla y las activistas que se habían solidarizado con ella por el acoso y persecución política de que es víctima coreaba al unísono: ¡Esto no es justicia, es persecución! ¡Esto no es justicia, es persecución! ¡Esto no es justicia…!

Aunque la audiencia se prolongó (con un cuarto intermedio a medianoche) hasta el día siguiente, el gobierno no consiguió su objetivo de detención preventiva para la alcaldesa mediante solicitud expresa del Viceministro de Justicia Diego Jiménez para que la juez anticorrupción asignada a conocer el caso de “incumplimiento de deberes” y “daño económico al Estado” contra Chapetón imponga dicha medida cautelar a la autoridad edilicia. Si bien “la Sole” continúa en libertad y podrá seguir ejerciendo sus funciones como alcaldesa, como medida precautoria para evitar “riesgo de fuga” y “obstaculización de la justicia”, ella debía ofrecer dos garantes y presentarse a la fiscalía cada 15 días para firmar constancia de cumplimiento de su arraigo en el país decretado por la juez anticorrupción.

Los casos de instrumentalización del derecho para perseguir y defenestrar autoridades y políticos opositores por parte del partido gobernante se remontan a los primeros años del gobierno de Evo Morales. Si bien esta persecución judicial empezó muy tempranamente (al menos desde 2008) contra autoridades departamentales o municipales de la llamada “media luna” (Leopoldo Fernández de Pando, Rubén Costas de Santa Cruz, Mario Cossío de Tarija, Manfred Reyes Villa de Cochabamba, José Luis Paredes en La Paz, sólo para nombrar los más poderosos a nivel departamental), la misma no fue percibida como tal por amplios sectores sociales, toda vez que los diversos casos por los que se enjuiciaba a varias de estas autoridades parecían surgir justificadamente de las promesas electorales de Evo Morales para combatir la corrupción apañada por los partidos tradicionales que se habían turnado en el poder en las pasadas décadas.

Por lo mismo, tampoco la mayoría percibe como persecución política el proceso judicial contra el alcalde José María Leyes de Cochabamba; el caso del sobreprecio en las “mochilas escolares” huele fuertemente a corrupción institucionalizada como para que la ciudadanía menos informada cuestione la legitimidad de la detención primero preventiva y luego domiciliaria del alcalde Leyes quien, con tal motivo, dejó de serlo. Lo que no percibe es que se trata de una naturalización de la detención preventiva en todo el funcionamiento del sistema judicial (según las estadísticas oficiales, más del 80% de los detenidos en las cárceles del país lo son preventivamente y no porque hayan sido encontrado culpables de los delitos cometidos) que para los casos de autoridades electas como son los alcaldes y gobernadores resulta totalmente inapropiada pues atenta contra la continuidad de las gestiones municipales o departamentales, es generalmente injustificada pues se trata de personas con trayectoria política, carrera profesional y patrimonio económico, y sobre todo políticamente aberrante toda vez que mediante la simple imputación de un fiscal a quien nadie eligió se puede impedir la continuidad de una autoridad que está ejerciendo legítimamente el cargo para el que fue elegida.

Es cada vez más evidente que el acoso político del oficialismo contra políticos de la oposición recrudecerá frente a la coyuntura electoral que se avecina en esta etapa terminal del “proceso de cambio”, particularmente contra aquellos opositores que tienen alguna posibilidad de hacerle frente o proyectar alguna sombra que amenace al caudillo único. Si bien los innumerables procesos contra Samuel Doria Medina, Rubén Costas, Ernesto Suarez y Luis Revilla han hecho noticia en varios momentos del acontecer político nacional, estos políticos no llegan a quitarles el sueño a los masistas toda vez que las encuestas preelectorales no muestran ningún favoritismo a sus potenciales candidaturas opositoras.

Por lo visto, el único político “tradicional” que parece quitarles el sueño es el ex presidente Carlos Mesa. Sólo así puede entenderse los casos de acoso político judicial a los que ha sido sometido últimamente, primero por el caso de supuestos sobornos en un contrato vial con la empresa brasileña Camargo Correa acordado durante su gestión pero nunca ejecutado por su gobierno, y segundo por un decreto de nacionalización de concesiones mineras ilegalmente obtenidas por la empresa Non Metallic Minerals – Quiborax, decreto emitido por el gobierno de Carlos Mesa aunque formalmente abrogado por el gobierno de Eduardo Rodríguez Veltzé. Luego de pagar $ 42,6 millones a los demandantes después de una sinuosa y sospechosa negociación con los abogados chilenos de NMM, la Procuradoría General pretende acusar a Mesa por haber actuado ilegalmente y causado daño económico al Estado con ese decreto tempranamente nacionalizador de 2004, aparentemente para ocultar su propia y desastrosa defensa del caso ante el CIADI. No obstante, lo principal sigue siendo la inhabilitación de Mesa como potencial candidato de una hipotética coalición opositora unificada.

Lo que más parece preocuparles a los masistas es la aparición de nuevos líderes no tradicionales que provengan de los sectores populares y que pudieran proyectar alguna sombra hacia el caudillo “insustituible” del MAS. El reciente intento por defenestrar a la Sole en El Alto es una prueba de ello. Otro caso similar fue el virtual derrocamiento de Joaquino en Potosí. Aunque actualmente aliado del oficialismo y representante potosino en el Senado por el MAS, el enjuiciamiento del ex alcalde de Potosí René Joaquino en 2013 por supuesto daño económico al Estado por la compra de algún equipamiento a medio uso (y por tanto más barato) para las labores usuales de un municipio, es paradigmático de este uso instrumental de la justicia para defenestrar autoridades elegidas por el voto popular con fines de copamiento oficialista de los espacios de poder departamental y/o municipal.

La perversión del derecho como instrumento de persecución política (II)

El caso más emblemático de perversión de la justicia en Bolivia es el juicio que el Estado plurinacional lleva adelante contra 12 personas acusadas con cargos de “terrorismo-separatismo” por su supuesta complicidad con el propósito de alzamiento armado de un grupo irregular desarticulado violentamente en Santa Cruz. Tiene relación con los hechos del 16 de abril de 2009 ocurridos en la intervención de un grupo policial de elite en el Hotel de las Américas, donde fueron asesinados extrajudicialmente el húngaro-boliviano, Eduardo Rózsa-Flores, el irlandés Michael Dwyer y el también húngaro Árpád Magyarosi.

Según testigos de las audiencias que ya llevan más de 8 años, la presentación por parte de los fiscales del régimen de los supuestos indicios e hipótesis conspirativas fue aberrante por la contaminación, suplantación y siembra de pruebas falsas. Entre otras razones, porque este juicio fue abierto en La Paz, se trasladó a Cochabamba y otros departamentos y recién en su última fase fue devuelto a Santa Cruz; nunca tomaron en cuenta el debido proceso, es decir el lugar de los hechos y su juez natural que debía instalar y presidir el juicio.

Tampoco respetaron la norma legal de la presunción de inocencia, a pesar de que en todo proceso que respete las normas de un juicio justo, es una garantía que presume la inexistencia de hechos que se imputan a los acusados, si es que no se producen pruebas concluyentes que prueben lo contrario.

Durante el juicio, cuando la defensa de los acusados con graves problemas de salud invocó ‘el derecho a la vida’, la respuesta del fiscal entonces asignado al caso Sergio Céspedes fue que “en Bolivia los tiempos políticos habían cambiado” y para simplificar su pensamiento agregó que “En la antigua Constitución Política del Estado se valoraba la vida. En esta nueva es Patria o Muerte” (Harold Olmos, “Labrado en la memoria”, por Susana Seleme, 3/6/17)

¿Qué mayor prueba de la perversión política de la justicia boliviana que esa declaración del fiscal del Estado plurinacional? Con estas premisas perversas, el gobierno de Evo Morales lleva adelante desde hace más de una década una estrategia de manipulación política del derecho contra cualquier sombra opositora, real o ficticia, que amenace su proyecto populista de perpetuación indefinida en el poder a cualquier costo.

Las garantías del debido proceso y la presunción de inocencia posiblemente sean los aspectos más frágiles de los códigos penales en nuestros países; por lo mismo, son fácilmente corrompibles hasta terminar siendo sustituidos en los hechos por sus pares opuestos: la presunción de culpabilidad de los acusados (particularmente si son enemigos políticos) hace que los procesos judiciales atenten desde un inicio contra las garantías constitucionales, una de las cuales es que no se puede detener preventivamente a los procesados salvo por ciertos delitos y en circunstancias justificadas.

Es evidente que el costo humano en separación, aislamiento, desánimo es enorme. Tal vez no llega a destruir la autoestima de los imputados si perciben que buena parte de la sociedad condena el abuso político judicial del que son objeto a menudo en forma arbitraria y aberrante, pero es seguro que los afecta profundamente en sus vidas, al verse abruptamente separados de sus hijos, padres y demás seres queridos, y en muchos casos afecta su salud al verse aquejados por enfermedades relacionadas con la privación de libertad para moverse y salir al exterior, además del agravamiento de dolencias y malestares previos.

El derecho positivo tal como lo conocemos en el presente surgió hace un milenio en la Europa medieval para ser luego adoptado por los Estados modernos; por lo mismo, tiene una impronta cultural muy fuerte de las sociedades europeas donde se fue desarrollando a lo largo de los siglos, hasta ser también adoptado por los regímenes coloniales tributarios de los imperios europeos y luego por las nacientes repúblicas del nuevo continente en los siglos XVIII y XIX. De esta tradición occidental del derecho nacieron concepciones garantistas singulares tales como la presunción de inocencia y el debido proceso, aunque estas concepciones sean flores demasiado exóticas como para dar por sentada su aplicación juiciosa en los procesos judiciales administrados por los Estados latinoamericanos, incluido el Estado boliviano. La distancia entre la codificación de la presunción iuris tantum en nuestro sistema jurídico penal y la aplicación de la misma en situaciones concretas siempre ha sido grande, pero podría argumentarse que se ha agrandado mucho más últimamente, incluso desde los tiempos llamados “neoliberales”.

A la tradición jurídica occidental que incluye la presunción de inocencia y otras flores exóticas del derecho se les podría aplicar el dicho de Francisco Iraizós a propósito del Modernismo: “Empresa tan descabellada como cultivar orquídeas en la helada meseta de Los Andes”.

De todos modos, cuando estas presunciones garantistas son violadas sistemáticamente por la perversión del derecho en instrumento de persecución política, el mal ocasionado a la sociedad es abismal, pues el sistema judicial se convierte en lo contrario de su pretendida función de impartir justicia, se vuelve un mecanismo perverso de profundización de la iniquidad –ausencia total de justicia– en la sociedad.

El sistema judicial obsecuente con el gobierno autocrático emula en los hechos a la Santa Inquisición del feudalismo medieval decadente que perseguía a los herejes y brujas que se resistían a acatar los dogmas de la Iglesia Católica; hoy en nuestro país las brujas y herejes no son únicamente los políticos opositores sino todos aquellos que nos oponemos al desconocimiento de la constitución y las leyes por parte del Evocrata convertido en usurpador de la voluntad popular.

*El autor es editor/traductor independiente



Publicado originalmente el 12/07/2018 en Rimay Pampa por Tonny Lopez (Ver https://rimaypampa.org/noticias/la-perversion-del-derecho-como/)

jueves, 29 de marzo de 2018

El secreto histórico de la vida de Jesús

por Albert Schweitzer

La traición de Judas. La última revelación del secreto de la mesianidad*

¿Cuál fue, en realidad, la traición de Judas? De acuerdo con los relatos de nuestros Evangelios parece que él habría comunicado al Sanedrín el lugar y la hora exacta en que Jesús podría ser arrestado. Aunque la indicación del lugar desempeñó un papel en la traición de Judas, ese hecho fue secundario. Siempre era posible saber dónde estaba Jesús, porque él no se preocupaba de ocultar sus idas y venidas. Los miembros del Sanedrín, que proyectaban apoderarse de su persona, sólo tenían que hacerlo seguir por un espía, la noche de su salida de Jerusalén, para informarse del lugar adónde iba. No era necesario, pues, llamar a uno de sus discípulos para saberlo.

Ahora bien, la dificultad principal, se hallaba en otro plano. Lo difícil no era detener a Jesús, sino condenarlo, porque para eso carecían de argumentos valederos. Frente a él y sus adeptos se encontraban en la penosa situación en la cual toda instancia eclesiástica respetable necesariamente se halla alguna vez: a sus ojos, esa gente estaba demasiado convencida de que el Reino estaba próximo, su fe era exuberante, y expresaban con enorme entusiasmo esa creencia, que por lo demás compartían sus antagonistas, pero con ponderación y mesura. No podían fundar su condenación sobre el papel de Precursor que el pueblo atribuía a Jesús, pues las señales que éste había dado confirmaban esa dignidad. Por otra parte, no la había reivindicado nunca públicamente para sí. Pero su conducta pública les parecía peligrosa en extremo. Los aterrorizaba, situado a la cabeza del pueblo creyente. Por eso anhelaban desembarazarse de él, pero no lo conseguían.

Sólo se puede comprender la actitud del Sanedrín si se considera que, durante todo el ministerio de Jesús, nadie sospechó jamás que él se consideraba el Mesías. Por lo tanto, no encontraron nada que reprocharle y se vieron reducidos a hacerle preguntas insidiosas para desacreditarlo a los ojos del pueblo, pero no lo consiguieron.

Entonces se les presentó Judas y les procuró el arma mortal. Cuando oyeron lo que él tenía que decirles "se regocijaron", porque ahora tenían la suerte de Jesús en sus manos. Y entonces Judas buscó una ocasión favorable para entregarlo (Marcos, XIV, 11)

La traición se deduce de los debates del proceso. Los testigos de los Fariseos no pueden decir nada que permita inculparlo. Una vez descartados esos testigos, el Sumo Sacerdote se dirige nuevamente a Jesús y le pregunta: "¿Eres tú el Mesías?" Porque, para apoyar tal pretensión de parte de Jesús, sus antagonistas no habían encontrado testigos por la sencilla razón de que no los había. Ahora bien, el Sumo Sacerdote se encuentra aquí en posesión del secreto de Jesús. ¡Ésa era la traición de Judas! Por él supo el Sanedrín que Jesús pretendía ser distinto de aquél por quien le tenía el pueblo, y sin que él se defendiese.

La traición del secreto revelado a los discípulos en Cesárea de Filipos les procuró el motivo determinante de la acusación. Considerarse el profeta de los tiempos finales, Elías [el Precursor], no era una blasfemia contra Dios. ¡Pero pretenderse el Mesías era el ultraje supremo! La perfidia de la acusación consistió en que el Sumo Sacerdote atribuyó a Jesús la pretensión de considerarse el Mesías en su estado actual. Jesús lo recusó con la altiva frase de su llegada como Hijo del hombre. Bastó eso, sin embargo, para condenarlo por blasfemia contra Dios.

Tenemos, pues, tres revelaciones del secreto de la mesianidad, estrechamente ligadas entre sí, de modo que cada una presupone la precedente. En la montaña cercana a Bethsaida, Jesús confió a sus tres íntimos el misterio que le había sido revelado en ocasión de su bautismo. Fue después del tiempo de la cosecha. Algunas semanas más tarde, los doce se enteraron de ello en Cesárea de Filipos por la respuesta de Pedro a Jesús, inspirada en su conocimiento de lo que había sucedido en la montaña de la transfiguración. Uno de los Doce entrega el secreto al Sumo Sacerdote. Esta última revelación del secreto fue fatal, porque provocó la muerte de Jesús. Fue condenado como Mesías, aunque nunca se manifestó como tal.

* Sección 5. del Capítulo VIII (p. 143-45) del libro de Albert Schweitzer, “El secreto histórico de la vida de Jesús”, Ed. Siglo XX, Bs. As, 1967













sábado, 17 de marzo de 2018

Sobre los lemas de mi vida



por Karen Blixen*



Hace poco, un entrevistador me preguntó si –después de haber pasado muchos años, sintiéndome como en mi casa en más de un país y entre distintas razas, y pasando por rachas de buena y mala suerte– sería capaz de resumir los sucesos y las experiencias de mi vida en lo que suele llamarse un lema.

Hizo bien, a mi modo de ver, en hacer esta pregunta a una persona de mi generación. Pienso que la idea de lo que puede llamarse un “moto” está muy lejos de las mentes de los jóvenes de hoy. Oteando el panorama, y pasando de una época a la siguiente, llego a la conclusión de que esta idea específicamente –el lema, el motto, la palabra, le mot– es uno de esos fenómenos de la vida que han perdido valor. Para mis contemporáneos, el valor del hombre estaba en su nombre; e incluso era la mejor parte del hombre, y se elogiaba a una persona afirmando que he was as good as his word, esto es, que su palabra, su lema, eran la mejor garantía.

Posiblemente será muy difícil para la generación joven darse cuenta de hasta qué punto nosotros vivíamos en un mundo de símbolos. En este momento podríamos extender ante nosotros un objeto cualquiera, una pieza de tela, por ejemplo, y tratar de llegar a un acuerdo por definirla y situarla. Un joven o una joven, me diría: “Tú puedes dar a este objeto el nombre que te plazca, pero en realidad será sin razón, porque, a efectos prácticos, no es más que una bandera, y vale tanto o cuanto la yarda”. Y, entonces, la persona que ha crecido en un mundo de símbolos protestaría escandalizada: “¿Pero qué quieres decir? Te equivocas de medio a medio. Esto que tenemos ante nosotros es, en realidad y a efectos prácticos, un objeto de un poder tremendo. Ponlo a prueba y verás cómo congrega en su torno a cien mil personas y las pone en marcha. Es the Stars and Stripes, es the Old Glory, es los mismísimos Estados Unidos de América del Norte.

Los niños de mi tiempo, hasta los de casa grande, tenían muy pocos juguetes. Las tiendas de juguetes eran casi desconocidas; los modernos juguetes mecánicos, que actúan sin ayuda de nadie, apenas habían hecho todavía su aparición. Claro que uno podía comprarse un caballito de juguete, pero, en términos generales, los niños de entonces teníamos más cariño, por poner un ejemplo, a una estaca nudosa seleccionada por nosotros mismos en un bosque. No éramos observadores natos, como parecen ser hoy en día los niños por su propia voluntad; ni tampoco éramos utilizadores, como hoy en día se enseña a ser a los niños; éramos creadores. Nuestro bastón nudoso, a efectos prácticos, se parecía más a Bucéfalo, a Seipner el de las ocho patas, o al mismísimo Pegaso, tanto por los caballos de fuerza que generaba como por su aspecto mismo, que cualquier magnífico caballo de juguete, por muy bien adornado que estuviese y por elegante que fuese la tienda donde había sido comprado.

De parecida manera, nos gustaba dar nombres a las hazañas, a las épocas, a los trabajos, izando sobre ellos nuestras banderas en forma de lema, proclamando al mundo entero lo que la tal empresa se esforzaba por ser: In hoc signo Vinces. La palabra, el mito, el lema, eran aquí el disparo de partida, el programa, el resumen. Existían antes de la actividad o el hecho que simbolizaba, y permanecían incluso cuando estos habían llegado a su fin; eran el versículo inicial: “En el principio era el verbo”. Y la afirmación final, el sagrado Amén, así sea.

Y es que la palabra, tomada tan en serio, es una cosa muy poderosa. Uno escoge su lema y lo manda grabar en su sello, pero, en un decir amén, el lema le sella y le marca a uno. En mi país hay familias del campo que han vivido durante siglos bajo la influencia de un lema. He conocido a miembros de ellas pertenecientes a diversas generaciones y he comprobado que eran distintos entre sí de muchas maneras, pero el sello, la marca, influía por igual en cada uno de ellos. La gente que ha vivido bajo el signo de NObilis est Ira leonis tendrá otro aspecto e incluso otros instintos que los que vivieron bajo Amore non Vi. Yo estoy emparentada, y soy amiga, de gente vieja y joven de una familia cuyos miembros han nacido y crecido bajo el lema “And Yet” [Y de todas formas], o sea: “Quand Meme”, y todos ellos eran gente recia, con la que resultaba difícil discutir.

Ahora bien, pasando revista a estos lemas de mi propia vida, que he seleccionado en distintas épocas para mí misma, y a los que siempre he considerado como propiedad mía, aunque lo más probable es que yo misma acabase siendo propiedad suya, me siento como si estuviera paseando a la zaga de Jacques:

                El mundo entero es un escenario,
                y todos los hombres y todas las mujeres
                son meros actores.
                Tienen sus apariciones y sus mutis;
                y cada uno, en su tiempo, hace muchos papeles,
                sus acciones abarcan siete edades.

O, como en mi propio caso, cinco edades solamente.

Denys Finch-Hatton, mi amigo inglés en África, solía reírse de mí, llamándome “Gran emperador Otto”. Y es que

                El gran emperador Otto
                No acababa de decidirse por un lema.
                Vacilaba entre
                “L’état c’est moi” e “Ich dien”. [Yo sirvo]

En mi caso concreto, Denys daba por supuesto que el primer lema expresaba mi actitud para con la gente y el segundo mi estado mental en mis tratos con los indígenas, y es probable que tuviese razón.

Para la niñita que era yo cuando vivía en la casa de mi madre, el dilema del gran emperador Otto era realmente la riqueza, la abundancia de posibilidades. En los viejos cuadernos de ejercicios que acumulan ahora polvo en los desvanes se ven muchos lemas escritos con lápiz azul y rojo. Y el que yo encuentro con más frecuencia es esta meritoria máxima. Essayez! [Inténtalo] Hay otros lemas, en latín, idioma que, por desgracia, ya he olvidado, como el que proclama: “Con frecuencia en apuros, pero nunca asustada”; y pienso que esos lemas los escribiría yo estando poseída por algún tipo de amargura o rebelión contra los poderes supremos que dominan al niño: serían, sin duda, nuestras niñeras, porque yo, por mi parte, nunca he ido al colegio, pero en casa tenía institutrices, razón por la cual pienso que soy completamente ignorante en muchas cosas que todo el mundo sabe. Así y todo, esas mujeres, jóvenes o viejas, eran ambiciosas; a la edad de doce años se nos ordenaba escribir un ensayo sobre Racine, tarea, por cierto, que aún hoy en día me intimidaría, y traducir La Dama del Lago, de Walter Scott, en versos daneses, y durante muchos años después de tal trance, yo y mis hermanas recordábamos todavía pasajes enteros de ese poema. Otros lemas, más adecuados a mis circunstancias actuales que para la niña de once o doce años que los escribió, me imagino que se me ocurrirían, más que nada, por la belleza de las palabras que contienen, como éste: Sicut Aquila juvenescam. [Como águila joven]

Pienso que sería a la edad de diecisiete años, al salirme con la mía e ingresar en la Real Academia de Copenhague, cuando las ricas posibilidades se fundieron en una sola y escogí el siguiente lema, que fue el verdadero lema de mi juventud:

                Navicare necesse est, vivere non est necesse!

Fue Pompeyo quien lanzó esta audaz orden a sus tímidos marineros sicilianos, que se negaban a navegar contra la tormenta y el mar abierto para traer trigo a Roma.

La verdad que no es un lema muy original; son muchos los jóvenes que, sin duda, lo habrán elegido. En sus corazones el ansia y la voluntad de osar estarán al acecho de la palabra que les impulsará. A mí se me ocurrió como la cosa más natural del mundo considerar mi avatar vital en términos de navegación, porque mi casa está situada a apenas cien yardas de distancia del mar, y todos los veranos de mi juventud mis hermanos iban en bote por los canales entre Copenhague y Elsinore.

A los jóvenes, que tienden a pensar en paradojas, la paradoja de Pompeyo –pues ciertamente lo es, ya que el objeto de aquella importantísima travesía a Roma era conservar la vida y, de todas formas, el que no está vivo no puede navegar– se les presenta como la auténtica, clara lógica de la vida misma. Para mí no hay brújula más infalible que el brazo extendido de Pompeyo, y por él regí yo mi vida con irresistible confianza, y si cualquier persona, por prudente que fuese, hubiera insistido en decirme que mi lema no tenía ningún sentido común, seguramente le habría contestado: “¡No, pero tiene sentido divino!”, añadiendo también, quizá: “¡Y marítimo!”.

En alas de esta tormenta volé, en la víspera de la primera guerra mundial, hasta África. Por entonces yo estaba prometida con mi primo, Bror Blixen; un tío de ambos había llegado de un safari de caza mayor que le llevó a lo que entonces era el Protectorado del África Oriental Británica, y desplegó ante nuestros admirados ojos un espejismo de tremendas posibilidades agrícolas en esas tierras. Y, en el auténtico espíritu de Pompeyo: “labrar la tierra es necesario, vivir no”, nos pusimos en marcha.

La verdadera sencillez de corazón hace surgir a veces inesperada tolerancia en las fuerzas que dirigen el universo. La diosa Némesis misma se siente inducida por esa sencillez a mostrarse más suave. La diosa podría muy bien haberme respondido: “Muy bien, de acuerdo, haz lo que quieras: ¡Adelante, date a la vela y renuncia a vivir”. Pienso que ésta fue la respuesta que dio al Holandés Errante. Pero para mí su respuesta fue distinta: “¡Dios te ayude, tontísima!, yo misma dirigiré tu vela, yo misma dirigiré tu timón, y te enviaré a plena vela, hacia la vida!”. Y así, bajo la bandera de mi primer lema, me di a la vela hacia el corazón de África y hacia una Vita Nuova y lo que acabó siendo para mí mi verdadera vida. África me recibió y me hizo suya, y tan a fondo lo hizo que, inconscientemente infiel al lema que nos había unido, lo cambié por otro.

La familia inglesa Finch-Hatton tiene por lema en su escudo: Je responderay, o sea: “Responderé”. Y lo tienen desde hace mucho tiempo, tengo entendido, ya que está escrito en un francés muy antiguo; y también hace ya mucho tiempo que Hatton Garden, en Londres, ya no es un jardín; y se sabe desde hace mucho tiempo de uno de los miembros de la familia, favorito que fue de la Reina Isabel, que

Sir Christopher Hatton bailaba muy graciosamente, eran bellas sus formas y muy dulce su rostro.

Pero, a pesar de todo, acabó muy mal, porque se apoderó de él el demonio.

Tanto me gustaba ese lema que un día le pregunté a Denys, que era anterior a mí como pionero en África –aunque nosotros, los colonos llegados a África antes de la primera guerra mundial, nos considerábamos como una familia, una especie de nuevos tripulantes del Mayflower–, si le importaría que lo usase también yo, y él, generosamente, me lo regaló y hasta mandó hacer un sello con él. Ese lema era para mí muy significativo, y por muchas razones, dos sobre todo:

La primera de las cuales era la gran importancia que daba a la idea misma de responder. Y es que la respuesta esa algo más raro de lo que habitualmente se piensa. Y hay mucha gente muy inteligente que no tienen respuestas en su ánimo, de modo que cualquier conversación o correspondencia con ellos no es más que un doble monólogo: ya podéis pegarles, o pagarles, da igual, porque el eco que les arrancaréis será el mismo que arrancaríais a un tarugo de madera. O sea, que no vale la pena seguir hablando con ellos.

En los largos valles de las llanuras africanas me seguían y me rodeaban dulces ecos, como emitidos por una tabla de armonía. Mi vida cotidiana estaba allí llena de voces que respondían inaudiblemente; jamás hablé sin recibir respuesta; y hablaba libremente y sin ataduras de ningún tipo, incluso estando en silencio. Una explicación de cosa tan extraña podría ser que yo vivía entonces a tremenda altitud: seis mil pies por encima del nivel del mar, o sea, como si dijéramos, en el mismísimo tejado de la tierra, donde el aire pasa por ser el elemento dominante y a veces le convierte a uno en arpa eólica. 

Otra posible explicación podría ser que yo allí estaba en contacto con los indígenas africanos y con la caza mayor africana. Siempre he querido muchísimo a los animales, y encontrarme de pronto con ellos en su propio territorio, no introducidos desde fuera en la existencia humana, toparme inesperadamente con un rebaño de cebras o de grandes antílopes y oír desde mi cama el lejano, potente rugido del león cazador, me hacía sentirme como vuelta a esos días felices en que Adán daba nombres a los animales del paraíso. A los indígenas de África les veía ahora por primera vez, pero, a pesar de todo, entraban en mi vida a modo de respuesta a alguna llamada de mi propia naturaleza, a sueños de mi infancia quizá, o a poesía leída y amada hacía mucho tiempo, o a emociones e instintos muy hondamente arraigados en mi mente, porque siempre he tenido la sensación de parecerme a los indígenas mucho más que los otros blancos del Protectorado. Desde el primer día de nuestro encuentro surgió entre ellos y yo una comprensión tan honda que bien puedo decir que mi amor por ellos, sea cual fuere su sexo, su edad, su tribu –pero en particular, con los masai, la tribu guerrera, que eran mis vecinos, con el río de por medio–, era una pasión tan fuerte como cualquier otra que yo haya sentido en mi vida. Las figuras oscuras que me rodeaban me respondían, incluso sin necesidad de hablar, con sus movimientos suaves, silenciosos, y con sus miradas serenas y agudas. Y cuando estábamos juntos a solas, el eco se hacía más fuerte. He estado a veces en safari, muy lejos, a cien millas de cualquier otro blanco, a solas con mis compañeros indígenas fundiéndome con mi entorno, con el paisaje, con los animales, y con seres humanos, y con las horas del día y de la noche. 

Sensación, por cierto, que se intensificaba cuando los indígenas nos daban a nosotros, los blancos, nombres indígenas, caracterizándonos con palabras de su propio idioma. La mayor parte de esos nombres eran nombres de animales, aunque ésa era una regla llena de excepciones; por ejemplo, a uno de mis vecinos, persona muy poco sociable, le pusieron de nombre sahani modya, lo que quiere decir un plato o tapadera, y a mi amigo sueco Eric von Otter le pusieron el bonito nombre de resarci modya, o sea, un cartucho, porque nunca necesitaba más para tumbar a cualquier res de caza. Mi marido y yo eramos wauhauga, o sea, los gansos salvajes. Más tarde, cuando vivía yo sola en la finca, mi viejo escopetero somalí, después de regresar a su país, me escribió una carta dirigida a “la Leona Blixen”, y comenzaba así: “Honorable Leona”, razón por la cual todos mis amigos de la colonia comenzaron a llamarme la leona. Yo estoy muy segura de que, al menos para las mujeres, la existencia de ecos en su vida es una fuente de felicidad, o bien es conciencia de pingües recursos. Aconsejo a todos los maridos: responded a vuestras mujeres, inducidlas a responderos.

En segundo lugar, el lema de Finch-Hatton me gustaba por su contenido ético. Responderé de lo que digo o hago; responderé a la impresión que cause. Seré responsable.

No consigo explicarme del todo la coincidencia que existe entre respuesta y responsabilidad. Los que me escuchan, muchos de quienes, sin la menor duda, están más versados que yo en etimología, podrán quizá explicarme esto. La misma relación existe en todos los idiomas que conozco, y en danés respuesta y responsabilidad son la misma palabra. Es triste observar, en una colonia, hasta qué punto gente que, en su patria, se atenía estrictamente a una norma ortodoxa de conducta, cambia de actitud en cuanto se ve en un ambiente en el que nadie puede pedirle responsabilidades: se siente inmediatamente libre de toda atadura ética. Es muy buena cosa en tales casos, yo diría que lo es en cualesquiera casos, llevar ese lema: Je responderay, en la sangre.

Si yo ahora, después de abandonar esas felices llanuras de caza, tuviese que aconsejar a alguien que anda buscando lema, le diría que Je responderay es un signo muy favorable bajo el que vivir. Cuando rememoro mis casi veinte años en África, siento que el hecho mismo de que todo cooperase para el bienestar de un ser humano demuestra claramente que ese ser humano amaba de verdad a Dios.

Los que hayan leído mi libro Lejos de África recordarán, de todas formas, que este estado de cosas no duró en mi caso. Cuando, en los años treinta, bajaron los precios del café, no tuve más remedio que renunciar a mi finca. Volví entonces a mi país, que estaba a la misma altura que el nivel del mar y demasiado lejos de los ecos de la llanura africana para poder oírlos desde allí, lejos de los grandes, salvajes, bonachones habitantes de esas llanuras, y de las oscuras, afables figuras de los manyattas, que se hundían en el horizonte todo en torno a mí. Durante esa época mi existencia carecía por completo de sentido. A lo largo de mi vida me había ocurrido con frecuencia imaginarme cosas y encontrar, en cierto modo, difícil hacerlas realidad. Pero aquí era justamente al revés, porque, por todas partes, las cosas se hacían reales por sí solas, y con gran insistencia, por cierto, y sin que me fuese posible en absoluto imaginarlas.

En tales circunstancias fui encerrándome en el silencio. Y es que, desde cualquier punto de vista que se mirase, yo no tenía nada que decir.

Y, sin embargo, me era necesario hablar. Porque tenía que escribir mis libros.

Durante mis últimos meses en África, a medida que se me iba haciendo más evidente que no iba a poder conservar mi finca, comencé a escribir por la noche, aunque sólo fuese para olvidarme de tantas cosas como tenía que pensar y repensar cien veces durante el día, y abrirme otros horizontes mentales. Los refugiados que tenía yo en mi finca habían cogido para entonces la costumbre de acercarse a mi casa y sentarse sobre la hierba en torno a ella y estarse así en silencio horas y horas, como en espera de ver cómo iban desarrollándose las cosas. Y yo sentía su cercanía más como un gesto de amistad que como un reproche, pero, en todo caso, con suficiente peso para impedirme dedicarme a cualquier actividad exclusivamente mía. Ellos, por su parte, no se iban de allí, para volver a sus chozas, hasta el anochecer. Y yo entonces me quedaba sola en mi casa, o quizá en compañía de Farah, mi servidor infaliblemente leal, siempre quieto y envuelto en su largo y blanco ropón árabe, siempre apoyado contra la pared, y entonces comenzaban a aparecer figuras y voces y colores llegados de muy lejos, o de ningún sitio, como enjambres en torno a mi lámpara de parafina. Fue allí, y entonces, cuando escribí dos de mis Siete cuentos góticos.

Bueno, ahora me encontraba de nuevo en mi vieja casa, con mi madre, que recibió a la hija pródiga con todo el calor de que su corazón era capaz, pero sin darse cuenta de que para entonces yo ya tenía más de quince años y durante dieciocho me había acostumbrado a una vida de excepcional libertad. Mi vieja casa era un sitio encantador y habría podido vivir en ella tomando las cosas como viniesen, en una especie de dulce idilio, pero lo malo era que no acababa de ver ningún futuro ante mis ojos. Y además estaba sin dinero. Mi dote, por llamarla de alguna manera, se había ido en la compra de la finca, y era mi deber para con la gente de la que dependía el hacerme una vida tolerable en mi país. Esos cuentos góticos estaban exigiendo ser escritos, y lo primero que exigían era un lema para el libro que iban a llenar. “¡Danos”, me gritaban, “un signo con el que…” –bueno, no con el que conquistar nada, porque no estaba yo entonces para conquistas, pero si– “con el que correr, con el que movernos!”.

Inesperadamente, y como por sus propios pies, cayó sobre mí el tercer lema de mi vida. En aquel momento no comprendí su sentido, lo que él hizo fue apoderarse de mí, así, sin más.

En la avioneta en la que yo volaba con Denys sobre África sólo había sitio para dos personas, el pasajero que se sentaba delante del piloto, sin otra cosa que aire en torno a él. Allí no podía sentirse uno otra cosa que un personaje de Las Mil y una noches, cruzando los cielos sobre las palmas de un Djinn. Por la mañana, o por la tarde, cuando no había que tener miedo al sol, solía quitarme el casco de aviadora y el fuerte aire africano me cogía por el pelo y me echaba la cabeza hacia atrás de forma que me resultaba difícil no perderla. Bueno, pues, ahora, en Dinamarca, me estaba ocurriendo lo mismo, arrebatada por una corriente de vida que parecía saber lo que me estaba pasando, aunque yo misma no lo supiese.

Lo que pasó fue que yo había leído en los periódicos algo sobre una expedición científica francesa cuyo barco se hundió a la altura de Islandia con su bandera ondeando bien alta, y ese barco se llamaba Pourquoi pas?, ¿por qué no?

Ahora bien, ese lema me pareció tener todos los ingredientes de una buena paradoja, y no consigo explicar con palabras su verdadero significado. Pero funcionaba. Era animador e inspirador. ¿Por qué? es, en sí, una especie de lamento, un grito que sale del corazón; es como si sonase en el desierto y como si, en sí mismo, fuese negativo, como si fuese la voz de una causa perdida. Pero si se le añade otra negativa, el pas francés, el “no”, la patética pregunta se vuelve respuesta, orden, llamada de brutal esperanza.

Bajo este signo –sintiéndome en aquel momento muy dubitativa sobre el asunto, como en manos de un espíritu gozoso, pero exigente– terminé mi primer libro. Y bien puede afirmarse que mi tercer lema se cierne sobre todos mis libros. Y se cernerá, pienso yo, sobre cuantos libros escriba en lo que me quede de vida.

Mi amigo de África, Hugh Martín, cuando le mandé mi primer cuento para que me diese su opinión, me respondió con unos versos de Kipling:

                El Viejo Hornos le dijo a todo el Atlántico:
                ¿dónde aprendió Frankie su oficio?
                Porque a mí me persiguió
                con una vela mayor de tres rizos
                todo en torno al Cabo de Hornos.
                Y el Atlántico respondió: No se lo enseñé yo.
                Mejor será que preguntes al viejo Mar del Norte.
                A mí me persiguió con velamen de lo más corriente
                Alrededor de Hornos.

Hubiera podido hacer mía esta respuesta. Por aquel entonces yo no tenía maestro o consejero; no tenía, por aquel entonces, quien me enseñase o aconsejase. Se apoderó de mí, acuciándome, el barco francés hundido en el frío mar a la altura de Islandia: Pourquoi pas?

“Ellos tienen sus salidas y sus entradas…” Lo mismo les pasa a los programas y a los lemas. Pero en las buenas comedias una salida, un mutis, no es lo mismo que una desaparición, pues, incluso después de su última salida, el personaje sigue formando parte de la comedia. El siguiente lema de mi vida entró en ella muy silenciosamente, como el cambio de las estaciones que nadie quiere realmente cambiar.

Una vieja ciudad inglesa tenía tres murallas en torno a ella. En cada una de estas murallas había un portón, y sobre cada portón había una inscripción. Sobre el primer portón se leía “Sé audaz”, sobre el segundo “Sé audaz”, sobre el tercero “No seas demasiado audaz”.

¿Les parece esto una derrota a mis oyentes? Pues para mí no lo es. Una persona que, como Mussolini, ha declarado: “Non amo i sedentari”, “no me gusta la gente sedentaria”, se dará cuenta del mejor momento para escoger una silla y sentarse en ella, confiando en que “los árboles, dondequiera que te sientes, se concentrarán en sombra”. El deseo de imponer tu voluntad y tu ser al mundo y de convertir al mundo en tu propiedad se convierte en ansia de aceptar, de entregarte al universo: Hágase Tu Voluntad. ¿Quién de los dos es más auténticamente audaz? Yo he sido muy fuerte, insólitamente fuerte para ser mujer, he sido capaz de andar o cabalgar más que la mayor parte de los hombres. He curvado un arco masai, y en un momento de arrebato me he sentido de la sangre de Ulises. Y sigo sintiendo el placer de haber sido fuerte; mi debilidad actual es consecuencia de haber sido fuerte en otros tiempos. Nietzche ha escrito: “Yo digo que sí a todo, y he sido un luchador, de modo que algún día podré bendecir con mis brazos”, y esta última actitud no contradice a la anterior, sino que es consecuencia de ella.

¿Es capaz un ser humano, consciente de la eternidad que hay a sus espaldas y delante de él, de apreciar completamente el valor de la hora que pasa? ¿Una hora contemplando el bosque o el mar u oyendo música, una hora pasada en conversación con amigos? Como el pájaro del poema, posado en una frágil rama que él sabe que no le sostendrá, es también consciente de que tiene alas que podrán sostenerle cuando llegue el momento, podré decir yo, ciertamente: Pourquoi pas? El lema anterior sale, hace mutis, pero sigue sosteniendo al nuevo.

He venido a Norteamérica bajo este signo: “Sé audaz. Sé audaz. No seas demasiado audaz”. 

Posiblemente me hubiera gustado venir antes, en los años en que la necesidad de navegar estaba más clara que la necesidad de vivir. Y, sin embargo, pienso que esto no es una derrota, sino que quizá sea, a su manera, una broma. Posiblemente fuese buena cosa para mí, en este momento, y mientras os estoy hablando, que alguien me aconsejara no ser demasiado pomposa, ni, menos, demasiado audaz.

Terminaré esta charla sobre los lemas de mi vida con un breve cuento que me contó un amigo.

Un viejo mandarín chino gobernaba el país durante la infancia de un joven emperador. Cuando el emperador llegó a la mayoría de edad, el viejo le devolvió su anillo, que a él le había servido como emblema de su autoridad de regente, y le dijo lo siguiente a su joven soberano:

“A este anillo le he añadido una inscripción que Vuestra Majestad quizá encuentre útil. Es para leerla en momentos de peligro, duda y derrota. Es para leerla, también, en momentos de conquista, triunfo y gloria”.

La inscripción decía: “También esto pasará”.

Esta frase no se ha de entender en el sentido de que, al pasar, tanto las lágrimas como la risa, tanto las esperanzas como la desesperación desaparecerán en un vacío. Lo que significa es que todo acabará siendo absorbido en una unidad. Y no tardaremos en ver todo eso como parte integrante del conjunto del hombre o la mujer.

En los labios del gran poeta, el pasar adopta la forma de una grande y armoniosa belleza:

                No hay en él nada que se extinga,
                pero sufrirá un cambio marino,
                tornándose en algo rico y extraño.

Podemos servirnos de estas palabras –incluso cuando estamos hablando sobre nosotros mismos– sin vanagloria. Cada uno de nosotros siente en su corazón la inherente riqueza y extrañeza de una sola cosa: su propia vida.

* Autora danesa de Siete cuentos góticos (1934) y otros cuentos clásicos modernos publicados tempranamente bajo el seudónimo de Isak Dinesen. El presente ensayo integra una colección de textos en prosa publicados en castellano con el título de “Ensayos completos”, Madrid: Editorial Losada, 2003 (p. 363 - 378)







jueves, 15 de febrero de 2018

Verdad y política (2)

por Hannah Arendt

II

Aunque las verdades políticamente más importantes son las verdades de hecho, el conflicto entre verdad y política se planteó y articuló por primera vez con respecto a la verdad política. Lo opuesto de un juicio racionalmente verdadero es el error y la ignorancia, como pasa en las ciencias, o la ilusión y la opinión, como ocurre en la filosofía. La falsedad deliberada, la mentira llana, desempeña su papel sólo en el campo de los juicios objetivos, y se diría significativo, o más bien extraño, que en el largo debate sobre el antagonismo entre verdad y política, desde Platón hasta Hobbes, nadie al parecer jamás creyera que la mentira organizada, tal como la conocemos hoy en día, podría ser un arma adecuada contra la verdad. En Platón, el que dice la verdad pone su vida en peligro, y en Hobbes, que ya lo ha convertido en autor, recibe la amenaza de quemar sus libros; la pura mendacidad no es una salida. El sofista y el ignorante, más que el mentiroso, ocupan el pensamiento de Platón, y cuando establece la distinción entre error y mentira --es decir, entre «ψενδοϛ involuntario y voluntario»--, resulta sintomático que sea mucho más duro con las personas que «se revuelcan en la ignorancia bestial» que con los mentirosos (5). ¿Sería porque la mentira organizada, que domina el campo público, a diferencia de la mentira privada que prueba suerte en su propio dominio, aún no se conocía? También podemos preguntarnos si tiene alguna relación con el hecho asombroso de que, exceptuado el zoroastrismo, ninguna de las grandes religiones incluyera la mentira como tal, distinta de «dar falso testimonio», en su catálogo de pecados graves. Sólo con el surgimiento de la moral puritana, que coincidió con el nacimiento de la ciencia organizada, cuyo progreso debía asegurarse en el terreno firme de la veracidad y credibilidad absolutas de cada científico, las mentiras pasaron a considerarse faltas graves.

Sea como sea, en términos históricos, el conflicto entre verdad y política surgió de dos modos de vida diametralmente opuestos: la vida del filósofo, como la entendieron primero Parménides y después Platón, y la vida de los ciudadanos. A las siempre cambiantes opiniones ciudadanas acerca de los asuntos humanos, que a su vez estaban en un estado de flujo constante, el filósofo opuso la verdad acerca de las cosas que, por su propia naturaleza, eran permanentes, y de las que por tanto se podían derivar los principios adecuados para estabilizar los asuntos humanos. En consecuencia, la antítesis de la verdad era la simple opinión, que se igualaba con la ilusión, y esta mengua de la opinión fue lo que dio al conflicto su intensidad política, porque la opinión y no la verdad está entre los prerrequisitos indispensables de todo poder. «Todos los gobiernos descansan en la opinión», decía James Madison, y ni siquiera el gobernante más autocrático o tirano podría llegar jamás al poder, y menos aún conservarlo, sin el apoyo de quienes tuvieran una mentalidad semejante. Por la misma causa, cuando en la esfera de los asuntos humanos se reclama una verdad absoluta, cuya validez no necesita apoyo del lado de la opinión, esa demanda impacta en las raíces mismas de todas las políticas y de todos los gobiernos. Este antagonismo entre verdad y opinión se ve mejor elaborado en Platón (sobre todo en Gorgias) como el antagonismo entre la comunicación bajo la forma de «diálogo», que es el discurso adecuado para la verdad filosófica, y bajo la forma de «retórica», por la que el demagogo --como diríamos hoy-- persuade a la multitud.

En las primeras etapas de la Edad Moderna todavía se pueden encontrar huellas de este conflicto original, pero muy pocas en el mundo en que vivimos. Por ejemplo, en Hobbes todavía hallamos una contraposición de dos «facultades opuestas»: un «razonar sólido» y una «poderosa elocuencia»; el primero está basado «sobre principios de verdad, la otra sobre opiniones... y sobre las pasiones e intereses de hombres que son diferentes y mutables».(6) Más de cien años después, en el Siglo de las Luces, esas huellas no habían desaparecido totalmente y, donde el antiguo antagonismo sobrevive aún, el énfasis se ha desplazado. En términos de filosofía premoderna, la magnífica frase de Lessing --«Sage jeder, was ihm Wahrheit dünkt, und die Wahrheit selbst sei Gott empfohlen» («Deja que cada hombre diga lo que cree que es verdad y deja que la verdad misma quede encomendada a Dios»)-- habría significado llanamente: el hombre no es capaz de la verdad, todas sus verdades, ay, son doxai, meras opiniones; por el contrario, para Lessing significaba: demos gracias a Dios por no conocer la verdad. Incluso cuando está ausente la nota de júbilo --el criterio de que para los hombres, al vivir en compañía, la riqueza inagotable del discurso humano es infinitamente más significativa y de mayor alcance que cualquier Verdad única--, la certeza de la fragilidad de la razón humana prevaleció desde el siglo XVIII sin dar lugar a quejas ni lamentaciones. Lo podemos comprobar en la grandiosa Crítica de la razón pura de Kant, donde la razón se ve llevada a reconocer sus propias limitaciones, como también lo oímos en las palabras de Madison, que más de una vez subrayó que «la razón del hombre, como el hombre mismo, es tímida y cautelosa cuando obra por sí sola, y adquiere firmeza y confianza en proporción al número con que está asociada».(7) Las consideraciones de este tipo, mucho más que nociones acerca del derecho individual a la expresión propia, jugaron un papel decisivo en la lucha, al fin más o menos victoriosa, para obtener libertad de pensamiento para la palabra hablada e impresa.

Spinoza, que aún creía en la infalibilidad de la razón humana y que a menudo recibe equivocadamente el título de campeón de la libertad de palabra y de pensamiento, sostenía que «cada hombre es, por irrevocable derecho natural, dueño de sus propios pensamientos», que «el entendimiento de cada hombre es suyo y las mentes son distintas como los paladares», de lo que concluía que «es mejor garantizar lo que no se puede anular» y que las leyes que prohíben el libre pensamiento sólo pueden desembocar en la existencia de «hombres que piensen una cosa y digan otra» y, por consiguiente, en «la corrupción de la buena fe» y en «el fomento de... la perfidia». Sin embargo, Spinoza nunca exige libertad de palabra, y el argumento de que la razón humana necesita comunicarse con los demás y, por tanto, ser pública en bien de su propia integridad brilla por su ausencia. Incluso clasifica la necesidad de comunicación del hombre, su incapacidad para ocultar sus pensamientos y callar, entre los «errores comunes» que el filósofo no comparte.(8) Por el contrario, Kant afirmaba que «el poder externo que priva al hombre de la libertad para comunicar sus pensamientos en público lo priva a la vez de su libertad para pensar» (la cursiva es mía), y que la única garantía para «la corrección» de nuestro pensamiento está en que «pensamos, por así decirlo, en comunidad con otros a los que comunicamos nuestros pensamientos así como ellos nos comunican los suyos». La razón humana, por ser falible, sólo puede funcionar si el hombre puede hacer «uso público» de ella, y esto también es verdad en el caso de quienes, aun en un estado de «tutelaje», son incapaces de usar sus mentes «sin la guía de alguien más», y para el «estudioso», que necesita de «todo el público lector» para examinar y controlar sus resultados.(9)

En este contexto, la cuestión del número mencionada por Madison tiene especial importancia. El desplazamiento desde la verdad racional hacia la opinión implica un paso del hombre en singular hacia los hombres en plural, lo que a su vez implica un cambio desde un campo en el que, dice Madison, nada cuenta excepto el «razonamiento sólido» de una mente, hacia un ámbito donde la «fuerza de la opinión» se determina por la confianza individual en «el número de los que, supone el sujeto, tienen las mismas opiniones», número que, dicho sea al pasar, no está necesariamente limitado a las personas contemporáneas. Madison distinguía aún esta vida en plural, que es la vida del ciudadano, de la vida del filósofo, por la que esas consideraciones «debían ser desechadas», pero esta distinción no tiene una consecuencia práctica, porque «una nación de filósofos es tan poco probable como la raza filosófica real que quería Platón».(10) Dicho sea de paso, se puede señalar que la idea misma de «una nación de filósofos» habría sido una contradicción en los términos para Platón, cuya filosofía política entera, incluidos sus abiertos rasgos tiránicos, se funda en la convicción de que la verdad no se puede obtener ni comunicar entre los integrantes de la mayoría.

En el mundo en que vivimos, las últimas huellas de este antiguo antagonismo entre la verdad del filósofo y las opiniones de la calle ya han desaparecido. Ni la verdad de la religión revelada, que los pensadores del siglo XVII aún tomaban como una molestia mayor, ni la verdad del filósofo, desvelada al hombre en su soledad, interfieren ya en los asuntos del mundo. Con respecto a la primera, la separación de Iglesia y Estado nos dio paz, y con respecto a la segunda, hace tiempo que dejó de reclamar su dominio, a menos que nos tomemos con seriedad las modernas ideologías como filosofías, lo que es bien difícil, ya que sus adherentes hacen declaraciones abiertas de que se trata de armas políticas y consideran irrelevante el tema de la verdad y la veracidad. Si pensamos en términos de la tradición, podríamos sentirnos autorizados a concluir de este estado de cosas que ya se ha zanjado el antiguo conflicto, y en particular que ha desaparecido su causa originaria, el choque de la verdad racional con la opinión.

Sin embargo, por extraño que resulte, no es éste el caso, porque el choque entre la verdad factual y la política, que se produce hoy en tan gran escala, tiene al menos en algunos aspectos rasgos muy similares. Mientras que probablemente ninguna época anterior toleró tantas opiniones diversas en asuntos religiosos o filosóficos, la verdad de hecho, si se opone al provecho o al placer de un grupo determinado, se saluda hoy con una hostilidad mayor que nunca. Ya se sabe que siempre existieron los secretos de Estado; todos los gobiernos deben clasificar cierta información, no transmitirla al público, y el que revelaba secretos siempre fue tratado como un traidor. Este tema no tiene que ver con mi exposición. Los hechos que tengo en mente son de público conocimiento, y no obstante la misma gente que los conoce puede situar en un terreno tabú su discusión pública y, con éxito y a menudo con espontaneidad, convertirlos en lo que no son, en secretos. Que después se pruebe que su aseveración se considera tan peligrosa como, por ejemplo, se consideró la prédica del ateísmo o alguna otra herejía, parece ser un fenómeno curioso, y su significado se ahonda cuando lo encontramos también en países que soportan el dominio tiránico de un gobierno ideológico. (Incluso en la Alemania de Hitler y en la Rusia de Stalin era más peligroso hablar de campos de concentración y de exterminio, cuya existencia no era un secreto, que sostener y aplicar puntos de vista «heréticos» sobre antisemitismo, racismo y comunismo.) Se diría que es aún más inquietante el de que, en la medida en que las verdades factuales incómodas se toleran en los países libres, a menudo, en forma consciente o inconsciente se las transforma en opiniones, como si el apoyo que tuvo Hitler, la caída de Francia ante el ejército alemán en 1940 o la política del Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial no fueran hechos históricos sino una cuestión de opiniones. En vista de que esas verdades de hecho se refieren a asuntos de importancia política inmediata, lo que aquí está en juego es algo más que la quizá inevitable tensión entre dos formas de vida dentro del marco de una realidad común y comúnmente reconocida. Lo que aquí se juega es la propia realidad común y objetiva y éste es un problema político de primer orden, sin duda. En vista de que la verdad de hecho, aunque mucho menos abierta a la discusión que la verdad filosófica, y con entera evidencia al alcance de todos, a menudo parece estar sujeta a un destino similar cuando se expone en la calle -- es decir, a que se la combata no con mentiras ni falsedades deliberadas, sino con opiniones--, podría ser útil mientras tanto reabrir el antiguo y al parecer obsoleto tema de verdad frente a opinión.

Considerada desde el punto de vista del que dice la verdad, la tendencia a transformar el hecho en opinión, a desdibujar la línea divisoria entre ambos, no es menos desconcertante que el antiguo dilema del hombre veraz, tan bien expresado en la alegoría de la caverna, cuando el filósofo, a su regreso del solitario viaje al cielo de las ideas perdurables, procura comunicar su verdad a la multitud, con el resultado de verla desaparecer en la diversidad de puntos de vista, que para él son ilusiones, y caer hasta el espacio incierto de la opinión, de modo que en ese instante, cuando está otra vez en la caverna, la verdad misma se muestra en la formulación del δοκϵι μοι («me parece»), las  δóξαι mismas que había esperado dejar detrás de una vez para siempre. Sin embargo, el narrador de la verdad de hecho está en peor situación. No vuelve de ningún viaje a regiones que estén más allá del campo de los asuntos humanos ni puede consolarse con la idea de que se ha convertido en un forastero en este mundo. De una manera similar, no tenemos derecho a consolarnos con la idea de que la verdad de esa persona, si es verdad, no es de este mundo. Si no se aceptan los simples juicios objetivos de esa persona --verdades vistas y presenciadas con los ojos del cuerpo y no con los de la mente--, surge la sospecha de que puede estar en la naturaleza del campo político negar o tergiversar cualquier clase de verdad, como si los hombres fueran incapaces de llegar a un acuerdo con la pertinacia inconmovible, evidente y firme de esa verdad. Si éste fuera el caso, las cosas serían aún más desesperadas de lo que Platón decía, porque la verdad de Platón, hallada y actualizada en soledad, por definición trasciende al campo de la mayoría, al mundo de los asuntos humanos. (Se puede entender que el filósofo, en su aislamiento, ceda a la tentación de usar su verdad como una norma que se ha de imponer en los asuntos humanos, es decir, para igualar la trascendencia inherente de la verdad filosófica con la muy distinta clase de «trascendencia» por la que los metros y otros patrones de medida se separan de la multitud de objetos que deben medir, y también podemos entender que la mayoría se resista a esa norma, ya que en realidad se deriva de un espacio que es ajeno al campo de los asuntos humanos y cuya conexión con él sólo se justifica por una confusión.) La verdad filosófica, cuando entra en la calle, cambia su naturaleza y se convierte en opinión, porque se ha producido una verdadera μϵταβασιζ ϵιζ αλλο γϵνοζ, no sólo un paso de un tipo de razonamiento a otro sino de un modo de existencia humana a otro.

Por el contrario, la verdad de hecho siempre está relacionada con otras personas: se refiere a acontecimientos y circunstancias en las que son muchos los implicados; se establece por testimonio directo y depende de declaraciones; sólo existe cuando se habla de ella, aunque se produzca en el campo privado. Es política por naturaleza. Los hechos y las opiniones, aunque deben mantenerse separados, no son antagónicos entre sí; pertenecen al mismo campo. Los hechos dan origen a las opiniones, y las opiniones, inspiradas por pasiones e intereses diversos, pueden diferenciarse ampliamente y ser legítimas mientras respeten la verdad factual. La libertad de opinión es una farsa, a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos. En otras palabras, la verdad factual configura al pensamiento político tal como la verdad de razón configura a la especulación filosófica.

Pero ¿existen hechos independientes de la opinión y de la interpretación? ¿Acaso generaciones enteras de historiadores y filósofos de la historia no han demostrado la imposibilidad de establecer hechos sin una interpretación, ya que en primer lugar hay que rescatarlos de un puro caos de acontecimientos (y los principios de elección no son los datos objetivos) y después hay que ordenarlos en un relato que se puede transmitir sólo dentro de cierta perspectiva, que no tiene nada que ver con los sucesos originales? Sin duda, éstas y muchas otras incertidumbres de las ciencias históricas son reales, pero no constituyen una argumentación contra la existencia de la cuestión objetiva ni pueden servir para justificar que se borren las líneas divisorias entre hecho, opinión e interpretación, o como una excusa para que el historiador manipule los hechos como le plazca. Aun si admitimos que cada generación tiene derecho a escribir su propia historia, sólo le reconocemos el derecho a acomodar los acontecimientos según su propia perspectiva, pero no el de alterar la materia objetiva misma. Para ilustrar este asunto, y como una excusa para no seguir por más tiempo con él, recordemos que, durante los años veinte, cuenta la historia, poco antes de morir, Clemenceau mantenía una conversación amistosa con un representante de la República de Weimar sobre el problema de quién había sido el culpable del estallido de la Primera Guerra Mundial. «¿En su opinión, qué pensarán los futuros historiadores acerca de este asunto tan engorroso y controvertido?», preguntaron a Clemenceau, quien respondió: «Eso no lo sé, pero sé con certeza que no dirán que Bélgica invadió Alemania». Aquí nos interesan los datos rudamente elementales de esa clase, cuya esencia indestructible sería evidente aun para los más extremados y sofisticados creyentes del historicismo.

Es verdad que se necesitaría mucho más que los gemidos de los historiadores para eliminar de las crónicas el hecho de que en la noche del 4 de agosto de 1914 las tropas alemanas cruzaron la frontera belga: se necesitaría nada menos que el monopolio del poder en todo el mundo civilizado. Pero ese monopolio del poder está lejos de ser inconcebible, y no es difícil imaginar cuál sería eldestino de la verdad de hecho si los intereses del poder, nacionales o sociales, tuvieran la última palabra en estos temas. Lo que nos lleva otra vez a la sospecha de que puede ser propio de la naturaleza del campo político estar en guerra con la verdad en todas sus formas; por consiguiente, volvemos a la pregunta del motivo por el que incluso un compromiso con la verdad de hecho se siente como una actitud antipolítica.

Segunda sección extractada de: Hannah Arendt, "Verdad y política". En: Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios de reflexión política. [1968] Ediciones Península: Barcelona, 1996, pag. 244-252. Traducción de Ana Luisa Poljak Zorzut, revisada y corregida por Hernando Calla.

Se puede leer la 3ra sección en: http://umbrales2.blogspot.com/2016/05/verdad-y-politica-3.html



5. Espero que nadie vuelva a decirme jamás que Platón fue el inventor de la «mentira noble». Esta creencia se basó en una mala interpretación de un pasaje crucial (414c) de La república, donde Platón habla de uno de sus mitos --un «cuento fenicio»-- y lo califica como yeãdos. Como esta palabra puede significar «ficción», «error» y «mentira», de acuerdo con el contexto --cuando Platón quiere distinguir entre error y mentira, el idioma le obliga a hablar de yeãdos «involuntario» y «voluntario»-- , se puede interpretar, con Cornford, que el texto quiere decir «osado impulso de invención», o con Eric Voegelin (Order and History: Plato and Aristotle, Universidad del Estado de Luisiana, 1957, vol. 3, p. 106) se puede interpretar como un pasaje de intención satírica; en ningún caso se debe entender como una recomendación de mentir, tal como nosotros entendemos la mentira. Platón era permisivo con respecto a la mentira ocasional destinada a engañar al enemigo o a las personas insensatas; es «útil... bajo la forma de un remedio... reservado a los médicos, mientras que los profanos no deben tocarlos» y el médico de la pólis es el gobernante (389). Pero, en contra de la alegoría de la caverna, en estos pasajes no se plantea ningún principio.
6. Leviatán, conclusión, p. 732.
7. The Federalist, núm. 49.
8. Tratado teológico-político, cap. 20.
9. Véase «What is Enlightenment?» y «Was heisst sich im Denken orientieren?».
10. The Federalist, núm. 49