Por Erich Fromm
El término “el
inconsciente” es en realidad una mixtificación (aunque pueda emplearse por
razones de conveniencia, de lo cual soy culpable en estas páginas). No existe el
inconsciente; sólo existen experiencias de las cuales tenemos consciencia y
otras de las que no nos percatamos, es decir, de las cuales somos
inconscientes. Si odio a un hombre debido a que le temo, y si percibo mi odio
pero no mi temor, podremos decir que mi odio es consciente y que mi temor es
inconsciente; sin embargo, mi temor no reside en ese lugar misterioso: “el”
inconsciente.
Pero no
sólo reprimimos los impulsos sexuales y los afectos, como el odio y el temor;
también reprimimos la consciencia de los hechos, siempre que estos contradigan ciertas
ideas e intereses que no deseamos ver amenazados. Podemos encontrar buenos
ejemplos de este tipo de represión en el ámbito de las relaciones
internacionales. En éste hallamos numerosos casos de represión de conocimientos
objetivos. El hombre común, e incluso los políticos, olvidan convenientemente
los hechos que no encajan en su razonamiento político. […] No siempre la
represión es tan drástica... Más frecuente que la represión de un hecho bien
sabido es la represión del hecho “potencialmente conocido”. Un ejemplo de este
mecanismo es el fenómeno por el cual millones de alemanes, entre ellos muchos
de los más prominentes políticos y generales, pretendiendo no haberse enterado
de las peores atrocidades nazis. El norteamericano común se inclinaba (…) a
decir que los alemanes debían de estar mintiendo, ya que era difícil que no
percibiesen los acontecimientos ocurridos ante sus ojos. Sin embargo, quienes
así opinaban olvidaron la capacidad que posee el hombre de ignorar lo que no
desea observar, y por tanto, que un individuo puede ser sincero al negar poseer
un conocimiento que tendría si tan sólo quisiera tenerlo. (…)
Otra modalidad de represión consiste en recordar ciertos aspectos de un acontecimiento y no otros. Cuando en la actualidad se habla del “apaciguamiento” de la década de 1930, se recuerda que Inglaterra y Francia, amedrentadas por el rearme alemán, trataron de satisfacer las exigencias de Hitler con la esperanza de que dichas concesiones inducirían al Führer a no exigir más. Lo que se olvida, sin embargo, es que el gobierno conservador inglés bajo la dirección de Baldwin, como también el encabezado por Chamberlain, simpatizaban con la Alemania nazi, así como con la Italia de Mussolini. De no haber sido por tales simpatías, se hubiera detenido el desenvolvimiento militar alemán mucho antes de que hubiese necesidad alguna de apaciguamiento; la indignación oficial con la ideología nazi fue resultado del desacuerdo político, y no su causa.
Otra forma
más de represión es aquella en la cual no se reprime el hecho sino su significado
emocional y moral. En una guerra, por ejemplo, las crueldades cometidas por el
enemigo se experimentan como otra muestra de su salvajismo demoníaco; los actos
idénticos o similares cometidos por el propio bando se consideran reacciones lamentables
pero comprensibles; por no hablar de los numerosos individuos que juzgan demoníacos
los actos del enemigo mientras que cuando esos mismos actos se producen en el
propio bando no les parecen siquiera lamentables, sino perfectamente justificados.
[…..]
Existe otra
diferencia entre el pensamiento freudiano y el marxiano que no ha sido suficientemente
destacada. Aunque ya hemos discutido la similitud entre “racionalización” e “ideología”,
es necesario apuntar cuál es la diferencia. Mediante la racionalización se
pretende aparentar que un acto está ocasionado por motivos razonables y
morales, ocultando así el hecho de que tal acto está causado por motivos
contrarios al pensamiento consciente de una persona. La racionalización es en su
mayor parte una simulación, y sólo desempeña la función negativa de permitir a
la persona seguir una conducta errónea, pero sin percatarse de que está
actuando irracional o inmoralmente.
La ideología
tiene una función similar, pero en cierto punto existe una diferencia
importante. Tomemos por ejemplo las enseñanzas de Cristo, los ideales de
humildad, de amor fraternal, justicia, caridad, etc., en un tiempo fueron
ideales genuinos que conmovieron hasta tal punto el alma de los hombres que éstos
se mostraban dispuestos a ofrecer sus vidas por amor a esos ideales. Pero a lo
largo de la historia de ha abusado de ellos utilizándolos como racionalizaciones
para propósitos contrarios a dichos ideales. Numerosos espíritus independientes
y rebeldes han sido asesinados, los campesinos han sido explotados y oprimidos,
se han bendecido las guerras y se ha estimulado el odio al enemigo en nombre de
esos mismos ideales. En la medida en que así ha sucedido, la ideología no ha
sido distinta de la racionalización.
Pero la
historia nos enseña que una ideología también tiene vida propia. Aunque se
abusó de las palabras de Cristo, se las mantuvo vivas, persistieron en la
memoria de los pueblos, y una y otra vez se tomaron en serio y se retransformaron,
por decirlo así, de ideologías en ideales. Así aconteció en las sectas protestantes
antes y después de la Reforma; en la actualidad está sucediendo con algunas
minorías protestantes y católicas que luchan por la paz y contra el odio, en un
mundo que enarbola y profesa ideales cristianos, pero utilizándolos como
ideologías. Lo mismo puede decirse de la “ideologización” de las ideas budistas,
de la filosofía de Hegel y del pensamiento marxista. La tarea de la crítica no
es denunciar los ideales, sino demostrar su transformación en ideologías, y
desafiar a la ideología en nombre del ideal traicionado.
*Erich Fromm, "Las cadenas de la ilusión. Una autobiografía intelectual" [Beyond the Chains of Illusion, 1962], Barcelona: Paidos 2020, 146-9, 194-6
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