Entradas populares

miércoles, 3 de octubre de 2018

LA HUELGA DE HAMBRE DE 1977 – 1978



por Hernando Calla *

El 28 de diciembre de 1977, un grupo de mujeres y esposas de mineros que habían sido despedidos o detenidos por causas político-sindicales iniciaron una huelga de hambre que en pocos días se convirtió en una onda expansiva que involucró a más de mil huelguistas y, luego de 21 días de ayuno voluntario, consiguió ampliar la mezquina amnistía navideña (con la que el Gobierno militar de Banzer pretendía legitimar su convocatoria a elecciones para el siguiente año) hasta convertirla en una “amnistía general e irrestricta”  -- reconquistando de este modo las libertades políticas y sindicales en el país -- en beneficio de una apertura democrática más genuina después de los 7 años de dictadura.

En aquellos tiempos, los partidos políticos jugaban un rol secundario debido a que la política se disputaba principalmente entre los dos principales factores de poder entonces vigentes: el movimiento obrero y las Fuerzas Armadas. Por ello mismo, cualquier acción de las bases, aún las de tipo meramente reivindicativo, tenía connotaciones políticas en parte debido a la proscripción oficial de los sindicatos y partidos.

Ya entonces se podía hablar de un movimiento popular con una base más amplia que el solo movimiento obrero organizado en torno a la Central Obrera Boliviana y uno de cuyos componentes centrales era la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia. En efecto, los campesinos habían roto formalmente su relación clientelista con el Estado desde el momento en que una nueva generación de líderes kataristas desconoció a la confederación nacional oficialista a fines de 1977 para terminar incorporados, unitaria pero diferenciadamente, a la COB como Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia.

A fines de 1976, se organizó la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia con una composición más ecuménica y secular que la Comisión Justicia y Paz, la que había realizado una importante labor de denuncia en la primera época del gobierno banzerista. Esta organización de defensa de los derechos humanos fue muy importante para la actuación de aquellos hombres y mujeres solidarias de las Iglesias, entre los que destacaban el P. Julio Tumiri, P. Gregorio Iriarte, la Hna. Amparo Carvajal y tantos otros activistas eclesiásticos como Germán Crespo de la Iglesia Metodista o laicos como José Antezana y su compañera Edith Rodríguez o Leonardo Ríos, o troskystas como Rina Pérez o el Germán Gutiérrez , que se identificaban  con las demandas de vigencia de las libertades políticas y sindicales suspendidas durante varios años, y estaban dispuestos a luchar por objetivos políticos concretos, aunque durante el período la sola mención de la palabra "política" había sido estigmatizada por el régimen militar.

Fue en el seno de esta organización que la iniciativa de la huelga de hambre de las mujeres mineras y sus hijos encontró eco, gracias a la persuasión de Domitila Chungara como dirigente de las Amas de Casa Mineras para que se les brindase apoyo no sólo moral sino material, a pesar de las objeciones muy atendibles de varios sectores respecto a que el momento no era oportuno. Por un lado, militantes de algunos partidos políticos pensaban que, aunque la amnistía era efectivamente muy restringida, de todos modos era mejor que nada y el tiempo que distaba hasta las próximas elecciones ya anunciadas por el régimen (para junio de 1978) permitirían  la reorganización del movimiento popular. Por otro lado, existían objeciones de tipo más puntual como el hecho de que las universidades estaban cerradas desde la Navidad y que, además, los feriados de Año Nuevo eran días muertos para las posibilidades de repercusión de la huelga, y aún de negociación con el gobierno sobre las demandas de las mujeres huelguistas.

Existieron otros grupos o instituciones como ser los estudiantes de las universidades públicas, la Unión de Mujeres de Bolivia o el Taller de Teatro Popular que, al igual que la Asamblea de Derechos Humanos de Bolivia que tenía representaciones locales en varios Departamentos y centros mineros, se plegaron a la huelga oportunamente e identificaron con la lucha popular y sus demandas de una recuperación plena de las libertades políticas y sindicales.

Esta convergencia de distintos actores e iniciativas al interior del movimiento popular fue muy importante para el logro de los objetivos de la huelga de hambre que básicamente se resumían en la petición de una "amnistía general e irrestricta" y en la demanda de reincorporación de los obreros despedidos a sus fuentes de trabajo. Estos objetivos fueron ampliamente alcanzados con el fin de la huelga el 17 de enero de 1978 y el triunfo del movimiento huelguístico; como consecuencia de los acuerdos logrados por los huelguistas, las dirigencias sindicales recuperaron su posición legítima de representación de los intereses de sus afiliados, connotados dirigentes políticos como Marcelo Quiroga Santa Cruz o Hernán Siles Suazo retornaron al país o salieron de la clandestinidad y, poco tiempo después, se evidenció la desmilitarización de los distritos mineros.

Si bien es cierto que durante todo este proceso el movimiento popular se encontraba enfrentado con el Estado en su expresión más represiva, las Fuerzas Armadas, tal enfrentamiento no implicaba la negación radical de dicho Estado sino su democratización, es decir, el repliegue de las Fuerzas Armadas a sus funciones específicas y la restitución de la democracia representativa como estructura de mediación política entre los sujetos sociales y el Estado.

A diferencia de lo ocurrido en otros momentos de la historia del país, la democracia representativa pasa a formar parte, en esta coyuntura, del acervo cultural del movimiento popular. Como lo planteara elocuentemente René Zavaleta, esto se manifestó con fuerza en noviembre de 1979 en ocasión del sangriento golpe militar encabezado por el general Natusch Busch junto a prominentes figuras del MNR, cuando las masas salen a las calles y caminos a enfrentarse desarmados con los tanques y aviones de los militares, los cuales llegaron a provocar cerca de 200 muertos según un documento testimonial publicado por la Asamblea de Derechos Humanos.

La asonada sangrienta terminó siendo derrotada luego de 16 días de enfrentamientos y negociaciones, en las cuales la cúpula de la COB descartó el ofrecimiento de Natusch para cogobernar con los golpistas y exigió la restitución del proceso democrático, lo que finalmente desemboca en la elección de Lidia Gueiler como Mandataria (la restitución del Walter Guevara como Presidente fue vetada por los militares), en cuyo corto período su gobierno tuvo el dudoso privilegio de sufrir uno de los primeros bloqueos campesinos en el Altiplano que son ahora característicos del conflicto social en el país. En este período también ocurrieron los horrendos atentados y asesinatos políticos de dirigentes de la Unidad Democrática y Popular, el director del semanario Aquí, Luis Espinal y, posteriormente, el líder del Partido Socialista Uno, Marcelo Quiroga Santa Cruz, junto a otros dirigentes políticos y sindicales.

Aunque derrotada la asonada militar de 1979, el país tuvo que enfrentar un nuevo golpe militar encabezado por el general Luis García Meza en julio de 1980, el cual esta vez tuvo éxito en descabezar rápidamente la resistencia organizada de la COB y los otros actores de la sociedad civil que habían conformado el Comité para la Defensa de la Democracia (CONADE), llegando a controlar rápidamente -- mediante una violencia selectiva, monitoreada por asesores argentinos y militares golpistas -- la situación política interna, a pesar del repudio y aislamiento internacional.

De esta manera, el movimiento democrático por los derechos civiles y humanos que había logrado la apertura democrática del período 1978 – 1980  llegó a su fin, siendo liquidado por los miembros más extremistas de las Fuerzas Armadas; sin embargo, a pesar de haber anunciado los golpistas que se quedarían en el poder por 20 años, los militares tuvieron que replegarse a sus cuarteles y, por la presión final de una huelga general decretada por la COB, entregar el poder a los políticos apenas 2 años después.

* Hernando Calla estuvo en el 1er congreso de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y el 2do piquete instalado en el periódico Presencia en solidaridad  con la huelga de hambre de las mujeres mineras en 1977-78 (Texto inédito escrito en 2003)





viernes, 28 de septiembre de 2018

La historia del "socialismo real" como uno de los horizontes para el debate político en América Latina*


Por Josep M. Barnadas (1983)

Homenaje a lo mejor de K. Marx (1818 – 1883), en su centenario

I

La idea germinal de este capítulo requiere de un proemio autobiográfico. Cuando mirando hacia atrás en la vida, hago un recuento de las estaciones que eslabonan mis contactos/relaciones con el universo marxista, debo referirme necesariamente a ingredientes de diferente carácter y peso.

Aunque puede sorprender a más de uno, la subida en 1959 de Castro y su guerrilla al poder en Cuba, no quedó asociada en mi caso a lo que luego representaría para el conjunto de América Latina; en cambio, ya desde 1961 conocí voces juveniles cubanas exiliadas y hostiles al "giro" soviético de la revolución.

El impacto tan directo de la onda cubana para Bolivia (la guerrilla del Ché) la viví lejos del país, en España concretamente, cuando ya se había venido a entrecruzar en mi camino otros dos tipos de influencias: por una parte, la profunda ruptura epistemológica que supuso para mi generación cristiana el Concilio Vaticano II, dentro de la que hay que situar las expectativas abiertas por el llamado "diálogo cristiano - marxista" en Europa y cuya culminación se produjo en Checoslovaquia, durante la primavera de 1968 (año tan aciago, desde otro punto de vista, no sólo para aquel país, sino para todo lo que estaba en juego en aquel diálogo y en muchas otras cosas); por otra, la introducción vital en el contradictorio ambiente franquista/antifranquista hispánico de la segunda mitad de los años sesenta: entre sus plurales subfenómenos hay que enumerar el aura de protagonismo que los comunistas catalanes y españoles gozaban como columna vertebral de la oposición a la dictadura y de la creación cultural "democrática". Ya puede suponerse la brutal sacudida que para mi encandilamiento representó la invasión de Checoslovaquia el 21 de agosto de 1968. Y volviendo al episodio guerrillero de Ñancahuazú, tampoco iba a resultar glorioso para el establishment comunista: ni para el boliviano (PCB) ni para el moscovita. ¿Acertaron ambos en deshauciar la "aventura" del Ché? Aunque así fuera, no por ello habrían dejado de caer en flagrante contradicción con las consignas panfletarias.

Cuando el verano de 1970 visité (todavía infringiendo la legalidad franquista) Checoslovaquia, visita que repetiría en 1978 y a la que se añadiría la de Hungría y Yugoslavia, más la de Berlín oriental en 1981, lo he hecho con unas grietas cada vez más profundas en mis simpatías por el proyecto socialista histórico.

Estas grietas no son simple reflejo inducido por la "prensa occidental" a propósito de la invasión de Afganistán o del golpe de estado militar en Polonia, proceden de mis personales deducciones de abundantes lecturas sobre las sociedades del bloque soviético y de mi observación y de mi observación y contactos –atónitas al comienzo, nunca incrédulas– con ciudadanos checoslovacos, húngaros y yugoslavos. La idea de que "libertad" y "socialismo" no han resultado compatibles, ha ido arraigando progresivamente a mi [mente]; a ello contribuyó, por supuesto, el desvanecimiento de la "inocencia virginal" de la Revolución Cubana: la lectura, incluso, de un testimonio tan orientado como el de Ernesto Cardenal (1972); espectáculos tan bochornosos como la delirante caza de brujas "a sueldo del imperialismo" entre los intelectuales latinoamericanos no sometidos a los caprichos de La Habana, pero sobre todo el de la masiva fuga de cubanos hacia Miami en 1981 y, al año siguiente, síntomas como la vesania practicada contra el poeta Valladares (como antes ya lo había sido la clásica "autocrítica" del poeta Padilla), han bastado para homologar la isla de Fidel con el resto del "socialismo real".

La observación de lo que ha sido la izquierda de observancia marxista tanto en Bolivia (1971 - 1978) como en el estado español (1978 - 1983), habría de darme nuevos y poderosos argumentos para enajenarme de sus posiciones: el descubrimiento de lo "religioso" en lo "científico" del marxismo (cf. No. 33); la incapacidad congénita para pensar lo nacional y practicar una política acorde  (cf. No. 32); la degeneración escolástica y eclesiástica de muchos partidos comunistas del mundo y su cínica manipulación maniquea  de la realidad, al servicio de consignas recibidas y sin la menor coherencia doctrinal (cf. No. 2); el mismo espectáculo de la crisis rayana en desbandada, con divisiones y subdivisiones, en el movimiento comunista europeo; la bancarrota de la credibilidad en los regímenes del "socialismo real" en Europa, incapaces de vehicular los movimientos sociales y manteniéndose en el poder por la sola fuerza represiva  y la fatídica sombra del "aliado mayor". ¿Hace falta todavía más para desinflar los fervores del más adicto creyente (que nunca había yo llegado a tanto)? Cada uno es cada uno y cada uno obedece a mil y una circunstancias personales; pero para mi consumo y gobierno, carece ya de interés –más allá de las "curiosidades históricas"– lo que pueda hacer o no hacer el bloque de gobiernos títeres de la URSS. Simplemente ha dejado de interesarme vitalmente, por cuanto no creo que por este lado haya motivos fundados para esperar novedades (Y si me equivocara, tanto mejor para la causa de los oprimidos).

II

Celebrándose en 1983 el centenario de la muerte de Marx, el rito obliga al despliegue rutinario de panegíricos, balances, críticas y recuerdos. Que el escenario europeo da para todos los gustos y que éstos son variados, lo podemos comprobar citando tres comentaristas procedentes de Suiza, Francia y España.

Mientras que en Alemania Federal cierran los ojos al Marx marxista y se contentan con fijarse en el Marx alemán (exactamente como en la Alemania Democrática rehabilitan al Lutero alemán), no por ello sale indemne el Marx economista (cuyo Capital consideran superado); en compensación, repican campanas al Marx filósofo, recurso para no ensuciarse las manos con ningún tipo de connivencia con los regímenes comunistas (a los que reprochan haber deformado sus objetivos, pues los han reducido a su alcance político y sólo se han interesado por su consignas).[1]

No es más indulgente un comunista disidente, eurocomunista avant la lettre, el español Claudín. El "socialismo real" para él no es otra cosa que una "dominación del estado sobre el individuo sin precedentes, basada en la liquidación de los medios de propiedad privada de producción"; también él ve una contradicción entre la metodología de Marx y la de los comunistas: si el primero, al enfrentarse con el problema de la revolución, "se dedicó a analizar el capitalismo", los segundos no le imitan: "Llega un momento en que el marxismo es una ciencia de la cual ellos son depositarios, y es la clave para entender lo que pasó".[2]

En cambio, y como historiador, el francés Braudel traza las etapas por las que el marxismo ha ido pasando sucesivamente en torno suyo: desde la tardía lectura de los clásicos hasta la "edad de oro" posterior a 1945, cuando "el vocabulario de Marx ha invadido literalmente la vida política y, en igual medida, el lenguaje corriente de las diferentes ciencias sociales... Es evidente que el P. C. ha gozado entonces de un favor en el mundo de los intelectuales –jóvenes y menos jóvenes– que no siempre ha sabido aprovechar como habría podido hacerlo".

Braudel deja entender tácitamente que hoy ya pasó aquella "luna de miel"; pero ha quedado aquella impregnación del vocabulario: lucha de clases, modos de producción, plusvalía, empobrecimiento relativo, praxis, alienación, infraestructura, valor de uso, valor de intercambio, acumulación primitiva, dialéctica, dictadura del proletariado... Y afirma Braudel que "si nos quisiéramos despojar del marxismo, hoy tendríamos que dedicarnos a la expulsión sistemática de aquellos términos, que son cualquier cosa menos inocentes: ¡una verdadera caza de brujas! En cuanto conozco, ningún historiador serio lo ha propuesto".

Luego, ¿en qué quedamos? ¿Ha quedado atrás o sigue vigente? ¿Basta la persistencia del léxico para mantener viva una “teoría”? Curioso argumento, que nos llevaría a afirmar que hoy lo son sistemas tan variados como el platonismo, el aristotelismo, el tomismo, el idealismo…en fin, toda la Historia intelectual de Occidente. Por otro lado, el propio Braudel se cuida de marcar sus distancias de cualquier ortodoxia: “¿No he traicionado a Marx, por ejemplo, utilizando de tal forma los términos de infra/superestructura, sosteniendo que unas y otras son de la misma importancia y de la misma fuerza coactiva; que incluso las superestructuras de la política, de la sociedad, de la economía y de la civilización tienen una vida resistente?”.[3]

En definitiva, palabras de conmemoración que, ni con la suavización de aristas propias de tales efemérides, alcanzan a esconder el general desapego a las organizaciones políticas que se han venido erigiendo en sus albaceas oficiales.

III

Crisis y bancarrota caracterizan la actual situación de la “teoría” marxista. Y vale la pena subrayar que a uno y a otra ha llegado por la vía en que se autoproclamaba fuerte y peculiar: la de la práctica. El Capital podrá haber quedado o no superado como análisis de un sistema económico; las elucubraciones sobre la alienación social podrán ser más o menos certeras; la periodización de la evolución humana gustará más o menos a los historiadores; el ideal de la sociedad sin clases ni estado podrá parecer más o menos utópicamente asequible; el concepto de clase social y el economicismo que la dirige atraerá poco o mucho; lo que ha acabado vacunando a millones de personas contra el proyecto socialista es la experiencia histórica de todos aquellos elementos de la “teoría” marxista a partir de la Revolución de 1917. Y los ha vacunado tanto entre los que la han sufrido directamente en carne propia, como entre los que la han contemplado a mayor o menor distancia.

No hay escapatorias: han sido los propios responsables y protagonistas del “socialismo real” quienes se han encargado de hacer poco atrayente su mercancía. Y han pagado los platos rotos los partidos marxistas del mundo todavía ajeno al bloque soviético: han perdido militantes; han perdido votos?; han perdido credibilidad. Por más esfuerzos que hayan hecho por eurocomunistizarse. Lo que han querido presentar como “reconciliación” y “recompatibilización” con las libertades tradicionalmente denigradas como “burguesas”,[4] en realidad puede interpretarse objetivamente como el reconocimiento de la incapacidad de los partidos comunistas de Europa occidental para llegar al poder por la vía democrática (y mucho menos por el golpe de estado!). Como la zorra de la fábula, hacen virtud de la necesidad: sometiéndose a las reglas del juego electoral, siempre podrán quedar a cubierto de las críticas de quienes les echan en cara no haber sabido hacer la revolución.

Pero reconozcamos que el “socialismo real” les ha hecho demasiado cuesta arriba su existencia real y su capacidad de arrastre: Hungría (1956), Checoslovaquia (1968), Afganistán (1980), Polonia (1981), el Gulag, las “normalizaciones”, la disidencia, el samizdat, etc., son demasiadas “anomalías” para un programa que se quería un salto adelante en la Historia humana.

En nuestros días aquella penetración difusa del marxismo en la cultura de la intelectualidad europea a que aludía Braudel ha hecho posible ya la práctica de lo que postulaba Goldmann: la aplicación al propio “socialismo real” del análisis marxista.[5] Cuando Szilas, pionero de la disidencia, categorizaba hace poco la crisis de los países del Pacto de Varsovia como una literal revolución,

porque –para decirlo con Marx– las fuerzas productivas han entrado en conflicto con las condiciones de producción

o cuando, concretando sobre Polonia, especifica:

En Polonia se trata de una crisis clásica del sistema. Es una revolución, con todas las peculiaridades de una revolución. ¿Qué es una revolución? Una transformación de las relaciones de poder y de las relaciones de propiedad… En Polonia tenemos este fenómeno. Allí todavía no se han producido choques armados de alcance mayor, pero si el gobierno se aferra a su rumbo intransigente, se puede llegar incluso a ello.[6]

hay que reconocer que no sale bien parado, como ya podíamos prever quienes propendemos al pesimismo metafísico (cf. No. 1) sobre lo que da de sí la humana naturaleza. A la luz de este pesimismo adquieren toda su “miserable” ridiculez ciertos hábitos del progremarxismo: por ejemplo, mirar por encima del hombro la denostada “democracia burguesa”, siendo así que la del “socialismo real” todavía no ha sabido montar unos mecanismos de control democrático del poder que, por lo menos, igualen en eficacia y credibilidad a los burgueses; o cuando se refiere al “movimiento popular”, entendiendo por tal lo todavía no proletario, como si sólo éste tuviera garantizada la escatología histórica.[7]

La “tragedia objetiva” (que elimina toda razón de ser a la autocomplacencia anticomunista) es que, si la hybris postclasista naufraga, parecería carecer de base cualquier filosofía de la Historia que no quiera predicar el eterno retorno de lo mismo. En efecto, no es tan descabellado pensar que, si la humanidad no puede alimentar fundadas esperanzas de llegar a saber cómo superar sus defectos actuales, la vida se vuelve una banalidad biológica: sin una meta, no hay dirección. A estas profundidades metafísicas, caben dos tipos de matices.

a) no acabo de ver la legitimidad de la esperanza a toda costa, considero menos malo no tener esperanzas, a tenerlas falsas;

b) está por ver (y en todo caso no se deduce necesariamente de la premisa) si hemos de elegir entre una utopía postclasista y el vacío nihilista estático y circular. Acaso quepa alimentar otro tipo de esperanzas, ciertamente no tan absolutas pero más creíbles. ¿Cuáles? Las que permite aquel pesimismo metafísico, basado en una comprobación del ritmo geológico con que, si acaso, “progresa” la humanidad.

Pero fuera de este tipo de elucubraciones, lo que debe ponerse en cuarentena es la necesidad del carácter estructural y universal de los cambios en que haya que creer para que la vida humana tenga un sentido válido; sean cuales fueren las posibilidades de cambiar las estructuras y porque, en el mejor de los casos, siempre quedará flotando la duda de la capacidad que puedan tener las estructuras mejoradas para mejorar al hombre-individuo, éste no ha de aguardar a que aquellas mejoren para lanzarse a mejorarse él y a mejorar su entorno inmediato (familia, amigos, trabajo, vecindario, gremio laboral, etc.). Sin duda también allí se topará con las resistencias que opone la materia prima; pero a quienes han venido considerando patente de progresista la descalificación de los cambios no estructurales como insignificantes, cabe devolverles la pelota descalificando los cambios puramente estructurales como engañosos, desde el momento en que representan un avance sumamente ambiguo y precario mientras no cuenten con el libre asentimiento de los individuos implicados.

IV

El que considere más concluyente el veredicto que su propia práctica emite contra el “socialismo real”, no quiere decir que no existan “refutaciones” teóricas (por lo general, de alcance sectorial, lo que –por lo demás– nada quita a su eficacia); su número es más bien elevado y de nada serviría querer traer acá ni siquiera una muestra lejanamente representativa. Me contentaré con dos ejemplos.

J. Aranzadi ha arremetido con brío contra la que considera ambigüedad marxista que lo hace fluctuar entre la “ciencia” y la “utopía”, quedándose en una tierra epistemológica de nadie. Y es nada menos la teoría marxiana del valor lo que queda malparado: Marx habría tenido que escoger entre la descripción del funcionamiento real de la fijación de los precios en la economía capitalista (ciencia) y la creación de una base a la reivindicación proletaria, dando a su teoría del valor un carácter metafísico (utopía revolucionaria), también se habría visto forzado a escoger entre hacer sociología crítica o ciencia económica; o entre el imperativo moral revolucionario y la capacidad explicativa de la teoría. Partiendo del trabajo alienado individual (individualismo posesivo), Marx ha de llenar el vacío holista con la mesianización proletaria (corpus mysticum), pero jamás llega a pensar satisfactoriamente lo decisivo: si el proletariado, habiendo desposeído ya a la burguesía de sus medios de producción, cuenta con elementos para conformar una comunidad positiva permanente.

Hoy sabemos que no, por el veredicto de la historia del “socialismo real”: la comunidad de intereses del proletariado sólo es provisional y sólo logra perdurar “sometiendo a la comunidad fracasada al totalitarismo terrorista de su representación hipostática”.[8]

Y Aranzadi añade que el desenlace histórico ya era predecible: no pudiendo construir un “concepto sociológico de proletariado como comunidad positiva” (por el punto de partida individualista de la alienación), se ha de contentar con un concepto filosófico, cuyo “destino estatal totalitario” le viene de la raíz hegeliana que lo concibe como “instancia universal promovida a último rostro de Dios”:

La imposibilidad marxista de pensar el problema individuo comunidad, cierra este periplo donde empezó: en la ausencia natural de problema para el mesianismo y el milenarismo, revelando de paso la raíz religiosa de tal imposibilidad: en el proletario Reino de Dios, una vez redimido el pecado original de la propiedad privada, sería sacrílego que pueda haber algo más que problemas provisionales. Si la provisionalidad se prolonga, concedamos como mucho que se trata de purgatorio! Pero con el tiempo![9]

Una obra inglesa sobre el modo de producción asiático (MPA) también plantea para su comentarista dudas sobre posiciones marxistas tan nucleares como el “motor histórico” (la lucha de clases). En efecto, si encontramos que todo un continente vegeta en un mismo modo de producción durante siglos y que, a la postre, su “salvación” le ha de venir de fuera (pues según Dunn –siguiendo al soviético Shtaerman– aquellos pueblos “son incapaces de desarrollo y de retroceso”), ¿dónde está la validez de la dialéctica de las relaciones de producción? Por otro lado, allí la burocracia es el estado; luego éste no defiende unos intereses preexistentes de clase, pues ¿cómo podría existir una burocracia antes del estado que ella constituye?

Lo que queda en juego es el dogma marxista de la inevitabilidad (= previsibilidad) de los cambios cualitativos que conducen de una a otra formación socioeconómica (comunismo primitivo –esclavismo– feudalismo – capitalismo – socialismo – comunismo). Por lo que hoy se sabe de aquellas “civilizaciones hidráulicas” (Wittfogel) parece que sólo con una cadena de milagros podría salir indemne la “teoría” marxista (“depende de razones misteriosas o extrañas o contingentes de unos encadenamientos únicos y complejos de circunstancias”). Lo que deduce el comentarista (británicamente irónico) escandalizará probablemente al típico creyente:

El marxismo es una soteriología colectiva; es una fe que, aunque no promete ninguna salvación a los individuos, la ofrece muy enfáticamente a la humanidad. Difiere del Cristianismo por lo menos en otros dos aspectos: la salvación no es selectiva ni está condicionada por el mérito a la selección, sino que bajará sobre todos nosotros sin distinción, si todavía seguimos aquí cuando llegué. Y llegará sin condiciones ni consultas. Quedaremos salvados tanto si lo queremos como no. No depende en manera alguna de la fe ni del respaldo que le den quienes han de gozar de sus beneficios, aunque se suele presumir que por entonces se hará evidente y la gente la adoptará. La fuerza de una salvación final y, por supuesto, ineludible, forma parte del presente.[10]

Acaso se pueda resumir el tosco esbozo de lo que puede considerarse como el trasfondo de la tesis que aquí se quiere plantear, con las palabras de un filósofo posmarxista:

No hay, probablemente, ningún punto del mundo civilizado donde el marxismo haya decaído tan completamente y las ideas socialistas se hayan desprestigiado tanto y hayan caído tan en ridículo, como en los países del socialismo triunfante. Se puede afirmar con escaso temor a la refutación que, si en el bloque soviético se permitiera la libertad de pensamiento, se vería cómo el marxismo era la forma de vida intelectual menos atrayente de toda la región.[11]

Bancarrota intelectual y desprestigio social: estos me parecen a mí también, dos de los rasgos que hoy definen con mayor exactitud la coyuntura marxista mundial. Y, por supuesto, no ha llegado a ellos casualmente; se los ha ganado a pulso.

V

Que las cosas se puedan ver así cuando se las mira desde un punto de observación suficientemente general, no equivale a decir que en América Latina se tenga consciencia de ello. Porque hasta donde llegan mis conocimientos (basados, en parte, en aquella observación directa de los hechos pertinentes que permite un cuarto de siglo de residencia en el continente), más bien se puede afirmar lo contrario, considero oportuna la tesis que afirma la necesidad de establecer una relación entre la lucha tercermundista de América Latina y el balance que hoy por hoy se puede hacer del llamado “socialismo real”, en cuanto correlato histórico de cualquier proyecto político alternativo.

Aunque ya hace algunos años que estoy persuadido de esta necesidad, así como la de la fatuidad de cualquier propuesta que se salte a la torera tal precaución, hasta hace unos pocos meses no he podido comprobar que otras personas andaban por las mismas sendas o cercanas a la mía. Por lo menos una: el uruguayo Jorge Barreiro ha publicado en 1981 desde su exilio de Barcelona el trabajo Nuestra izquierda y el “socialismo real”.[12] Y en el que encuentro varios elementos que me parecen hacer de él una valiosa excepción dentro del panorama de la izquierda latinoamericana institucionalizada. El paralelismo que hallé entre sus posiciones y las mías, facilita en buena parte mi exposición.

Para empezar, también él es consciente de la importancia del debate y de la anomalía que supone su ausencia (suele eludirse con los reproches de “preocupación teoricista” , “influencias europeizantes”, muestra de izquierdismo “más concentrado en polémicas estériles que en el movimiento real de la sociedad”, en el fondo, alegando que la “la discusión teórica mina la unidad de acción política”); pero nada de ello podrá impedir que “la respuesta a la pregunta sobre la naturaleza social de los países de Europa del este y otros, es capital”.

Que, a pesar de la verdad de ello, la realidad es que la izquierda lucha y muere trágicamente despreocupada de los “últimos problemas”, no puede dejar de escandalizar a todo ser humano que no se niegue a recurrir a su inteligencia. Y esto, sobre todo

cuando la crisis ha hecho acto de presencia en la propia izquierda, en las propias organizaciones, en relación a este tema, puesto que lo que no podrá negarse es que nuestras sociedades, en su mayoría, son no sólo anticomunistas, sino que además no dan mayor crédito a la visión superadora y hasta idílica del “socialismo real” en comparación con el “mundo occidental” que muchas veces pretendemos dar.[13]

No es menos interesante una doble hipótesis explicativa de esta anormalidad objetiva entre los militantes de la izquierda: de una parte, , la fetichización del estado (que explica por qué no les molesta –y, por tanto, no sientan necesidad alguna de distanciarse– la hipertrofia estatal del “socialismo real”, a contrapelo de todas las profecías marxianas); de otra, la práctica política interna de los partidos marxistas latinoamericanos (“discrepar en posiciones políticas importantes era una herejía, hablar de democracia, un formalismo inconducente”), que ensambla bien con los talones de Aquiles de las sociedades “realmente socialistas”.[14]

Esta alienación del bagaje teóricamente crítico del marxismo en la ciega y deshonesta obediencia a las consignas soviéticas, con la paralela negativa a juzgar sus realidades con la propia cabeza, conduce a una vergonzosa situación:

Personajes exiliados, ellos mismos perseguidos y reprimidos, hacen gala de la mayor esquizofrenia cuando ignoran olímpicamente que lo mismo sucede en la URSS, en Hungría, en Polonia, en China, etc. o, peor aún, cuando intentan justificar mediante malabarismos ideológicos esa misma represión… [15]

Cayendo en la falsa consciencia de la alienación, ya no tiene nada de extraño que se practique aquella típica “doble medida” propia del doctrinarismo dogmatizado, forma contemporánea del viejo fenómeno del fanatismo religioso:

Es trágico ver cómo se suceden las denuncias a las persecuciones por “delitos” políticos y de opinión en general, en los países latinoamericanos y el silencio vergonzoso frente a los sucesos de Polonia, un vulgar golpe de Estado, contra los obreros… o frente a la invasión de Afganistán o frente a los disidentes checos de la Carta 77. Sólo se puede recurrir al silencio, no hay argumento posible para defender la represión a los trabajadores.[16]

Sobran mis comentarios. Alienta ver que hay marxistas capaces de romper las espesas cadenas de la militancia a ultranza, aunque he de dejar en claro que no mantengo ninguna ilusoria esperanza sobre la posibilidad de que esta tendencia herética acabe predominando en el ya inmenso mundo del “socialismo real”:  Checoslovaquia primero y luego Polonia lo vienen a demostrar. Si hacían falta ejemplos históricos.

Barreiro propone liberarse del “chantaje” de la peor apologética socialista (cf. No. 2): el que identifica los objetivos marxistas con los regímenes del “socialismo real”, pues

flaco servicio le haríamos a la causa del socialismo si nosotros, socialistas, no nos diferenciáramos abiertamente de la Unión Soviética, si no dijéramos que, efectivamente, no es éste el tipo de sociedad que esencialmente queremos construir.[17]

Curiosamente (?) en esto coinciden los fanáticos apologetas con los anticomunistas: unos y otros se empeñan –por motivos opuestos– en que la gente siga pensando que el comunismo ya existe tras la “cortina de hierro”: unos para mantener viva la llama de la “revolución proletaria”; otros para poder desembarazarse con mayor comodidad de un enemigo político que presenta tantos puntos flacos.

Personalmente no espero nada de los “sistemas”; tampoco de las escolásticas. Los únicos que me permiten seguir respetando ciertos ideales marxistas son los marginados disidentes del “socialismo real”, por anteponer sus convicciones a las ventajas materiales. Creo que el futuro les pertenece por derecho, acá y allá, si por una vez tuviera que transigir con la confusión entre los deseos y las previsiones. También estoy convencido que los que juegan sucio juegan con ventaja, deparándonos el triste espectáculo que nos ofrecemos los humanos de hoy.

Me parece elemental que los políticos latinoamericanos se detengan un instante para aclarar sus mentes sobre qué nos pueden ofrecer como alternativa superadora de la explotación capitalista imperialista. Y que no den por supuesto la superioridad del socialismo, pues éste no es solamente una hermosa doctrina, sino que cuenta ya con una historia real, ambigua y sucia, en igualdad de condiciones que el capitalismo. Y por favor, que no nos obliguen a escoger el “mal menor”, pues la falta de libertades no conoce gradaciones comparativas. Su falta de imaginación y de valentía les impide romper el yugo de hierro que atenaza nuestro planeta. Lamentaría que los latinoamericanos eligieran hoy el “socialismo real”, pues no tengo ninguna duda de que dentro de veinticinco años contaríamos con nuestros disidentes, nuestros juicios fraguados, nuestra mentira institucionalizada, nuestra intoxicación informativa; pero también estoy seguro de que tendríamos así mismo nuestros Sakharov y Biermann; nuestros Kosik y Havel; nuestros Walesa y Kuron; nuestras Carta 77 y Solidarnosc… ¿o no hemos empezado ya a producir nuestros Valladares y Padillas? No me queda ninguna duda de que para entonces también se aplicaría a nuestro continente el duro juicio ya mencionado de Kolakowski.

¿O será necesario experimentar en cabeza propia los errores? ¿Será esta la gran moraleja de la despiadada Historia humana: la forma de vacunar a una generación contra el socialismo es imponérselo? Triste perspectiva, entonces… Si el hombre es el animal que cae dos y mil veces en la misma piedra, pocas esperanzas nos quedan de que la experiencia histórica ajena con el “socialismo real” pueda enseñarnos gran cosa a quienes todavía no lo hemos sufrido en carne propia. Dura lección… lamentablemente inútil! En este sentido, lo que aquí he querido insinuar está condenado de antemano al fracaso: prédica en el desierto; arada en el mar… Nada hay tan absurdo como empeñarse en desengañar a quien se empeña en creer en algo, sea lo que sea. A pesar de todo, cierto imperativo categórico te lleva a tales desvaríos, no porque cifres en ello eficacia alguna, sino porque un congénito instinto de conservación te hace rebelar contra una incontenible carrera hacia la tiniebla y la muerte.

Alella, 23 – VI – 1983

* Josep M. Barnadas, Autos/Actos de fe, Cochabamba, 1983. (Capítulo 35, pp. 367 - 382)






[1] P. Matthias, “Marx: le piédestal du philosophe”, Tribune de Genéve (Ginebra) (26/27 - III – 1983), p. 5.
[2] F. Arroyo, “Entrevista con Fernando Claudín”, El País (Madrid) (20 – III – 1983), LIBROS/7.
[3] F. Braudel, “Dérives a partir d’une oeuvre incontournable”. Le Monde (París) (16 – III – 1983), p. 13.
[4] “Democracia burguesa”, Presencia (La Paz) (27 – II – 1983), p. 3.
[5] L. Goldman, Ciencies humanes i filosofía (Barcelona, Edicions 62, 1966), p. 33; cf. También G. Therborn, Science, Class and Society (Londres, Verso, 1980), pp. 317 – 413.
[6] W. Libal, “Osteuropa wird nicht meht zur Ruhe Kommen”. Profil (Viena) (octubre 1982), pp. 56 – 57.
[7] Cf. E. Ucelay da Cal, La Catalunya populista (Barcelona, La Magrana, 1982), pp. 56 – 61.
[8] J. Aranzadi, El milenarismo vasco (Madrid, Taurus, 1981), pp. 78 – 79)
[9] Ibid., p. 79
[10] E. Gellner, “Stagnation without salvation”, Times Literary Supplement (Londres) (14 – I – 1983), p. 27 (comentario de S. P. Dunn, The Fall and Rise of the Asian Mode of Production, Londres, 1982).
[11] L. Kolakowski, Main Currents of Marxism (Oxford, Oxford University Press, 1981), III, pp. 473 – 474.
[12] J. Barreiro, “Nuestra izquierda y el ‘socialismo real’”, Cuadernos de Marcha (México) III/16 (1981) 43 – 62.
[13] Ibid., p. 58
[14] Ibid., pp. 53 y 61
[15] Ibid., p. 56
[16] Ibid., p. 61
[17] Ibid., p. 45

domingo, 12 de agosto de 2018

¡JALLALLA JULIO!



 por Hernando Calla

Para mí Julio Mantilla Cuéllar —ex Alcalde de La Paz, ideólogo temprano de lo andino-aymara, reivindicador de la identidad cholo-indígena, etc. — fue ante todo un amigo. Un gran amigo que se desviaba de su camino para dar una mano al que se encontraba en apuros, al que era agredido por la autoridad abusiva, al que necesitaba una oportunidad o, simplemente, unas palabras de aliento.

Detrás del hombre público que una vez fue, yo prefiero recordar al primer amigo en la ciudad anónima o al compañero de curso que desbordaba la disciplina escolar para entablar una relación personal más directa. Quisiera compartir algunas reminiscencias de Julio, el amigo, con el propósito de matizar el perfil del político y hombre público que acompañó la noticia de su muerte por enfermedad hace unos días en Cochabamba.

En mis primeras incursiones en La Paz, cuando vine de las minas para estudiar la secundaria, abordé un colectivo de esos antiguos y quise apearme en la plaza de San Pedro, pero como el vehículo no daba señales de detenerse decidí bajarme del bus en plena marcha pero ¡sin tomar en cuenta su impulso acelerado! No es difícil imaginar cómo pude haberme torcido el tobillo en la caída, lo cierto es que el dolor me impedía caminar y no encontraba ningún rostro amigable entre los transeúntes. De pronto aparece este grandote del curso que me reconoce, se compadece de mi aprieto, si bien algo divertido por las circunstancias, y me lleva en hombros unas cuadras hasta hacerme abordar otra movilidad que me lleve de vuelta a casa. Era Julio Mantilla quién sería, 30 años después, alcalde de la ciudad que acababa de conocer bruscamente al “caerme” del colectivo en una de sus calles.

Pero las anécdotas del Mantilla, como le decíamos en el colegio, no hacían sino empezar. Mis compañeros de curso deben tener las suyas propias, pero una compartida y que permanece en nuestras retinas a pesar del tiempo transcurrido (corrían los 1960) es aquella en que el Mantilla se “trenzó” en abierta lucha libre con un cura abusivo que le gustaba aplicar literalmente la sentencia ibérica de que “la letra entra con sangre”. Pero nuestro amigo, y alumno rebelde en colegio, no aceptaba fácilmente los malos tratos y, en la ocasión, el “reglazo” en las yemas de los dedos supuestamente ejemplarizador fue cogido en el aire con un movimiento rápido y certero del Mantilla, momento en el cual se inició un verdadero cachascán entre profesor y alumno que todos los del curso festejaron cuando coreaban al unísono: “dale Julio”, alentando al “loco” Mantilla en sus esfuerzos por liberarse del intento del cura por doblegar la inesperada fuerza del rebelde. Las consecuencias fueron, por supuesto, graves para la permanencia de Mantilla en un colegio supuestamente reputado por educar a los alumnos en la obediencia al superior. Fue expulsado del Don Bosco (creo que su familia lo mandó después a un internado en San José de Chiquitos) y ya no lo vimos sino hasta mucho tiempo después.

A mediados de los 1970, después de graduarse como economista de la UMSA, Julio trabajaba en el Ministerio de Asuntos Campesinos y Agropecuarios. Eran los tiempos de Banzer, pero la izquierda — en el caso de Mantilla, la Juventud del PCB— siempre encontraba para sus militantes algunos espacios donde sobrevivir en el sector público. Por mi parte, yo era de lo más anarquista, y me aparecía sin previo aviso y a cualquier hora en las oficinas del amigo. Julio era, por cierto, todo menos un burócrata y aprovechaba mis apariciones como una ocasión para compartir con alguien sus tesoros personales y sueños íntimos. Es así que, en cierta oportunidad, me mostró sus habilidades artísticas plasmadas en unos cuadros de “Cristo Proletario” y otros similares que él había pintado y que lo delataban como un hombre con una sensibilidad siempre a flor de piel, aunque todavía no aparecían de modo ostensible esos motivos andino- aymaras que lo identificaron posteriormente en su quehacer político y gestión pública.

Haciendo un repaso de su trayectoria con amigos comunes, descubrimos que también habíamos coincidido sin vernos en otros momentos históricos: como cuando nos tocó participar en la huelga de hambre de 1978 que marcó el fin de la dictadura banzerista — Julio habría hambreado varios días en el piquete de huelga de la UMSA, mientras que yo lo hice en el piquete de Presencia—. Me contaron que fue allí donde conoció a su esposa con quien tuvo tres hijos y una hija que lo acompañaron, ellos sí, hasta sus últimos días en Sipe Sipe cuando estuvo aquejado por todas las dolencias juntas.

Nos volvimos a encontrar a mediados de los 1980 cuando se me presentó la oportunidad de postular a la titularidad de una materia que ya enseñaba como invitado en la Facultad de Ciencias Sociales, otra vez apareció Julio formando parte de mi panel de evaluación. Gracias a él, no me descalificaron directamente por no tener el título en provisión nacional sino me dieron la chance de seguir optando a la titularidad “una vez que hubiera cumplido todos los requisitos formales”. Pero lo mío es apenas un recuerdo amable comparado con lo que me cuenta otra amiga suya de una ocasión en que, a la salida de uno de sus Talleres en una comunidad de la Isla del Sol, un joven campesino le contó que él había logrado ser profesional gracias a Julio Mantilla, a quien recordaba con cariño pues le había ayudado con los trámites del titulo de bachiller mientras lo preparaba personalmente para que pudiera dar satisfactoriamente su examen de ingreso a la universidad.

A fines de los 1980, Julio Mantilla se involucró como protagonista de primera línea en la corriente liderada por Carlos Palenque a la cabeza de CONDEPA, lo que lo llevó a ser elegido como Alcalde de La Paz al derrotar  en las elecciones municipales de 1991 al candidato de ADN Ronald McLean. Aparte del enorme caudal electoral de la emergente CONDEPA, fue decisiva para el triunfo de su candidatura la capacidad histriónica de Mantilla para desafiar, en un debate clave transmitido por televisión, la supuesta experticia y derecho de clase reclamados por tecnócratas tipo Harvard como McLean para asumir el gobierno metropolitano o el nacional.

Como indicaron las notas de prensa con la noticia de su muerte, la primera gestión de Mantilla tuvo muchos logros ediles y cambios simbólicos que anticiparon los vientos que vendrían con el llamado “proceso de cambio”. Sus colaboradores recuerdan, entre los primeros, cómo el Alcalde paceño logró que la Embajada de Estados Unidos se viera obligada a retroceder 60 cm. un muro ya construido de su legación por encontrarse este fuera de línea y nivel (lo hizo con maquinaria especial para no tener que derrumbarlo). En cuanto a los segundos, el “Jallalla Bolivia Markasa” fue precursor en la utilización de la simbología aymara como carta de presentación oficial. Pero tenía que ser la marca de los actuales titulares del proceso la ingratitud cívica, y hasta el desprecio político, no únicamente hacia los que los antecedieron en otras corrientes políticas como Julio Mantilla —quien peleó por la visibilidad de la mujer de pollera en la sociedad boliviana— sino incluso con aquellos que quisieron aportar con sus capacidades de gestión y/o consistencia ideológica al inicio del proceso político vigente, y después fueron ignorados y estigmatizados por no compartir la línea oficial.

Todavía pude apreciar al amigo cuando, después de sufrir una desgracia en mi familia, me visitó un día el año pasado y quiso consolarme con su fantástica  personalidad que a ratos parecía conectarse casi naturalmente  con el más allá (o la Pachamama). Quedamos en que nos veríamos más seguido... pero no lo busqué, y no escuché nada más de él hasta que nos llegó la noticia de su muerte. Tengo para mí que simplemente se nos adelantó en ese viaje a través del río del olvido hasta alcanzar la otra orilla en que, limpiados de nuestros buenos y malos recuerdos por las aguas del Leteo, enfrentaremos todos el juicio justo y, a la vez, misericordioso de lo Eterno. Entre tanto, prefiero guardar en la memoria el recuerdo del amigo dispuesto a salirse de su camino... para ayudarme a seguir el mío. Descanse en Paz. ¡Jallalla Julio!

Chuquiago Marka, 18 de septiembre, 2012



viernes, 20 de julio de 2018

De la discriminación política a la exclusión populista

por Hernando Calla*

La aspiración al poder total siempre implica –aparte de su desmesura utópica– la destrucción de la pluralidad. (Hannah Arendt, 1958) 

Lo tradicional era sentirnos discriminados por el color de la piel, nuestra condición socioeconómica o no portar el carnet (del partido de turno) correspondiente. A lo primero lo llamamos racismo, lo segundo es corriente en sociedades clasistas como las latinoamericanas, pero lo tercero se agudiza en algunos países que han caído bajo regímenes populistas con ambiciones totalitarias como el nuestro, Nicaragua o Venezuela (donde ahora será necesario portar el "carnet de la patria" hasta ¡para poder comer!) 

El giro de tuerca que han experimentado nuestras sociedades en los últimos 20 años transformó el clientelismo de los gobiernos para favorecer a sus partidarios en algo más que la discriminación tradicional. Esta última ha mutado en una estigmatización ideológica que todo lo justifica con la pretensión de los gobernantes de ser los únicos representantes del “pueblo”, y la correspondiente exclusión de los otros (q’aras, ladinos, escuálidos) como “no pueblo” descartable. En la cúspide del poder ejecutivo que emanaría del pueblo, se alza el Jefazo (o el Comandante) como la primera y única autoridad sobre todos los poderes del Estado. 

En nuestro país, mi papá relataba que ya en la época del MNR era necesario contar con el carnet del partido para poder mantener el puesto laboral en las empresas estatales. Pero incluso en épocas más recientes, aún las “neoliberales”, la condición para acceder a un empleo público en algunas reparticiones “públicas”, tanto a nivel central como local, no sólo era la militancia partidaria sino sobre todo estar dispuesto al descuento de un aporte “voluntario” al partido de turno. 

Cuando soplaron los vientos de cambio en otra dirección, algunos pensaron que las cosas iban a cambiar y que el “cuoteo” político partidario de la administración pública sería pronto un mal recuerdo del pasado. Al contrario, la discriminación política se profundizó a todo nivel (nacional y subnacional) y se hizo más secante que nunca. Antes un empleado público podía rehusarse a dar su aporte al partido y contar con que su trabajo fuera lo suficientemente valorado en sí mismo como para evitar la pérdida del empleo; hoy los testimonios indican que hasta los técnicos indispensables se van si no se someten a los instructivos de la autoridad. 

En estos tiempos de caída abrupta en la popularidad del presidente Evo Morales, los empleados de los ministerios o los técnicos de las dependencias paraestatales (o incluso municipales) se han convertido en peones gratuitos en función de las estrategias de la cúpula gobernante para perpetuarse en el poder. No hace mucho, se los obligó a movilizarse con sus propios recursos hasta Cochabamba para mostrar un supuesto respaldo popular a la repostulación de Evo para el período 2020-2025. En marzo, también tuvieron que desplazarse desde muy temprano al altiplano para el “banderazo”, como parte de la estrategia de apoyo a la demanda marítima en La Haya. 

El nivel de instrumentalización del aparato estatal y subordinación de los empleados públicos en función de los intereses del partido gobernante es tal que difícilmente puede ser explicado como la discriminación política de siempre. Ya no opera en función del tradicional acomodo de correligionarios o ahijados políticos en los puestos públicos apetecidos desde mucho antes, sino que adquiere rasgos punitivos contra aquellos percibidos como opositores o infiltrados (“chupatetillas”, según Evo) a los que se margina sin reparos del empleo en la administración pública e incluso en ámbitos privados pro o paraestatales. 

Por otro lado, la discriminación política actual asume los rasgos de un chantaje del poder político a sus propios mandantes originarios. En momentos electorales, se ha escuchado a García Linera amenazar a comunidades originarias con cortarles el financiamiento de obras municipales si el MAS perdía las elecciones en su municipio. 

Al chantaje de los propios, corresponde la exclusión de los ajenos. En el caso de periodistas y medios independientes, se procede a la asfixia económica a través de una asignación discriminadora de la pauta publicitaria. Seguidamente la discriminación se vuelve persecución política a los recalcitrantes que desconocen la pretendida lealtad que le deberían todos a la verdad oficial sancionada por la autoridad correspondiente y difundida por los medios convencionales (aquella no contaminada por “las mentiras de la oposición” difundidas por los periodistas que “le hacen juego a la derecha y el imperio”). 

En todos estos casos, la discriminación política tradicional ya no contiene. Se ha convertido en algo aún más excluyente del populismo encaramado en el poder. Según estudios de teoría política recientes, el populismo puede ser caracterizado como la pretensión de unos cuantos de ser “ellos y sólo ellos, los únicos representantes del pueblo y de que sólo aquellos sectores populares que los respaldan son propiamente el pueblo" (Jan-Werner Müller, 2016). Esto es lo que pretenden los actuales gobernantes y sus “movimientos sociales”, el único pueblo que cuenta es aquel que respalda sus pretensiones de quedarse indefinidamente en el poder. 

Si para ello tienen que desconocer los resultados del referendo 21F, pues no dudan en hacerlo obedeciendo la supuesta voluntad del pueblo “verdadero” (aquel no engañado por “la mentira” opositora que indujo al voto por el NO). Ya no es más la discriminación política “normal” de aquellos que no votaban por el partido gobernante, lo que hay ahora es la exclusión masista del voto ciudadano mayoritario a como dé lugar (sea por un fallo del TCP o cualquier otro dispositivo judicial o extrajudicial). Sin importar que ello implique la negación de la pluralidad política, el desconocimiento de las garantías constitucionales, la paulatina destrucción de la institucionalidad pública aún vigente, el descrédito mayor del poder judicial y, finalmente, la destrucción de la democracia en aras de la supervivencia del autócrata como único representante del "pueblo". 

* El autor es editor/traductor independiente.

Publicado originalmente  el 3/6/2018 en Rimay Pampa por Tonny López

lunes, 16 de julio de 2018

La perversión del derecho como instrumento de persecución política


por Hernando Calla*

La perversión del derecho como instrumento de persecución política (I)

Para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley” (Kurt Weyland, 2013)

A la salida de la audiencia de medidas cautelares a Soledad Chapetón, la Warmi Alcaldesa de El Alto, la multitud que se había congregado para apoyarla y las activistas que se habían solidarizado con ella por el acoso y persecución política de que es víctima coreaba al unísono: ¡Esto no es justicia, es persecución! ¡Esto no es justicia, es persecución! ¡Esto no es justicia…!

Aunque la audiencia se prolongó (con un cuarto intermedio a medianoche) hasta el día siguiente, el gobierno no consiguió su objetivo de detención preventiva para la alcaldesa mediante solicitud expresa del Viceministro de Justicia Diego Jiménez para que la juez anticorrupción asignada a conocer el caso de “incumplimiento de deberes” y “daño económico al Estado” contra Chapetón imponga dicha medida cautelar a la autoridad edilicia. Si bien “la Sole” continúa en libertad y podrá seguir ejerciendo sus funciones como alcaldesa, como medida precautoria para evitar “riesgo de fuga” y “obstaculización de la justicia”, ella debía ofrecer dos garantes y presentarse a la fiscalía cada 15 días para firmar constancia de cumplimiento de su arraigo en el país decretado por la juez anticorrupción.

Los casos de instrumentalización del derecho para perseguir y defenestrar autoridades y políticos opositores por parte del partido gobernante se remontan a los primeros años del gobierno de Evo Morales. Si bien esta persecución judicial empezó muy tempranamente (al menos desde 2008) contra autoridades departamentales o municipales de la llamada “media luna” (Leopoldo Fernández de Pando, Rubén Costas de Santa Cruz, Mario Cossío de Tarija, Manfred Reyes Villa de Cochabamba, José Luis Paredes en La Paz, sólo para nombrar los más poderosos a nivel departamental), la misma no fue percibida como tal por amplios sectores sociales, toda vez que los diversos casos por los que se enjuiciaba a varias de estas autoridades parecían surgir justificadamente de las promesas electorales de Evo Morales para combatir la corrupción apañada por los partidos tradicionales que se habían turnado en el poder en las pasadas décadas.

Por lo mismo, tampoco la mayoría percibe como persecución política el proceso judicial contra el alcalde José María Leyes de Cochabamba; el caso del sobreprecio en las “mochilas escolares” huele fuertemente a corrupción institucionalizada como para que la ciudadanía menos informada cuestione la legitimidad de la detención primero preventiva y luego domiciliaria del alcalde Leyes quien, con tal motivo, dejó de serlo. Lo que no percibe es que se trata de una naturalización de la detención preventiva en todo el funcionamiento del sistema judicial (según las estadísticas oficiales, más del 80% de los detenidos en las cárceles del país lo son preventivamente y no porque hayan sido encontrado culpables de los delitos cometidos) que para los casos de autoridades electas como son los alcaldes y gobernadores resulta totalmente inapropiada pues atenta contra la continuidad de las gestiones municipales o departamentales, es generalmente injustificada pues se trata de personas con trayectoria política, carrera profesional y patrimonio económico, y sobre todo políticamente aberrante toda vez que mediante la simple imputación de un fiscal a quien nadie eligió se puede impedir la continuidad de una autoridad que está ejerciendo legítimamente el cargo para el que fue elegida.

Es cada vez más evidente que el acoso político del oficialismo contra políticos de la oposición recrudecerá frente a la coyuntura electoral que se avecina en esta etapa terminal del “proceso de cambio”, particularmente contra aquellos opositores que tienen alguna posibilidad de hacerle frente o proyectar alguna sombra que amenace al caudillo único. Si bien los innumerables procesos contra Samuel Doria Medina, Rubén Costas, Ernesto Suarez y Luis Revilla han hecho noticia en varios momentos del acontecer político nacional, estos políticos no llegan a quitarles el sueño a los masistas toda vez que las encuestas preelectorales no muestran ningún favoritismo a sus potenciales candidaturas opositoras.

Por lo visto, el único político “tradicional” que parece quitarles el sueño es el ex presidente Carlos Mesa. Sólo así puede entenderse los casos de acoso político judicial a los que ha sido sometido últimamente, primero por el caso de supuestos sobornos en un contrato vial con la empresa brasileña Camargo Correa acordado durante su gestión pero nunca ejecutado por su gobierno, y segundo por un decreto de nacionalización de concesiones mineras ilegalmente obtenidas por la empresa Non Metallic Minerals – Quiborax, decreto emitido por el gobierno de Carlos Mesa aunque formalmente abrogado por el gobierno de Eduardo Rodríguez Veltzé. Luego de pagar $ 42,6 millones a los demandantes después de una sinuosa y sospechosa negociación con los abogados chilenos de NMM, la Procuradoría General pretende acusar a Mesa por haber actuado ilegalmente y causado daño económico al Estado con ese decreto tempranamente nacionalizador de 2004, aparentemente para ocultar su propia y desastrosa defensa del caso ante el CIADI. No obstante, lo principal sigue siendo la inhabilitación de Mesa como potencial candidato de una hipotética coalición opositora unificada.

Lo que más parece preocuparles a los masistas es la aparición de nuevos líderes no tradicionales que provengan de los sectores populares y que pudieran proyectar alguna sombra hacia el caudillo “insustituible” del MAS. El reciente intento por defenestrar a la Sole en El Alto es una prueba de ello. Otro caso similar fue el virtual derrocamiento de Joaquino en Potosí. Aunque actualmente aliado del oficialismo y representante potosino en el Senado por el MAS, el enjuiciamiento del ex alcalde de Potosí René Joaquino en 2013 por supuesto daño económico al Estado por la compra de algún equipamiento a medio uso (y por tanto más barato) para las labores usuales de un municipio, es paradigmático de este uso instrumental de la justicia para defenestrar autoridades elegidas por el voto popular con fines de copamiento oficialista de los espacios de poder departamental y/o municipal.

La perversión del derecho como instrumento de persecución política (II)

El caso más emblemático de perversión de la justicia en Bolivia es el juicio que el Estado plurinacional lleva adelante contra 12 personas acusadas con cargos de “terrorismo-separatismo” por su supuesta complicidad con el propósito de alzamiento armado de un grupo irregular desarticulado violentamente en Santa Cruz. Tiene relación con los hechos del 16 de abril de 2009 ocurridos en la intervención de un grupo policial de elite en el Hotel de las Américas, donde fueron asesinados extrajudicialmente el húngaro-boliviano, Eduardo Rózsa-Flores, el irlandés Michael Dwyer y el también húngaro Árpád Magyarosi.

Según testigos de las audiencias que ya llevan más de 8 años, la presentación por parte de los fiscales del régimen de los supuestos indicios e hipótesis conspirativas fue aberrante por la contaminación, suplantación y siembra de pruebas falsas. Entre otras razones, porque este juicio fue abierto en La Paz, se trasladó a Cochabamba y otros departamentos y recién en su última fase fue devuelto a Santa Cruz; nunca tomaron en cuenta el debido proceso, es decir el lugar de los hechos y su juez natural que debía instalar y presidir el juicio.

Tampoco respetaron la norma legal de la presunción de inocencia, a pesar de que en todo proceso que respete las normas de un juicio justo, es una garantía que presume la inexistencia de hechos que se imputan a los acusados, si es que no se producen pruebas concluyentes que prueben lo contrario.

Durante el juicio, cuando la defensa de los acusados con graves problemas de salud invocó ‘el derecho a la vida’, la respuesta del fiscal entonces asignado al caso Sergio Céspedes fue que “en Bolivia los tiempos políticos habían cambiado” y para simplificar su pensamiento agregó que “En la antigua Constitución Política del Estado se valoraba la vida. En esta nueva es Patria o Muerte” (Harold Olmos, “Labrado en la memoria”, por Susana Seleme, 3/6/17)

¿Qué mayor prueba de la perversión política de la justicia boliviana que esa declaración del fiscal del Estado plurinacional? Con estas premisas perversas, el gobierno de Evo Morales lleva adelante desde hace más de una década una estrategia de manipulación política del derecho contra cualquier sombra opositora, real o ficticia, que amenace su proyecto populista de perpetuación indefinida en el poder a cualquier costo.

Las garantías del debido proceso y la presunción de inocencia posiblemente sean los aspectos más frágiles de los códigos penales en nuestros países; por lo mismo, son fácilmente corrompibles hasta terminar siendo sustituidos en los hechos por sus pares opuestos: la presunción de culpabilidad de los acusados (particularmente si son enemigos políticos) hace que los procesos judiciales atenten desde un inicio contra las garantías constitucionales, una de las cuales es que no se puede detener preventivamente a los procesados salvo por ciertos delitos y en circunstancias justificadas.

Es evidente que el costo humano en separación, aislamiento, desánimo es enorme. Tal vez no llega a destruir la autoestima de los imputados si perciben que buena parte de la sociedad condena el abuso político judicial del que son objeto a menudo en forma arbitraria y aberrante, pero es seguro que los afecta profundamente en sus vidas, al verse abruptamente separados de sus hijos, padres y demás seres queridos, y en muchos casos afecta su salud al verse aquejados por enfermedades relacionadas con la privación de libertad para moverse y salir al exterior, además del agravamiento de dolencias y malestares previos.

El derecho positivo tal como lo conocemos en el presente surgió hace un milenio en la Europa medieval para ser luego adoptado por los Estados modernos; por lo mismo, tiene una impronta cultural muy fuerte de las sociedades europeas donde se fue desarrollando a lo largo de los siglos, hasta ser también adoptado por los regímenes coloniales tributarios de los imperios europeos y luego por las nacientes repúblicas del nuevo continente en los siglos XVIII y XIX. De esta tradición occidental del derecho nacieron concepciones garantistas singulares tales como la presunción de inocencia y el debido proceso, aunque estas concepciones sean flores demasiado exóticas como para dar por sentada su aplicación juiciosa en los procesos judiciales administrados por los Estados latinoamericanos, incluido el Estado boliviano. La distancia entre la codificación de la presunción iuris tantum en nuestro sistema jurídico penal y la aplicación de la misma en situaciones concretas siempre ha sido grande, pero podría argumentarse que se ha agrandado mucho más últimamente, incluso desde los tiempos llamados “neoliberales”.

A la tradición jurídica occidental que incluye la presunción de inocencia y otras flores exóticas del derecho se les podría aplicar el dicho de Francisco Iraizós a propósito del Modernismo: “Empresa tan descabellada como cultivar orquídeas en la helada meseta de Los Andes”.

De todos modos, cuando estas presunciones garantistas son violadas sistemáticamente por la perversión del derecho en instrumento de persecución política, el mal ocasionado a la sociedad es abismal, pues el sistema judicial se convierte en lo contrario de su pretendida función de impartir justicia, se vuelve un mecanismo perverso de profundización de la iniquidad –ausencia total de justicia– en la sociedad.

El sistema judicial obsecuente con el gobierno autocrático emula en los hechos a la Santa Inquisición del feudalismo medieval decadente que perseguía a los herejes y brujas que se resistían a acatar los dogmas de la Iglesia Católica; hoy en nuestro país las brujas y herejes no son únicamente los políticos opositores sino todos aquellos que nos oponemos al desconocimiento de la constitución y las leyes por parte del Evocrata convertido en usurpador de la voluntad popular.

*El autor es editor/traductor independiente



Publicado originalmente el 12/07/2018 en Rimay Pampa por Tonny Lopez (Ver https://rimaypampa.org/noticias/la-perversion-del-derecho-como/)