Entradas populares

martes, 23 de febrero de 2016

El pensamiento de mediodía

Albert Camus


Extraído de: El hombre rebelde
Albert Camus
Ed. Losada. Bs.As., 1981*



Rebeldía y asesinato 


Lejos de esta fuente de vida, en todo caso, Europa y la revolución se consumen en una convulsión espectacular. En el pasado siglo XIX el hombre suprime las restricciones religiosas. Pero apenas se libra de ellas inventa otras nuevas, e intolerables. La virtud muere, pero renace más feroz todavía. Grita a todo el mundo una caridad ensordecedora y ese amor a lo lejano que hace irrisorio al humanismo contemporáneo. En ese punto de fijeza sólo puede producir estragos. Llega un día en que se agria, se hace policial, y en que se alzan innobles hogueras para la salvación del hombre. En la culminación de la tragedia contemporánea entramos en la familiaridad del crimen. Las fuentes de la vida y la creación parecen agotadas. El temor coagula a una Europa llena de fantasmas y máquinas. Entre dos hecatombes, los cadalsos se instalan en el fondo de los subterráneos. Verdugos humanistas celebran en ellos su nuevo culto silenciosamente. ¿Qué grito podría turbarles? Los poetas mismos, ante el asesinato de su hermano, declaran orgullosamente que tienen las manos limpias. Por lo tanto, el mundo entero se desinteresa distraídamente de ese crimen; las victimas acaban de entrar en lo más extremado de su desgracia: molestan. En Los tiempos antiguos, la sangre del crimen provocaba un horror sagrado; santificaba así el precio de la vida. La verdadera condenación de esta época es que hace pensar, por el contrario, que no es bastante sangrienta. La sangre ya no es visible; no salpica bastante el rostro de nuestros fariseos. He aquí la extremidad del nihilismo: el asesinato ciego y furioso se convierte en un oasis y el criminal imbécil parece refrigerante junto a nuestros muy inteligentes verdugos.



Después de haber creído durante mucho tiempo que podría luchar contra Dios con la humanidad entera, el espíritu europeo advierte, por lo tanto, que si no quiere morir, tiene que luchar también contra los hombres. Los rebeldes que, alzados contra la muerte, querían edificar sobre la especie una inmortalidad arisca, se espantan al verse obligados a matar a su vez. No obstante, si retroceden tienen que aceptar la muerte; si avanzan tienen que matar. La rebeldía, desviada de sus orígenes y disfrazada cínicamente, oscila en todos los niveles entre el sacrificio y el asesinato. Su justicia, que ella esperaba fuese distributiva, se ha hecho sumaria. El reino de la gracia ha sido vencido, pero el de la justicia se hunde también. Europa muere a causa de esta decepción. Su rebeldía abogaba en favor de la inocencia humana, y he aquí que se yergue contra su propia culpabilidad. Apenas se lanza hacia la totalidad recibe en herencia la soledad más desesperada. Quería entrar en comunidad y ya no tiene más esperanza que la de ir reuniendo uno a uno, a lo largo de los años, a los solitarios que marchan hacia la unidad.



¿Hay que renunciar, por lo tanto, a toda rebeldía, bien sea porque se acepte, con sus injusticias, una sociedad que se sobrevive, o bien sea que se decide, cínicamente, servir contra el hombre a la marcha frenética de la historia? Después de todo, si la lógica de nuestra reflexión debiera concluir en un cobarde conformismo, habría que aceptarlo, como ciertas familias aceptan a veces deshonras inevitables. Si debiera justificar también todas las clases de atentados contra el hombre, y hasta su destrucción sistemática, habría que consentir este suicidio. Para terminar, el sentimiento de la justicia encontraría en ello su razón: la desaparición de un mundo de mercaderes y policías.



¿Pero vivimos todavía en un mundo rebelde? ¿La rebeldía no se ha convertido, por el contrario, en la coartada de nuevos tiranos? El "existimos" contenido en el movimiento de rebeldía, ¿puede, sin escándalo o sin subterfugio, conciliarse con el asesinato? Al asignar a la opresión un límite más acá del cual comienza la dignidad común a todos los hombres, la rebeldía definía un primer valor. Ponía en la primera fila de sus referencias una complicidad transparente de los hombres entre ellos, una contextura común, la solidaridad de la cadena, una comunicación de ser a ser que hace a los hombres semejantes y unidos. Así hacía dar un primer paso al espíritu en lucha con un mundo absurdo. Con este progreso hacía más angustioso todavía el problema que ahora debe resolver frente al asesinato. En efecto, al nivel de lo absurdo, el asesinato suscitaba solamente contradicciones lógicas; al nivel de la rebeldía es desgarramiento. Pues se trata de decidir si es posible matar a quienquiera que sea cuya semejanza acabamos de reconocer y cuya identidad acabamos de consagrar. Apenas superada la soledad, ¿hay que volverla a encontrar definitivamente justificando el acto que excluye de todo? Obligar a la soledad a quien acaba de saber que no está solo, ¿no es el crimen definitivo contra el hombre?



En lógica se debe responder que asesinato y rebeldía son contradictorios. En efecto, si es asesinado un solo amo la rebeldía, de cierta manera, no está ya autorizada a llamarse la comunidad de los hombres que constituía, no obstante, su justificación. Si este mundo no tiene un sentido superior, si el hombre no tiene sino al hombre como fiador, basta con que un hombre excluya a un solo ser de la sociedad de los vivos para que se excluya a sí mismo. Cuando Caín mata a Abel, huye al desierto. Y si los asesinos forman multitud, la multitud vive en el desierto y en esa otra especie de soledad que se llama promiscuidad.

Al golpear, el rebelde divide al mundo en dos partes. Se había alzado en nombre de la identidad del hombre con el hombre y sacrifica la identidad al consagrar, con sangre, la diferencia. Su único ser en el corazón de la miseria y la opresión, estaba en esta identidad. Por lo tanto, el mismo movimiento que aspiraba a afirmarlo lo hace dejar de ser Puede decir que algunos, y hasta casi todos, están con él. Pero si al mundo irreemplazable de la fraternidad le falta un solo ser queda despoblado. Si nosotros no existimos, yo no existo: así se explican la infinita tristeza de Kaliayev y el silencio de Saint-Just. Los rebeldes, decididos a pasar por la violencia y el asesinato, reemplazan inútilmente, para conservar la esperanza de ser el "existimos" por el "existiremos". Cuando el asesino y la víctima hayan desaparecido, la comunidad se reconstruirá sin ellos. La excepción habrá vivido y la regla volverá a ser posible.


Al nivel de la historia, como en la vida individual, el asesinato es, por lo tanto, una excepción desesperada o no es nada. La fractura que produce en el orden de las cosas no tiene consecuencias. Es insólita y por lo tanto, no puede ser útil ni sistemática, como quiere que sea la actitud puramente histórica. Es el límite que no se puede alcanzar sino una vez y después de lo cual hay que morir. El rebelde no tiene sino una manera de reconciliarse con su acto homicida si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y el sacrificio. Mata y muere para que sea evidente que el asesinato es imposible. Muestra entonces que prefiere realmente el "existimos" al "existiremos". La dicha tranquila de Kaliayev en su prisión, la serenidad de Saint-Just al marchar al cadalso se explican a su vez. Más allá de esta extrema frontera comienzan la contradicción y el nihilismo.



El asesinato nihilista 



El crimen irracional y el crimen racional, en efecto, traicionan igualmente al valor creado por el movimiento de rebeldía. Y, ante todo, el primero. Quien niega todo y se autoriza a matar, Sade, el petimetre homicida, el Único implacable, Karamazov, los celadores del bandido encadenado, el superrealista que dispara contra la multitud, reclaman, en suma, la libertad total, el despliegue ilimitado del orgullo humano. El nihilismo confunde en la misma ira al creador y a las criaturas. Al suprimir todo principio de esperanza, rechaza todo límite y, en la ceguera de una indignación que ni siquiera advierte sus razones, termina juzgando que es indiferente matar a quien está ya condenado a la muerte.

Pero sus razones, el reconocimiento mutuo de un destino común y la comunicación de los hombres entre sí, siguen viviendo. La rebeldía las proclamaba y se comprometía a servirlas. Al mismo tiempo definía, contra el nihilismo, una regla de conducta que no necesita esperar el final de la historia para aclarar la acción y que, no obstante, no es formal. A diferencia de la moral jacobina tenía en cuenta lo que escapa a la regla y a la ley. Abría los caminos de una moral que, lejos de obedecer a principios abstractos, no los descubre sino al calor de la insurrección, en el movimiento incesante de la denegación. Nada autoriza a decir que estos principios hayan existido eternamente, de nada sirve declarar que existirán. Pero existen, en el tiempo mismo en que existimos nosotros. Niegan con nosotros, y a todo lo largo de la historia, la servidumbre: la mentira y el terror.

Nada hay de común, en efecto, entre un amo y un esclavo, no se puede hablar y comunicarse con un ser esclavizado. En vez de este diálogo implícito y libre mediante el cual recomendamos nuestra semejanza y consagramos nuestro destino, la servidumbre hace que reine el más terrible de los silencios. Si la injusticia es mala para el rebelde, no lo es porque contradiga una idea eterna de la justicia que no sabemos dónde situar, sino porque perpetúa la muda hostilidad que separa al opresor del oprimido. Mata al poco ser que puede venir al mundo gracias a la complicidad de los hombres entre ellos. De la misma manera, puesto que el hombre que miente se cierra a los otros hombres, la mentira está proscrita y, en un grado más bajo, el asesinato y la violencia, que imponen el silencio definitivo. La complicidad y la comunicación descubiertas por la rebeldía no pueden vivirse sino en el diálogo libre. Todo equívoco, toda mala interpretación suscita la muerte; sólo el lenguaje claro, la palabra sencilla pueden salvar de esta muerte (1). Todas las tragedias culminan con la sordera de los protagonistas. Platón tiene razón contra Moisés y Nietzsche. El diálogo a la altura del hombre cuesta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias, monologado y dictado desde lo alto de una montaña solitaria. En el escenario como en la ciudad, el monólogo precede a la muerte. Todo rebelde, con el mismo movimiento que le alza contra el opresor, aboga en favor de la vida, se compromete a luchar contra la servidumbre, la mentira y el terror y afirma, en lo  que dura un relámpago, que estos tres azotes hacen que reine el silencio entre los hombres, los oscurecen unos a otros, y les impiden encontrarse en el único valor que puede salvarlos del nihilismo: la larga complicidad de los hombres en lucha con su destino.

En lo que dura un relámpago. Pero con esto basta, provisionalmente, para decir que la libertad más extrema, la de matar, no es compatible con las razones de la rebeldía. La rebeldía no es de modo alguno una reclamación de libertad total. Niega, justamente, el poder ilimitado que autoriza a un superior a violar la frontera prohibida. Lejos de reclamar una independencia general, el rebelde quiere que se reconozca que la libertad tiene sus límites en todas partes donde hay un ser humano, siendo el límite, precisamente, el poder de rebeldía de ese ser. Ésta es la razón profunda de la intransigencia rebelde. Cuanto más conciencia tiene la rebeldía de que reclama un límite justo, tanto más inflexible se muestra. El rebelde exige, sin duda, cierta libertad para sí mismo, pero en ningún caso, si es consecuente, el derecho a destruir el ser y la libertad del prójimo. No humilla a nadie. Reclama para todos la libertad que reclama para sí mismo; y prohíbe a todos la que rechaza. No es solamente un esclavo contra el amo, sino también un hombre contra el mundo del amo y el esclavo. Hay, por lo tanto, gracias a la rebeldía, en la historia algo más que la relación de dominio y servidumbre. El poder ilimitado no es en ella la única ley. Es otro el valor en cuyo nombre el rebelde afirma la imposibilidad de la libertad total al mismo tiempo que reclama para sí mismo la libertad relativa necesaria para reconocer esta imposibilidad. Toda libertad humana, en su raíz más profunda, es, por lo tanto, relativa. La libertad absoluta, que es la de matar, es la única que no reclama al mismo tiempo que a sí misma lo que la limita y oblitera. Se separa entonces de sus raíces, anda a la ventura, sombra abstracta y maléfica, hasta que se imagina encontrar un cuerpo en la ideología.

Por lo tanto, es posible decir que la rebeldía, cuando va a parar a la destrucción, es ilógica. Al reclamar la unidad de la condición humana es fuerza de vida, no de muerte Su lógica profunda no es la de la destrucción, sino la de la creación. Para que su movimiento siga siendo auténtico no debe abandonar a la zaga ninguno de los términos de la contradicción que lo sostiene. Debe ser fiel al sí que contiene al mismo tiempo que a ese no que las interpretaciones nihilistas aíslan en la rebeldía. La lógica del rebelde consiste en querer servir a la justicia para no aumentar la injusticia de la situación, es esforzarse por emplear un lenguaje claro para no espesar la mentira universal, y en apostar, frente al dolor de los hombres, en favor de la dicha. La pasión nihilista, al aumentar la injusticia y la mentira, destruye en su ira su exigencia anterior y se despoja así de las razones más claras de su rebeldía. Mata, enloquecida al sentir que este mundo está entregado a la muerte. La consecuencia de la rebeldía, por el contrario, consiste en negar su justificación al asesinato, puesto que, en su principio, es protesta contra la muerte.



Pero si el hombre fuese capaz de introducir por sí solo la unidad en el mundo, si pudiera hacer reinar en él, con sólo decretarlo, la sinceridad, la inocencia y la justicia, sería Dios mismo. Además, si pudiera hacer eso, la rebeldía carecería en adelante de razones. Si hay rebeldía es porque la mentira, la injusticia y la violencia constituyen en parte la condición del rebelde. Este no puede, por lo tanto, en modo alguno aspirar a no matar ni mentir sin renunciar a su rebeldía y debe aceptar de una vez por todas el asesinato y el mal. Pero tampoco puede aceptar el asesinato y la mentira, puesto que el movimiento inverso que justificaría el asesinato y la violencia destruiría también las razones de su insurrección. El rebelde no puede hallar el descanso, en consecuencia. Conoce el bien y hace el mal a su pesar. El valor que le mantiene en pie nunca le es dado de una vez por todas, sino que debe mantenerlo sin cesar. El ser que obtiene se derrumba si la rebeldía no vuelve a sostenerlo. En todo caso, si directa o indirectamente no siempre puede dejar de matar, puede emplear su entusiasmo y su apasionamiento en disminuir la probabilidad del asesinato a su alrededor. Su única virtud consistirá en permanecer hundido en las tinieblas sin ceder a su vértigo oscuro, en arrastrarse obstinadamente hacia el bien a pesar de hallarse encadenado al mal. Por fin, si mata, aceptará la muerte. Fiel a sus orígenes, el rebelde demuestra con su sacrificio que su verdadera libertad no lo es con respecto al asesinato, sino con respecto a su propia muerte. Descubre al mismo tiempo el honor metafísico. Kaliayev se coloca entonces bajo la horca y designa visiblemente a todos sus hermanos el límite exacto en que comienza y termina el honor de los hombres.



El asesinato histórico




La rebeldía se despliega también en la historia, que exige no solamente opciones ejemplares, sino también actitudes eficaces. El asesinato racional corre el peligro de verse justificado. La contradicción rebelde repercute entonces en antinomias aparentemente insolubles cuyos dos modelos, en política, son por una parte la oposición de la violencia y la no-violencia, y por otra parte la de la justicia y la libertad. Tratemos de definirlas en su paradoja.



El valor positivo contenido en el primer movimiento de rebeldía supone la renuncia a la violencia de principio. Implica, en consecuencia, la imposibilidad de estabilizar una revolución. La rebeldía arrastra constantemente consigo esta contradicción. En el campo de la historia se endurece todavía más. Si renuncio a hacer respetar la identidad humana, abdico ante el que oprime, renuncio a la rebeldía y vuelvo a un consentimiento nihilista. El nihilismo se hace entonces conservador. Si exijo que esta identidad sea reconocida para existir, emprendo una acción que para tener éxito supone un cinismo de la violencia y niega esa identidad y la rebeldía misma. Ampliando todavía más la contradicción, si la unidad del mundo no puede venirle de arriba, el hombre debe construirla a su altura en la historia. La historia, sin valor que la transfigure, se rige por la ley de la eficacia. El materialismo histórico, el determinismo, la violencia, la negación de toda libertad que no sea eficaz, el mundo del coraje y del silencio son las consecuencias más legítimas de una pura filosofía de la historia. En el mundo actual sólo una filosofía de la eternidad puede justificar la no-violencia. A la historicidad absoluta le objetará la creación de la historia, y a la situación histórica le preguntará su origen. Para terminar, consagrando entonces la injusticia, volverá a entregar a Dios el cuidado de la justicia. Además, sus respuestas, a su vez, exigirán la fe. Se le objetará el mal, y la paradoja de un Dios todopoderoso y dañino, o benéfico y estéril. Habrá que seguir eligiendo entre la gracia y la historia, entre Dios y la espada.



¿Cuál puede ser entonces la actitud del rebelde? No puede apartarse del mundo y de la historia sin renegar del principio mismo de su rebeldía, elegir la vida eterna sin resignarse, en cierto sentido, al mal. Si no es cristiano, por ejemplo, debe ir hasta el fin. Pero ir hasta el fin significa elegir la historia absolutamente y el asesinato del hombre- con ella, si ese asesinato es necesario para la historia: aceptar la justificación del asesinato es también renegar de sus orígenes. Si el rebelde no elige, elige el silencio y la esclavitud de los demás. Si, en un movimiento de desesperación, declara que elige a la vez contra Dios y la historia, es el testigo de la libertad pura, es decir, de nada. En la fase histórica, que es la nuestra, y en la imposibilidad en que se halla de afirmar una razón superior que no encuentre su límite en el mal, su aparente dilema es el silencio o el asesinato. En ambos casos se trata de una renuncia.



Lo mismo sucede con la justicia y la libertad. Estas dos exigencias están ya al principio del movimiento de rebeldía y se las vuelve a encontrar en el impulso revolucionario. La historia de las revoluciones muestra, no obstante, que entran casi siempre en conflicto, como si sus exigencias mutuas fuesen inconciliables. La libertad absoluta es el derecho a dominar del más fuerte. Mantiene, por lo tanto, los conflictos que benefician a la injusticia. La justicia absoluta pasa por la supresión de toda contradicción: destruye la libertad (2). La revolución por la justicia y por la libertad termina poniendo a la una contra la otra. Hay, por lo tanto, en toda revolución, una vez liquidada la casta que dominaba hasta entonces, una etapa en la que ella misma suscita un movimiento de rebeldía que indica sus límites y anuncia sus probabilidades de fracaso. La revolución se propone, ante todo, satisfacer al espíritu de rebeldía que la ha originado; luego se ve en la obligación de negarlo para afirmarse mejor. Hay, al parecer, una oposición irreductible entre el movimiento de la rebeldía y las adquisiciones de la revolución.



Pero estas antinomias no existen sino en lo absoluto Suponen un mundo y un pensamiento sin mediaciones. No hay, en efecto, conciliación posible entre un dios totalmente separado de la historia y una historia purgada de toda trascendencia. Sus representantes en la tierra son, efectivamente, el yogui y el comisario. Pero la diferencia entre estos dos tipos de hombres no es, como se dice, la diferencia entre la vana pureza y la eficacia. El primero elige solamente la ineficacia de la abstención y el segundo la de la destrucción. Puesto que ambos rechazan el valor mediador que la rebeldía revela, por el contrario, no nos ofrecen, por hallarse igualmente alejados de lo real, sino dos clases de impotencia, la del bien y la del mal.



Si, en efecto, ignorar la historia equivale a negar lo real, es también alejarse de lo real considerar la historia como un todo que se basta a sí mismo. La revolución del siglo XX cree que evita el nihilismo y que es fiel a la verdadera rebeldía porque reemplaza a Dios con la historia. En realidad, fortifica al primero y traiciona a la segunda. La historia, en su movimiento puro, no proporciona por sí misma valor alguno. En consecuencia, hay que vivir de acuerdo con la eficacia inmediata, y callarse o mentir. La violencia sistemática o el silencio impuesto, el cálculo o la mentira concertada se convierten en reglas inevitables. Un pensamiento puramente histórico es, por lo tanto, nihilista: acepta totalmente el mal de la historia y se opone en esto a la rebeldía. Es inútil que afirme en compensación la racionalidad absoluta de la historia, pues esta razón histórica no queda conclusa, no tendrá sentido completo, no será razón absoluta justamente, y valor, sino al final de la historia. Entretanto, hay que obrar, y obrar sin regla moral para que nazca la regla definitiva. El cinismo como actitud política no es lógico sino en función de un pensamiento absolutista; es decir, el nihilismo absoluto por una parte y el racionalismo absoluto por la otra (3). En cuanto a las consecuencias, no hay diferencia entre las dos actitudes. En el momento en que se las acepta la tierra queda desierta.



En realidad, lo absoluto puramente histórico no es ni siquiera concebible. El pensamiento de Jaspers, por ejemplo, en lo que tiene de esencial, subraya la imposibilidad para el hombre de captar la totalidad, porque se halla dentro de esa totalidad. La historia, como un todo, no podría existir sino para los ojos de un observador exterior a ella misma y al mundo. En fin de cuentas, no hay historia sino para Dios. Por lo tanto, es imposible obrar de acuerdo con planes que abarquen la totalidad de la historia universal. Toda empresa histórica no puede ser en consecuencia, sino una aventura más o menos razonable o fundada. Es, ante todo, un riesgo. Como riesgo, no podría justificar ninguna desmesura, ninguna posición implacable y absoluta.



Si la rebeldía pudiese fundar una filosofía, sería, por el contrario, una filosofía de los límites, de la ignorancia medida [calculée] y del riesgo. Quien no puede saber todo no puede matar todo. El rebelde, lejos de hacer de la historia un absoluto, la recusa y pone en tela de juicio, en nombre de la idea que tiene de su propia naturaleza. Rechaza su condición, y su condición es en gran parte histórica. La injusticia, la fugacidad, la muerte se manifiestan en la historia. Al rechazarlas, se rechaza a la historia misma. Es cierto que el rebelde no niega la historia que le rodea y trata de afirmarse en ella. Pero se encuentra ante ella como el artista ante lo real, la rechaza sin eludirla. Ni siquiera durante un segundo hace de ella un absoluto. Si puede participar, por la fuerza de las cosas, en el crimen de la historia, no puede justificarlo, sin embargo. No sólo no puede admitirse el crimen racional al nivel de la rebeldía, sino que incluso significa la muerte de la rebeldía. Para que resulte más clara esta evidencia, el crimen racional se ejerce, en primer lugar, sobre los rebeldes cuya insurrección cuestiona una historia en adelante divinizada.



La mistificación propia del espíritu que se dice revolucionario repite y agrava al presente la mistificación burguesa. Hace pasar bajo la promesa de una justicia absoluta la injusticia perpetua, el compromiso sin límites y la indignidad. La rebeldía no aspira sino a lo relativo y no puede promover sino una dignidad cierta aparejada con una justicia relativa. Defiende un límite en el que se establece la comunidad de los hombres. Su universo es el de lo relativo. En vez de decir con Hegel y Marx que todo es necesario, repite solamente que todo es posible y que, en cierta frontera, lo posible merece también el sacrificio. Entre Dios y la historia, el yogui y el comisario, abre un camino difícil en el que se puede vivir y superar las contradicciones.



Consideremos así las dos antinomias dadas como ejemplo. Una acción revolucionaria que quisiera ser coherente con sus orígenes debería resumirse en un consentimiento activo de lo relativo. Sería fiel a la condición humana. Intransigente en sus medios, aceptaría la aproximación en cuanto a sus fines y, para que la aproximación se definiese cada vez mejor, dejaría libre curso a la palabra. Mantendría así ese ser común que justifica su insurrección. En particular, conservaría al derecho la posibilidad permanente de expresarse. Ésta define una conducta con respecto a la justicia y la libertad. En sociedad no hay justicia sin derecho natural o civil que la fundamente. No hay derecho sin expresión de ese derecho. El hecho de que el derecho se exprese sin esperar significa la probabilidad de que, tarde o temprano, la justicia que él fundamenta venga al mundo. Para conquistar al ser hay que partir del poco ser que descubrimos en nosotros, y no negarlo de antemano. Hacer que calle el derecho hasta que se establezca la justicia es hacerlo callar para siempre, pues si la justicia reina para siempre ya no habrá lugar para que se hable. Por lo tanto, se confía nuevamente la justicia a los únicos que tienen la palabra, a los poderosos. Desde hace siglos la justicia y el ser distribuidos por los poderosos se viene llamando arbitrariedad. Matar la libertad para hacer que reine la justicia equivale a rehabilitar la noción de la gracia sin la intercesión divina y a restaurar el cuerpo místico bajo las especies más bajas mediante una reacción vertiginosa. Hasta cuando no se realiza la justicia, la libertad mantiene el poder de protesta y salva la comunicación. La justicia en un mundo silencioso, la justicia esclavizada y muda, destruye la complicidad y finalmente ya no puede ser la justicia. La revolución del siglo XX ha separado arbitrariamente, con fines desmesurados de conquista, dos nociones inseparables. La libertad absoluta escarnece la justicia. La justicia absoluta niega la libertad. Para ser fecundas, las dos nociones deben encontrar su límite la una en la otra. Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre. La libertad, precisamente, no puede imaginarse sin la facultad de decir claramente qué es lo justo y lo injusto, de reclamar el ser entero en nombre de una parcela de ser que se niega a morir. Hay, finalmente, una justicia, aunque muy diferente, en la restauración de la libertad, único valor imperecedero de la historia. Los hombres nunca han muerto bien sino por la libertad: entonces no creían morir completamente.



El mismo razonamiento se aplica a la violencia. La no-violencia absoluta fundamenta negativamente la servidumbre y sus violencias; la violencia sistemática destruye positivamente la comunidad viviente y el ser que recibimos de ella. Para ser fecundas, estas dos nociones deben encontrar sus límites. En la historia considerada como un absoluto se halla justificada la violencia; como un riesgo relativo, es una ruptura de comunicación. Por lo tanto, debe conservar para el rebelde su carácter provisional de fractura, estar ligada siempre, si no puede ser evitada, a una responsabilidad general, a un riesgo inmediato. La violencia de sistemas se coloca en el orden; en un sentido, es cómoda. El Führerprinzip o la Razón histórica, cualquiera que sea el orden que la fundamenta, reina en un universo de cosas, no de hombres. Así como el rebelde considera al asesinato como el límite que, si llega a él, debe consagrar al morir, así también la violencia no puede ser sino límite extremo que se opone a toda violencia, por ejemplo, en el caso de la insurrección. Si el exceso de la injusticia hace que sea imposible evitar esta última, el rebelde rechaza de antemano la violencia al servicio de una doctrina o de una razón de Estado. Toda crisis histórica, por ejemplo, termina con instituciones. Si no podemos influir en la crisis misma, que es el riesgo puro, podemos hacerlo en las instituciones, pues podemos definirlas, elegir aquellas por las que luchamos e inclinar así nuestras luchas en su dirección. La acción rebelde auténtica no consentirá en armarse sino en favor de instituciones, pues podemos definirlas, elegir aquellas que la codifican. Una revolución no merece la pena de que se muera por ella salvo si asegura sin demora la supresión de la pena de muerte; de que sufra por ella prisión salvo si se niega de antemano a aplicar castigos sin término previsible. Si la violencia insurreccional se despliega en la dirección de esas instituciones, anunciándolas con toda la frecuencia posible, ésa será la única manera para ella de ser verdaderamente provisional. Cuando el fin es absoluto, es decir, hablando históricamente, cuando se cree seguro, se puede llegar a sacrificar a los demás. Cuando no lo es, uno no puede sacrificar sino a sí mismo, en la apuesta de una lucha por la dignidad común. ¿El fin justifica los medios? Es posible. ¿Pero qué justifica al fin? A esta pregunta, que el pensamiento histórico deja pendiente la rebeldía responde: los medios.



¿Qué significa semejante actitud en política? Y, ante todo, ¿es eficaz? Hay que responder sin vacilar que es la única eficaz actualmente. Hay dos clases de eficacia: la del tifón y la de la savia. El absolutismo histórico no es eficaz, es eficiente; ha tomado y conservado el poder. Una vez que dispone del poder, destruye la única realidad creadora. La acción intransigente y limitada, nacida de la rebeldía, mantiene esta realidad y trata solamente de extenderla cada vez más. No se ha dicho que esta acción no pueda vencer. Se dice que corre el riesgo de no vencer y morir. Pero la revolución correrá ese riesgo o bien confesará que no es sino una empresa de nuevos amos, que merecen el mismo desprecio. Una revolución a la que se separa del honor traiciona a sus orígenes, que pertenecen al reino del honor. En todo caso, su elección se limita a la eficacia material y la nada, o al riesgo y la creación. Los antiguos revolucionarios iban a lo más urgente y su optimismo era completo. Pero hoy día el espíritu revolucionario ha acrecentado su conciencia y clarividencia; hay detrás de él ciento cincuenta años de experiencia sobre los cuales se puede reflexionar. Además, la revolución ha perdido sus prestigios de fiesta. Es un cálculo prodigioso que abarca al universo. Sabe, aunque no lo confiesa siempre, que será mundial o no será. Sus probabilidades se equilibran con los riesgos de una guerra universal que, hasta en el caso de una victoria, no le ofrecerá sino el imperio de las ruinas. Por lo tanto, puede permanecer fiel a su nihilismo y encarnar en los osarios la razón última de la historia. Entonces habría que renunciar a todo, salvo a la música silenciosa que transfigurará también los infiernos terrenales. Pero en Europa, el espíritu revolucionario puede también, por primera y última vez, reflexionar sobre sus principios, preguntarse cuál es la desviación que la lleva al terror y la guerra, y volver a encontrar, con las razones de su rebeldía, su fidelidad.



Mesura y desmesura. 


El extravío revolucionario se explica, ante todo, por la ignorancia o el desconocimiento sistemático de ese límite que parece inseparable de la naturaleza humana y que la rebeldía descubre, precisamente. Los pensamientos nihilistas, por no tener en cuenta esta frontera, terminan lanzándose a un movimiento uniformemente acelerado. Nada los detiene ya en sus consecuencias y justifican, por lo tanto, la destrucción total o la conquista indefinida. Ahora sabemos, al término de esta larga investigación sobre la revolución y el nihilismo, que la revolución sin más límites que la eficacia histórica significa la servidumbre sin límites. Para evitar este destino, el espíritu revolucionario, si quiere permanecer vivo, debe fortalecerse, en consecuencia, en las fuentes de la rebeldía e inspirarse en el único pensamiento fiel a esos orígenes, el pensamiento de los límites. Si el límite descubierto por la rebeldía lo transfigura todo; si todo pensamiento, toda acción que sobrepasa cierto punto se niegan a sí mismos, hay, en efecto, una medida de las cosas y del hombre. En historia, como en psicología, la rebeldía es un péndulo desordenado que recorre las amplitudes más disparatadas porque busca su ritmo profundo. Pero ese desorden no es completo. Se realiza alrededor de un eje. Al mismo tiempo que sugiere una naturaleza común de los hombres, la rebeldía pone de manifiesto la medida y el límite que están al principio de esta naturaleza.

Actualmente toda reflexión, nihilista o positivista, a veces sin saberlo, origina esa medida de las cosas que la ciencia misma confirma. Los quanta, la relatividad hasta el presente, las relaciones de incertidumbre, definen un mundo que no tiene realidad definible sino en la escala de las grandezas medianas que son las nuestras (4). Las ideologías que conducen a nuestro mundo nacieron en la época de las magnitudes científicas absolutas. Nuestros conocimientos reales no autorizan, por el contrario, sino un pensamiento de magnitudes relativas. "La inteligencia -dice Lazare Bickel- es nuestra facultad de no llevar hasta el límite lo que pensamos, con el fin de que podamos seguir creyendo en la realidad". Sólo el pensamiento aproximado engendra lo real (5).



No hay nada, ni siquiera las fuerzas materiales, que en su marcha ciega no ponga de manifiesto su propia medida. Por eso es inútil querer invertir la técnica. La era de la rueca para hilar ha pasado y el sueño de una civilización artesana es vano. La máquina no es mala sino en su modo de empleo actual. Hay que aceptar sus beneficios aunque se rechacen sus estragos. El camión conducido a lo largo de los días y las noches por su conductor no humilla a éste, que lo conoce enteramente y lo utiliza con amor y eficacia. La verdadera e inhumana desmesura está en la división del trabajo. Pero a fuerza de desmesura llega un día en que una máquina de cien operaciones, conducida por un solo hombre, crea un solo objeto. Este hombre, en una escala diferente, habrá vuelto a encontrar en parte la fuerza de creación que poseía el artesanado. El productor anónimo se aproxima entonces al creador. No es seguro, naturalmente, que la desmesura industrial siga enseguida ese camino. Pero ya demuestra, con su funcionamiento, la necesidad de una mesura, y suscita la reflexión capaz de organizar esa mesura. En todo caso, o bien servirá este valor de límite o bien la desmesura contemporánea no encontrará su regla y su paz sino en la destrucción universal.



Esta ley de mesura se extiende también a todas las antinomias del pensamiento rebelde. Ni lo real es enteramente racional ni lo racional completamente real. Lo hemos visto a propósito del superrealismo; el deseo de unidad no exige solamente que todo sea racional. Quiere también que lo irracional no sea sacrificado. No se puede decir que nada tiene sentido, pues con ello se afirma un valor consagrado por un juicio; ni que todo tiene un sentido, pues la palabra todo carece de significación para nosotros. Lo irracional limita lo racional, que le da, a su vez, su medida. En fin, tiene sentido aquello que debemos conquistar sobre el no-sentido. De la misma manera, no puede decirse que el ser sea únicamente al nivel de la esencia. ¿Dónde se puede captar la esencia sino al nivel de la existencia y del devenir? Pero no se puede decir que el ser no es sino existencia. Lo que deviene siempre no podrá ser pues es necesario un comienzo. El ser no puede experimentarse sino en el devenir; el devenir no es nada sin el ser. El mundo no se halla en su estabilidad pura, pero no es solamente movimiento. Es movimiento y fijeza. La dialéctica, por ejemplo, no huye indefinidamente hacia un valor ignorado. Gira alrededor del límite, primer valor. Heráclito, inventor del devenir, ponía, sin embargo, un límite a ese flujo perpetuo. Ese límite estaba simbolizado por Némesis, diosa de la mesura, fatal para los desmesurados. Una reflexión que quisiera tener en cuenta las contradicciones contemporáneas de la rebeldía debería pedir su inspiración a esa diosa.


Las antinomias morales comienzan, ellas también, a iluminarse a la luz de este valor mediador. La virtud no puede separarse de lo real sin convertirse en principio de mal. Tampoco puede identificarse absolutamente con lo real sin negarse a sí misma. El valor moral puesto de manifiesto por la rebeldía, finalmente, no está más por encima de la vida y la historia, que lo que la vida y la historia están por encima de él. En verdad, sólo adquiere realidad en la historia cuando un hombre da su vida por él, o se la consagra. La civilización jacobina y burguesa supone que los valores están por encima de la historia, y su virtud formal fundamenta entonces una mistificación repugnante. La revolución del siglo XX decreta que los valores están mezclados con el movimiento de la historia y su razón histórica justifica una nueva mistificación. La mesura, frente a este desorden, nos enseña que toda moral necesita una parte de realismo: la virtud enteramente pura es mortífera; y que todo realismo necesita una parte de moral: el cinismo es mortífero. Por eso la verborrea humanitaria no tiene más fundamento que la provocación cínica. En fin, el hombre no es enteramente culpable, pues no comenzó la historia; ni enteramente inocente, pues la continúa. Quienes sobrepasan este límite y afirman su inocencia total terminan en la desesperación de la culpabilidad definitiva. La rebeldía, por el contrario, nos pone en el camino de una culpabilidad medida [calculée]. Su sola esperanza, pero invencible, se encarna, al final, en unos homicidas inocentes.


En este límite, el "existimos" define paradójicamente un nuevo individualismo. "Existimos" ante la historia, y la historia debe contar con este "existimos", que debe, a su vez, mantenerse en la historia. Yo necesito a los demás, que me necesitan a mí y a cada uno. Toda acción colectiva y toda sociedad suponen una disciplina y el individuo, sin esta ley, no es sino un extraño doblado bajo el peso de una colectividad enemiga. Pero sociedad y disciplina pierden su dirección si niegan el "existimos". Yo solo, en un sentido, soporto la dignidad común que no puedo dejar que se rebaje en mí ni en los otros. Este individualismo no es goce; es lucha siempre, y goce sin igual algunas veces, en la culminación de la compasión orgullosa.



El pensamiento de mediodía 



En cuanto a saber si semejante actitud halla su expresión política en el mundo contemporáneo, es fácil evocar, y esto no es sino un ejemplo, lo que se llama tradicionalmente sindicalismo revolucionario. ¿Este sindicalismo no es también ineficaz? La respuesta es sencilla: él es el que en un siglo ha mejorado prodigiosamente la situación obrera, desde la jornada de dieciséis horas hasta la semana de cuarenta horas. El imperio ideológico ha hecho retroceder al socialismo y ha destruido la mayoría de las conquistas del sindicalismo. Es que el sindicalismo partía de la base concreta, la profesión, que es en el orden económico lo que es la municipalidad en el orden político, la célula viviente sobre la que se edifica el organismo, en tanto que la revolución cesárea parte de la doctrina y hace entrar en ella por la fuerza lo real. El sindicalismo, como la municipalidad, es la negación, en provecho de lo real, del centralismo burocrático- y abstracto (6). La revolución del siglo XX, por el contrario, pretende apoyarse en la economía, pero es ante todo una política y una ideología. No puede, por función, evitar el terror y la violencia hecha a lo real. A pesar de sus pretensiones, parte de lo absoluto para modelar la realidad. La rebeldía, a la inversa, se apoya en lo real para encaminarse, en un combate perpetuo, hacia la verdad. La primera trata de realizarse de arriba abajo, la segunda de abajo arriba. Lejos de ser un romanticismo, la rebeldía, por el contrario, se pone en favor del verdadero realismo. Si bien quiere una revolución, la quiere en favor de la vida, no contra ella. Por eso se apoya, ante todo, en las realidades más concretas: la profesión, la aldea, donde se traslucen el ser y el corazón viviente de las cosas y los hombres. Para ella, la política debe someterse a estas verdades. Para terminar, cuando hace que avance la historia y alivia el dolor de los hombres, lo hace sin terror, sino sin violencia, y en las condiciones políticas más diferentes. (7)

Pero este ejemplo tiene más alcance del que parece. El día, precisamente, en que la revolución cesárea triunfó del espíritu sindicalista y libertario del pensamiento revolucionario perdió, en sí mismo, un contrapeso del que no puede prescindir sin decaer. Este contrapeso, este espíritu que mide la vida, es el mismo que anima la larga tradición del que se puede llamar pensamiento solar y en el que, desde los griegos, la naturaleza se ha equilibrado siempre con el devenir. La historia de la Primera Internacional, en la que el socialismo alemán lucha sin descanso contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos, es la historia de las luchas contra la ideología alemana y el espíritu mediterráneo (8). La comuna contra el Estado, la sociedad concreta contra la sociedad absolutista, la libertad reflexiva contra la tiranía racional, el individualismo altruista, en fin, contra la colonización de las masas, son, por lo tanto, las antinomias que ponen de manifiesto, una vez más, la larga confrontación entre la mesura y la desmesura que anima a la historia de Occidente desde el mundo antiguo. El conflicto profundo de este siglo no se establece, quizás, entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que en cierta manera son cómplices, tanto como entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea, las violencias de la eterna adolescencia y la fuerza viril, la nostalgia exagerada por el conocimiento y los libros y el coraje endurecido y aclarado en el curso de la vida; en fin, entre la historia y la naturaleza. Pero la ideología alemana es en esto una heredera. En ella terminan veinte siglos de una vana lucha contra la naturaleza en nombre de un dios histórico primeramente y de la historia divinizada luego. El cristianismo no ha podido conquistar, sin duda, su catolicidad sino asimilando todo lo que podía del pensamiento griego. Pero cuando la Iglesia disipó su herencia mediterránea hizo hincapié en la historia en perjuicio de la naturaleza, hizo triunfar lo gótico sobre lo romántico y, destruyendo un límite en sí misma, reclamó cada vez más el poder temporal y el dinamismo histórico. La naturaleza que deja de ser objeto de contemplación y admiración no puede ser ya luego sino la materia de una acción que aspira a transformarla. Estas tendencias, y no las nociones de mediación que habrían dado al cristianismo su verdadera fuerza, triunfan en los tiempos modernos, y contra el cristianismo mismo, en virtud de una justa reversión de las cosas. Si en efecto, Dios es expulsado de este universo histórico, nace la ideología alemana, en la que la acción no es ya perfeccionamiento sino pura conquista, es decir, tiranía.



Pero el absolutismo histórico, a pesar de sus triunfos nunca ha dejado de tropezar con una exigencia invencible de la naturaleza humana cuyo secreto guarda el Mediterráneo, donde la inteligencia es hermana de la dura luz. Los pensamientos rebeldes, los de la Comuna o del sindicalismo revolucionario, no han dejado de negar esta exigencia tanto frente al nihilismo burgués como al socialismo cesáreo. El pensamiento autoritario, al favor de tres guerras y gracias a la destrucción física de un grupo selecto de rebeldes, ha sumergido esta tradición literaria. Pero esta pobre victoria es provisional y el combate continúa. Europa no ha existido nunca sino en esta lucha entre el mediodía y la medianoche. No se ha degradado sino al abandonar esta lucha, al eclipsar el día con la noche. La destrucción de este equilibrio produce actualmente sus frutos más bellos. Privados de nuestras mediaciones, desterrados de la belleza natural, nos hallamos de nuevo en el mundo del Antiguo Testamento, arrinconados entre unos Faraones crueles y un cielo implacable.



En la miseria común renace la vieja exigencia; la naturaleza vuelve a alzarse ante la historia. Claro está que no se trata de despreciar nada, ni de ensalzar a una civilización contra otra, sino decir simplemente que hay un pensamiento del cual el mundo actual no podrá prescindir ya mucho tiempo. Hay, ciertamente, en el pueblo ruso algo capaz de dar a Europa una fuerza de sacrificio, y en América un poder de construcción necesario. Pero la juventud del mando sigue encontrándose alrededor de las mismas costas. Precipitados en la innoble Europa donde muere, privada de belleza y amistad, la más orgullosa de las razas, nosotros, los mediterráneos, seguimos viviendo de la misma luz. En plena noche europea, el pensamiento solar, la civilización de doble rostro, espera su aurora. Pero ilumina ya los caminos del verdadero dominio.



El verdadero dominio consiste en tratar como se merecen a los prejuicios de la época, y ante todo al más profundo y desdichado de ellos, que quiere que el hombre liberado de la desmesura sea reducido a una sabiduría-pobre. Es cierto que la desmesura puede ser una santidad cuando se paga con la locura de Nietzsche. Pero esta borrachera del alma que se exhibe en el escenario de nuestra cultura, ¿es siempre el vértigo de la desmesura, la locura de lo imposible cuya quemadura no abandona ya nunca a quien se ha entregado a ella una vez por lo menos? ¿Prometeo tuvo alguna vez este rostro de ilota o de fiscal? No, nuestra civilización sobrevive exánime en la complacencia de almas cobardes o vengativas, el deseo de vanagloria de viejos adolescentes. También Lucifer ha muerto con Dios y de sus cenizas ha surgido un demonio mezquino que ni siquiera ve dónde se mete. En 1950, la desmesura es una comodidad siempre, y una carrera a veces. La mesura, por lo contrario, es una pura tensión. Sonríe, sin duda, y nuestros convulsionarios, dedicados a laboriosos apocalipsis, la desprecian. Pero esta sonrisa resplandece en la cima de un esfuerzo interminable: es una fuerza complementaria. Estos pequeños europeos que nos muestran un rostro avaro, si no tienen fuerza para sonreír, ¿por qué pretenden dar sus convulsiones desesperadas como ejemplos de superioridad?



La verdadera Iocura de desmesura muere o crea su propia mesura. No hace morir a los demás para crearse una coartada. En el desgarramiento más extremo vuelve a encontrar su límite, en el cual, como Kaliayev, se sacrifica si es necesario. La mesura no es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es la mesura y ella la ordena, la defiende y la recrea a través de la historia y sus desórdenes. El origen mismo de este valor nos garantiza que sólo puede ser desgarrado. La mesura, nacida de la rebeldía, no puede vivirse sino mediante la rebeldía. Es un conflicto constante, perpetuamente suscitado y dominado por la inteligencia. No triunfa ni de lo imposible ni del abismo. Se equilibra con ellos. Hagamos lo que hiciéremos, la desmesura conservará siempre su lugar en el corazón del hombre, en el lugar de la soledad. Todos llevamos en nosotros mismos nuestras prisiones, nuestros crímenes y nuestros estragos. Pero nuestra tarea no consiste en desencadenarlos a través del mundo; consiste en combatirlos en nosotros mismos y en los demás. La rebeldía, la secular voluntad de no someterse de que hablaba Barres tan recientemente, está al principio de este combate. Madre de las formas, fuente de verdadera vida, sigue manteniéndose en pie en el movimiento informe y furioso de la historia.



Más allá del nihilismo 



Hay, por lo tanto, para el hombre una acción y un pensamiento posibles al nivel medio que le corresponde. Toda empresa más ambiciosa resulta contradictoria. Lo absoluto no se alcanza, ni sobre todo se crea, a través de la historia. La política no es la religión, o entonces es inquisición. ¿Cómo definiría la sociedad en absoluto? Cada uno busca, quizá, para todos, ese absoluto. Pero la sociedad y la política sólo se encargan de arreglar los asuntos de todos para que cada uno disponga de tiempo y libertad para realizar esa búsqueda común. La historia no puede ser erigida, por lo tanto, en objeto de culto. No es sino una ocasión, que se trata de hacer fecunda mediante una rebeldía vigilante. "La obsesión de la cosecha y la indiferencia por la historia -escribe admirablemente René Char- son los dos extremos de mi área". Si el tiempo de la historia no está hecha con el tiempo de la cosecha, la historia no es, en efecto, sino una sombra fugaz y cruel en la que ya no interviene el hombre. Quien se entrega a esta historia no se entrega a nada y, a su vez, no es nada. Pero quien se entrega al tiempo de su vida, a la casa que defiende, a la dignidad de los vivos, se entrega a la tierra, y recibe de ella la cosecha que siembra y alimenta de nuevo. Finalmente, hacen que avance la historia quienes saben rebelarse también contra ella en el momento deseado. Esto supone una tensión interminable y la serenidad crispada de que habla el mismo poeta. Pero la verdadera vida está presente en el centro de este desgarramiento. Es este desgarramiento mismo, el espíritu que se cierne sobre volcanes de luz, la locura de la equidad, la intransigencia extenuante de la mesura. Lo que resuena para nosotros en los confines de esta larga aventura rebelde no son fórmulas de optimismo, que no tenemos sino que fabricar en lo más extremado de nuestra desdicha, sino palabras de coraje y de inteligencia que, cerca del mar, son también virtud.

Ninguna sabiduría puede pretender dar más actualmente. La rebeldía choca incansablemente contra el mal, a partir del cual sólo le queda tomar un nuevo impulso. El hombre puede dominar en sí mismo todo lo que debe serlo. Debe reparar en la creación todo lo que puede serlo. Después de lo cual los niños seguirán muriendo injustamente, hasta en la sociedad perfecta. En su mayor esfuerzo, el hombre no puede sino proponerse la disminución aritmética del dolor del mundo. Pero la injusticia y el sufrimiento subsistirán y: por mucho que se los limite, no dejarán de escandalizar. El "¿para qué?" de Dimitri Karamazov seguirá resonando; el arte y la rebeldía no morirán sino con el último hombre.



Hay un mal, sin duda, que los hombres acumulan en su deseo frenético de unidad. Pero otro mal está en el origen de este movimiento desordenado. Ante este mal, ante la muerte, el hombre pide justicia desde lo más profundo de sí mismo. El cristianismo histórico sólo ha respondido a esta protesta contra el mal con el anuncio del reino, y luego de la vida eterna, que exige la fe. Pero el sufrimiento gasta la esperanza y la fe y se queda solitario y sin explicación. Las multitudes de trabajadores, cansados de sufrir y morir, son multitudes sin dios. Nuestro puesto está, entonces, a su lado, lejos de los doctores antiguos y nuevos. El cristianismo histórico deja para más allá de la historia la curación del mal y del crimen que, no obstante, se sufren en la historia. El materialismo contemporáneo cree también que responde todas las preguntas. Pero, como servidor de la historia, aumenta el dominio del asesinato histórico y lo deja al mismo tiempo sin justificación, como no sea en el porvenir que exige asimismo fe. En ambos casos hay que esperar y durante este tiempo el inocente no cesa de morir. Desde hace veinte siglos no ha disminuido en el mundo la suma total del mal. Ninguna parusía, ni divina ni revolucionaria, se ha cumplido. Todo sufrimiento implica una injusticia, hasta el más meritorio en opinión de los hombres. Sigue gritando el largo silencio de Prometeo ante las fuerzas que le abruman. Pero Prometeo ha visto entre tanto a los hombres volverse también contra él y escarnecerle. Cogido entre el mal humano y el destino, el terror y la arbitrariedad, sólo le queda su fuerza de rebeldía para salvar de la muerte a lo que puede serlo todavía, sin ceder al orgullo del blasfemo.



Se comprende, por lo tanto, que la rebeldía no puede prescindir de un amor extraño. Quienes no hallan descanso ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para quienes, como ellos, no pueden vivir; para los humillados. El movimiento más puro de la rebeldía se corona entonces con el grito desgarrador de Karamazov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo! Así, los condenados católicos de los calabozos de España rechazan actualmente la comunión porque los sacerdotes del régimen la han hecho obligatoria en ciertas prisiones. También éstos, únicos testigos de la inocencia crucificada, rechazan la salvación si hay que pagarla con la injusticia y la opresión. Esta es la loca generosidad de la rebeldía, que da sin demora su fuerza de amor y rechaza sin dilación la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada y distribuir todo en la vida presente a sus hermanos vivientes. Así se muestra pródiga con los hombres futuros. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en dar todo al presente.



La rebeldía demuestra con ello que es el movimiento mismo de la vida y que no se puede negarla sin renunciar a vivir. Cada vez que resuena su grito más puro hace que se levante un ser. Es, por lo tanto, amor y fecundidad, o no es nada. La revolución sin honor, la revolución del cálculo que, prefiriendo un hombre abstracto al hombre de carne, niega al ser todas las veces que es necesario, pone justamente al resentimiento en el lugar del amor. Tan pronto como la rebeldía, olvidando sus orígenes generosos, se deja contaminar por el resentimiento, niega la vida, corre a la destrucción y hace que se levante la cohorte burlona de esos pequeños rebeldes, simiente de esclavos, que terminan ofreciéndose actualmente, en todos los mercados de Europa, a cualquier servidumbre. No es ya rebeldía ni revolución, sino rencor y tiranía. Entonces, cuando la revolución, en nombre del poder y de la historia, se convierte en ese mecanismo mortífero y desmesurado, se hace sagrada una nueva rebeldía en nombre de la mesura y de la vida. Estamos en ese extremo. Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que adivinamos ya y que sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben.



En efecto, la rebeldía, sin pretender resolverlo todo, puede ya, por lo menos, hacer frente. Desde este instante fluye el mediodía sobre el movimiento mismo de la historia. Alrededor de esta brasa devoradora se agitan durante un momento combates de sombras y luego desaparecen, y los ciegos, tocándose los párpados, exclaman que ésta es la historia. Los hombres de Europa, abandonados a las sombras, se han separado del punto fijo y brillante. Olvidan el presente por el porvenir, la presa de los seres por el humo del poder, la miseria de los arrabales por una ciudad radiante, la justicia cotidiana por una vana tierra prometida. Desesperan de la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva. No creen ya en lo que es, en el mundo y el hombre viviente; el secreto de Europa es que no ama ya la vida. Sus ciegos han creído puerilmente que amar un solo día de la vida equivalía a justificar los siglos de opresión. Por eso han querido borrar la alegría del cuadro del mundo y aplazarla para más tarde. La impaciencia ante los límites, la negación de su ser doble, la desesperación de ser hombre los han lanzado al fin a una desmesura inhumana. Habiendo negado la justa magnitud de la vida han tenido que apostar en favor de su propia excelencia. A falta de algo mejor, se han divinizado a sí mismos y su desdicha ha comenzado: esos dioses tienen los ojos reventados. Kaliayev y sus hermanos del mundo entero rechazan, por el contrario, la divinidad, porque rechazan el poder limitado de dar la muerte. Eligen, y con ello nos dan un ejemplo, la única regla original hoy en día: hay que aprender a vivir y morir y para ser hombre hay que negarse a ser dios.


En el mediodía del pensamiento, el rebelde rechaza, por lo tanto, la divinidad para compartir las luchas y el destino comunes. Elegimos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y nuestro último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros; la justicia viva. Entonces nace la extraña alegría que ayuda a vivir y a morir y que en adelante nos negaremos a dejar para más tarde. En la tierra dolorosa es la cizaña incansable, el alimento amargo, el viento duro que llega de los mares, la antigua y la nueva aurora. Con ella, a lo largo de los combates, reconstruiremos el alma de esta época y una Europa que no excluirá nada: ni el fantasma de Nietzsche que durante doce años después de su hundimiento, iba a visitar el Occidente como la imagen fulminante de su conciencia más alta y de su nihilismo; ni a ese profeta de la justicia sin ternura que descansa, por error, en el sector de los incrédulos del cementerio de Highgate; ni a la momia deificada del hombre de acción en su ataúd de vidrio; ni nada de lo que la inteligencia y la energía de Europa han proporcionado sin tregua al orgullo de una época miserable. Todos pueden revivir, en efecto, junto a los sacrificados de 1905, pero con la condición de que comprendan que se corrigen mutuamente y que les contiene a todos un límite en el sol. Cada uno dice al otro que no es Dios, y aquí termina el romanticismo. En esta hora en que cada uno de nosotros debe tender el arco para volver a hacer sus pruebas y conquistar, en y contra la historia, lo que ya posee, la magra cosecha de sus campos, el breve amor de esta tierra; en la hora en que nace por fin un hombre hay que dejar la época y sus furores adolescentes. El arco se quiebra, la madera cruje. En el máximo de la tensión más alto va a surgir el impulso de una flecha recta, del trazo más duro y más libre.

*Versión con algunas correcciones y cotejada con edición de Alianza editorial (1982)





Notas 



1- Se advertirá que el lenguaje propio de las doctrinas totalitarias es siempre un lenguaje escolástico o administrativo.

2- En sus Entretiens sur le bon usage de la liberté, Jean Grenier fundamenta una demostración que se puede resumir así: la libertad absoluta es la destrucción de todo valor; el valor absoluto suprime toda libertad. Lo mismo dice Palanta: "Si hay una verdad única y universal, la libertad no tiene razón de ser".

3- Se ve también, y no se puede dejar de insistir en ello, que el racionalismo absoluto no es racionalismo. La diferencia entre ambos es la misma que existe entre cinismo y realismo. El primero empuja al segundo fuera de los límites que le dan un sentido y una legitimidad. Más brutal, es finalmente menos eficaz. Es la violencia frente a la fuerza.

4- Véase a este respecto el excelente y curioso artículo de Lazare Bickel titulado La Phisique confirme la philosophle. En Empédocle", num. 7.

5- La ciencia actual traiciona sus orígenes y niega sus propias adquisiciones dejándose poner al servicio del terrorismo de Estado y del espíritu de dominio. Su castigo y su degradación consisten en que no produce entonces, en un mundo abstracto, sino medios de destrucción, o de esclavizamiento. Pero cuando se alcance el límite, la ciencia servirá, quizás, a la rebeldía individual. Esta terrible necesidad señalará la etapa decisiva.
6- Tolain, futuro comunero, dice: "Los seres humanos no se emancipan sino en el seno de los grupos naturales".
7-Las actuales sociedades escandinavas, para no dar más que un ejemplo, muestran lo que hay de artificial y de mortífero en las oposiciones puramente políticas. El sindicalismo más fecundo se concilia en ellas con la monarquía constitucional y realiza la aproximación a una sociedad justa. El primer cuidado del Estado histórico y racional ha sido, por el contrario, aplastar para siempre la célula profesional y la autonomía comunal.
8- Véase la carta de Marx a Engels (20 de julio de 1870) deseando la victoria de Prusia sobre Francia: "La preponderancia del proletariado alemán sobre el proletariado francés sería al mismo tiempo la preponderancia de nuestra teoría sobre la de Proudhon".





sábado, 16 de enero de 2016

El hombre rebelde

I. El hombre en rebeldía


por Albert Camus

¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato. ¿Cuál es el contenido de este "no"?

Significa, por ejemplo, "las cosas han durado demasiado", "hasta aquí bueno, más allá no", "vais demasiado lejos", y también "hay un límite que no franquearéis". En resumen, este "no" afirma la existencia de una frontera. Se halla la misma idea de límite en ese sentimiento del hombre en rebeldía de que el otro "exagera", de que extiende su derecho más allá de una frontera a partir de la cual otro derecho le planta la cara y lo limita. Así, el movimiento de rebeldía se apoya, al mismo tiempo, en la negación categórica de una intrusión juzgada intolerable y en la certeza confusa de un derecho justo, más exactamente en la impresión en el hombre en rebeldía [l'homme révolté] de que "tiene derecho a...". La rebeldía no renuncia a la sensación de que uno mismo, de cierta manera, tiene razón. En este sentido, el esclavo en rebeldía dice a un tiempo sí y no. Afirma, a la vez que la frontera, todo lo que sospecha y quiere preservar más acá de la frontera. Demuestra, con obstinación, que hay en él algo que "merece la pena de...", que exige que se tenga cuidado con ello. En cierta manera, opone al orden que lo oprime una especie de derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir.

Al mismo tiempo que la repulsión respecto del intruso, hay en toda rebeldía una adhesión entera e instantánea del hombre a cierta parte de sí mismo. Hace intervenir, pues, implícitamente un juicio de valor, y tan poco gratuito, que lo mantiene en medio de los peligros. Hasta entonces, callaba al menos, abandonado a esa desesperación en la que una condición, aunque se juzgue injusta, es aceptada. Callar es dejar creer que no se juzga nada, y, en ciertos casos, no desear efectivamente nada. La desesperación, lo mismo que al absurdo, lo juzga y lo desea todo, en general, y nada, en particular. El silencio lo traduce bien. Pero a partir del momento en que habla, aun diciendo no, desea y juzga. El hombre en rebeldía, en el sentido etimológico, se vuelve. Caminaba bajo el azote del amo. Ahora planta cara. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no conduce a la rebeldía, pero todo movimiento de rebeldía invoca tácitamente un valor. ¿Se trata al menos de un valor?

Por confusamente que sea, nace una toma de conciencia del movimiento de rebeldía: la percepción, súbitamente patente, de que hay en el hombre algo con lo que puede identificarse, aunque sea sólo por un tiempo. Esta identificación no era realmente sentida hasta ahora. El esclavo sufría todas las exacciones anteriores al movimiento de insurrección. Incluso, había recibido con frecuencia sin reaccionar órdenes más indignantes que la que provoca su rechazo. Se mostraba paciente, rechazándolas quizás en sí mismo, pero, dado que callaba, más cuidadoso de su interés inmediato que consciente aún de su derecho. Con la pérdida de la paciencia, con la impaciencia, empieza por el contrario, un movimiento que puede extenderse a todo lo que antes se aceptaba. Este impulso es casi siempre retroactivo. El esclavo, en el momento en que rechaza la orden humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. El movimiento de rebeldía lo lleva más lejos de lo que estaba en el simple rechazo. Supera hasta el límite que fijaba a su adversario, exigiendo ser tratado ahora como su igual. Lo que al principio era una resistencia irreductible del hombre se convierte en el hombre entero, que se identifica con ella y en ella se resume. Esta parte de sí mismo que quería hacer respetar la sitúa entonces por encima del resto y la proclama preferible a todo, incluso a la vida. Se convierte para él en el bien supremo. Instalado antes en un compromiso, el esclavo se lanza de golpe ("ya que es así...") al Todo o Nada. La conciencia nace a la luz con la rebeldía.

Pero se ve que, al mismo tiempo, es conciencia de un "todo", aún bastante oscuro, y de un "nada" que anuncia la posibilidad de sacrificio del hombre a este todo. El hombre en rebeldía quiere serlo todo, identificarse totalmente con este bien del que ha cobrado de pronto conciencia y que quiere que sea, en su persona, reconocido y saludado —o nada, es decir hallarse definitivamente degradado por la fuerza que lo domina—. En último término, acepta la degradación última que es la muerte, si ha de ser privado de esa consagración exclusiva que llamará, por ejemplo, su libertad. Antes morir de pie que vivir arrodillado.

El valor, según los buenos autores, "representa la mayor parte de las veces un paso del hecho al derecho, de lo deseado a lo deseable (en general por mediación de lo comúnmente deseado)". (1. Lalande, Vocabulaire philosophique.) El paso al derecho, ya lo hemos visto, se patentiza en la rebeldía. Igualmente que el paso del "habría de ser" al "quiero que sea". Pero más aún, quizá, esa noción de la superación del individuo en un bien en adelante común. El surgimiento del Todo o Nada muestra que la rebeldía, prueba con ello que se sacrifica en beneficio de un bien del que juzga que rebasa su propio destino. Si prefiere la oportunidad de la muerte a la negación de ese derecho que defiende, es que sitúa este último por encima de sí mismo. Actúa, pues, en nombre de un valor, aún confuso, pero del que, al menos, tiene la sensación de que le es común con todos los hombres. Vemos que la afirmación implicada en todo acto de rebeldía se extiende a algo que rebasa al individuo en la medida en que lo saca de su presunta soledad y le proporciona una razón de obrar. Pero conviene observar ya que este valor que preexiste a toda acción contradice las filosofías puramente históricas, en las que el valor resulta conquistado (si es que se conquista) al término de la acción. El análisis de la rebeldía conduce al menos a la sospecha de que hay una naturaleza humana, como pensaban los griegos, y contrariamente a los postulados del pensamiento contemporáneo. ¿Por qué rebelarse si no hay, en uno, nada permanente que preservar? El esclavo se subleva por todas las existencias a un tiempo cuando juzga que, bajo este orden, se le niega algo que no le pertenece únicamente a él, sino que es un ámbito común en el que todos los hombres, incluso el que lo insulta y lo oprime, tienen dispuesta una comunidad. (1. La comunidad de las víctimas es la misma que la que une a la víctima con el verdugo, pero el verdugo no lo sabe.)

Dos observaciones apoyarán este razonamiento. Se advertirá en primer lugar que el movimiento de rebeldía no es, en su esencia, un movimiento egoísta. Puede tener sin duda determinaciones egoístas. Pero el hombre se rebelará tanto contra la mentira como contra la opresión. Además, a partir de estas determinaciones, y en su impulso más profundo, el hombre en rebeldía no preserva nada puesto que lo pone todo en juego. Exige, sin duda, el respeto a sí mismo, pero en la medida en que se identifica con una comunidad natural.

Observemos después que la rebeldía no nace sólo, y forzosamente, en el oprimido, sino que puede nacer asimismo ante el espectáculo de la opresión de que otro es víctima. Se da, pues, en este caso, identificación con el otro individuo. Y hay que precisar que no se trata de una identificación psicológica, subterfugio por el que el individuo sentiría en imaginación que es a él a quien se dirige la ofensa. Puede ocurrir, por el contrario, que no soportemos ver infligir a otros ofensas que hemos sufrido nosotros mismos sin rebelarnos. Los suicidios de protesta, en los penales, entre los terroristas rusos a cuyos compañeros se azotaba, ilustran ese gran movimiento. Tampoco se trata del sentimiento de la comunidad de intereses. Puede parecernos indignante, en efecto, la injusticia impuesta a hombres que consideramos adversarios. Hay sólo identificación de destinos y toma de partido. El individuo no es, pues, por sí solo, este valor que quiere defender. Al menos, hacen falta todos los hombres para componerlo. En la rebeldía, el hombre se supera en otro y, desde este punto de vista, la solidaridad humana es metafísica. Simplemente, de momento sólo se trata de esta especie de solidaridad que nace entre cadenas.


Puede precisarse aún el aspecto positivo del valor supuesto por toda rebeldía comparándolo con una negación totalmente negativa como es la del resentimiento, tal como la ha definido Scheler (1. El hombre del resentimiento, N.R.F.) En efecto, el movimiento de rebeldía es más que un acto de reivindicación, en el sentido fuerte del término. El resentimiento resulta muy bien definido por Scheler como una autointoxicación, la secreción nefasta, estancada, de una impotencia prolongada. La rebeldía, en cambio, fractura al ser y lo ayuda a desbordarse. Libera chorros que, estancados, se vuelven furiosos. El propio Scheler carga el acento sobre el aspecto pasivo del resentimiento, observando la gran importancia que tiene en la psicología de las mujeres, condenadas al deseo de y a la posesión. En la base de la rebeldía hay, por el contrario, un principio de actividad superabundante y de energía. Scheler tiene también razón cuando dice que la envidia colorea intensamente el resentimiento. Pero se envidia lo que no se tiene, mientras que el hombre en rebeldía defiende lo que es. No reclama sólo un bien que no posee o del que lo han frustrado. Apunta a hacer reconocer algo que tiene, y que ya ha sido reconocido por él, en casi todos los casos, como más importante que lo que podría envidiar. La rebeldía no es realista. También, según Scheler, el resentimiento, según crezca en un alma fuerte o débil, se convierte en arribismo o en acritud. Pero en ambos casos se quiere ser distinto de como se es. El resentimiento es siempre resentimiento contra sí. El hombre en rebeldía, por el contrario, en su primer movimiento, se opone a que toquen lo que es. Lucha por la integridad de una parte de su ser. No pretende antes que nada conquistar, sino imponer.

Parece, por último, que el resentimiento se deleita de antemano con un dolor que querría ver sufrir al objeto de su rencor. Niestzsche y Scheler tiene razón en ver una bella ilustración de esta sensibilidad en el fragmento en que Tertuliano informa a sus lectores de que en el cielo la mayor fuente de felicidad, entre los bienaventurados, será el espectáculo de los emperadores romanos consumidos en el infierno. Esta felicidad era también la de los honrados ciudadanos que iban a presenciar las ejecuciones capitales. La rebeldía, por el contrario, en su principio, se limita a rechazar la humillación, sin pedirla para los otros. Acepta hasta el dolor para sí mismo, con tal que sea respetada su integridad.

No se comprende, pues, por qué Scheler identifica absolutamente el espíritu de rebeldía con el resentimiento. Su crítica del resentimiento en el humanitarismo (del que trata como de la forma no cristiana del amor a los hombres) quizá pudiera aplicarse a ciertas formas vagas de idealismo humanitario, o a las técnicas del terror. Pero resulta infundada en lo relativo a la rebeldía del hombre contra su condición, el movimiento que levanta al individuo en defensa de una dignidad común a todos los hombres. Scheler quiere demostrar que el humanitarismo va acompañado del odio al mundo. Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular. Esto es cierto, en algunos casos, y se entiende mejor a Scheler cuando se ve que el humanitarismo está representado según él por Bentham y Rousseau. Pero la pasión del hombre por el hombre puede nacer de otra cosa que del cálculo aritmético de los intereses, o de una confianza, además teórica, en la naturaleza humana. Frente a los utilitaristas y al preceptor de Emilio, hay, por ejemplo, esa lógica encarnada por Dostoyevski en Iván Karamazov, que va del movimiento de rebeldía a la insurrección metafísica. Scheler, que lo sabe, resume así esta concepción: "No hay en el mundo bastante amor para desperdiciarlo en otro que en el ser humano". Aunque esta proposición fuera cierta, la desesperación vertiginosa que supone merecería algo más que el desprecio. En realidad, desconoce el carácter desgarrado de la rebeldía de Karamázov. El drama de Iván nace, por el contrario, de que hay demasiado amor sin objeto. Convertido este amor en ocioso, al no existir Dios, se decide volcarlo en el ser humano en nombre de una generosa complicidad,

Por lo demás, en el movimiento de rebeldía tal como lo hemos considerado hasta aquí, no se elige un ideal abstracto, por pobreza de corazón, y con un objetivo de reivindicación estéril. Se exige que sea considerado lo que, en el hombre, no puede reducirse a la idea, esa parte calurosa que no puede servir para nada más que  para ser. ¿Quiere ello decir que ninguna rebeldía está cargada de resentimiento? No, y lo sabemos suficientemente en el siglo de los rencores. Pero debemos tomar esta noción en su comprensión más amplia so pena de traicionarla y, en este aspecto, la rebeldía rebasa por todos lados al resentimiento. Cuando, en Cumbres Borrascosas, Heathcliff prefiere su amor a Dios y reclama el infierno para reunirse con la que ama, no es sólo su juventud humillada la que habla, sino la experiencia ardiente de toda una vida. El mismo movimiento hace decir al Maestro Eckhart, en un acceso sorprendente de herejía, que prefiere el infierno con Jesucristo al cielo sin él. Es el movimiento mismo del amor. Contra Scheler, no cabría, pues, insistir suficientemente en la afirmación apasionada que corre en el movimiento de rebeldía y que lo distingue del resentimiento. Aparentemente negativa, ya que no crea nada, la rebeldía es profundamente positiva, ya que revela lo que, en el hombre, hay siempre que defender.


Pero, para concluir, ¿no serán relativas esa rebeldía y el valor que transmite? Con las épocas y las civilizaciones, parecen cambiar, en efecto, las razones por las que se entra en rebeldía. Es evidente que un paria hindú, un guerrero del Imperio inca, un primitivo de África Central o un miembro de las primeras comunidades cristianas no tenían la misma idea de la rebeldía. Incluso, se podría dar por sentado, con una probabilidad extremadamente grande, que la noción de rebeldía carece de sentido en estos casos precisos. Sin embargo, un esclavo griego, un siervo, un condottiere del Renacimiento, un burgués parisino de la Regencia, un intelectual ruso de los años 1900 y un obrero contemporáneo, si bien podían diferir en las razones de la rebeldía, estaban de acuerdo sin duda alguna en su legitimidad. Dicho de otro modo, el problema de la rebeldía parece no cobrar sentido preciso sino dentro del pensamiento occidental. Se podría ser más explícito aún observando, con Scheler, que el espíritu de rebeldía sólo es posible en los grupos en que una igualdad teórica esconde grandes desigualdades de hecho. El problema de la rebeldía no tiene, pues, sentido más que dentro de nuestra sociedad occidental. Cabría caer entonces en la tentación de afirmar que es relativo al desarrollo del individualismo si las observaciones precedentes no nos hubieran puesto en guardia contra esta conclusión.

En el plano de la evidencia, todo lo que se puede sacar de la observación de Scheler es, en efecto, que, por la teoría de la libertad política, hay, en el seno de nuestras sociedades, un incremento en el hombre de la noción de hombre y, por la práctica de esta misma libertad, la insatisfacción correspondiente. La libertad de hecho no se ha incrementado proporcionadamente a la conciencia que de ella ha adquirido el hombre. De esta observación sólo se puede deducir esto: la rebeldía es propia del hombre informado, que posee la conciencia de sus derechos. Pero nada nos permite decir que se trata únicamente de los derechos del individuo. Por el contrario, da la impresión, por la solidaridad ya mencionada, de que se trata de una conciencia cada vez más amplia que de sí misma adquiere la especie humana a lo largo de su aventura. De hecho, el súbdito inca o el paria no se plantean nunca el problema de la rebeldía, porque ya ha sido resuelto para ellos en una tradición, y antes de que hayan podido planteárselo, siendo lo sagrado la respuesta. Si, en el mundo sagrado, no se halla el problema de la rebeldía, es porque no hay en él ninguna problemática real, habiendo sido dadas todas las respuestas de una vez. La metafísica es sustituida por el mito. No hay ya preguntas, sólo hay respuestas y comentarios eternos, que entonces pueden ser metafísicos. Pero antes de que el hombre entre en lo sagrado, y asimismo para que entre en él, o en cuanto sale de él, y también para que salga, hay interrogación y rebeldía. El hombre en rebeldía es el hombre situado antes o después de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el que todas las respuestas sean humanas, es decir razonablemente formuladas. A partir de este momento, toda interrogación, toda palabra, es rebeldía, mientras que, en el mundo de lo sagrado, toda palabra es acción de gracia. Sería posible mostrar así que, para un espíritu humano, solo caben dos universos posibles, el de lo sagrado (o, para hablar en lenguaje cristiano, el de la gracia) (1. Por supuesto, hay una rebelión metafísica al comienzo del cristianismo, pero la resurrección de Cristo, el anuncio de la parusía y el reino de Dios, interpretado como una promesa de vida eterna, son las respuestas que la hacen inútil) y el de la rebeldía. La desaparición de uno equivale a la aparición del otro, aunque esta aparición puede hacerse bajo formas desconcertantes. En ello, aún, volvemos a encontrar el Todo o Nada. La actualidad del problema de la rebeldía depende únicamente del hecho de que sociedades enteras han querido distanciarse hoy día de lo sagrado. Vivimos en una historia desacralizada. El hombre no se resume ciertamente en la insurrección, pero la historia de hoy día, con sus críticas, nos obliga a decir que la rebeldía es una de las dimensiones esenciales del hombre. Es nuestra realidad histórica. A menos que huyamos de la realidad, nos hace encontrar nuestros valores en ella. ¿Cabe, lejos de lo sagrado y de sus valores absolutos, hallar la regla de una conducta? Tal es la pregunta planteada por la rebeldía.


Hemos podido registrar ya el valor confuso que nace en este límite en que se mantiene la rebeldía. Nos corresponde preguntarnos ahora si se descubre este valor en las formas contemporáneas del pensamiento y de la acción en rebeldía, y, de ser así, precisar su contenido. Pero, observémoslo antes de continuar; el fundamento de este valor es la rebeldía misma. La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebeldía, y éste, a su vez, sólo halla justificación, en esta complicidad. Tendremos, pues, derecho a decir que toda rebeldía que se autoriza a negar o a destruir esta solidaridad pierde al mismo tiempo el nombre de rebeldía y coincide en realidad con un consentimiento criminal. Asimismo, esta solidaridad, fuera de lo sagrado, no cobra vida sino al nivel de la rebeldía. Queda, así, anunciado el verdadero drama del pensamiento en rebeldía. Para ser, el hombre debe rebelarse, pero su rebeldía ha de respetar el límite que descubre en sí misma y en que los hombres, al unirse, empiezan a ser. El pensamiento en rebeldía no puede pues, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Siguiéndola en sus obras y en sus actos tendremos que decir, cada vez, si permanece fiel a su nobleza primera o si, por lasitud o locura, la olvida por el contrario en una embriaguez de tiranía o de servidumbre.

Por de pronto, he aquí el primer progreso que el espíritu de rebeldía hace efectuar a una reflexión primero penetrada de lo absurdo y de la aparente esterilidad del mundo. En la experiencia del absurdo, el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de la rebeldía cobra conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos. El primer progreso de un espíritu imbuido de rareza consiste, pues, en reconocer que comparte esta rareza con todos los hombres y que la realidad humana, en su totalidad, sufre de este distanciamiento con respecto a sí y al mundo. El mal que sufría un solo hombre se hace peste colectiva. En la prueba cotidiana que es la nuestra, la rebeldía representa el mismo papel que el cogito en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lugar común que funda en todos los hombres el primer valor. Me rebelo, luego existimos.

Del capítulo I. (El hombre en rebeldía) de "El hombre rebelde" (L'Homme révolté). Alianza Editorial: Madrid, 2013. (Traducción de Josep Escué)