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martes, 19 de mayo de 2020

Congoja bilingüe, vergüenza en traducción

por Silvana Rabinovich[1]
A la memoria de Ismail Mohammed Bakr (9), Mohammed Ramez Bakr (11), Zakaria Ahed Bakr (10), Ahed Atef Bakr (10), junto a la de los 213 muertos en Gaza en estos últimos días…  y a los de 2012, 2009 que se unen a los millones de seres humanos de todas las confesiones y de todas las naciones que, evocando al filósofo judío Emmanuel Levinas llamaremos víctimas del antisemitismo, esto es, del odio al otro ser humano.
Escribo estas palabras temblorosas mientras escucho una y otra vez a Java Alberstein que me susurra al oído, en hebreo, que todo hombre tiene nombre… lejol ish yesh shem (un viejo poema de Zelda). Y bendigo una y otra vez el trabajo imprescindible de aquellos que se encargan de recordar al mundo que cada uno de los asesinados tiene un nombre, y que en ese nombre se tejen el amor y el deseo de generaciones.[2] Y recuerdo a un autor Israelí de cuentos infantiles (Uri Orlev) que de niño estuvo en el ghetto de Varsovia y contaba cómo los niños juegan siempre, aun en medio de la muerte… Niños aprisionados en distintas lenguas, tiempos y lugares, obstinados siempre en jugar.
Los nombres, los nombres… Aquellos son los nombres donde al nacer se cifra la esperanza de los ancestros, ellos van tejiendo la “historia chica”.  Hay otros nombres que se inscriben en la “historia grande”, que a diferencia de los primeros no están dados con amor y deseo sino con soberbia y ambición. Esa franja de tierra que evoca el suicidio de Sansón y en español escribimos Gaza, en la lengua bíblica se lee como el adjetivo femenino “fuerte” עזה.[3] Alguien reflexionaba hace unos días que los niños de 5 años en esa tierra ya experimentaron tres prolongados bombardeos en cuyos nombres quisiera detenerme.
En 2008, durante los días de la festividad judía de januca, cuando en Israel los niños cantaban la canción del poeta Bialik a un trompo de plomo fundido, un militar se inspiró y le dio a una masacre que cobraría la vida de más de 300 menores palestinos[4] el nombre de ese juego infantil. En noviembre de 2012 el nombre que acompañaría al bombardeo de Gaza era de raigambre bíblica, “Columna de nube” (‘amud ‘anan, ענן עמוד que no “pilar de defensa” como llegó a través de su traducción inglesa),[5] evocaba ni más ni menos que la nube con la que Dios protegió del sol del desierto a los esclavos durante el éxodo de Egipto. Y hace unos días, tras otra operación de nombre bíblico, “guardián del hermano”, con la que el ejército de Israel denominó a la búsqueda de los responsables del asesinato de tres jóvenes israelíes, las fuerzas armadas se apropiaron del relato de Caín y Abel…[6]. Como desenlace de esta última, en estos días asistimos a un nombre hebreo (no bíblico) que por supuesto evoca la omnipotencia, tsuk eitan (איתן צוק ) significa “peñasco fuerte” y según se dice, el militar que lo bautizó así vio que allí convergen la fuerza que frente al enemigo despliega el IDF (eitan) con el pueblo fortalecido detrás suyo (tsuk). Claro que las traducciones se prestan a eufemismos, y el inglés prefiere un nombre más defensivo que belicoso, por eso hoy lo conocemos como “margen protector”.
Estos nombres de la “historia grande” a veces irrumpen en la “historia chica” cercenando vidas. Fue por eso que en 2009 un grupo de mexicanos (muchos de nosotros, judíos a los que no nos bastaba decir “no en mi nombre”) nos reunimos en una iniciativa ciudadana a la que le dimos un nombre lleno de vergüenza y de dolor: “adopta a un niño muerto”. Ese nombre sigue causando escozor. Aquella invitación, insoportable por ser imposible y no dar margen a la autocomplacencia, era y sigue incitando a la memoria. Adoptar a un niño muerto, evocar las circunstancias en que su juego fue interrumpido para siempre por una explosión causada por un arma teledirigida proveniente de un ejército muy poderoso que alardea de su precisión “quirúrgica”, era una manera de resistir a los números que los englobaban en el eufemismo “daños colaterales”. Adoptar a un niño muerto no significaba usurpar el derecho de sus familias a la memoria, sino hacer resonar nombres inaudibles de personas invisibilizadas por el mundo occidental. Adoptar la memoria de un niñomuerto mucho menos alentaba un sentimentalismo falaz, apenas se preguntaba por el porvenir. El horrible nombre de nuestra iniciativa se encuentra en el cruce de caminos entre la historia chica y la historia grande y, al igual que la Esfinge, desde la encrucijada nos desafía con un enigma que concierne a la vulnerabilidad humana (la única hoy capaz de poner un alto definitivo a la violencia asesina de mis nada gloriosos hermanos).



[1] Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, autora de La Biblia y el drone. Sobre usos y abusos de figuras bíblicas en el discurso político de Israel, Madrid, IEPALA, 2013. Miembro de la iniciativa ciudadana ante las muertes de menores en Gaza “Adopta a un niño muerto” (México, a partir de 2009).www.uninomuerto.blogspot.com y en facebook “Adopta un niño muerto”.
[2] Cf. Michal Rotem http://972mag.com/i-am-the-woman-who-translates-the-names-of-the-dead/93701/
[3] A esa tierra llegó por mar un pueblo fuerte que conocía el hierro: los filisteos, contra quienes Sansón cometió el primer atentado suicida de la historia.
[4] Cifras de la ONG israelí B’tselem http://www.btselem.org/statistics/fatalities/during-cast-lead/by-date-of-event
[5] Cf. Éxodo 13:21 “Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche”
[6]Génesis 4:9 “ Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

jueves, 19 de enero de 2017

Morelos y la banalización de la violencia

De nueva cuenta en Morelos – como ocurriera en marzo de 2011 con el homicidio de Juan Francisco Sicilia Ortega- el cruento asesinato de Alejandro Chao y Sarah Rebolledo, destacados catedráticos y activos ciudadanos, sacude a esa entidad y conmociona a la sociedad mexicana entera. No sólo es deplorable por las pérdidas humanas que en sí mismo entraña, sino por la insensatez y la saña con que fueron realizados.
“Primero lo que parece obvio. Se advierte entre víctimas y victimarios, la presencia de una brecha social que separa o cuando menos impide la construcción de un vínculo de identificación humana de los segundos con los primeros. A pesar de la existencia de un trato cotidiano, en el que medió de base una cierta confianza otorgada por los patrones a los victimarios, otrora trabajadores del matrimonio, (copia de llave o acceso a ellas) se mantuvo una distancia social que resultó irremontable. Distancia marcada tal vez por la propiedad, los bienes, la cultura, también la fisonomía (color de la piel, etc.) de la pareja de catedráticos, ante la carencia, la pobreza patrimonial, la miseria cultural y el sentimiento de exclusión o discriminación de sus trabajadores. Lo que está claro es que el trato previo entre ellos no alcanzó para generar un vinculo de reconocimiento mutuo, en tanto iguales y semejantes, ni para construir un puente de identificación entre el “nosotros” y “ellos”, que cerrara la posibilidad de la agresión.
“Ese impedimento para reconocerse como iguales y semejantes a los propietarios, patrones, también pudo haber mediado en el uso de la crueldad por parte de los victimarios: los aplastaron como puede hacerse instintivamente ante una alimaña que amenaza la propia seguridad; como a algo que hay que eliminar para sobrevivir.
“Estimo igualmente que esa distancia, sumada a la presencia de una violencia interna, soterrada, que parecer brotar en cada acto criminal de los que tenemos noticia cotidianamente, actúa como un inhibidor de la piedad. Esa virtud cívica que para los romanos vinculaba a los hombres entre sí, que los arraigaba como sujetos de derechos y deberes, como ciudadanos dignos y portadores de valores, que Aristóteles (Ética a Nicómaco) consideraba una virtud filial y Cicerón (Retórica II) veía como fuente del respeto a los orígenes de la sociedad, del propio individuo y del honor a lo que está por encima del poder del hombre.
“Pero carentes los presuntos delincuentes del reconocimiento como ciudadanos dignos, con derechos y obligaciones cívicas, sociales, políticos, económicos; negados en consecuencia, como tantos otros parias urbanos de nuestro México en su condición de sujetos y ciudadanos existentes para el Estado, invisibilizados en el mainstream de la comunidad social, no tienen vínculos fuertes que los arraiguen y por tanto, tampoco deben lealtad a la comunidad, a sus normas y a sus leyes.
“Las reflexiones anteriores me llevan a proponer una hipótesis interpretativa que es la siguiente: vivimos en México actualmente, en una sociedad fracturada por la desigualdad, el racismo, la discriminación, los abusos, la impunidad y el autoritarismo, a todo lo largo y ancho del tejido social.” Teresa Incháustegui Romero, “Morelos y la banalización de la violencia” (La Silla Rota, México, 9 mayo 2014)
http://lasillarota.com/morelos-y-la-banalizacion-de-la-violencia#.U3GMQ_l5Ovs

lunes, 31 de octubre de 2016

Juventud en exequias: violencias, precarización y desencanto


En las últimas décadas la criminalización de los jóvenes en Latinoamérica se ha vuelto la moneda de cambio con que gobiernos, instituciones y medios de comunicación han justificado políticas represoras y conservadoras que lejos de ofrecer alternativas a las juventudes, las han estigmatizado como un sector inherentemente violento y carente de valores. Rossana Reguillo, profesora e investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO, desarma estos prejuicios y nos proporciona las herramientas básicas para comprender las violencias dentro de las cuales los jóvenes construyen sus biografías en un entorno que, como se explica en estas páginas, ha devenido siniestro.





Por Rossana Reguillo
Mi corazón, tambor velado
va redoblando marchas fúnebres…
Charles Baudelaire
Conocí a Carla en una zapatería del centro de Guadalajara. Tres cosas llamaron mi atención, su extrema palidez, su incomodidad cuando el perfil de un tatuaje indefinido asomaba por el cuello de su camisa verde (el gesto desesperado y repetido por acomodar la camiseta), y, de manera especial un libro de Baudelaire, Las flores del mal, que reposaba al lado de la caja registradora que ella operaba con eficiente desgano. Era una tarde extraña, la preocupación y la tristeza me perseguían como un dolor sordo en todo el cuerpo; me retumbaban los oídos o el corazón de pura angustia.
Venía de hablar con varios jóvenes en uno de esos barrios “calientes”, “difíciles”. En  este barrio calibré en más de una ocasión mis instrumentos etnográficos de conocer. De los “morros” de aquellos tiempos, por allá a finales de los noventa, no quedaba ninguno. Puras biografías rotas, fracturadas, despedazadas. Habían sido 22 jóvenes, puros hombres (a ellos no les cuadraba tener morras en la clika;[2] era peligroso decían); los más habían muerto en distintos sucesos violentos, asesinatos cometidos por otras clikas o en desapariciones adjudicadas a los señores que habían empezado a adueñarse de los barrios de la ciudad por allá de los años ochenta; los menos estaban en la cárcel con condenas eternas por asesinatos (con puntas, no les alcanzaba para las fuskas; no, no en aquellos tiempos), y dos de ellos, según me contaron, habían logrado huir al otro lado, desde donde mandaban señales intermitentes a las familias, las mujeres y los hijitos que quedaron regados. Todos ellos tenían rostros para mí, nombres y apodos: “El Trole”, “El Afanado”, “El GanchoX”, “El Mofle”, nombres que apelaban a alguna de sus características, un distintivo frente al anonimato al que se sentían condenados por un sistema que se esmeraba en excluirlos y perseguirlos. Entre la banda, el apodo es clave; santo y seña para sobrevivir a la intemperie.
La tarde en que conocí a Carla fue de puro estupor, de un desconcierto que no lograba nombrar. Desde un hueco bien hondo en el estómago observé a Carla, y un fragmento me golpeó como un recuerdo que fulmina: “Mi corazón, tambor velado, va redoblando marchas fúnebres”. Lo repetí en voz alta y ella me oyó: “Ah, se sabe los poemas del maestro”, afirmó, más que preguntó, y sonrió ligeramente ante mi gesto afirmativo. Supe con ese extraño saber que dan los años de trajinar por esos caminos que se llaman etnografía, que tenía que hablar con ella. Pagué mi cuenta y le dije: “Te espero afuera y platicamos, ¿no?”. Asintió atendiendo a la mujer que hacía fila con tres pares de semi zapatillas de ballet. Tomé la caja y salí hacia la plaza de Los Libertadores, la catedral era una mole silenciosa que contrastaba con el bullicio del centro a las siete de la tarde. Pasó un buen rato y Carla apareció recompuesta: a la cicatriz vacía de su nariz se había añadido un bello arete de plata y, del inicio del tatuaje que se mostraba ya sin incomodidad, pude adivinar unas letras “D”, “M”, “N”. Sostenía entre sus manos con uñas negras, fúnebres, el ejemplar de Las flores del mal.
Caminamos un poco y le invité un raspado. Nos sentamos en una banca y comenzamos a charlar.
Su iniciación a Baudelaire le venía de un novio en su natal Tijuana, un gótico culto que la convirtió; Carla era una punk y al conocer al “Male” decidió que lo suyo era lo gótico: leyó toneladas de poesía, escuchó hasta el hartazgo a grupos célebres del gótico (pero esa es otra historia), y, sobre todo, decidió que estaba deprimida para siempre:
— ¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce— recitó.
 — ¿”El Leteo”? — pregunté. Eso cerró nuestro pacto y Carla se decidió a contarme su vida.
 Gramática de las violencias
En mis distintas aproximaciones al tema (tanto teóricas como empíricas), he sostenido tres premisas básicas que quiero enfatizar en estas páginas:
A) La violencia jamás puede ser enunciada en singular: son muchas sus formas y sus lenguajes. Por ello hablo de “gramática de las violencias”.
B) No es exterior a lo social; está dentro, aquí, dando forma y constituyendo eso que llamamos sociedad.
C) Emerge como lengua franca cuando se forma un colapso en las formas de inteligibilidad, cuando colapsa el lenguaje, los sistemas de representación y las instituciones.
Como sistemas de acción y como lenguajes, las violencias implican siempre creencias y ritualizaciones,[3] y se sustentan en la capacidad o mejor competencia de unos sujetos conscientes y sintientes que buscan alterar la realidad o el curso de los sucesos a través del uso de métodos, mecanismos o dispositivos violentos para conseguir ciertos resultados que se insertan en la “racionalidad” que comanda el sistema de acción de las violencias sociales.
Este enfoque me permite desestabilizar dos lugares comunes fuertemente instalados en el imaginario: que la violencia en singular se ubica en un lugar más allá de lo social, como si de una fuerza exógena, supraterrenal se tratara; y, que la violencia es irracional y por ende incomprensible.
Desde mediados de los años ochenta empezó a hacerse visible, primero de manera imperceptible y luego de manera estruendosa, que algo cambiaba en el mapa de los universos juveniles y su relación con las violencias: Brasil, Colombia, El Salvador, y más tarde México, mostraban tasas de mortalidad juvenil de alcances mayúsculos. A las etiquetas-estigmas que la sociedad ha colocado sobre sus jóvenes: “rebeldes sin causa”, “estudiantes revoltosos”, “marihuanos”, “hedonistas”, “apáticos”, “desinformados” (según la perspectiva adultocéntrica de quien la asigna), se añadieron las marcas definitivas: “violentos”, “delincuentes”. Mientras algunas y algunos investigadores de la condición juvenil en Iberoamérica intentábamos entender y producir conocimiento, los grandes medios de comunicación y algunas autoridades estatales, sin proyecto para los jóvenes, habían empezado su gran cruzada: la criminalización de los jóvenes, “chavos expiatorios” (como me dijo alguna vez Monsiváis), responsables en primera instancia del previsible colapso de nuestras sociedades. Los jóvenes se instalaron en el imaginario y en el espacio público como “problema”, como operadores de la violencia informe que sacudía los territorios de la vida social. El “minimalismo” de la política social del Estado, y su “maximalismo” policíaco y represor, apretaron la pinza que se cerró sobre millones de jóvenes en México.[4]
Colocar en el debate público la necesidad de pensar a los jóvenes como víctimas (y no solo como victimarios), ha sido una tarea compleja a lo largo de estos años; volver visible el sistema que los excluye, los criminaliza, los condena por la vía de los hechos a la precarización y les expropia la noción de futuro, es navegar a contracorriente de una sociedad que ha preferido el relato terrible sobre sus jóvenes.
¿Cómo entender las violencias en los mundos juveniles sin asumir que hoy enfrentamos la erosión de la condición juvenil que en formas diferenciadas dificulta su inserción y participación, su acceso a la escuela, al trabajo; su creciente descreimiento y desconfianza en la política como espacio para la negociación y el pacto; la distancia que se acrecienta entre ofertas de consumo, de posibilidades, de información, al mismo tiempo que se achican las oportunidades de acceso. Todo esto en contextos de fragilidad democrática y una enorme desigualdad estructural? La pregunta clave me parece, es cuestionarnos en torno a la situación en la que ellas y ellos deben armar sus biografías, su vida cotidiana, no como la aventura de un sujeto individual, sino como ese “miedo ambiente” que delinea, de maneras desiguales, la condición juvenil en el México contemporáneo”.
Bajo estas perspectivas, hago inmersión en “aguas etnográficas adentro”, para que Carla nos guíe por esos laberintos que transitan nuestros jóvenes.
El yo precario
Carla tuvo cinco hermanos, de los que sobreviven dos, además de ella. Hija de una familia de migrantes que llegó a Tijuana a principios de los años setenta, procedente de Veracruz. Sus padres, en ese entonces jóvenes y sin hijos, querían cruzar hacia el norte, pero –me cuenta Carla– un accidente del padre selló sus destinos y se fueron quedando hasta que Tijuana se les volvió terruño, el lugar de sus apegos y afectos.
A los 14 años Carla ya había perdido a su madre y a dos de sus hermanos, el mayor y el más pequeño. Ella de cáncer; ellos, esculpidos a balazos, quedaron en la calle como monumentos siniestros a los que la pequeña Carla tuvo miedo.
Ante el dolor de estas pérdidas el padre decidió cruzar por fin y encomendó a Carla con una comadre veracruzana; los otros tres ya se movían con impulso propio.
Carla dejó la escuela para ayudar en la ferretería del barrio propiedad de su madrina; su hermano “El Ches” (en honor a Chespirito), la visitaba de vez en vez y le llevaba dineritos para sus afanes. Carla se volvió punketa, de las duras –dice ella–; andaba toda loca, acelerada: “No se me olvidaban mis hermanos enfrente de la casa y los hilitos de pinche sangre que les salía sin acabarse”. Los problemas con su familia adoptiva no se hicieron esperar. Y a Carla se le acababan los recursos y la sonrisa se le iba volviendo mueca.
Sin saberlo, Carla empezaba a enfrentar lo que Beck llama “la solución biográfica a las contradicciones sistémicas”.[5] Es decir, la construcción vertiginosa de un yo “inadecuado”, que se (auto) responsabiliza de todo lo que (le) sucede.[6]
Fragmento extractado de: Rossana Reguillo, “Juventud en exequias, violencias, precarización y desencanto”; en CONSPIRATIO No. 12: Violencia de Estado: el fracaso de la transición. (Editorial Jus, México D. F., julio-agosto 2011)
Vender riesgo: de la precarización al agenciamiento violento
Desde el pánico moral, algunos “portavoces” de la sociedad mexicana, “sinceramente consternados”, como diría Monsiváis, se concentraron en el problema de la expansión “epidémica” del consumo de drogas entre los jóvenes; preocupación consecuente con la lógica tutelar y proscriptiva que gobierna los imaginarios sociales en torno a los jóvenes. Lo que ha sido obturado por este debate es que más allá del consumo, la situación del país: el quiebre de la institucionalidad, el crecimiento de la impunidad, el aumento de la pobreza y la exclusión, resultaría un caldo de cultivo propicio para que las estructuras del narco comenzaran un trabajo tan callado como eficaz en el reclutamiento de un ejército de jóvenes desencantados, empobrecidos y en búsqueda de reconocimiento.
Sostengo entonces que, de cara a las condiciones que enfrentan por lo menos 50 por ciento de nuestros jóvenes,[7] muchas de ellas y de ellos son orillados a utilizar su único “valor de cambio”: correr riesgos, vender riesgos,[8]un capital muy codiciado por el crimen organizado.
El Ches se apersonó una tarde en la ferretería; le pidió a Carla que saliera del local. Sin demasiadas palabras le dijo “toma” y le entregó un paquete raro, “blandito”, describió Carla. Te vas al puente a las 9:00 y te cruzas, te paras en el bus y un bato acá, todo tatuado te va a pedir el paquete y ya’stuvo, te regresás y por el jalecito[9] te tocan diez mil.
Lo que quedaba del respaldo de tamarindo se deslizaba por el brazo izquierdo de Carla, ella, sin inmutarse, seguía contando, más para sí misma (yo era el espejo de sus reflexiones y recuerdos). “¡Úta! – dijo de pronto–, qué huevos tuve. La neta yo sabía de qué se trataba, el Ches desde chiquito andaba en esas. Me cae que ni lo pensé, me imaginé que con esa lana me podía largar de esa pinche casa y podía jalar por mí misma. El Ches se me quedó mirando y me dijo: ‘No te claves culera, después de esto vienen más jales y vas a mandar a la chingada a ‘doña pelos’. Todo es seguro, pss qué. Nomás, añadió el Ches, te vistes de otro modo morra, estás muy placa con esa finta”. Carla dijo que por primera vez en muchos meses pensó, sintió con el cuerpo, que tenía opciones; era capaz de decidir.
Carla signaba así un pacto silencioso, se aproximaba a lo que ella entendía era su única posibilidad de libertad y bienestar. No le importó vender  ese riesgo (lo prefería a vender lástima) y desde muy adentro supo que había dado un paso sin retorno y que no le importaba: el local de la ferretería –ajena–, y esa pequeña cama improvisada pero eterna entre el comedor y la sala, la tenían “hasta la madre”. Su papá no se comunicaba y sólo sabía por una tía que se perdía de borracho en Red Woods y lo encontraban en el portal de su motor home repitiendo el nombre de sus hijos, nunca el de su mujer.
La precariedad estructural, la precariedad del yo, la ausencia de políticas sociales, el quiebre de las instituciones se intersectan de maneras distintas de acuerdo con los contextos locales, con la condición de género, con las zonas urbanas o rurales y con las dimensiones religiosas que dan forma y concreción a las dinámicas  en que los jóvenes asumen vender riesgo y acceder así a un mínimo de agencia [autonomía].
Violencias disciplinantes: la pedagogía del miedo
Entre las cuatro formas o gramáticas de las violencias que he logrado categorizar con fines analíticos,[10] quisiera centrarme aquí (por razones de espacio) en lo que he llamado violencias disciplinantes, aquellas que despliegan los signos de su poder para marcar sobre los cuerpos y voluntades otras, el designio inapelable de su propia racionalidad. Someter por miedo, caligrafía brutal que ostenta su poder total.
Los códigos narcos operan  bien la economía simbólica de estas formas de violencia: te martirizo a ti para que otros entiendan el mensaje; resuelvo un problema y avanzo sobre el control territorial. A lo largo de mi trabajo de investigación he podido constatar la estrecha relación que existe entre estas violencias disciplinantes y la búsqueda, necesidad de los jóvenes de construir sus biografías en contextos de mayor estabilidad, con (mínimas) certezas de lugar, lealtades, solidaridades, garantías (inestables) y, especialmente, reconocimiento. Cuesta entenderlo y aún más, aceptarlo, pero el narcotráfico es capaz de ofertar todo esto.
Con ese jale Carla[11] se inició en el trabajo como transportista en pequeña escala, una mula que iba y venía como fantasma por la frontera. Al tercer viaje estuvo lista para abandonar la casa de  su madrina. Rentó un pequeño “depa” y empezó a dormir de día y a vivir de noche; lo punketo se deshacía y en su identidad brotaba una mujer triste y solitaria pero “entrona”, así se definió. El jefe del Ches le agarró cariño pero la respetaba; “a otras morras les iba de la chingada, siempre andaban golpeadas, a mí no me tocaban, el Ches era mi seguro y yo agarré muy bien la onda y no faltaba a mis jales. Todo iba bien suave hasta que se chingaron a mi hermanito, lo abrieron en canal los hijos de la chingada y me lo aventaron, otra vez, en la puerta de mi cantón. No tengo ciencia cierta, pero lo que supe es que el  pendejo del Ches andaba haciendo negocio por su cuenta y que las morras que tenía contratadas aparte de mi eran muy gruesas, muy cabronas. Total, a mí me lo tiraron y yo me tuve que hacer la fuerte. A donde me cambié llegó el jefe a pedirme disculpas: que la bronca no era conmigo y que los pendejos se habían equivocado de puerta. Ya para estas yo estaba asustadísima, pero seguí trabajando para ellos; me tragué el dolor de mi hermanito y le seguí; pero ya andaba yo con ganas de salirme del rollo. En esas conocí al Male y me encantó el bato, hablaba a pura poesía. Me clavé en lo del gótico y entendí muchas cosas; pero no me dejaban en paz. Los jales iban en aumento (y también la lana), hasta que un día el jefe me dijo que ya me tenían mucha confianza y que me invitaban a ‘sicariar’”.
Dice Carla que sus piernas se aflojaron; analizamos juntas el sentido de este nuevo verbo y desde el presente, Carla conectó con su saber antiguo: se trataba de dar un paso definitivo hacia la muerte; pero no la muerte dulce y nostálgica que conoció con el Male, sino la fea, la dura, la cabrona. Tuvo mucho miedo, dijo Carla que supo que tenía que escaparse. El Male la ayudó y eso se supo, el chavo amaneció degollado en un parque perdido de Tijuana. A sus 18 años Carla ya sumaba muertos y restaba vidas de los que había querido. Irse pa’ Califas la dejaba demasiado cerca de sus perseguidores y no podía contar con su papá; la vía de escape la armaron entre ella –que a esas alturas se sabía de memoria rutas y encrucijadas– y “El Borrego”, un compa del Ches: Guadalajara era la opción, allí podría perderse para siempre porque sus enemigos no dominaban la plaza. Y así, una madrugada salió de la casa del Borrego, sin mirar hacia atrás, con un ejemplar de Las flores del mal que el Male le había regalado, unos ahorros y una maleta casi vacía.
Los jóvenes ingresan como empleados y como victimarios a la órbita del narcotráfico, pero también como víctimas de un complejo sistema que los excluye y los niega. Su vida “útil” en estos mundos suele ser muy corta y la mayoría no corre con “la suerte” de Carla. Resulta fundamental, a mi juicio, romper de tajo con la idea de que los jóvenes se afilian al narcotráfico por “falta de valores y desintegración familiar”, como suelen machacar algunos expertos y muchos políticos. Esta lectura moralizante y psicologista resulta simplista y miope, porque niega, elude o invisibiliza las condiciones  estructurales en las que muchos jóvenes intentan armar y construir sus biografías. Y porque desconoce el contexto en el que el narcotráfico opera como mecanismo de empoderamiento de estas y estos jóvenes reclutados. En una compleja mezcla de castigo (violencia disciplinante) y recompensa (sentido, pertenencia, consumo suntuario), el narco opera impunemente sobre lo que se consideran los “residuos sociales”, parafraseando a Bauman.
Lo siniestro: lo inerte y sus reversos
Considero que uno de los lenguajes de la violencia y el terror es lo siniestro. Para Freud, “lo siniestro” (Das Unheimlich), significa la transformación de lo familiar en lo opuesto, en algo extraño y amenazante, con potencial destructivo. Para muchos jóvenes en el país, la sociedad, su vida cotidiana, su experiencia ha devenido siniestra. La angustia frente a lo siniestro se produce porque hay un pacto tácito de reconocimiento de que “sabíamos” que aquello familiar y conocido podía mutar en su contrario, lo extraño, lo desconocido.
Carla frente al cuerpo tirado de sus hermanos “con hilos de sangre que no acaban” y que le producen miedo; Carla frente al “jefe” que entiende lo que se oculta en la sonrisa amable; Carla, frente a la reducción de sus opciones; Carla, sabiendo que su vida transcurre de manera precaria y que el gesto indescifrable de un transeúnte desconocido puede ser la sentencia final; Carla, aferrada a su tatuaje que, entiendo meses después, cuando me lo muestra, son los nombres de los muertos que la habitan.
No hay categorías precisas para nombrar la disolución de la experiencia límite de muchos jóvenes en estas violencias sincopadas, caóticas, terribles. La “bio-violenta” biografía de Carla, introduce el escalofrío de lo siniestro en la medida en que la autometamorfosis borra su posible identidad en aras de una alteridad que no está afuera de su propio cuerpo (ella vive y sabe lo que hace), sino contenida en él. A contravía de un imaginario social expandido que asume a los jóvenes como el lugar de la transparencia identitaria, de lo positivo, el mutar “violento” apela al discernimiento entre lo clausurado (como opción) y la conciencia de que es posible esculpir la propia biografía al margen o de espaldas a las tecnologías del poder disciplinario[12] que expande sus tentáculos desde los mapas de la legalidad y desde la paralegalidad.[13]
Carla consiguió un nuevo trabajo. Sus ahorros no alcanzan ya para sostener su vicio de apilar libros de poesía gótica; pero cada día se siente menos insegura. Cuando las autoridades ejecutaron a Nacho Coronel me llamó por teléfono, asustada: ya se jodió la cosa, me dijo, se me hace que me voy pa’ Califas, acá se va a poner muy bravo. Conversamos un largo rato y quedamos de encontrarnos en un café para intercambiar puntos de vista. No supe más de ella. Biografías precarias que se arman cotidianamente desde la contingencia. Reviso mi última anotación en mi diario de campo en lo que toca a Carla y leo: se agotan mis “instrumentos de conocer” y no hay escuchas; hay una flecha vacía y un signo de interrogación. A la vio-grafía de Carla , le siguió la de “Beto”, un joven sicario de La Familia.[14]

Publicado originalmente en: Rossana Reguillo, “Juventud en exequias, violencias, precarización y desencanto”; en CONSPIRATIO No. 12: Violencia de Estado: el fracaso de la transición. (Editorial Jus, México D. F., julio-agosto 2011)





[2] “Clika” es el nombre que recibe el grupo de pares que opera bajo un referente socioespacial (nombre del grupo/barrio de pertenencia); a principios de los años noventa sustituyó paulatinamente la noción de “banda”.
[3] Étienne Balibar, Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global, Gedisa, Barcelona, 2005.
[4] Según los datos recientes de la CEPAL, en el grupo de jóvenes urbanos que va de 15 a 19 años de edad, existen más de cuatro millones de pobres en Brasil, casi tres millones en México y más de un millón en Colombia. En términos relativos, las situaciones más preocupantes se advierten en Honduras (70% de adolescentes urbanos en situación de pobreza), Ecuador (58%), Bolivia (53%) y México (50%). Véase Martín Hopenhayn (coord.), La juventud en Iberoamérica: tendencias y urgencias, Organización Iberoamericana de Juventud/CEPAL, Santiago de Chile, 2004, p. 403.
[5] Ulrich Beck, Scott Lash y Anthony Giddens, Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno, Madrid, Alianza Universidad, 1997, p. 272.
[6] Para una aproximación más profunda a estos aspectos claves de la construcción del “yo juvenil”, ver Rossana Reguillo, “The Warrior’s code? Youth, Communication and Social Change”, en Thomas Tufte y Florencia Enghel (ed.), Youth engaging with the world. Media, communication and social change, Suecia, NORDICOM/University of Gothenburg-UNESCO/The International Clearinghouse on Children/Youth and Media, 2009.
[7] Utilizo indicadores de la CEPAL y del INEGI.
[8] Desarrollo este concepto y sus implicaciones en Rossana Reguillo, “Llano en llamas. Jóvenes contemporáneos y mercado de riesgos. Entre la precariedad y el desencanto, en Oriol Romani (coord.), Jóvenes y riesgos, ¿unas relaciones ineludibles?, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2010.
[9] “Jale” (“jalecito”): durante los años ochenta y los tempranos noventa, “jale” designaba cualquier tipo de trabajo con remuneración; hoy predomina su uso para nombrar a alguna encomienda vinculada con el narco, el cual ha incorporado a su lenguaje muchas palabras propias del sociolecto juvenil.
[10] En el transcurso de mis diversas investigaciones sobre el tema, he propuesto el plural “las violencias” para aludir a la “clasificación” o tipologización socio-histórica que permite elucidar los contextos y características que definen y distinguen la multidimensionalidad del acto violento. Hasta el momento propongo que existen cuatro subsistemas o dimensiones de la violencia: la estructural, la histórica, la disciplinante y la difusa, que a su vez se divide en dos formas: la utilitaria y la expresiva. Ver Rossana Reguillo, “Ciudades y violencias. Un mapa contra los diagnósticos fatales”, en Rossana Reguillo y Marcial Godoy Anativia (eds), Ciudades translocales. Espacios, flujos, representación, ITESO/SSRC, Guadalajara, 2005.
[11] La anotación de la historia de vida de Carla tomó cuatro sesiones de tres horas en un lapso de seis meses; durante las cuales revisamos mis notas, me indicó aquello que consideraba mal interpretado por mí, corrigió palabras, situaciones, nombres y contextos.
[12] Michel Foucault, Tecnologías del yo. Y otros textos afines, Paidós/I.C.E.-UAB, Barcelona, 1990.
[13] Considero que las violencias constituyen un “pasillo”, un “vestíbulo” entre un orden colapsado y un orden que todavía “no es” pero que está siendo, de ahí su enorme poder fundante y su simultánea ligereza. He propuesto, como tercer espacio analítico, la noción de “paralegalidad”, para aludir esa zona fronteriza que genera sus propios códigos, normas y rituales, que al ignorar a las instituciones y al contrato social, se constituye paradójicamente en un desafío mayor que la ilegalidad.
[14] Disponible en mi blog: http://<viaductosur.blogspot.com/2010/10/ya-no-alcanza-con-morirse.html>.

jueves, 20 de octubre de 2016

Una violencia anómica, anárquica, flotando a la deriva...

Nos gustaría discutir con usted el reciente hecho espantoso de una violación en grupo [a una joven de 23 años] ocurrida en Delhi [16/12/2012].
Este tipo de crecimiento de la violencia podría resultar siendo una tendencia de largo plazo. No se puede manejar este tipo de violencia solo ampliando la fuerza policial, porque con frecuencia este tipo de violencia termina siendo impredecible, anómica [en alusión a la inestabilidad social ocasionada por la erosión de los valores] y anárquica. Esto es parte importante del asunto. No es [sólo] la violencia ordinaria la que está aumentando, sino una forma de violencia más anárquica, más anómica. Con esto quiero decir que la violencia es a menudo sin sentido. La violencia [se vuelve] un fin en sí misma.
[Esos tipos] podían haber violado a la muchacha y escapado, haberla golpeado; pero [lo que hicieron] es horrible… la violentaron hasta llevarla a (el borde de) la muerte.*
Así que fue mucho más que un crimen sexual.
Sin duda alguna. Este es el crimen del que hablo el cual es absolutamente sin sentido, un fin en sí mismo. En los hechos la violencia está ahí. Se trata de cierto tipo de violencia flotando a la deriva y que está en busca de blancos
 ¿Muestra la agresiva psique másculina de nuestra sociedad?
Sí, pero es mucho más que eso. Miren las consignas de protesta en la Puerta India para darse cuenta que aquellas mujeres no son menos agresivas. Esas mujeres no son menos violentas. Se trata de una violencia flotando a la deriva, que es lo que dije antes. Nos dice algo profundamente alarmante sobre la sociedad, especialmente sobre la clase urbana semieducada de la India moderna. Las consignas decían cosas como esta: “No solo los cuelguen sino tortúrenlos y luego los cuelgan”. También pedían colgar a los culpables en público, haciendo de ello un espectáculo público. La gente vendrá a aplaudir el ahorcamiento. Este es el tipo de actitud de mucha gente.
Una persona dijo: “Tírenlos primero en aceite hirviendo, así es cómo hay que matarlos”. Te dice algo sobre la atmósfera de violencia. Ellos vienen exactamente de la misma cultura de violencia que los criminales. No me parecen diferentes, solo que ellos no son culpables [del crimen], pero vienen de la misma cultura de violencia y contribuyen a ella.
¿Qué razones le atribuiría a esta violencia?
Pienso que se debe a que nuestras normas tradicionales y morales están colapsando; las antiguas han colapsado y las nuevas no han tomado su lugar, y nos encontramos en una etapa de transición. Una crisis de características profundas. No veo al futuro con mucha confianza en el sentido que no veo una salida fácil y pronta. No hay una cura mágica para este tipo de violencia. Es muy parecida al estilo de violencia estadounidense que vimos pocos días atrás en el episodio de disparos a mansalva. El joven de 20 años mata primero a su propia madre, luego agarra las armas (rifles de asalto y cosas como esa) de ella, va a una escuela y mata a 27 chicos y, antes de que llegue la policía, se mata a sí mismo. No sabemos siquiera por qué.
Por tanto, las violaciones hoy no tienen nada que ver con los motivos tradicionalmente asociados con este crimen.
Sí, esta violación es un buen ejemplo y es por ello que digo que es un tipo de hecho muy alarmante. No se trata solo de una violación sino que está asociada con una violencia gratuita, lo que es algo perturbador.

¿Piensa usted también que el anonimato urbano de los individuos es responsable de estos crímenes?
En gran medida, mucho. Es algo que reconozco. Las comunidades se están desintegrando, las relaciones se están desgarrando. Se trata de una ciudad anónima, una ciudad individualista. Es la vida urbana la preponderante. Estos problemas siempre han sido los de la vida urbana, pero estamos obteniendo lo peor de ella porque mucha gente, una parte considerable de nuestra población urbana, son habitantes urbanos de primera generación. No están acostumbrados a las normas urbanas convencionales, a una ética urbana. Muchos ignoran todavía estas normas y ética, y aún las están aprendiendo. Puede que sus hijos sean más versados en ellas; sus nietos probablemente las aprendan. Sin embargo, por el momento nos encontramos en una fase peligrosa. Una civilización centrada en la comunidad está siendo embutida dentro de una vida urbana e individualista de manera muy acelerada. Esa transformación tomó siglos en muchos países, lo que no es el caso aquí. Si uno presiona para que estos procesos se den rápidamente, estas cosas han de ocurrir.

¿Cuál es entonces la diferencia entre una violación en una ciudad y otra en una comunidad?
La violación en una sociedad rural es con frecuencia una afirmación del estatus social. Es un intento de humillación. La violación no ocurre cuando las jerarquías de la sociedad rural están intactas sino cuando se están rompiendo. Cuando los de arriba descubren que los de abajo –digamos, los dalits, los adivasis, quienes antes lo tomaban con resignación—se están volviendo rebeldes y están demandando sus derechos. En este contexto la violación es a menudo una manera de reafirmar esa jerarquía que parece estar derrumbándose.
Sin embargo, no es la violencia de casta el tipo de violencia que se ve aquí [en Delhi]. Es lo anónimo de la ciudad. En este caso [la situación] es diferente; ellos no sabían de qué casta era, no sabían de dónde venía. Ella era sólo una mujer desconocida. Cualquier mujer, y entonces salieron a relucir sus instintos casi primitivos.
¿Fue una afirmación del estatus de poder del hombre?
Ese tipo de misoginia salió a flote, pero a menudo resulta de cierto tipo de impotencia –cuanto más sientes que no tienes ningún control sobre tu vida, tanto más fácil es creer que se la puedes arrebatar a otros--. Forma parte de esa violencia: puede ser violación, puede ser asesinato.
¿Qué puede decir acerca de las extendidas manifestaciones de protesta que siguieron a la violación en pandilla?
La cultura urbana de Delhi concede un lugar a la violación, pero no al sinsentido asociado a ésta. Las violaciones son muy comunes aquí. Delhi es parte de una cultura regional donde la violación no es poco frecuente o desconocida. Desde UP occidental, pasando por Delhi, Haryana y hasta el Punjab, es el territorio máximo de la violación en India. Pero muchas de estas violaciones se dan como una afirmación de estatus social como he explicado antes. Las mujeres de los dalits, avdivasis y sectores económicamente débiles son las más vulnerables a este crimen debido a que ellas se están empoderando a través del proceso democrático.
Esta área geográfica tiene también estos bolsones urbanos que no eran tradicionalmente muy urbanizados –Delhi ha cambiado de ser una ciudad de 20 lakh [1 lakh son cien mil rupias] a mediados de los sesenta a otra de 1.25 crore [1 crore son 10 millones de rupias] – y es en toda esta área que se dan esta otra clase de violaciones en medio las cuales esta población flotante busca su sentido a la vida en la violencia.
La indignación extendida se debe a que la clase media ahora tiene miedo de lo que pueda pasar. Sienten que su familia y ellos mismos son blancos de esta violencia. También están intranquilos porque el incidente fue fortuito. No hubo rencillas entre dos lados, ni siquiera se conocían entre sí. Se trata de un crimen anónimo –una violencia anónima sobre una persona desconocida por individuos anónimos--. Se trata de una clase diferente de violencia.
 ¿Contribuye al crimen el hecho de que la gente no le tiene temor a la ley?
Esta clase de violencia no se da por ese tipo de temor. Muchas de las personas en el movimiento que exige justicia, aquellas que están plantoneando en la Puerta de la India, no entienden esta parte de la historia. No entienden que hay cierta desesperación en la gente a la que no le preocupa la ley. En una ocasión alguien acuchilló a un panwalla, a quien él conocía bien y de quien había estado comprando paan durante años, por incrementar el precio del paan en 25 paise. Todos lo conocían en el área y aun así cometió ese crimen.
No es casual que estos individuos [los violadores] hayan sido atrapados. Sólo uno de ellos tenía algún antecedente policial menor, todos los demás no tenían antecedentes delincuenciales. Ellos no son delincuentes sobre los cuales hay que mantener cierta vigilancia. Así que si piensas que puedes resolver el problema con [mayor] vigilancia policial, no lo resolverás. Es una cuestión diferente si se trata de una mejor y más eficaz vigilancia policial, pero no de incrementar la fuerza policial.
Entonces, ¿cómo pueden ayudar unas mejores leyes y una mayor vigilancia policial a disminuir los casos de violación?
Una mejor vigilancia policial, sí, como ya lo dije, pero no más efectivos policiales. Esto debido a que nuestros policías aquí en Delhi también tienen inclinaciones delincuenciales, como los policías de Punjab que ahuyentaron fuera a los terroristas pero que ahora se han vuelto terroristas. La pena capital es una sugerencia inútil e infantil. Existe suficiente información disponible de todas partes del mundo que muestran que la pena capital no tiene ninguna incidencia en las estadísticas del crimen. Sólo profundiza la brutalidad de la sociedad. Después de un tiempo, la gente se acostumbrará a la violencia y demandará armas, y el umbral de la violencia se desplazará. Esa es la peor solución que uno podría imaginar.
¿Podría comentar sobre las protestas en Delhi comparadas con las de otras ciudades?
Las manifestaciones de protesta en Delhi fueron más fuertes porque este tipo de cosas estaban en el aire. Delhi tiene unas de las tasas de crecimiento de la violencia más elevadas, y la violencia en la ciudad se respira en el aire. No se trata tampoco de que otras ciudades estén mucho mejor. Sin embargo hay bolsones, por ejemplo, en Mumbai y Kolkata: si puedes evitar estos bolsones entonces puedes estar seguro. Ellos no tocan a la clase media de Mumbai ni Kolkata.
…..
¿Cómo percibe en este caso el papel de los medios?
Los medios han sido muy irresponsables y han alentado la furia de la gente. La rabia se justifica y si se convierte en poder político podría  ser benéfica a largo plazo; me gustaría mucho que deje su marca en el sistema político. Sin embargo, ello no quiere decir que uno pueda instigar esto aún más, lo que podría traer consecuencias no deseadas sobre los niños pequeños. Los medios no sólo están dando cobertura al caso sino dándole un sesgo.
Los medios visuales son bastante iletrados en India, no leen nada. No se me ocurre que alguno de ellos pueda citar un solo libro que haya analizado el impacto de la pena capital sobre [las tasas] del crimen en una región determinada. Por lo menos, los medios podían haber señalado que no hay ninguna conexión entre las dos cosas.
Hemos hablado con Sudhir Kakar y él dice que hay un contraste marcado entre el concepto de mujer en nuestra antigua sociedad tradicional y el que se tiene actualmente. ¿Está usted de acuerdo?
Estoy totalmente de acuerdo. Siempre hubo en la sociedad un lugar para la mujer. Hemos perdido nuestras tradiciones. La tradición no es aquella en que el rico terrateniente viola a su sierva sin tierra. En la tradición, el concepto de poder en nuestra cultura  y el concepto de actividad son femeninos: Aadi Shakti es cómo lo llamamos.
*La joven india de 23 años Jyoti Singh terminó finalmente muriendo en el hospital el 29 de diciembre del 2012, a las 2 semanas de haber sido aberrantemente violada al sud de Delhi.
(Ashis Nandy fue entrevistado el 25 de diciembre, 2012. Esta entrevista fue publicada originalmente en: http://www.governancenow.com/views/interview/anomic-anarchic-free-floating-violence-looking-targets#sthash.nPsFeUHd.dpuf)
Traducido por Hernando Calla después de un hecho de violación y feminicidio igualmente aberrante ocurrido a Lucía Pérez, una joven de apenas 16 años, en Mar del Plata, Argentina (La Paz, Bolivia, 20/10/2016)

martes, 23 de febrero de 2016

El pensamiento de mediodía

Albert Camus


Extraído de: El hombre rebelde
Albert Camus
Ed. Losada. Bs.As., 1981*



Rebeldía y asesinato 


Lejos de esta fuente de vida, en todo caso, Europa y la revolución se consumen en una convulsión espectacular. En el pasado siglo XIX el hombre suprime las restricciones religiosas. Pero apenas se libra de ellas inventa otras nuevas, e intolerables. La virtud muere, pero renace más feroz todavía. Grita a todo el mundo una caridad ensordecedora y ese amor a lo lejano que hace irrisorio al humanismo contemporáneo. En ese punto de fijeza sólo puede producir estragos. Llega un día en que se agria, se hace policial, y en que se alzan innobles hogueras para la salvación del hombre. En la culminación de la tragedia contemporánea entramos en la familiaridad del crimen. Las fuentes de la vida y la creación parecen agotadas. El temor coagula a una Europa llena de fantasmas y máquinas. Entre dos hecatombes, los cadalsos se instalan en el fondo de los subterráneos. Verdugos humanistas celebran en ellos su nuevo culto silenciosamente. ¿Qué grito podría turbarles? Los poetas mismos, ante el asesinato de su hermano, declaran orgullosamente que tienen las manos limpias. Por lo tanto, el mundo entero se desinteresa distraídamente de ese crimen; las victimas acaban de entrar en lo más extremado de su desgracia: molestan. En Los tiempos antiguos, la sangre del crimen provocaba un horror sagrado; santificaba así el precio de la vida. La verdadera condenación de esta época es que hace pensar, por el contrario, que no es bastante sangrienta. La sangre ya no es visible; no salpica bastante el rostro de nuestros fariseos. He aquí la extremidad del nihilismo: el asesinato ciego y furioso se convierte en un oasis y el criminal imbécil parece refrigerante junto a nuestros muy inteligentes verdugos.



Después de haber creído durante mucho tiempo que podría luchar contra Dios con la humanidad entera, el espíritu europeo advierte, por lo tanto, que si no quiere morir, tiene que luchar también contra los hombres. Los rebeldes que, alzados contra la muerte, querían edificar sobre la especie una inmortalidad arisca, se espantan al verse obligados a matar a su vez. No obstante, si retroceden tienen que aceptar la muerte; si avanzan tienen que matar. La rebeldía, desviada de sus orígenes y disfrazada cínicamente, oscila en todos los niveles entre el sacrificio y el asesinato. Su justicia, que ella esperaba fuese distributiva, se ha hecho sumaria. El reino de la gracia ha sido vencido, pero el de la justicia se hunde también. Europa muere a causa de esta decepción. Su rebeldía abogaba en favor de la inocencia humana, y he aquí que se yergue contra su propia culpabilidad. Apenas se lanza hacia la totalidad recibe en herencia la soledad más desesperada. Quería entrar en comunidad y ya no tiene más esperanza que la de ir reuniendo uno a uno, a lo largo de los años, a los solitarios que marchan hacia la unidad.



¿Hay que renunciar, por lo tanto, a toda rebeldía, bien sea porque se acepte, con sus injusticias, una sociedad que se sobrevive, o bien sea que se decide, cínicamente, servir contra el hombre a la marcha frenética de la historia? Después de todo, si la lógica de nuestra reflexión debiera concluir en un cobarde conformismo, habría que aceptarlo, como ciertas familias aceptan a veces deshonras inevitables. Si debiera justificar también todas las clases de atentados contra el hombre, y hasta su destrucción sistemática, habría que consentir este suicidio. Para terminar, el sentimiento de la justicia encontraría en ello su razón: la desaparición de un mundo de mercaderes y policías.



¿Pero vivimos todavía en un mundo rebelde? ¿La rebeldía no se ha convertido, por el contrario, en la coartada de nuevos tiranos? El "existimos" contenido en el movimiento de rebeldía, ¿puede, sin escándalo o sin subterfugio, conciliarse con el asesinato? Al asignar a la opresión un límite más acá del cual comienza la dignidad común a todos los hombres, la rebeldía definía un primer valor. Ponía en la primera fila de sus referencias una complicidad transparente de los hombres entre ellos, una contextura común, la solidaridad de la cadena, una comunicación de ser a ser que hace a los hombres semejantes y unidos. Así hacía dar un primer paso al espíritu en lucha con un mundo absurdo. Con este progreso hacía más angustioso todavía el problema que ahora debe resolver frente al asesinato. En efecto, al nivel de lo absurdo, el asesinato suscitaba solamente contradicciones lógicas; al nivel de la rebeldía es desgarramiento. Pues se trata de decidir si es posible matar a quienquiera que sea cuya semejanza acabamos de reconocer y cuya identidad acabamos de consagrar. Apenas superada la soledad, ¿hay que volverla a encontrar definitivamente justificando el acto que excluye de todo? Obligar a la soledad a quien acaba de saber que no está solo, ¿no es el crimen definitivo contra el hombre?



En lógica se debe responder que asesinato y rebeldía son contradictorios. En efecto, si es asesinado un solo amo la rebeldía, de cierta manera, no está ya autorizada a llamarse la comunidad de los hombres que constituía, no obstante, su justificación. Si este mundo no tiene un sentido superior, si el hombre no tiene sino al hombre como fiador, basta con que un hombre excluya a un solo ser de la sociedad de los vivos para que se excluya a sí mismo. Cuando Caín mata a Abel, huye al desierto. Y si los asesinos forman multitud, la multitud vive en el desierto y en esa otra especie de soledad que se llama promiscuidad.

Al golpear, el rebelde divide al mundo en dos partes. Se había alzado en nombre de la identidad del hombre con el hombre y sacrifica la identidad al consagrar, con sangre, la diferencia. Su único ser en el corazón de la miseria y la opresión, estaba en esta identidad. Por lo tanto, el mismo movimiento que aspiraba a afirmarlo lo hace dejar de ser Puede decir que algunos, y hasta casi todos, están con él. Pero si al mundo irreemplazable de la fraternidad le falta un solo ser queda despoblado. Si nosotros no existimos, yo no existo: así se explican la infinita tristeza de Kaliayev y el silencio de Saint-Just. Los rebeldes, decididos a pasar por la violencia y el asesinato, reemplazan inútilmente, para conservar la esperanza de ser el "existimos" por el "existiremos". Cuando el asesino y la víctima hayan desaparecido, la comunidad se reconstruirá sin ellos. La excepción habrá vivido y la regla volverá a ser posible.


Al nivel de la historia, como en la vida individual, el asesinato es, por lo tanto, una excepción desesperada o no es nada. La fractura que produce en el orden de las cosas no tiene consecuencias. Es insólita y por lo tanto, no puede ser útil ni sistemática, como quiere que sea la actitud puramente histórica. Es el límite que no se puede alcanzar sino una vez y después de lo cual hay que morir. El rebelde no tiene sino una manera de reconciliarse con su acto homicida si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y el sacrificio. Mata y muere para que sea evidente que el asesinato es imposible. Muestra entonces que prefiere realmente el "existimos" al "existiremos". La dicha tranquila de Kaliayev en su prisión, la serenidad de Saint-Just al marchar al cadalso se explican a su vez. Más allá de esta extrema frontera comienzan la contradicción y el nihilismo.



El asesinato nihilista 



El crimen irracional y el crimen racional, en efecto, traicionan igualmente al valor creado por el movimiento de rebeldía. Y, ante todo, el primero. Quien niega todo y se autoriza a matar, Sade, el petimetre homicida, el Único implacable, Karamazov, los celadores del bandido encadenado, el superrealista que dispara contra la multitud, reclaman, en suma, la libertad total, el despliegue ilimitado del orgullo humano. El nihilismo confunde en la misma ira al creador y a las criaturas. Al suprimir todo principio de esperanza, rechaza todo límite y, en la ceguera de una indignación que ni siquiera advierte sus razones, termina juzgando que es indiferente matar a quien está ya condenado a la muerte.

Pero sus razones, el reconocimiento mutuo de un destino común y la comunicación de los hombres entre sí, siguen viviendo. La rebeldía las proclamaba y se comprometía a servirlas. Al mismo tiempo definía, contra el nihilismo, una regla de conducta que no necesita esperar el final de la historia para aclarar la acción y que, no obstante, no es formal. A diferencia de la moral jacobina tenía en cuenta lo que escapa a la regla y a la ley. Abría los caminos de una moral que, lejos de obedecer a principios abstractos, no los descubre sino al calor de la insurrección, en el movimiento incesante de la denegación. Nada autoriza a decir que estos principios hayan existido eternamente, de nada sirve declarar que existirán. Pero existen, en el tiempo mismo en que existimos nosotros. Niegan con nosotros, y a todo lo largo de la historia, la servidumbre: la mentira y el terror.

Nada hay de común, en efecto, entre un amo y un esclavo, no se puede hablar y comunicarse con un ser esclavizado. En vez de este diálogo implícito y libre mediante el cual recomendamos nuestra semejanza y consagramos nuestro destino, la servidumbre hace que reine el más terrible de los silencios. Si la injusticia es mala para el rebelde, no lo es porque contradiga una idea eterna de la justicia que no sabemos dónde situar, sino porque perpetúa la muda hostilidad que separa al opresor del oprimido. Mata al poco ser que puede venir al mundo gracias a la complicidad de los hombres entre ellos. De la misma manera, puesto que el hombre que miente se cierra a los otros hombres, la mentira está proscrita y, en un grado más bajo, el asesinato y la violencia, que imponen el silencio definitivo. La complicidad y la comunicación descubiertas por la rebeldía no pueden vivirse sino en el diálogo libre. Todo equívoco, toda mala interpretación suscita la muerte; sólo el lenguaje claro, la palabra sencilla pueden salvar de esta muerte (1). Todas las tragedias culminan con la sordera de los protagonistas. Platón tiene razón contra Moisés y Nietzsche. El diálogo a la altura del hombre cuesta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias, monologado y dictado desde lo alto de una montaña solitaria. En el escenario como en la ciudad, el monólogo precede a la muerte. Todo rebelde, con el mismo movimiento que le alza contra el opresor, aboga en favor de la vida, se compromete a luchar contra la servidumbre, la mentira y el terror y afirma, en lo  que dura un relámpago, que estos tres azotes hacen que reine el silencio entre los hombres, los oscurecen unos a otros, y les impiden encontrarse en el único valor que puede salvarlos del nihilismo: la larga complicidad de los hombres en lucha con su destino.

En lo que dura un relámpago. Pero con esto basta, provisionalmente, para decir que la libertad más extrema, la de matar, no es compatible con las razones de la rebeldía. La rebeldía no es de modo alguno una reclamación de libertad total. Niega, justamente, el poder ilimitado que autoriza a un superior a violar la frontera prohibida. Lejos de reclamar una independencia general, el rebelde quiere que se reconozca que la libertad tiene sus límites en todas partes donde hay un ser humano, siendo el límite, precisamente, el poder de rebeldía de ese ser. Ésta es la razón profunda de la intransigencia rebelde. Cuanto más conciencia tiene la rebeldía de que reclama un límite justo, tanto más inflexible se muestra. El rebelde exige, sin duda, cierta libertad para sí mismo, pero en ningún caso, si es consecuente, el derecho a destruir el ser y la libertad del prójimo. No humilla a nadie. Reclama para todos la libertad que reclama para sí mismo; y prohíbe a todos la que rechaza. No es solamente un esclavo contra el amo, sino también un hombre contra el mundo del amo y el esclavo. Hay, por lo tanto, gracias a la rebeldía, en la historia algo más que la relación de dominio y servidumbre. El poder ilimitado no es en ella la única ley. Es otro el valor en cuyo nombre el rebelde afirma la imposibilidad de la libertad total al mismo tiempo que reclama para sí mismo la libertad relativa necesaria para reconocer esta imposibilidad. Toda libertad humana, en su raíz más profunda, es, por lo tanto, relativa. La libertad absoluta, que es la de matar, es la única que no reclama al mismo tiempo que a sí misma lo que la limita y oblitera. Se separa entonces de sus raíces, anda a la ventura, sombra abstracta y maléfica, hasta que se imagina encontrar un cuerpo en la ideología.

Por lo tanto, es posible decir que la rebeldía, cuando va a parar a la destrucción, es ilógica. Al reclamar la unidad de la condición humana es fuerza de vida, no de muerte Su lógica profunda no es la de la destrucción, sino la de la creación. Para que su movimiento siga siendo auténtico no debe abandonar a la zaga ninguno de los términos de la contradicción que lo sostiene. Debe ser fiel al sí que contiene al mismo tiempo que a ese no que las interpretaciones nihilistas aíslan en la rebeldía. La lógica del rebelde consiste en querer servir a la justicia para no aumentar la injusticia de la situación, es esforzarse por emplear un lenguaje claro para no espesar la mentira universal, y en apostar, frente al dolor de los hombres, en favor de la dicha. La pasión nihilista, al aumentar la injusticia y la mentira, destruye en su ira su exigencia anterior y se despoja así de las razones más claras de su rebeldía. Mata, enloquecida al sentir que este mundo está entregado a la muerte. La consecuencia de la rebeldía, por el contrario, consiste en negar su justificación al asesinato, puesto que, en su principio, es protesta contra la muerte.



Pero si el hombre fuese capaz de introducir por sí solo la unidad en el mundo, si pudiera hacer reinar en él, con sólo decretarlo, la sinceridad, la inocencia y la justicia, sería Dios mismo. Además, si pudiera hacer eso, la rebeldía carecería en adelante de razones. Si hay rebeldía es porque la mentira, la injusticia y la violencia constituyen en parte la condición del rebelde. Este no puede, por lo tanto, en modo alguno aspirar a no matar ni mentir sin renunciar a su rebeldía y debe aceptar de una vez por todas el asesinato y el mal. Pero tampoco puede aceptar el asesinato y la mentira, puesto que el movimiento inverso que justificaría el asesinato y la violencia destruiría también las razones de su insurrección. El rebelde no puede hallar el descanso, en consecuencia. Conoce el bien y hace el mal a su pesar. El valor que le mantiene en pie nunca le es dado de una vez por todas, sino que debe mantenerlo sin cesar. El ser que obtiene se derrumba si la rebeldía no vuelve a sostenerlo. En todo caso, si directa o indirectamente no siempre puede dejar de matar, puede emplear su entusiasmo y su apasionamiento en disminuir la probabilidad del asesinato a su alrededor. Su única virtud consistirá en permanecer hundido en las tinieblas sin ceder a su vértigo oscuro, en arrastrarse obstinadamente hacia el bien a pesar de hallarse encadenado al mal. Por fin, si mata, aceptará la muerte. Fiel a sus orígenes, el rebelde demuestra con su sacrificio que su verdadera libertad no lo es con respecto al asesinato, sino con respecto a su propia muerte. Descubre al mismo tiempo el honor metafísico. Kaliayev se coloca entonces bajo la horca y designa visiblemente a todos sus hermanos el límite exacto en que comienza y termina el honor de los hombres.



El asesinato histórico




La rebeldía se despliega también en la historia, que exige no solamente opciones ejemplares, sino también actitudes eficaces. El asesinato racional corre el peligro de verse justificado. La contradicción rebelde repercute entonces en antinomias aparentemente insolubles cuyos dos modelos, en política, son por una parte la oposición de la violencia y la no-violencia, y por otra parte la de la justicia y la libertad. Tratemos de definirlas en su paradoja.



El valor positivo contenido en el primer movimiento de rebeldía supone la renuncia a la violencia de principio. Implica, en consecuencia, la imposibilidad de estabilizar una revolución. La rebeldía arrastra constantemente consigo esta contradicción. En el campo de la historia se endurece todavía más. Si renuncio a hacer respetar la identidad humana, abdico ante el que oprime, renuncio a la rebeldía y vuelvo a un consentimiento nihilista. El nihilismo se hace entonces conservador. Si exijo que esta identidad sea reconocida para existir, emprendo una acción que para tener éxito supone un cinismo de la violencia y niega esa identidad y la rebeldía misma. Ampliando todavía más la contradicción, si la unidad del mundo no puede venirle de arriba, el hombre debe construirla a su altura en la historia. La historia, sin valor que la transfigure, se rige por la ley de la eficacia. El materialismo histórico, el determinismo, la violencia, la negación de toda libertad que no sea eficaz, el mundo del coraje y del silencio son las consecuencias más legítimas de una pura filosofía de la historia. En el mundo actual sólo una filosofía de la eternidad puede justificar la no-violencia. A la historicidad absoluta le objetará la creación de la historia, y a la situación histórica le preguntará su origen. Para terminar, consagrando entonces la injusticia, volverá a entregar a Dios el cuidado de la justicia. Además, sus respuestas, a su vez, exigirán la fe. Se le objetará el mal, y la paradoja de un Dios todopoderoso y dañino, o benéfico y estéril. Habrá que seguir eligiendo entre la gracia y la historia, entre Dios y la espada.



¿Cuál puede ser entonces la actitud del rebelde? No puede apartarse del mundo y de la historia sin renegar del principio mismo de su rebeldía, elegir la vida eterna sin resignarse, en cierto sentido, al mal. Si no es cristiano, por ejemplo, debe ir hasta el fin. Pero ir hasta el fin significa elegir la historia absolutamente y el asesinato del hombre- con ella, si ese asesinato es necesario para la historia: aceptar la justificación del asesinato es también renegar de sus orígenes. Si el rebelde no elige, elige el silencio y la esclavitud de los demás. Si, en un movimiento de desesperación, declara que elige a la vez contra Dios y la historia, es el testigo de la libertad pura, es decir, de nada. En la fase histórica, que es la nuestra, y en la imposibilidad en que se halla de afirmar una razón superior que no encuentre su límite en el mal, su aparente dilema es el silencio o el asesinato. En ambos casos se trata de una renuncia.



Lo mismo sucede con la justicia y la libertad. Estas dos exigencias están ya al principio del movimiento de rebeldía y se las vuelve a encontrar en el impulso revolucionario. La historia de las revoluciones muestra, no obstante, que entran casi siempre en conflicto, como si sus exigencias mutuas fuesen inconciliables. La libertad absoluta es el derecho a dominar del más fuerte. Mantiene, por lo tanto, los conflictos que benefician a la injusticia. La justicia absoluta pasa por la supresión de toda contradicción: destruye la libertad (2). La revolución por la justicia y por la libertad termina poniendo a la una contra la otra. Hay, por lo tanto, en toda revolución, una vez liquidada la casta que dominaba hasta entonces, una etapa en la que ella misma suscita un movimiento de rebeldía que indica sus límites y anuncia sus probabilidades de fracaso. La revolución se propone, ante todo, satisfacer al espíritu de rebeldía que la ha originado; luego se ve en la obligación de negarlo para afirmarse mejor. Hay, al parecer, una oposición irreductible entre el movimiento de la rebeldía y las adquisiciones de la revolución.



Pero estas antinomias no existen sino en lo absoluto Suponen un mundo y un pensamiento sin mediaciones. No hay, en efecto, conciliación posible entre un dios totalmente separado de la historia y una historia purgada de toda trascendencia. Sus representantes en la tierra son, efectivamente, el yogui y el comisario. Pero la diferencia entre estos dos tipos de hombres no es, como se dice, la diferencia entre la vana pureza y la eficacia. El primero elige solamente la ineficacia de la abstención y el segundo la de la destrucción. Puesto que ambos rechazan el valor mediador que la rebeldía revela, por el contrario, no nos ofrecen, por hallarse igualmente alejados de lo real, sino dos clases de impotencia, la del bien y la del mal.



Si, en efecto, ignorar la historia equivale a negar lo real, es también alejarse de lo real considerar la historia como un todo que se basta a sí mismo. La revolución del siglo XX cree que evita el nihilismo y que es fiel a la verdadera rebeldía porque reemplaza a Dios con la historia. En realidad, fortifica al primero y traiciona a la segunda. La historia, en su movimiento puro, no proporciona por sí misma valor alguno. En consecuencia, hay que vivir de acuerdo con la eficacia inmediata, y callarse o mentir. La violencia sistemática o el silencio impuesto, el cálculo o la mentira concertada se convierten en reglas inevitables. Un pensamiento puramente histórico es, por lo tanto, nihilista: acepta totalmente el mal de la historia y se opone en esto a la rebeldía. Es inútil que afirme en compensación la racionalidad absoluta de la historia, pues esta razón histórica no queda conclusa, no tendrá sentido completo, no será razón absoluta justamente, y valor, sino al final de la historia. Entretanto, hay que obrar, y obrar sin regla moral para que nazca la regla definitiva. El cinismo como actitud política no es lógico sino en función de un pensamiento absolutista; es decir, el nihilismo absoluto por una parte y el racionalismo absoluto por la otra (3). En cuanto a las consecuencias, no hay diferencia entre las dos actitudes. En el momento en que se las acepta la tierra queda desierta.



En realidad, lo absoluto puramente histórico no es ni siquiera concebible. El pensamiento de Jaspers, por ejemplo, en lo que tiene de esencial, subraya la imposibilidad para el hombre de captar la totalidad, porque se halla dentro de esa totalidad. La historia, como un todo, no podría existir sino para los ojos de un observador exterior a ella misma y al mundo. En fin de cuentas, no hay historia sino para Dios. Por lo tanto, es imposible obrar de acuerdo con planes que abarquen la totalidad de la historia universal. Toda empresa histórica no puede ser en consecuencia, sino una aventura más o menos razonable o fundada. Es, ante todo, un riesgo. Como riesgo, no podría justificar ninguna desmesura, ninguna posición implacable y absoluta.



Si la rebeldía pudiese fundar una filosofía, sería, por el contrario, una filosofía de los límites, de la ignorancia medida [calculée] y del riesgo. Quien no puede saber todo no puede matar todo. El rebelde, lejos de hacer de la historia un absoluto, la recusa y pone en tela de juicio, en nombre de la idea que tiene de su propia naturaleza. Rechaza su condición, y su condición es en gran parte histórica. La injusticia, la fugacidad, la muerte se manifiestan en la historia. Al rechazarlas, se rechaza a la historia misma. Es cierto que el rebelde no niega la historia que le rodea y trata de afirmarse en ella. Pero se encuentra ante ella como el artista ante lo real, la rechaza sin eludirla. Ni siquiera durante un segundo hace de ella un absoluto. Si puede participar, por la fuerza de las cosas, en el crimen de la historia, no puede justificarlo, sin embargo. No sólo no puede admitirse el crimen racional al nivel de la rebeldía, sino que incluso significa la muerte de la rebeldía. Para que resulte más clara esta evidencia, el crimen racional se ejerce, en primer lugar, sobre los rebeldes cuya insurrección cuestiona una historia en adelante divinizada.



La mistificación propia del espíritu que se dice revolucionario repite y agrava al presente la mistificación burguesa. Hace pasar bajo la promesa de una justicia absoluta la injusticia perpetua, el compromiso sin límites y la indignidad. La rebeldía no aspira sino a lo relativo y no puede promover sino una dignidad cierta aparejada con una justicia relativa. Defiende un límite en el que se establece la comunidad de los hombres. Su universo es el de lo relativo. En vez de decir con Hegel y Marx que todo es necesario, repite solamente que todo es posible y que, en cierta frontera, lo posible merece también el sacrificio. Entre Dios y la historia, el yogui y el comisario, abre un camino difícil en el que se puede vivir y superar las contradicciones.



Consideremos así las dos antinomias dadas como ejemplo. Una acción revolucionaria que quisiera ser coherente con sus orígenes debería resumirse en un consentimiento activo de lo relativo. Sería fiel a la condición humana. Intransigente en sus medios, aceptaría la aproximación en cuanto a sus fines y, para que la aproximación se definiese cada vez mejor, dejaría libre curso a la palabra. Mantendría así ese ser común que justifica su insurrección. En particular, conservaría al derecho la posibilidad permanente de expresarse. Ésta define una conducta con respecto a la justicia y la libertad. En sociedad no hay justicia sin derecho natural o civil que la fundamente. No hay derecho sin expresión de ese derecho. El hecho de que el derecho se exprese sin esperar significa la probabilidad de que, tarde o temprano, la justicia que él fundamenta venga al mundo. Para conquistar al ser hay que partir del poco ser que descubrimos en nosotros, y no negarlo de antemano. Hacer que calle el derecho hasta que se establezca la justicia es hacerlo callar para siempre, pues si la justicia reina para siempre ya no habrá lugar para que se hable. Por lo tanto, se confía nuevamente la justicia a los únicos que tienen la palabra, a los poderosos. Desde hace siglos la justicia y el ser distribuidos por los poderosos se viene llamando arbitrariedad. Matar la libertad para hacer que reine la justicia equivale a rehabilitar la noción de la gracia sin la intercesión divina y a restaurar el cuerpo místico bajo las especies más bajas mediante una reacción vertiginosa. Hasta cuando no se realiza la justicia, la libertad mantiene el poder de protesta y salva la comunicación. La justicia en un mundo silencioso, la justicia esclavizada y muda, destruye la complicidad y finalmente ya no puede ser la justicia. La revolución del siglo XX ha separado arbitrariamente, con fines desmesurados de conquista, dos nociones inseparables. La libertad absoluta escarnece la justicia. La justicia absoluta niega la libertad. Para ser fecundas, las dos nociones deben encontrar su límite la una en la otra. Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre. La libertad, precisamente, no puede imaginarse sin la facultad de decir claramente qué es lo justo y lo injusto, de reclamar el ser entero en nombre de una parcela de ser que se niega a morir. Hay, finalmente, una justicia, aunque muy diferente, en la restauración de la libertad, único valor imperecedero de la historia. Los hombres nunca han muerto bien sino por la libertad: entonces no creían morir completamente.



El mismo razonamiento se aplica a la violencia. La no-violencia absoluta fundamenta negativamente la servidumbre y sus violencias; la violencia sistemática destruye positivamente la comunidad viviente y el ser que recibimos de ella. Para ser fecundas, estas dos nociones deben encontrar sus límites. En la historia considerada como un absoluto se halla justificada la violencia; como un riesgo relativo, es una ruptura de comunicación. Por lo tanto, debe conservar para el rebelde su carácter provisional de fractura, estar ligada siempre, si no puede ser evitada, a una responsabilidad general, a un riesgo inmediato. La violencia de sistemas se coloca en el orden; en un sentido, es cómoda. El Führerprinzip o la Razón histórica, cualquiera que sea el orden que la fundamenta, reina en un universo de cosas, no de hombres. Así como el rebelde considera al asesinato como el límite que, si llega a él, debe consagrar al morir, así también la violencia no puede ser sino límite extremo que se opone a toda violencia, por ejemplo, en el caso de la insurrección. Si el exceso de la injusticia hace que sea imposible evitar esta última, el rebelde rechaza de antemano la violencia al servicio de una doctrina o de una razón de Estado. Toda crisis histórica, por ejemplo, termina con instituciones. Si no podemos influir en la crisis misma, que es el riesgo puro, podemos hacerlo en las instituciones, pues podemos definirlas, elegir aquellas por las que luchamos e inclinar así nuestras luchas en su dirección. La acción rebelde auténtica no consentirá en armarse sino en favor de instituciones, pues podemos definirlas, elegir aquellas que la codifican. Una revolución no merece la pena de que se muera por ella salvo si asegura sin demora la supresión de la pena de muerte; de que sufra por ella prisión salvo si se niega de antemano a aplicar castigos sin término previsible. Si la violencia insurreccional se despliega en la dirección de esas instituciones, anunciándolas con toda la frecuencia posible, ésa será la única manera para ella de ser verdaderamente provisional. Cuando el fin es absoluto, es decir, hablando históricamente, cuando se cree seguro, se puede llegar a sacrificar a los demás. Cuando no lo es, uno no puede sacrificar sino a sí mismo, en la apuesta de una lucha por la dignidad común. ¿El fin justifica los medios? Es posible. ¿Pero qué justifica al fin? A esta pregunta, que el pensamiento histórico deja pendiente la rebeldía responde: los medios.



¿Qué significa semejante actitud en política? Y, ante todo, ¿es eficaz? Hay que responder sin vacilar que es la única eficaz actualmente. Hay dos clases de eficacia: la del tifón y la de la savia. El absolutismo histórico no es eficaz, es eficiente; ha tomado y conservado el poder. Una vez que dispone del poder, destruye la única realidad creadora. La acción intransigente y limitada, nacida de la rebeldía, mantiene esta realidad y trata solamente de extenderla cada vez más. No se ha dicho que esta acción no pueda vencer. Se dice que corre el riesgo de no vencer y morir. Pero la revolución correrá ese riesgo o bien confesará que no es sino una empresa de nuevos amos, que merecen el mismo desprecio. Una revolución a la que se separa del honor traiciona a sus orígenes, que pertenecen al reino del honor. En todo caso, su elección se limita a la eficacia material y la nada, o al riesgo y la creación. Los antiguos revolucionarios iban a lo más urgente y su optimismo era completo. Pero hoy día el espíritu revolucionario ha acrecentado su conciencia y clarividencia; hay detrás de él ciento cincuenta años de experiencia sobre los cuales se puede reflexionar. Además, la revolución ha perdido sus prestigios de fiesta. Es un cálculo prodigioso que abarca al universo. Sabe, aunque no lo confiesa siempre, que será mundial o no será. Sus probabilidades se equilibran con los riesgos de una guerra universal que, hasta en el caso de una victoria, no le ofrecerá sino el imperio de las ruinas. Por lo tanto, puede permanecer fiel a su nihilismo y encarnar en los osarios la razón última de la historia. Entonces habría que renunciar a todo, salvo a la música silenciosa que transfigurará también los infiernos terrenales. Pero en Europa, el espíritu revolucionario puede también, por primera y última vez, reflexionar sobre sus principios, preguntarse cuál es la desviación que la lleva al terror y la guerra, y volver a encontrar, con las razones de su rebeldía, su fidelidad.



Mesura y desmesura. 


El extravío revolucionario se explica, ante todo, por la ignorancia o el desconocimiento sistemático de ese límite que parece inseparable de la naturaleza humana y que la rebeldía descubre, precisamente. Los pensamientos nihilistas, por no tener en cuenta esta frontera, terminan lanzándose a un movimiento uniformemente acelerado. Nada los detiene ya en sus consecuencias y justifican, por lo tanto, la destrucción total o la conquista indefinida. Ahora sabemos, al término de esta larga investigación sobre la revolución y el nihilismo, que la revolución sin más límites que la eficacia histórica significa la servidumbre sin límites. Para evitar este destino, el espíritu revolucionario, si quiere permanecer vivo, debe fortalecerse, en consecuencia, en las fuentes de la rebeldía e inspirarse en el único pensamiento fiel a esos orígenes, el pensamiento de los límites. Si el límite descubierto por la rebeldía lo transfigura todo; si todo pensamiento, toda acción que sobrepasa cierto punto se niegan a sí mismos, hay, en efecto, una medida de las cosas y del hombre. En historia, como en psicología, la rebeldía es un péndulo desordenado que recorre las amplitudes más disparatadas porque busca su ritmo profundo. Pero ese desorden no es completo. Se realiza alrededor de un eje. Al mismo tiempo que sugiere una naturaleza común de los hombres, la rebeldía pone de manifiesto la medida y el límite que están al principio de esta naturaleza.

Actualmente toda reflexión, nihilista o positivista, a veces sin saberlo, origina esa medida de las cosas que la ciencia misma confirma. Los quanta, la relatividad hasta el presente, las relaciones de incertidumbre, definen un mundo que no tiene realidad definible sino en la escala de las grandezas medianas que son las nuestras (4). Las ideologías que conducen a nuestro mundo nacieron en la época de las magnitudes científicas absolutas. Nuestros conocimientos reales no autorizan, por el contrario, sino un pensamiento de magnitudes relativas. "La inteligencia -dice Lazare Bickel- es nuestra facultad de no llevar hasta el límite lo que pensamos, con el fin de que podamos seguir creyendo en la realidad". Sólo el pensamiento aproximado engendra lo real (5).



No hay nada, ni siquiera las fuerzas materiales, que en su marcha ciega no ponga de manifiesto su propia medida. Por eso es inútil querer invertir la técnica. La era de la rueca para hilar ha pasado y el sueño de una civilización artesana es vano. La máquina no es mala sino en su modo de empleo actual. Hay que aceptar sus beneficios aunque se rechacen sus estragos. El camión conducido a lo largo de los días y las noches por su conductor no humilla a éste, que lo conoce enteramente y lo utiliza con amor y eficacia. La verdadera e inhumana desmesura está en la división del trabajo. Pero a fuerza de desmesura llega un día en que una máquina de cien operaciones, conducida por un solo hombre, crea un solo objeto. Este hombre, en una escala diferente, habrá vuelto a encontrar en parte la fuerza de creación que poseía el artesanado. El productor anónimo se aproxima entonces al creador. No es seguro, naturalmente, que la desmesura industrial siga enseguida ese camino. Pero ya demuestra, con su funcionamiento, la necesidad de una mesura, y suscita la reflexión capaz de organizar esa mesura. En todo caso, o bien servirá este valor de límite o bien la desmesura contemporánea no encontrará su regla y su paz sino en la destrucción universal.



Esta ley de mesura se extiende también a todas las antinomias del pensamiento rebelde. Ni lo real es enteramente racional ni lo racional completamente real. Lo hemos visto a propósito del superrealismo; el deseo de unidad no exige solamente que todo sea racional. Quiere también que lo irracional no sea sacrificado. No se puede decir que nada tiene sentido, pues con ello se afirma un valor consagrado por un juicio; ni que todo tiene un sentido, pues la palabra todo carece de significación para nosotros. Lo irracional limita lo racional, que le da, a su vez, su medida. En fin, tiene sentido aquello que debemos conquistar sobre el no-sentido. De la misma manera, no puede decirse que el ser sea únicamente al nivel de la esencia. ¿Dónde se puede captar la esencia sino al nivel de la existencia y del devenir? Pero no se puede decir que el ser no es sino existencia. Lo que deviene siempre no podrá ser pues es necesario un comienzo. El ser no puede experimentarse sino en el devenir; el devenir no es nada sin el ser. El mundo no se halla en su estabilidad pura, pero no es solamente movimiento. Es movimiento y fijeza. La dialéctica, por ejemplo, no huye indefinidamente hacia un valor ignorado. Gira alrededor del límite, primer valor. Heráclito, inventor del devenir, ponía, sin embargo, un límite a ese flujo perpetuo. Ese límite estaba simbolizado por Némesis, diosa de la mesura, fatal para los desmesurados. Una reflexión que quisiera tener en cuenta las contradicciones contemporáneas de la rebeldía debería pedir su inspiración a esa diosa.


Las antinomias morales comienzan, ellas también, a iluminarse a la luz de este valor mediador. La virtud no puede separarse de lo real sin convertirse en principio de mal. Tampoco puede identificarse absolutamente con lo real sin negarse a sí misma. El valor moral puesto de manifiesto por la rebeldía, finalmente, no está más por encima de la vida y la historia, que lo que la vida y la historia están por encima de él. En verdad, sólo adquiere realidad en la historia cuando un hombre da su vida por él, o se la consagra. La civilización jacobina y burguesa supone que los valores están por encima de la historia, y su virtud formal fundamenta entonces una mistificación repugnante. La revolución del siglo XX decreta que los valores están mezclados con el movimiento de la historia y su razón histórica justifica una nueva mistificación. La mesura, frente a este desorden, nos enseña que toda moral necesita una parte de realismo: la virtud enteramente pura es mortífera; y que todo realismo necesita una parte de moral: el cinismo es mortífero. Por eso la verborrea humanitaria no tiene más fundamento que la provocación cínica. En fin, el hombre no es enteramente culpable, pues no comenzó la historia; ni enteramente inocente, pues la continúa. Quienes sobrepasan este límite y afirman su inocencia total terminan en la desesperación de la culpabilidad definitiva. La rebeldía, por el contrario, nos pone en el camino de una culpabilidad medida [calculée]. Su sola esperanza, pero invencible, se encarna, al final, en unos homicidas inocentes.


En este límite, el "existimos" define paradójicamente un nuevo individualismo. "Existimos" ante la historia, y la historia debe contar con este "existimos", que debe, a su vez, mantenerse en la historia. Yo necesito a los demás, que me necesitan a mí y a cada uno. Toda acción colectiva y toda sociedad suponen una disciplina y el individuo, sin esta ley, no es sino un extraño doblado bajo el peso de una colectividad enemiga. Pero sociedad y disciplina pierden su dirección si niegan el "existimos". Yo solo, en un sentido, soporto la dignidad común que no puedo dejar que se rebaje en mí ni en los otros. Este individualismo no es goce; es lucha siempre, y goce sin igual algunas veces, en la culminación de la compasión orgullosa.



El pensamiento de mediodía 



En cuanto a saber si semejante actitud halla su expresión política en el mundo contemporáneo, es fácil evocar, y esto no es sino un ejemplo, lo que se llama tradicionalmente sindicalismo revolucionario. ¿Este sindicalismo no es también ineficaz? La respuesta es sencilla: él es el que en un siglo ha mejorado prodigiosamente la situación obrera, desde la jornada de dieciséis horas hasta la semana de cuarenta horas. El imperio ideológico ha hecho retroceder al socialismo y ha destruido la mayoría de las conquistas del sindicalismo. Es que el sindicalismo partía de la base concreta, la profesión, que es en el orden económico lo que es la municipalidad en el orden político, la célula viviente sobre la que se edifica el organismo, en tanto que la revolución cesárea parte de la doctrina y hace entrar en ella por la fuerza lo real. El sindicalismo, como la municipalidad, es la negación, en provecho de lo real, del centralismo burocrático- y abstracto (6). La revolución del siglo XX, por el contrario, pretende apoyarse en la economía, pero es ante todo una política y una ideología. No puede, por función, evitar el terror y la violencia hecha a lo real. A pesar de sus pretensiones, parte de lo absoluto para modelar la realidad. La rebeldía, a la inversa, se apoya en lo real para encaminarse, en un combate perpetuo, hacia la verdad. La primera trata de realizarse de arriba abajo, la segunda de abajo arriba. Lejos de ser un romanticismo, la rebeldía, por el contrario, se pone en favor del verdadero realismo. Si bien quiere una revolución, la quiere en favor de la vida, no contra ella. Por eso se apoya, ante todo, en las realidades más concretas: la profesión, la aldea, donde se traslucen el ser y el corazón viviente de las cosas y los hombres. Para ella, la política debe someterse a estas verdades. Para terminar, cuando hace que avance la historia y alivia el dolor de los hombres, lo hace sin terror, sino sin violencia, y en las condiciones políticas más diferentes. (7)

Pero este ejemplo tiene más alcance del que parece. El día, precisamente, en que la revolución cesárea triunfó del espíritu sindicalista y libertario del pensamiento revolucionario perdió, en sí mismo, un contrapeso del que no puede prescindir sin decaer. Este contrapeso, este espíritu que mide la vida, es el mismo que anima la larga tradición del que se puede llamar pensamiento solar y en el que, desde los griegos, la naturaleza se ha equilibrado siempre con el devenir. La historia de la Primera Internacional, en la que el socialismo alemán lucha sin descanso contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos, es la historia de las luchas contra la ideología alemana y el espíritu mediterráneo (8). La comuna contra el Estado, la sociedad concreta contra la sociedad absolutista, la libertad reflexiva contra la tiranía racional, el individualismo altruista, en fin, contra la colonización de las masas, son, por lo tanto, las antinomias que ponen de manifiesto, una vez más, la larga confrontación entre la mesura y la desmesura que anima a la historia de Occidente desde el mundo antiguo. El conflicto profundo de este siglo no se establece, quizás, entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que en cierta manera son cómplices, tanto como entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea, las violencias de la eterna adolescencia y la fuerza viril, la nostalgia exagerada por el conocimiento y los libros y el coraje endurecido y aclarado en el curso de la vida; en fin, entre la historia y la naturaleza. Pero la ideología alemana es en esto una heredera. En ella terminan veinte siglos de una vana lucha contra la naturaleza en nombre de un dios histórico primeramente y de la historia divinizada luego. El cristianismo no ha podido conquistar, sin duda, su catolicidad sino asimilando todo lo que podía del pensamiento griego. Pero cuando la Iglesia disipó su herencia mediterránea hizo hincapié en la historia en perjuicio de la naturaleza, hizo triunfar lo gótico sobre lo romántico y, destruyendo un límite en sí misma, reclamó cada vez más el poder temporal y el dinamismo histórico. La naturaleza que deja de ser objeto de contemplación y admiración no puede ser ya luego sino la materia de una acción que aspira a transformarla. Estas tendencias, y no las nociones de mediación que habrían dado al cristianismo su verdadera fuerza, triunfan en los tiempos modernos, y contra el cristianismo mismo, en virtud de una justa reversión de las cosas. Si en efecto, Dios es expulsado de este universo histórico, nace la ideología alemana, en la que la acción no es ya perfeccionamiento sino pura conquista, es decir, tiranía.



Pero el absolutismo histórico, a pesar de sus triunfos nunca ha dejado de tropezar con una exigencia invencible de la naturaleza humana cuyo secreto guarda el Mediterráneo, donde la inteligencia es hermana de la dura luz. Los pensamientos rebeldes, los de la Comuna o del sindicalismo revolucionario, no han dejado de negar esta exigencia tanto frente al nihilismo burgués como al socialismo cesáreo. El pensamiento autoritario, al favor de tres guerras y gracias a la destrucción física de un grupo selecto de rebeldes, ha sumergido esta tradición literaria. Pero esta pobre victoria es provisional y el combate continúa. Europa no ha existido nunca sino en esta lucha entre el mediodía y la medianoche. No se ha degradado sino al abandonar esta lucha, al eclipsar el día con la noche. La destrucción de este equilibrio produce actualmente sus frutos más bellos. Privados de nuestras mediaciones, desterrados de la belleza natural, nos hallamos de nuevo en el mundo del Antiguo Testamento, arrinconados entre unos Faraones crueles y un cielo implacable.



En la miseria común renace la vieja exigencia; la naturaleza vuelve a alzarse ante la historia. Claro está que no se trata de despreciar nada, ni de ensalzar a una civilización contra otra, sino decir simplemente que hay un pensamiento del cual el mundo actual no podrá prescindir ya mucho tiempo. Hay, ciertamente, en el pueblo ruso algo capaz de dar a Europa una fuerza de sacrificio, y en América un poder de construcción necesario. Pero la juventud del mando sigue encontrándose alrededor de las mismas costas. Precipitados en la innoble Europa donde muere, privada de belleza y amistad, la más orgullosa de las razas, nosotros, los mediterráneos, seguimos viviendo de la misma luz. En plena noche europea, el pensamiento solar, la civilización de doble rostro, espera su aurora. Pero ilumina ya los caminos del verdadero dominio.



El verdadero dominio consiste en tratar como se merecen a los prejuicios de la época, y ante todo al más profundo y desdichado de ellos, que quiere que el hombre liberado de la desmesura sea reducido a una sabiduría-pobre. Es cierto que la desmesura puede ser una santidad cuando se paga con la locura de Nietzsche. Pero esta borrachera del alma que se exhibe en el escenario de nuestra cultura, ¿es siempre el vértigo de la desmesura, la locura de lo imposible cuya quemadura no abandona ya nunca a quien se ha entregado a ella una vez por lo menos? ¿Prometeo tuvo alguna vez este rostro de ilota o de fiscal? No, nuestra civilización sobrevive exánime en la complacencia de almas cobardes o vengativas, el deseo de vanagloria de viejos adolescentes. También Lucifer ha muerto con Dios y de sus cenizas ha surgido un demonio mezquino que ni siquiera ve dónde se mete. En 1950, la desmesura es una comodidad siempre, y una carrera a veces. La mesura, por lo contrario, es una pura tensión. Sonríe, sin duda, y nuestros convulsionarios, dedicados a laboriosos apocalipsis, la desprecian. Pero esta sonrisa resplandece en la cima de un esfuerzo interminable: es una fuerza complementaria. Estos pequeños europeos que nos muestran un rostro avaro, si no tienen fuerza para sonreír, ¿por qué pretenden dar sus convulsiones desesperadas como ejemplos de superioridad?



La verdadera Iocura de desmesura muere o crea su propia mesura. No hace morir a los demás para crearse una coartada. En el desgarramiento más extremo vuelve a encontrar su límite, en el cual, como Kaliayev, se sacrifica si es necesario. La mesura no es lo contrario de la rebeldía. La rebeldía es la mesura y ella la ordena, la defiende y la recrea a través de la historia y sus desórdenes. El origen mismo de este valor nos garantiza que sólo puede ser desgarrado. La mesura, nacida de la rebeldía, no puede vivirse sino mediante la rebeldía. Es un conflicto constante, perpetuamente suscitado y dominado por la inteligencia. No triunfa ni de lo imposible ni del abismo. Se equilibra con ellos. Hagamos lo que hiciéremos, la desmesura conservará siempre su lugar en el corazón del hombre, en el lugar de la soledad. Todos llevamos en nosotros mismos nuestras prisiones, nuestros crímenes y nuestros estragos. Pero nuestra tarea no consiste en desencadenarlos a través del mundo; consiste en combatirlos en nosotros mismos y en los demás. La rebeldía, la secular voluntad de no someterse de que hablaba Barres tan recientemente, está al principio de este combate. Madre de las formas, fuente de verdadera vida, sigue manteniéndose en pie en el movimiento informe y furioso de la historia.



Más allá del nihilismo 



Hay, por lo tanto, para el hombre una acción y un pensamiento posibles al nivel medio que le corresponde. Toda empresa más ambiciosa resulta contradictoria. Lo absoluto no se alcanza, ni sobre todo se crea, a través de la historia. La política no es la religión, o entonces es inquisición. ¿Cómo definiría la sociedad en absoluto? Cada uno busca, quizá, para todos, ese absoluto. Pero la sociedad y la política sólo se encargan de arreglar los asuntos de todos para que cada uno disponga de tiempo y libertad para realizar esa búsqueda común. La historia no puede ser erigida, por lo tanto, en objeto de culto. No es sino una ocasión, que se trata de hacer fecunda mediante una rebeldía vigilante. "La obsesión de la cosecha y la indiferencia por la historia -escribe admirablemente René Char- son los dos extremos de mi área". Si el tiempo de la historia no está hecha con el tiempo de la cosecha, la historia no es, en efecto, sino una sombra fugaz y cruel en la que ya no interviene el hombre. Quien se entrega a esta historia no se entrega a nada y, a su vez, no es nada. Pero quien se entrega al tiempo de su vida, a la casa que defiende, a la dignidad de los vivos, se entrega a la tierra, y recibe de ella la cosecha que siembra y alimenta de nuevo. Finalmente, hacen que avance la historia quienes saben rebelarse también contra ella en el momento deseado. Esto supone una tensión interminable y la serenidad crispada de que habla el mismo poeta. Pero la verdadera vida está presente en el centro de este desgarramiento. Es este desgarramiento mismo, el espíritu que se cierne sobre volcanes de luz, la locura de la equidad, la intransigencia extenuante de la mesura. Lo que resuena para nosotros en los confines de esta larga aventura rebelde no son fórmulas de optimismo, que no tenemos sino que fabricar en lo más extremado de nuestra desdicha, sino palabras de coraje y de inteligencia que, cerca del mar, son también virtud.

Ninguna sabiduría puede pretender dar más actualmente. La rebeldía choca incansablemente contra el mal, a partir del cual sólo le queda tomar un nuevo impulso. El hombre puede dominar en sí mismo todo lo que debe serlo. Debe reparar en la creación todo lo que puede serlo. Después de lo cual los niños seguirán muriendo injustamente, hasta en la sociedad perfecta. En su mayor esfuerzo, el hombre no puede sino proponerse la disminución aritmética del dolor del mundo. Pero la injusticia y el sufrimiento subsistirán y: por mucho que se los limite, no dejarán de escandalizar. El "¿para qué?" de Dimitri Karamazov seguirá resonando; el arte y la rebeldía no morirán sino con el último hombre.



Hay un mal, sin duda, que los hombres acumulan en su deseo frenético de unidad. Pero otro mal está en el origen de este movimiento desordenado. Ante este mal, ante la muerte, el hombre pide justicia desde lo más profundo de sí mismo. El cristianismo histórico sólo ha respondido a esta protesta contra el mal con el anuncio del reino, y luego de la vida eterna, que exige la fe. Pero el sufrimiento gasta la esperanza y la fe y se queda solitario y sin explicación. Las multitudes de trabajadores, cansados de sufrir y morir, son multitudes sin dios. Nuestro puesto está, entonces, a su lado, lejos de los doctores antiguos y nuevos. El cristianismo histórico deja para más allá de la historia la curación del mal y del crimen que, no obstante, se sufren en la historia. El materialismo contemporáneo cree también que responde todas las preguntas. Pero, como servidor de la historia, aumenta el dominio del asesinato histórico y lo deja al mismo tiempo sin justificación, como no sea en el porvenir que exige asimismo fe. En ambos casos hay que esperar y durante este tiempo el inocente no cesa de morir. Desde hace veinte siglos no ha disminuido en el mundo la suma total del mal. Ninguna parusía, ni divina ni revolucionaria, se ha cumplido. Todo sufrimiento implica una injusticia, hasta el más meritorio en opinión de los hombres. Sigue gritando el largo silencio de Prometeo ante las fuerzas que le abruman. Pero Prometeo ha visto entre tanto a los hombres volverse también contra él y escarnecerle. Cogido entre el mal humano y el destino, el terror y la arbitrariedad, sólo le queda su fuerza de rebeldía para salvar de la muerte a lo que puede serlo todavía, sin ceder al orgullo del blasfemo.



Se comprende, por lo tanto, que la rebeldía no puede prescindir de un amor extraño. Quienes no hallan descanso ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para quienes, como ellos, no pueden vivir; para los humillados. El movimiento más puro de la rebeldía se corona entonces con el grito desgarrador de Karamazov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo! Así, los condenados católicos de los calabozos de España rechazan actualmente la comunión porque los sacerdotes del régimen la han hecho obligatoria en ciertas prisiones. También éstos, únicos testigos de la inocencia crucificada, rechazan la salvación si hay que pagarla con la injusticia y la opresión. Esta es la loca generosidad de la rebeldía, que da sin demora su fuerza de amor y rechaza sin dilación la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada y distribuir todo en la vida presente a sus hermanos vivientes. Así se muestra pródiga con los hombres futuros. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en dar todo al presente.



La rebeldía demuestra con ello que es el movimiento mismo de la vida y que no se puede negarla sin renunciar a vivir. Cada vez que resuena su grito más puro hace que se levante un ser. Es, por lo tanto, amor y fecundidad, o no es nada. La revolución sin honor, la revolución del cálculo que, prefiriendo un hombre abstracto al hombre de carne, niega al ser todas las veces que es necesario, pone justamente al resentimiento en el lugar del amor. Tan pronto como la rebeldía, olvidando sus orígenes generosos, se deja contaminar por el resentimiento, niega la vida, corre a la destrucción y hace que se levante la cohorte burlona de esos pequeños rebeldes, simiente de esclavos, que terminan ofreciéndose actualmente, en todos los mercados de Europa, a cualquier servidumbre. No es ya rebeldía ni revolución, sino rencor y tiranía. Entonces, cuando la revolución, en nombre del poder y de la historia, se convierte en ese mecanismo mortífero y desmesurado, se hace sagrada una nueva rebeldía en nombre de la mesura y de la vida. Estamos en ese extremo. Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que adivinamos ya y que sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben.



En efecto, la rebeldía, sin pretender resolverlo todo, puede ya, por lo menos, hacer frente. Desde este instante fluye el mediodía sobre el movimiento mismo de la historia. Alrededor de esta brasa devoradora se agitan durante un momento combates de sombras y luego desaparecen, y los ciegos, tocándose los párpados, exclaman que ésta es la historia. Los hombres de Europa, abandonados a las sombras, se han separado del punto fijo y brillante. Olvidan el presente por el porvenir, la presa de los seres por el humo del poder, la miseria de los arrabales por una ciudad radiante, la justicia cotidiana por una vana tierra prometida. Desesperan de la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva. No creen ya en lo que es, en el mundo y el hombre viviente; el secreto de Europa es que no ama ya la vida. Sus ciegos han creído puerilmente que amar un solo día de la vida equivalía a justificar los siglos de opresión. Por eso han querido borrar la alegría del cuadro del mundo y aplazarla para más tarde. La impaciencia ante los límites, la negación de su ser doble, la desesperación de ser hombre los han lanzado al fin a una desmesura inhumana. Habiendo negado la justa magnitud de la vida han tenido que apostar en favor de su propia excelencia. A falta de algo mejor, se han divinizado a sí mismos y su desdicha ha comenzado: esos dioses tienen los ojos reventados. Kaliayev y sus hermanos del mundo entero rechazan, por el contrario, la divinidad, porque rechazan el poder limitado de dar la muerte. Eligen, y con ello nos dan un ejemplo, la única regla original hoy en día: hay que aprender a vivir y morir y para ser hombre hay que negarse a ser dios.


En el mediodía del pensamiento, el rebelde rechaza, por lo tanto, la divinidad para compartir las luchas y el destino comunes. Elegimos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y nuestro último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros; la justicia viva. Entonces nace la extraña alegría que ayuda a vivir y a morir y que en adelante nos negaremos a dejar para más tarde. En la tierra dolorosa es la cizaña incansable, el alimento amargo, el viento duro que llega de los mares, la antigua y la nueva aurora. Con ella, a lo largo de los combates, reconstruiremos el alma de esta época y una Europa que no excluirá nada: ni el fantasma de Nietzsche que durante doce años después de su hundimiento, iba a visitar el Occidente como la imagen fulminante de su conciencia más alta y de su nihilismo; ni a ese profeta de la justicia sin ternura que descansa, por error, en el sector de los incrédulos del cementerio de Highgate; ni a la momia deificada del hombre de acción en su ataúd de vidrio; ni nada de lo que la inteligencia y la energía de Europa han proporcionado sin tregua al orgullo de una época miserable. Todos pueden revivir, en efecto, junto a los sacrificados de 1905, pero con la condición de que comprendan que se corrigen mutuamente y que les contiene a todos un límite en el sol. Cada uno dice al otro que no es Dios, y aquí termina el romanticismo. En esta hora en que cada uno de nosotros debe tender el arco para volver a hacer sus pruebas y conquistar, en y contra la historia, lo que ya posee, la magra cosecha de sus campos, el breve amor de esta tierra; en la hora en que nace por fin un hombre hay que dejar la época y sus furores adolescentes. El arco se quiebra, la madera cruje. En el máximo de la tensión más alto va a surgir el impulso de una flecha recta, del trazo más duro y más libre.

*Versión con algunas correcciones y cotejada con edición de Alianza editorial (1982)





Notas 



1- Se advertirá que el lenguaje propio de las doctrinas totalitarias es siempre un lenguaje escolástico o administrativo.

2- En sus Entretiens sur le bon usage de la liberté, Jean Grenier fundamenta una demostración que se puede resumir así: la libertad absoluta es la destrucción de todo valor; el valor absoluto suprime toda libertad. Lo mismo dice Palanta: "Si hay una verdad única y universal, la libertad no tiene razón de ser".

3- Se ve también, y no se puede dejar de insistir en ello, que el racionalismo absoluto no es racionalismo. La diferencia entre ambos es la misma que existe entre cinismo y realismo. El primero empuja al segundo fuera de los límites que le dan un sentido y una legitimidad. Más brutal, es finalmente menos eficaz. Es la violencia frente a la fuerza.

4- Véase a este respecto el excelente y curioso artículo de Lazare Bickel titulado La Phisique confirme la philosophle. En Empédocle", num. 7.

5- La ciencia actual traiciona sus orígenes y niega sus propias adquisiciones dejándose poner al servicio del terrorismo de Estado y del espíritu de dominio. Su castigo y su degradación consisten en que no produce entonces, en un mundo abstracto, sino medios de destrucción, o de esclavizamiento. Pero cuando se alcance el límite, la ciencia servirá, quizás, a la rebeldía individual. Esta terrible necesidad señalará la etapa decisiva.
6- Tolain, futuro comunero, dice: "Los seres humanos no se emancipan sino en el seno de los grupos naturales".
7-Las actuales sociedades escandinavas, para no dar más que un ejemplo, muestran lo que hay de artificial y de mortífero en las oposiciones puramente políticas. El sindicalismo más fecundo se concilia en ellas con la monarquía constitucional y realiza la aproximación a una sociedad justa. El primer cuidado del Estado histórico y racional ha sido, por el contrario, aplastar para siempre la célula profesional y la autonomía comunal.
8- Véase la carta de Marx a Engels (20 de julio de 1870) deseando la victoria de Prusia sobre Francia: "La preponderancia del proletariado alemán sobre el proletariado francés sería al mismo tiempo la preponderancia de nuestra teoría sobre la de Proudhon".