XV. EL MERCADO Y LA NATURALEZA (Karl Polanyi 1944)*
Lo que llamamos la tierra constituye un elemento de la naturaleza entretejido inextricablemente con las instituciones humanas. Aislarla y convertirla en un mercado fue quizás la más extraña de las empresas de nuestros antepasados.
Tradicionalmente, la tierra y el trabajo no están separados; el trabajo forma parte de la vida, la tierra pertenece a la naturaleza, la vida y la naturaleza forman un todo articulado. La tierra está así, ligada a las instituciones de parentesco, vecindad oficio y credo --a una tribu y templo, una aldea, un gremio y una Iglesia--. Por otra parte, un solo Gran Mercado es un arreglo de la vida económica que incluye mercados para los factores de la producción. Dado que esos factores resultan ser indistinguibles de los elementos de las instituciones humanas --hombre y naturaleza--, es posible advertir con facilidad que la economía de mercado supone una sociedad cuyas instituciones se subordinan a los requerimientos del mecanismo de mercado.
Esa proposición es tan utópica con respecto a la tierra como al trabajo. La función económica constituye una de las muchas funciones vitales de la tierra. Ella le proporciona estabilidad a la vida del hombre; es el lugar en el que reside; es condición de su seguridad física; es el paisaje y las estaciones. Nos sería tan difícil imaginar que el hombre nazca sin manos ni pies como que viva sin tierra. Y, sin embargo, separar la tierra del hombre y organizar la sociedad para satisfacer las exigencias de un mercado de bienes raíces constituyó una parte vital del concepto utópico de una economía de mercado.
Una vez más, en el campo de la colonización moderna se manifiesta el verdadero significado de esa empresa. No es tan relevante que el colonizador necesite la tierra debido a alguna riqueza oculta en sus profundidades, o que sencillamente desee obligar al nativo a que produzca un excedente de alimentos y materias primas; tampoco hay mucha diferencia entre que el nativo trabaje bajo la supervisión directa del colonialista o sólo bajo alguna forma de compulsión indirecta, pues en cualquier caso el sistema social y cultural de la vida del nativo tiene que ser destruido de manera previa.
Existe una gran analogía entre la situación colonial contemporánea y la de Europa occidental uno o dos siglos atrás. Pero la movilización de la tierra, que en las regiones exóticas puede haberse realizado en unos pocos años o décadas, en Europa occidental pudo haber tomado muchos siglos.
El desafío vino del nacimiento de formas de capitalismo no sólo exclusivamente comercial. Existía, comenzando con los Tudor en Inglaterra, un capitalismo agrícola con su necesidad de un tratamiento individualizado de la tierra, incluidas las conversiones y los cercados. Había, desde el comienzo del siglo XVIII, un capitalismo industrial que --tanto en Francia como en Inglaterra-- era rural en lo fundamental y necesitaba sitios para poner sus fábricas y asentamientos para sus trabajadores. Pero el elemento más poderoso de todos, aunque afectó más al empleo de la tierra que a su propiedad, fue el crecimiento de las ciudades industriales en el siglo XIX, con su necesidad de suministro prácticamente ilimitado de alimentos y materias primas.
Superficialmente, había pocas semejanzas entre las respuestas a esos desafíos; sin embargo, eran tan sólo etapas en el proceso de sometimiento de la faz del planeta a las exigencias de una sociedad industrial. La primera etapa consistió en la comercialización del suelo, que movilizó la renta feudal de la tierra; la segunda, en la imposición de la obligatoriedad de producir alimentos y materias primas orgánicas para satisfacer las necesidades del rápido crecimiento de la población industrial en una escala nacional; la tercera, en la extensión de ese sistema de producción de excedentes a los territorios de ultramar y las colonias. Con este último paso, la tierra y sus productos quedaron encajados finalmente en el esquema de un mercado autorregulado mundial.
[continúa...]
* Karl Polanyi, "La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo". México, Fondo de Cultura Económica, 2017 (1944), p. 239.
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