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viernes, 16 de septiembre de 2016

La subsistencia: intangibilidad deshecha más acá del TIPNIS

 por Hernando Calla*

A poco de que el gobierno de Bolivia promulgara una “ley corta” que establece que ninguna carretera pueda atravesar por el TIPNIS y declara a este territorio indígena y parque nacional un área de reserva natural “intangible”, las negociaciones para llegar a una reglamentación consensuada sobre el alcance y los límites de dicha “intangibilidad” han quedado en suspenso, cuando han trascurrido más de dos semanas del acuerdo arribado entre el gobierno y los indígenas de tierras bajas que caminaron durante más de 60 días hasta el mismísimo centro del poder político en La Paz para evitar que se consume el despropósito de construir una autopista alquitranada por el medio de este bosque tropical amazónico (lo que no implica que no se puedan abrir caminos [i] que vinculen al TIPNIS con el resto del territorio nacional).


El primer mandatario, el vicepresidente y otros personeros del gobierno no dejan de sorprender a la opinión pública con declaraciones que contradicen los acuerdos arribados y la ley que los consagra. Por un lado, Evo Morales se sigue mostrando impermeable a los acontecimientos e insiste ‘motu proprio’, en reiteradas declaraciones poco afortunadas, o a través de interpósitas personas (p.ej. el gobernador de Cochabamba), que la carretera descartada por ley es una demanda irrenunciable de las organizaciones sociales y los departamentos involucrados. García Linera, por su parte, da la impresión de que el gobierno pretende seguir el hostigamiento a las ONGs que apoyaron a los marchistas y continuar con la represión policial/acoso judicial a los indígenas en Chaparina o La Paz, aunque la próxima vez en el mismo TIPNIS ahora declarado “intangible” para que, según la torcida interpretación de algunos dirigentes del oficialismo, ni los mismos indígenas puedan tocar nada, mucho menos las ONGs u otras empresas de “dudoso” estatus como socias de las organizaciones indígenas para la implementación de proyectos de ecoturismo o aprovechamiento forestal sostenible.

Entre tanto la “intangibilidad” del TIPNIS se ha vuelto un asunto susceptible a toda clase de interpretaciones antojadizas. ¿Pero qué significa intangible en sus acepciones ordinarias? Una indagación en los diccionarios da cuenta de algunas: 1) aquello que no puede o no debe tocarse, 2) algo vago e indefinible, 3) otras acepciones más especializadas (como en “activos intangibles” de la contabilidad empresarial). En el caso del TIPNIS, la intangibilidad parece estar relacionada con la consigna de la marcha: “el TIPNIS no se toca” y es un término con antecedentes en el manejo de áreas protegidas para designar lugares verdaderamente “intocables” o “sagrados” al interior de dichas áreas. Fue supuestamente sugerido por los asesores de los indígenas para garantizar cierto estatus de “intocable” del TIPNIS, es decir, cuyos recursos naturales –renovables y no renovables– no pueden ser explotados por terceros (ajenos a los pueblos que habitan el territorio indígena) o, visto en términos de tamaño, no pueden ser explotados a gran escala poniendo en peligro los frágiles ecosistemas del territorio indígena o amenazando la preservación de la biodiversidad en el parque natural; de todos modos hay temores, incluso entre los propios dirigentes indígenas,[ii] de que la intangibilidad pueda interpretarse tan radicalmente de modo que ni los propios indígenas que viven ahí puedan aprovechar sus recursos renovables para generar ingresos económicos que complementen sus medios de subsistencia.

Pero el asunto nos da la oportunidad para hablar de otro tema igualmente intangible en torno a nuestra realidad. Ello debido a que la palabra tiene dos acepciones que apuntan en distintas direcciones: la primera, aquella que está siendo debatida respecto a la “intangibilidad” del TIPNIS, se refiere a “lo que no debe tocarse”; la segunda, cuyo debate nos parece mucho más significativo, alude a “lo que no puede tocarse”, no porque esté prohibido o sea considerado algo sagrado, sino porque no tiene un carácter material (como la cultura) o, se nos antoja, porque al haberse destruido, o al menos desestructurado, ha quedado opacado por otras realidades aparentemente más tangibles (como la economía) al punto de asumir un contorno vago e indefinido. ¿Qué puede ser aquello? No pretendemos abordar los destrozos provocados en áreas otrora intangibles como la reserva del Aguaragüe actualmente sujeta a una intensa intervención para la explotación de madera, hidrocarburos y otros recursos, y en consecuencia, de creciente destrozo del entorno natural.[iii] Queremos abordar más bien otro tipo de bendiciones intangibles o poco evidentes para los economistas, o los ciudadanos que se han dejado contagiar por este punto de vista. Estamos pensando en las actividades de ‘subsistencia’ inherentes a sus condiciones de existencia autosuficiente por las que también lucharon los indígenas del TIPNIS, pero las cuales se siguen destruyendo impunemente más acá de este parque y, bien mirado, en toda la geografía nacional donde todavía perviven poblaciones que subsisten sin una gran dependencia del mercado.

¿Qué es la subsistencia? Habría que indicar primeramente que “subsistente” es aquella realidad que se sostiene por sí misma; es subsistente, simplemente existe por sí misma.[iv] De ahí que la “subsistencia” sea aquella forma de existir en que la gente genera por sí misma –autónomamente –, en relación permanente con su entorno material y cultural más inmediato, los medios materiales y las condiciones sociales de su existencia colectiva. Otra forma de traducirla sería como “la capacidad y libertad de cultivar el alimento propio, construir uno mismo su vivienda, moverse por cuenta propia espacial y espiritualmente”.[v] Sin embargo, con la expansión de la sociedad económica a todos los confines del mundo, las realidades de la subsistencia se han vuelto intangibles, han quedado opacadas por las realidades de la economía, la misma que se ha instalado en el imaginario de todas las sociedades contemporáneas como la única forma de sobrevivir en este mundo desprovisto de condiciones para la subsistencia.

Este es un término que economistas y desarrollistas usan ambos con desdén para chantajear a las poblaciones que todavía viven al margen del mercado advirtiéndoles sobre el empeoramiento de sus “magras condiciones de subsistencia”, a menos que emprendan proyectos de “desarrollo sostenible” de sus recursos humanos y naturales que les permitan la satisfacción de sus necesidades crecientes (independientemente del contenido de este paradigma del desarrollo, el término suele utilizarse simplemente para identificar aquellos productos autóctonos o destrezas productivas tradicionales con posibilidades de encontrar nichos de mercado en la economía global). Los profesionales de todas las ramas enfocan la subsistencia como algo indigno y frente a lo cual la única respuesta posible es la necesidad de salir cuanto antes de esa “miseria” que afecta a tanta gente que no solo tiene ingresos monetarios reducidos o nulos sino, “lo que es peor”, está obligada a vivir de lo que produce ella misma (o vive apenas de lo que logra cazar o pescar, como los indígenas del TIPNIS).

Al presente, se ha llegado a establecer un monopolio radical de la economía que afecta incluso al imaginario social donde ya no caben otras alternativas que no sean compatibles con los modelos industrialistas y las formas mercantiles de la economía; mientras tanto, la posibilidad de experimentar las actividades de subsistencia, o de imaginar nuevos modos de subsistencia al margen del mercado, tienden a desaparecer cuando ya no existen las condiciones de uso no comercial del entorno común o los “ámbitos de comunidad”.

El deterioro de las condiciones de subsistencia de las comunidades o pueblos indígenas es algo que se percibe ocasionalmente cuando las poblaciones afectadas se ven obligadas a migrar para trabajar en otros países o, más dramáticamente, mendigar en otros lugares donde hay grandes concentraciones humanas como en las principales ciudades. En algunos casos, estos procesos de deterioro o su contraparte, de creciente mercantilización de las comunidades campesinas,[vi] están siendo documentados por investigadores e instituciones dedicadas a la investigación socio-económica y a la propuesta de alternativas. No obstante, en vez de ver maneras de ponerle freno a este deterioro, las respuestas a estos procesos son normalmente intentos por encontrar alternativas ‘económicas’ que permitan, a los afectados por la creciente pobreza, superar la miseria en base a la metamorfosis de las pocas bendiciones culturales y precaria munificencia del entorno natural que todavía les queda, en recursos humanos e insumos naturales crecientemente apetecidos por el mercado globalizado de la modernidad para así convertirlos en bienes y servicios destinados a otros, es decir, en valores económicos.

A pesar de todo, las personas persisten en mantener a contracorriente ciertos medios de subsistencia producidos por ellas mismas. Yo soy de las minas del sur de Potosí; mi familia vivió en las minas por varias generaciones, obteniendo sus medios de sustento de la pulpería: el almacén de abarrotes que las empresas mineras mantenían para el aprovisionamiento de sus obreros y empleados de la mayor parte de sus “necesidades básicas” (las amas de casa podían sacar de la pulpería, a cuenta del salario del minero o el sueldo del empleado, desde latas de leche evaporada hasta algunos kilos de carne por familia al mes, y hasta el mismo “pan nuestro de cada día”). Con todo, incluso después de la nacionalización de las minas –que implicó la consolidación de la clase minera y la creciente dependencia de las poblaciones mineras de lo suministrado por las pulperías–, muchas familias seguían cultivando algunos medios de subsistencia propios, como ser: sembradíos de papa en pequeñas parcelas en los cerros, lechugas en los márgenes de la quebrada, o chanchos en pequeños chiqueros en las afueras. Esta misma experiencia la tenían hasta hace poco los habitantes de pueblos y ciudades, grandes o pequeñas, cuya alimentación dependía, aparte de la variedad de productos que se podían adquirir en el mercado con dinero, del mantenimiento de huertos y chacras donde se cultivaban las hortalizas y frutos propios de la región, o de la crianza de animales domésticos para el aprovisionamiento subsistente de los principales ingredientes para los platos criollos preparados en los días de fiesta.

El argumento de Pierre Chaunu, un insigne representante de la geo-historia francesa, para la mayor parte de Europa en el siglo XVIII podría servirnos con ligeras modificaciones para dimensionar las realidades de nuestra propia subsistencia: “Hasta el siglo XVIII”, decía él, “salvo para las ciudades, 90% de lo que consume un habitante de un ‘mundo pleno‘ se encuentra disponible en un círculo de 5 km cuyo centro es su casa, tan estrecha es aún la dependencia hacia el suelo de todo lo que contribuye a la existencia humana… En otras palabras, en un primer círculo de 5 km de diámetro y unos 80 km2 de superficie se encuentran las cinco o seis pequeñas comunidades entre las cuales ocurren cerca de 90% de los ‘intercambios‘ (más que de intercambios monetarizados se trata de formas de ‘trueque contabilizado‘). Hasta 1700-1750, este primer círculo retiene, bajo la forma del auto-consumo, por lo menos 90% de la producción…”[vii] ¿Cuán diferente habrá sido la realidad del autoconsumo o la subsistencia en los países americanos? ¿Cuándo habrán empezado a cambiar estas realidades autosubsistentes en nuestro país?

De cualquier modo, la realidades de la subsistencia en Bolivia han pervivido hasta nuestros días en comunidades campesinas de tierras altas (basta que uno salga unos cuántos kilómetros fuera de las grandes ciudades, digamos a las comunidades de la cuenca del lago Titicaca, para encontrar que las realidades de la subsistencia todavía se encuentran a ojos vista) y, como nos lo han hecho recordar los indígenas marchistas del TIPNIS, en las comunidades de los pueblos indígenas de tierras bajas. De ahí la conmovedora acogida con que la gente de La Paz y otras ciudades del país recibió a los marchistas que arribaron el 19 de octubre, a los que no escatimaron en brindarles toda clase de muestras de solidaridad. A diferencia de algunos analistas que han visto en los gestos de simpatía de las clases medias y altas una confabulación con la derecha o una fabulación interesada del “mito del buen salvaje”,[viii]nosotros pudimos ver que paceños de todas las clases, edades y géneros les dieron un sincero y caluroso recibimiento a los indígenas de tierras bajas en su épico ingreso a la ciudad; [ix] los acompañaron en su vigilia de varios días a la espera de resultados favorables en las negociaciones de sus dirigentes con el gobierno[x] y, por último, vimos que hubo una sentida despedida de ambos al momento de partir los marchistas de retorno a sus territorios.

Aunque sería tonto negar la solidaridad proverbial de los paceños con la gente afectada por desgracias colectivas, nosotros creemos que la emotiva acogida con que recibieron a los indígenas del TIPNIS también tiene que ver con la intuición de la población citadina respecto a que la lucha de los indígenas por su hábitat concierne a aquellas bendiciones intangibles que ella misma ha ido perdiendo en su tránsito desde sus comunidades autosubsistentes hasta los contaminados barrios de sus ciudades, donde sobrevive gracias a una creciente dependencia de la circulación mercantil pero con posibilidades de subsistir cada vez más reducidas, a pesar de todas las comodidades que estas ciudades ofrecen (o quizás por ello mismo). Esta intuición se hizo entrañable, se nos ocurre, cuando redescubrimos nuestra común humanidad en el rostro de los más pobres y humildes de nuestra patria al momento de su entrada decisiva en la historia contemporánea.
*Publicado originalmente en Bolpress.com el 15 de noviembre, 2012

[i] A propósito de una distinción entre caminos y carreteras, ver este fantástico cuento de Gustavo Duch en
[ii] Ver http://elsistema.info/index.php?option=com_content&view=article&id=11922&catid=14
[iii] Ver http://www.lostiempos.com/oh/actualidad/actualidad/20100502/el-aguarague-manual-para-destruir-una-reserva-natural_68344_125303.html
[iv] Ver Lee Hoinacki, Why Philia? (Lecture note) Conferencia leída en la Lecture Series "Conversations: The Legacies of Ivan Illich" en Pitzer College, Claremont (California, USA), Marzo 2004, p. 9. Visitar http://www.pudel.uni-bremen.de
[v] Ver Ivan Illich, Subsistence, en Kenneth Vaux, ed., «Powers That Make Us Human» (Urbana: University of Illinois Press, 1985), p. 50.
[vii] Cf. Pierre Chaunu, Histoire, Science Sociale. La durée, l‘espace et l‘homme à l‘époque moderne, SEDES: París, 1974.
[viii] Ver Alison Spedding, Por qué no voy a salir a marchar en defensa del TIPNIS
[ix] Ver relato sobre el recibimiento en La Paz en http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2011101901
[x] Ver un balance de la marcha indígena en http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2011102501


viernes, 9 de septiembre de 2016

El desarrollo no justifica la destrucción del TIPNIS

por Hernando Calla*


“Cuando queremos construir caminos (...), algunos hermanos indígenas no quieren que se construya el camino; cuando queremos explorar como gobierno más gas o petróleo que nos da la Madre Tierra (...), no quieren algunos hermanos; cuando queremos construir plantas hidroeléctricas (...), no quieren algunos hermanos…” “¿De qué va a vivir Bolivia?...antes nuestras luchas eran por luz, caminos ; queríamos más recursos económicos... [Ahora] en contraposición, las organizaciones indígenas y originarias se oponen a estos planes que generan desarrollo social y económico”, Evo Morales (LR, 26-8-11)


El conflicto entre los pueblos de territorios indígenas y el gobierno de Evo Morales por su decisión unilateral – sin consulta previa e informada – de construir una “carretera” que cruce por el TIPNIS se aproxima estos días a su punto de mayor tensión. Por un lado, se intentó por séptima vez iniciar un diálogo entre una comisión gubernamental, encabezada por el canciller David Choquehuanca, y los indígenas que marchan desde mediados de agosto rumbo a la sede de gobierno. Por otro lado, la exhortación de personeros del oficialismo a un supuesto diálogo se ha convertido hace poco en un amenazador bloqueo de los campesinos “interculturales” (colonizadores) en la población de Yucumo y otras poblaciones del norte paceño que intentan frenar la marcha indígena con la connivencia de un destacamento policial que pretende dizque evitar un enfrentamiento.

Las grietas del desarrollo

Como muchos paisanos recientemente empoderados, el Presidente de Bolivia se orienta por el faro del “desarrollo” que en la segunda mitad del siglo XX fue el credo de las elites de los países del llamado Tercer Mundo, por lo general formadas en universidades del “Primer Mundo”, concepto que ahora se ha vuelto cuestionable por las consecuencias desastrosas para la naturaleza y humanidad cada vez más evidentes – entre ellas, el calentamiento global – y que están estrechamente asociadas con la expansión de la economía productivista a nivel global.

Por lo mismo, hoy el faro muestra grietas y ha comenzado a desmoronarse. La idea del desarrollo se levanta como una ruina en el paisaje intelectual. El engaño y la desilusión, los fracasos y los crímenes han sido compañeros permanentes del desarrollo y cuentan una misma historia: no funcionó, al menos no como el mecanismo/instrumento de bienestar para todos que resultó ser una promesa vacía. Además, las condiciones históricas que catapultaron la idea hacia un sitial prominente han desaparecido: el desarrollo ha devenido anticuado. Pero sobre todo, las esperanzas y los deseos que dieron alas a la idea están ahora agotados: el desarrollo ha devenido obsoleto (aunque ello no sea percibido por todos).

Es cierto que enraizarse en el presente requiere una imagen de futuro. Esa imagen del porvenir ofrece guía, ánimo, orientación, esperanza. Sin embargo, a cambio de imágenes culturalmente establecidas, construidas por hombres y mujeres concretos en sus espacios locales, se ofreció al hombre moderno la expectativa ilusoria de un crecimiento ilimitado, implícita en la connotación de desarrollo y sus afines semánticos: crecimiento económico, progreso social, modernización tecnológica. También se le ofreció una imagen del futuro como mera continuación del pasado: ese es el desarrollo, un mito conservador, si no reaccionario.[1]

Algunos dirán que el desencanto con el “desarrollo”, o el “crecimiento económico”, no elimina la necesidad de una palabra para designar la “generación de riqueza”. En realidad, el acuñar nuevas palabras para el desarrollo ha acompañado la historia de los esfuerzos de gente muy creativa por imaginar nuevos “paradigmas” de desarrollo: integral, alternativo, humano, sustentable, territorial y no se qué más. Pero todos estos “paradigmas” son construcciones imaginarias cada vez más alejadas de las realidades materiales que se imponen a las grandes mayorías, aunque pretendan leer de distinto modo los fragmentos de dichas realidades que todavía captan. En efecto, tanto la riqueza como la pobreza son conceptos tradicionales cuya utilización actual oculta la destructividad de los procesos institucionales modernos de creación del desvalor.[2] Se trata de una desvaloración del entorno como una condición para la acumulación ilimitada de valores mercantiles y del capital transnacional que mal podríamos llamar riqueza en su acepción tradicional de abundancia de bienes y propiedades; por otra parte, esta desvaloración de las condiciones naturales o el contexto cultural implica abismos de miseria para los cuales el concepto tradicional de pobreza es igualmente inadecuado.[3]

La aplicación del concepto de riqueza a la productividad industrial oculta la destructividad inherente a los procesos extractivos e industriales de transformación de la naturaleza en insumos productivos y mercancías de consumo masivo. Refleja la degradación de las cosmovisiones que antaño respetaban la sacralidad de la naturaleza en una visión que convierte los dones de la Madre Tierra en “recursos naturales”: por ejemplo, el gas y petróleo, susceptibles de ser extraídos del fondo de la tierra; pero también los “recursos” maderables u otros que pueden ser explotados de la superficie. La transformación de los dones de la naturaleza en “recursos naturales” es contemporánea del colonialismo que explotaba estos últimos para convertirlos en insumos para las industrias. La filósofa de la India Vandana Shiva extracta una cita de 1870 que proponía la siguiente definición: “Al hablar de los recursos naturales de un país cualquiera, nos referimos al mineral en la mina, la piedra en la cantera, la madera en el bosque, (etc.)”[4]. En esta definición, ya se perfila que la naturaleza se ha convertido en un depósito de materias primas que esperan su transformación en insumos para la producción de mercancías.

La guerra contra la subsistencia

A dónde nos ha llevado el mentado desarrollo se puede describir mejor como la guerra contra la subsistencia [5] de la gente sencilla que había declarado el Estado moderno desde mucho antes que fueran colocados sus cimientos teóricos en el siglo XVII.[6] A partir de los años 1950s, el desarrollo fue concebido como cierto tipo de ingeniería social cuya meta era la instalación de un conjunto creciente de equipamientos: construcción de más escuelas, de más hospitales modernos, de extensas autopistas para vehículos de alta velocidad, de nuevas fábricas e industrias, de plantas generadoras y redes de energía, y además, junto con todo esto, la creación de una población capacitada para su manejo y entrenada para necesitar estas cosas.

Actualmente, el imperativo moral de hace cincuenta años atrás parece una ingenuidad y son muy pocos los pensadores críticos que tienen una visión tan instrumentalizada de la sociedad deseable, aunque estas ideas perviven en el imaginario colectivo de nuestras sociedades – tanto en el Norte sobre-endeudado como en el Sur sub-industrializado – mentalmente “subdesarrolladas” y que intentan estabilizar sus finanzas, o modernizar su tecnología, desesperadamente a cualquier costo. Dos son las razones que les han hecho cambiar de parecer: la primera, la existencia de externalidades indeseables que exceden los supuestos beneficios del desarrollo económico: una muestra son las ciudades congestionadas de motorizados que avanzan cada vez más lentamente – no obstante estar implementadas con autopistas de alta velocidad –, contaminan el aire hasta volverlo irrespirable, lanzan a la atmósfera enormes cantidades de gases de efecto invernadero (los que provocan el calentamiento global) y empobrecen el paisaje urbano y rural con su patente fealdad.

La segunda razón, quizá la más difícil de articular convincentemente, la aparición de la contraproductividad paradójica al interior de las metas de producción de determinado sector económico: los usuarios del transporte y los que conducen su propia “fuerza de trabajo” hasta su fuente laboral todos los días terminan desplazándose a velocidades cada vez menores no obstante estar equipados con vehículos cada vez más veloces y, en consecuencia, encontrarse crecientemente endeudados (en tiempo y dinero) para pagar los gastos correspondientes (no únicamente los pasajes del transporte o el combustible sino los impuestos y las cuotas mensuales del financiamiento para su automotor), además de sentirse psicológicamente frustrados por la creciente dificultad para volver a poner los pies sobre la tierra y valerse de sus propias piernas para llegar a destino. (En cambio, aunque suene a poesía, no importa cuán distante sea el destino que se propone el caminante, los pies lo llevarán hacia el mismo como lo han vuelto a demostrar, para volver al tema que nos preocupa estos días, los indígenas del TIPNIS que marchan desde la amazonía rumbo a la ciudad de La Paz).

¿Una “carretera” de integración regional?

Si bien no todos los que marchan o apoyan la marcha indígena están plenamente conscientes de la caída del desarrollo como justificación legítima para la construcción de la “carretera” que pretende vincular la región del Beni con el eje troncal (por el Chapare cochabambino, en vez de hacerlo mejorando el camino ya existente por los Yungas de La Paz), el actual conflicto por el TIPNIS ilustra la confluencia de múltiples iniciativas de ciudadanos (indígenas de tierras bajas y altas, defensores de la naturaleza y la biodiversidad, activistas por los derechos de los pueblos indígenas) cada vez más lúcidos respecto a los peligros reales que implican los proyectos de mega infraestructuras, y menos propensos a confiar en las promesas vacías del “desarrollo económico”. Estos sectores indígenas y activistas que defienden sus derechos están dispuestos a resistir activamente las arremetidas del capitalismo global que, en colusión con el Estado boliviano y los intereses creados de masas crecientemente empoderadas (cocaleros, colonizadores, campesinos que apuestan por los monocultivos), pretenden vaciar espacios cada vez mayores (y áreas potenciales para una extracción ampliada de recursos naturales) para la circulación sin interferencias de los valores mercantiles y la acumulación del capital.

Frente a la guerra declarada contra la subsistencia de los indígenas del TIPNIS por parte de los poderes dominantes, es urgente librar pequeñas batallas epistémicas para tomar conciencia de la usurpación sufrida por el lenguaje ordinario a manos de aquellos que detentan el poder, sean estos tecnócratas que “venden su charque” a los políticos que se justifican con obras, o bien ideólogos que intentan convencer a las masas de sus propósitos loables. Es el caso de la pretendida “carretera” que quieren construir por el TIPNIS: ¿quién podría oponerse a una carretera que permite conectarnos con nuestros parientes que viven más allá del cerro (o del parque)? Agucemos el oído: carretera viene de carreta que el diccionario define como “carro bajo y alargado de madera, con dos ruedas, con una vara larga a la que se ata el yugo [de bueyes]”. ¿Será legítimo seguir utilizando este término de otras épocas para referirse a ese tipo de autopistas destinadas a vehículos que circulan a velocidades superiores a 80 km/hora? Lo mismo puede argumentarse sobre lo inapropiado de referirse a estas autopistas como si fueran “caminos” por donde la gente camina a pie o marcha a paso firme (como los marchistas del TIPNIS). Pero incluso si ambos términos pueden seguir utilizándose perfectamente para referirse a la mayor parte de los caminos de tierra o ripio que conectan nuestras comunidades y pueblos con las carreteras troncales o asfaltadas de la red fundamental, lo cierto es que existe un punto de quiebre donde la utilización de estos términos constituye un abuso del lenguaje a favor de empresas y gobiernos cuya principal justificación es venderle a la sociedad este tipo de mega “herramientas” usando los términos más familiares a los oídos de sus actuales y potenciales electores.

Consideraciones similares se podrían hacer respecto a muchos ‘lugares comunes’ o ‘palabras trilladas’ que dificultan la percepción e impiden entender lo que verdaderamente está en juego. Por ejemplo, cuando se habla de que la carretera permitirá la “integración regional” y la “unidad nacional”, lo que ocurre es que se utilizan términos con una connotación tradicional que ha dejado de reflejar la realidad. Antes que una verdadera integración entre dos regiones, la autopista permitirá una conexión más directa entre productores y consumidores que podrían estar no en la región próxima sino en el país vecino o en otro continente; o como lo han denunciado otros analistas, la pretendida “carretera” forma parte de una estrategia regional de infraestructura “caminera” (IIRSA) que facilitará la vinculación de la economía del Brasil con los mercados emergentes de la China. Tampoco el ensalzar la unidad nacional impedirá que, de implementarse el tramo II de la ruta San Ignacio de Moxos –Villa Tunari, el impacto resultante sean múltiples divisiones: entre comunidades a un lado y otro de la autopista, entre las comunidades indígenas y los pueblos “interculturales” que seguirán invadiendo el parque, entre los departamentos del Beni y Santa Cruz; además de dividir y dañar el entorno ecológico de fauna y flora inextricablemente ligadas en las condiciones naturales del parque tropical o TIPNIS.

El imaginario del desarrollo fue construido a mediados del siglo XX. A este imaginario le corresponde, según Iván Illich, una imagen del hombre actual y una autoimagen como homo transportandus: el hombre que está en un lugar y siente que en el siguiente momento debe estar en otro lugar.[7] A la luz de este conflicto crítico para la sociedad boliviana sobre la que se ciernen serias amenazas a la vida y la democracia, es cada vez más evidente que el Presidente aymara del Estado Plurinacional ha dejado de ver el mundo con los ojos del marchista indígena que otea el horizonte para encaminarse a su destino, y ha terminado adoptando la visión del hombre que se hace transportar y mira la realidad a través de la ventanilla de su avión presidencial.

*Publicado originalmente por Bolpress.com, 24 de septiembre, 2011

[1] Ver Wolfgang Sachs (comp.), El diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder. Lima: PRATEC (Proyecto Andino de Tecnologías Apropiadas), 1996. Particularmente, la introducción del ecologista alemán W. Sachs y el ensayo sobre el “Desarrollo” escrito por el mexicano Gustavo Esteva.
[2] Ver Jean Robert, La crisis: el despojo impune. Cómo evitar que el remedio sea peor que el mal. México: Editorial Jus, 2010 (Serie Conspiratio), p. 171. En los 1980s, Iván Illich intentó dar un nombre y forjar un concepto para el instrumento de nivelación de las culturas mediante el cual el mercado moderno amplía su poder destruyendo la autonomía de la gente: el desvalor, que no es un simple despojo de bienes o territorios sino una desvaloración previa de sus dueños legítimos. Ver I. Illich “El desvalor y la creación social del desecho”. Tecno-política. Doc. 87-03; o también en “OBRAS REUNIDAS II”. México: FCE, 2008.
[3] Ver Majid Rahnema, “Quand la pauvreté chasse la misere” [Cuando la miseria expulsa a la pobreza], Actes Sud, París, 2003
[4] Vandana Shiva, Recursos. En Wolfgang Sachs (comp.), op. cit., p. 319
[5] Ver Iván Illich, La guerra contra la subsistencia. Cochabamba: Ediciones Runa, 1991.
[6] Ver: Thomas Hobbes, Leviathan, or the Matter, Form and Power of a Commonwealth, ecclesiastical and civil. London, 1951.
[7] Ver Jean Robert, La lucha de resistencia contra la modernidad- Congreso Carfree documentado por Iván Alejandro M. Zazueta.