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martes, 1 de diciembre de 2015

DICCIONARIO DEL DESARROLLO: UNA GUÍA DEL CONOCIMIENTO COMO PODER

Prefacio a la nueva edición[1]
Por Wolfgang Sachs
Cada vez que la llama olímpica se enciende frente al presidente del país anfitrión, el pulso de la nación se acelera. Pero los Juegos Olímpicos rara vez fueron organizados con mayor celo por el autobombo que en Pekín 2008, cuando China celebró su consagración como potencia mundial. Además, el mensaje que se difundió al mundo a través del lenguaje olímpico aquel verano de 2008 se reiteraría en el lenguaje de la Exposición Internacional en Shanghai 2010, donde China se presentó a la opinión pública global como una plataforma de los logros científicos del siglo XXI.

Las Olimpiadas y la Exposición Internacional son símbolos del giro histórico ocurrido a poco del cambio de milenio: el ingreso de China —y otros países del hemisferio Sur— al selecto club de las potencias mundiales. Resulta difícil sobrestimar la importancia de este giro en la historia mundial, y en particular en la de los pueblos del Sur. Luego de siglos de humillación, éstos ven por fin a un país del Sur al mismo nivel que las potencias mundiales. Países que fueron tratados como súbditos coloniales se equiparan ahora con sus antiguos amos, y los pueblos de tez morena toman el lugar de los blancos. Sin embargo, lo que pareciera ser un triunfo de la justicia amenaza convertirse en una derrota para el planeta. El anhelo de equidad se plantea en gran medida en términos del “desarrollo como crecimiento”, y es precisamente el desarrollo como crecimiento el que deteriora las relaciones humanas y amenaza profundamente la biósfera. El éxito de China permite enfocar claramente el dilema del siglo XXI: la política pareciera estar obligada a impulsar ya sea la equidad sin ecología, o bien la ecología sin equidad. Es difícil ver cómo resolver este dilema si no se desmantela la fe en el “desarrollo”.

UNA GEOGRAFÍA ECONÓMICA CAMBIANTE

Cuando discutíamos sobre el fin de la época del desarrollo en octubre de 1989, los autores de este libro no sabíamos que en ese mismo momento el desarrollo estaba cobrando una nueva vida. Resulta que mientras el grupo de amigos que terminaron aportando al “Diccionario del Desarrollo” se reunía en lo que llamábamos una “consulta en familia” en la Universidad Estatal de Pensilvania, con el objeto de revisar los conceptos clave del discurso del desarrollo, al otro lado del Atlántico los acontecimientos que provocaron la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 estaban llegando a un punto crítico. Como a la mayoría de nuestros contemporáneos, el acontecimiento nos asombró aunque ignorábamos la forma en que la caída del Muro resultaría siendo un parteaguas histórico. En una mirada retrospectiva, se ha vuelto evidente que los acontecimientos de 1989 terminaron abriendo las exclusas para que las fuerzas transnacionales del mercado lleguen a los rincones más remotos del planeta. Cuando la época de la globalización despuntó en el horizonte, las esperanzas de una mayor riqueza para todos se desencadenaron en todas partes proporcionando así oxígeno al desfalleciente credo del desarrollo.


Por un lado, la globalización ha llevado al desarrollo económico a su realización más completa. Las divisiones vigentes durante la Guerra Fría se desvanecieron, las corporaciones se reubicaron libremente más allá de las fronteras nacionales y tanto los políticos como las poblaciones de muchos países fijaron sus esperanzas en el modelo occidental de economía de consumo. En un avance rápido —incluso meteórico—, unos cuantos países recientemente industrializados adquirieron una mayor proporción de la actividad económica. Lograron tasas de crecimiento mucho mayores que las registradas por los tradicionales países industrializados, jugando sus cartas como proveedores de energía (Emiratos Árabes Unidos, Venezuela, Rusia), como plataformas de exportación (Corea del Sur, Tailandia, China) o como grandes mercados (Brasil, China, India). En cualquier caso, no pocos países del Sur se separaron del gran contingente de economías pobres y se transformaron en una nueva generación de países industriales, achicando la distancia que los separaba de las economías ricas. Para éstos, es como si la promesa del Presidente Truman al inicio de la época del desarrollo en 1949 —de que los países pobres alcanzarían a los ricos— se hubiera cumplido al fin.

Por otro lado, sin embargo, la época de la globalización ha reemplazado ahora a la época del desarrollo. Esto se debe principalmente a que los Estados nación ya no pueden contener a las fuerzas económicas y culturales. Los bienes, el dinero, la información, las imágenes y las personas ahora fluyen atravesando las fronteras y dando lugar a un espacio transnacional donde las interacciones se dan libremente, como si las fronteras nacionales no existieran. El pensamiento ligado al desarrollo solía enfocarse en la transición que experimentaban los países desde sociedades agrarias a industriales. Se consideraba generalmente al Estado como actor principal de la planificación del desarrollo y a la sociedad nacional como la principal población objetivo. Por esta razón, el ideario del desarrollo se vio cada vez más perdido, a medida que el actor y la población objetivo se desvanecían con la transnacionalización. Con el Estado fuera de foco, el concepto del desarrollo aparece curiosamente fuera de lugar en la época de la globalización. En pocas palabras, el desarrollo se desnacionalizó; de hecho, la globalización puede entenderse acertadamente como el desarrollo sin Estados nación.

Como resultado de este cambio, el desarrollo llegó a significar la formación de una clase media global paralela a la expansión del complejo económico transnacional, en vez de una clase media nacional ligada a la integración de la economía nacional. Desde esta perspectiva, no sorprende que la época de la globalización haya producido una clase transnacional de ganadores.

No obstante encontrarse más o menos concentrada en algunos lugares del mundo, esta clase puede hallarse en cualquier país. En las grandes ciudades del Sur, la presencia de un elevado poder de compra es notoria por los relucientes edificios de oficinas, centros comerciales llenos de marcas de lujo, condominios cerrados con casas de campo y jardines exclusivos, para no hablar del flujo de limousines o la interminable sucesión de anuncios publicitarios en las autopistas. En términos gruesos, la mitad de la clase consumidora transnacional reside en el Sur, y la otra mitad en el Norte. Abarca a grupos sociales que, a pesar de las diferencias en el color de la piel, son cada vez menos reconocibles por su país de origen y tienden a parecerse cada vez más entre ellos por sus comportamientos y estilos de vida. Hacen sus compras en centros comerciales similares, compran el mismo equipo de tecnología de punta, ven las mismas películas y series de televisión, pasean por el mundo como turistas y disponen del instrumento clave de pertenencia: el dinero. Forman parte de un complejo económico transnacional que ahora desarrolla sus mercados a escala global. En todas partes Nokia le provee de teléfonos móviles, Toyota de coches, Sony de televisores, Siemens de refrigeradores, Burger King de locales de comida rápida, y Time-Warner de DVDs. Es cierto, el desarrollo de estilo occidental se siguió extendiendo durante el período de la globalización, pero impulsó la expansión del complejo económico transnacional en vez de la formación de sociedades nacionales prósperas.

LA ASPIRACIÓN A LA EQUIDAD

Sería engañoso limitarse a reconocer sólo el apetito de riquezas en la pelea de países y clases por el ingreso. Si bien no está por demás decir que los vicios de la codicia y la arrogancia son móviles consagrados siempre presentes en esta pelea despiadada, también es cierto que, desde la perspectiva del Sur, hay algo más de por medio. Detrás de las ansias por los rascacielos y centros comerciales, los giga-vatios y las tasas de crecimiento, también está de por medio la aspiración al reconocimiento y a la equidad. Una mirada rápida a China podría ilustrar el punto. El ascenso de China al rango de potencia mundial es un bálsamo sobre las heridas infligidas durante dos siglos de humillación colonial. Y el éxito de la clase media es una fuente de orgullo y autoestima que coloca a la elite china a la par de otras elites sociales en el mundo. El ejemplo chino pone sobre el tapete aquello que ha sido parte integral del desarrollo desde un inicio: la aspiración a la equidad está íntimamente vinculada a la búsqueda del desarrollo.

Revisando El Diccionario del Desarrollo en el presente, es sorprendente que los autores del libro no hubiésemos apreciado en su real dimensión el grado en que la idea del desarrollo estaba cargada con esperanzas de reparación y autoafirmación. Como mostramos ampliamente, el desarrollo fue una invención de Occidente pero no precisamente una imposición sobre el resto del mundo. Por el contrario, como quiera que la aspiración al reconocimiento y la equidad está formulada en términos del modelo civilizatorio de los países poderosos, el Sur ha surgido como el más acérrimo defensor del desarrollo. En general, los países no aspiran a volverse más “indios”, más “brasileños” o, si vamos al caso, más “islámicos”. No obstante las afirmaciones en sentido contrario, ellos ambicionan lograr la modernidad industrial. Por cierto, el elemento de imposición nunca ha estado ausente desde que el capitán Perry apareció con su navío frente a las costas de Japón en 1853, obligando con sus armas a permitir el acceso a mercancías de Estados Unidos. La autodefensa contra los poderes hegemónicos ha sido una motivación importante del impulso por el desarrollo hasta hoy. De cualquier modo, lo que alguna vez pudo haber sido una imposición se ha vuelto con frecuencia un sustento de la identidad. De esta manera, sin embargo, como efectivamente señala el libro, el derecho a la auto-identidad cultural se ha visto comprometido por la aceptación de la visión del mundo basada en el desarrollo. A pesar de la descolonización en el sentido político —que condujo a la independencia de los países— y no obstante la descolonización en el sentido económico —que hizo posible que algunos países se convirtieran en potencias económicas— no se ha dado una descolonización de la imaginación. Muy por el contrario: en todo el mundo, las esperanzas de un mejor futuro tienen una fijación en los patrones de producción y consumo de los ricos. La aspiración a una mayor justicia por parte de los países del Sur es una de las razones de la pervivencia de la creencia en el desarrollo —a pesar de que ni el planeta ni la población mundial pueden permitirse su predominio en este siglo.

Sin embargo, es crucial distinguir dos dimensiones de la equidad. La primera es la idea de justicia relativa, la que se preocupa por la distribución de diversos activos – como ser ingresos, años de escolaridad o conexiones de Internet – entre grupos de personas o países. Es de naturaleza comparativa, se enfoca en las posiciones relativas de quienes detentan estos activos y apunta hacia alguna forma de igualdad. La segunda es la idea de justicia absoluta, la que se preocupa de preservar las capacidades y libertades fundamentales sin las cuales una vida auténtica sería imposible. Es por naturaleza no comparativa, se enfoca en las condiciones de vida elementales y apunta a la norma de la dignidad humana. Por lo general, los conflictos que tienen que ver con la desigualdad están animados por la primera idea, mientras que los conflictos relacionados con los derechos humanos están animados por la segunda.

Resulta que la demanda de justicia relativa puede fácilmente colisionar con el derecho a la justicia absoluta. Para ponerlo en términos políticos, la lucha competitiva de las clases medias globales por una mayor proporción del ingreso y del poder a menudo se lleva a cabo a costa de los derechos fundamentales de los pobres y desprovistos de poder. A medida que gobiernos y empresas, ciudadanos de las urbes y elites rurales se empeñan en seguir adelante con el desarrollo, la tierra, los espacios de vida y las tradiciones culturales de pueblos indígenas, pequeños campesinos o pobres urbanos son sometidos a una fuerte presión. Las autopistas atraviesan los vecindarios, los edificios desplazan a las viviendas tradicionales, las represas expulsan a los pueblos indígenas de sus territorios, los barcos pesqueros desplazan a los pescadores locales, los supermercados venden más barato que los pequeños tenderos. El crecimiento económico es de naturaleza caníbal; se ceba tanto en la naturaleza como en las comunidades y transfiere los costos no pagados nuevamente a ellas. El lado luminoso del desarrollo viene a menudo acompañado del lado oscuro de la dislocación y el desposeimiento. Ésta es la razón por la que el crecimiento económico ha producido, una y otra vez, empobrecimiento al lado de enriquecimiento. Aunque presionan por el desarrollo a nombre de una mayor igualdad, las clases medias orientadas a la globalización, por lo general no toman en cuenta la tragedia de los pobres. No es de extrañar que, en casi en todos los países recientemente industrializados, la polarización social se haya incrementado a la par de las tasas de crecimiento económico en los últimos 30 años.

Invocar el derecho al desarrollo en aras de una mayor equidad es, por tanto, una empresa dudosa. Esto es particularmente cierto en el caso del llamado de los representantes gubernamentales y no gubernamentales a un crecimiento acelerado en nombre de la ayuda a los pobres. Con gran frecuencia, ellos toman a los pobres como rehenes para conseguir ventajas relativas de los países más ricos, sin interesarse mayormente en garantizar los derechos fundamentales de las comunidades económicamente desfavorecidas. En el núcleo de este encubrimiento –como lo sostiene este libro– se encuentra la confusión semántica provocada por el concepto de desarrollo. A fin de cuentas, el desarrollo puede significar prácticamente cualquier cosa, desde la edificación de rascacielos hasta la colocación de letrinas, desde la perforación en busca de petróleo hasta la perforación de pozos de agua, desde la instalación de industrias de software hasta la instalación de viveros de árboles. Es un concepto monumentalmente vacío, que conlleva una connotación vagamente positiva. Por esta razón, puede ser fácilmente usado desde perspectivas en conflicto. Por un lado están aquellos que implícitamente identifican al desarrollo con el crecimiento económico, demandando una mayor equidad relativa en términos del PIB. Su utilización de la palabra “desarrollo” refuerza la hegemonía de la visión económica del mundo. Por otro lado están aquellos que identifican al desarrollo con más derechos y recursos para los pobres y desprovistos de poder. Su utilización del término demanda un menor énfasis en el crecimiento a favor de una mayor autonomía de las comunidades. En su caso, el discurso del desarrollo es contraproducente, distorsiona su preocupación verdadera y los hace vulnerables a ser secuestrados por falsos amigos. Colocar ambas perspectivas dentro de una misma cáscara conceptual es una receta segura para la confusión, si es que no se trata más bien de un encubrimiento político.

UN PARÉNTESIS EN LA HISTORIA MUNDIAL

Es la herencia del siglo XX que las aspiraciones de las naciones por un mejor futuro se dirijan mayoritariamente hacia el “desarrollo como crecimiento”. Sin embargo, la crisis multifacética de la biósfera convierte a esta herencia en un pasivo trágico. Como señala el libro de varias maneras, la perspectiva del desarrollo  implica una cronopolítica y una geopolítica. En términos de dicha cronopolítica, todos los pueblos del mundo parecen moverse en una misma dirección, a la zaga de los pacificadores que se supone representan la vanguardia de la evolución social. Y en términos de cierta geopolítica, desde la mirada del desarrollo la confusa diversidad de naciones en el mundo se convierte en un claro ordenamiento jerárquico, con los países ricos en los primeros lugares del conjunto en términos de su PIB. Esta forma de construir el orden mundial ha revelado ser no sólo obsoleta, sino además mortalmente peligrosa. Asignarle una posición de vanguardia al modelo de civilización euro-atlántico, ya sea en el curso de la historia o en el ordenamiento jerárquico de los países, ha perdido a estas alturas cualquier viso de legitimidad: ha demostrado ser incompatible con la pervivencia del planeta.

En una mirada retrospectiva se vuelve evidente que las propias condiciones que fueron responsables del surgimiento de la civilización euro-atlántica son también responsables de su caída. ¿Por qué Europa fue capaz de dar un salto adelante del resto del mundo a comienzos del siglo XIX? Una parte importante de la respuesta (como lo ha mostrado el historiador estadounidense Kenneth Pomeranz) se encuentra revisando la base de recursos disponibles. A fines del siglo XVIII, las dos principales civilizaciones del mundo —Europa y China— estaban constreñidas en su desarrollo económico por la escasez de tierra disponible para cultivar alimentos, proveer combustibles y proporcionar materias primas. Pero fue solo Europa —en primer lugar, Inglaterra— la que tuvo éxito en superar esta limitación mediante la captación de nuevos recursos. Empezó a importar masivamente mercancías agrícolas, como ser azúcar, tabaco, cereales y madera de América y, sobre todo, a utilizar sistemáticamente el carbón para los procesos industriales. A medida que las tierras del extranjero reemplazaban el suelo doméstico y el carbón sustituía a la leña, la economía industrial inglesa pudo despegar. En términos más generales, el acceso a los recursos bióticos de las colonias y a los recursos fósiles de la superficie de la tierra fue esencial para el surgimiento de la civilización euro-atlántica. La sociedad industrial no habría existido sin la movilización de recursos provenientes de toda la extensión del espacio geográfico y de las profundidades del tiempo geológico.

A medida que la biodiversidad del planeta desaparece, la disponibilidad de combustibles fósiles se reduce y el clima global se desestabiliza, las condiciones que permitieron el éxito de Europa ya no están disponibles. Los recursos ya no serán accesibles y menos aún baratos. Particularmente, la oferta declinante de hidrocarburos y la amenaza del caos climático sugieren que los historiadores del futuro considerarán los pasados dos siglos de desarrollo euro-atlántico como un paréntesis en la historia mundial. En efecto, es difícil ver cómo la sociedad del automóvil, las torres de apartamentos, la agricultura con químicos o el sistema alimentario basado en la carne pudieran extenderse a todo el planeta. Los recursos necesarios serían demasiado vastos, demasiado caros y demasiado dañinos para los ecosistemas locales y la biósfera.

Puesto que el modelo euro-atlántico de riqueza surgió con base en condiciones excepcionales, no puede generalizarse a todo el mundo. En otras palabras, por su propia estructura el modelo requiere la exclusión social; es inadecuado para apuntalar la equidad a escala global. Por tanto, el “desarrollo como crecimiento” no puede seguir siendo el concepto orientador de la política internacional a menos que se dé por sentado un apartheid global. Si ha de haber algún tipo de prosperidad para todos los ciudadanos del mundo, se tiene que superar el modelo euro-atlántico de producción y consumo, dando cabida a modos de bienestar que dejen sólo una leve huella ecológica sobre la Tierra. Los patrones de producción y consumo serán apropiados para promover la justicia, siempre que sean poco intensivos en recursos y compatibles con los ecosistemas. Por lo tanto, no podrá haber equidad sin ecología en el siglo XXI.

LA RESILIENCIA EN LA DIVERSIDAD

Es con este telón de fondo que El Diccionario del Desarrollo sigue siendo relevante. La ruptura con el “desarrollo” como hábito del pensamiento forma parte integral de una descolonización de las mentes largamente postergada. Nosotros, los autores del libro, partimos de la premisa de que la hegemonía occidental deja su huella no únicamente sobre la política y la economía, sino también sobre las mentes. Así como los muebles de casa llevan la huella de su época, el mobiliario mental también queda marcado por la fecha de su conformación. En este sentido, el discurso del desarrollo es resultado de la época de triunfalismo asentado en los combustibles fósiles que siguió a la Segunda Guerra Mundial, y que estuvo apoyado en percepciones coloniales y la herencia del racionalismo occidental. Sin embargo, limpiar la mente de las certidumbres del desarrollo requiere un esfuerzo deliberado; por tanto, los autores de este libro se han atrevido a exponer aquellos conceptos clave que constituyen buena parte del mobiliario mental del “desarrollo”. Tal parece que, solo para nombrar algunos ejemplos del libro, la “pobreza” incorpora un prejuicio materialista, la “igualdad” se transforma en “mismidad”, el “estándar de vida” reduce la diversidad de nociones de felicidad, las “necesidades” activan la trampa de la dependencia, la “producción” crea el desvalor al lado del valor y la “población” no es otra cosa que un constructo estadístico. Al exponer la historicidad específica de los conceptos clave del desarrollo se libera la mente y se la alienta a encontrar un lenguaje que permita abordar los desafíos del mañana. El Diccionario del Desarrollo tiene el propósito de ayudar en esta tarea.

Sobre todo no será posible reconceptualizar la equidad sin recuperar las diversas formas de prosperidad. Vincular la aspiración a la equidad con el crecimiento económico ha sido el pilar conceptual de la época del desarrollo. Desvincular la aspiración de equidad del crecimiento económico y volver a vincularla con nociones de bienestar basadas en la comunidad y la cultura será la piedra angular de la época del post-desarrollo. De hecho, en la actualidad, con mucho mayor alcance que cuando este libro fue escrito, se lanzan iniciativas en todo el mundo que, en mayor o menor medida, apuntan a trascender la idea convencional del desarrollo. Hay un aumento significativo de iniciativas en el mundo industrial, tanto en el hemisferio Norte como en el Sur, que se van alejando de la economía “fosilizada” (basada en los combustibles fósiles) y apuntan hacia una economía solar, las cuales se conocen con el nombre de “economía verde” en Europa y Estados Unidos, y de “civilización ecológica” en China. Además, hay mucha creatividad en los márgenes de las tendencias predominantes, bien sea como la búsqueda de una “economía de suficiencia” en Tailandia, el llamado a una “democracia de la Tierra” en India, el redescubrimiento de la cosmovisión andina en Perú, o como los tanteos hacia el “decrecimiento” en Francia e Italia. Y por último, aunque no menos importante, hay miles de comunidades —profesionales, locales, digitales— afirmando en sus contextos específicos que sí puede encontrarse resiliencia, belleza y sentido fuera de la lógica del crecimiento y la expansión.

Al revisar la multitud de iniciativas de post-desarrollo surgen dos temas; en primer lugar, es primordial una transición desde las economías basadas en reservas de combustibles fósiles a economías basadas en la biodiversidad. En contraste con la naturaleza siempre expansiva del “desarrollo”, el reconocimiento de límites se encuentra en la raíz de los numerosos intentos por reinsertar la economía en la biósfera. Hay abundantes ejemplos en la arquitectura, agricultura, producción de energía, silvicultura e incluso en la industria. Más aún, la opción por la energía solar y los materiales biodegradables es congruente con cierta medida de des-globalización. Durante décadas, la ausencia de congruencia y adaptación local en esos campos tenía que compensarse mediante la importación de energías fósiles desde muy lejos; pero si no hemos de contar con ellas se vuelve esencial una nueva apreciación de la tierra, del hábitat y de las estaciones. Mientras el uso masivo de recursos basados en los combustibles fósiles permitía ignorar el carácter específico de cada lugar, los sistemas bio-económicos —sea en los cultivos o en la construcción— encuentran su fortaleza en conectarse con los ecosistemas y flujos de energía locales. Por esta razón, los principios orientadores de las economías solares serán la descentralización y la diversidad.

En segundo lugar, las iniciativas de post-desarrollo intentan contrarrestar el predominio de la visión económica del mundo. Ellas se oponen a la tendencia secular de volver funcionales el trabajo, la educación y la tierra con el objeto de estimular la eficiencia económica, insistiendo en el derecho a actuar según los valores de la cultura, la democracia y la justicia. Por ejemplo, en el Sur global las iniciativas enfatizan los derechos de la comunidad a los recursos naturales, el autogobierno y las maneras indígenas de saber y actuar. En el Norte global, el accionar del post-desarrollo  se centra más bien en empresas eco-solidarias en la industria, el comercio y la banca, el redescubrimiento de los “comunales” (commons)[2] en la naturaleza y la sociedad, la colaboración libre y de código abierto, la autolimitación del consumo y de la expectativa de utilidades y una renovada atención a los valores intangibles. De cualquier modo, lo que pareciera ser el común denominador de esas iniciativas es la búsqueda de nociones de prosperidad menos materiales que den cabida a las dimensiones de la autoconfianza, la comunidad, el arte o la espiritualidad. La convicción que subyace a todas ellas es que el bienestar humano tiene muchas otras fuentes más allá del dinero. Inspirarse en estas últimas no sólo proporciona una base a estilos de prosperidad diferentes sino vuelven a la gente y a las comunidades más resilientes a las crisis de recursos y al shock económico.

Sin embargo, en dicha perspectiva, la política convencional de justicia distributiva es puesta de cabeza. En la época del desarrollo el mundo rico podía esquivar los difíciles asuntos de la justicia, puesto que el crecimiento económico se veía como la herramienta principal para llevar una mayor equidad al mundo. El crecimiento era un sustituto de la justicia y la desigualdad no era un problema mientras los desposeídos pudieran mejorar su situación en el camino. De hecho, durante décadas los expertos en desarrollo definían la equidad principalmente como un problema de los pobres. Ellos subrayaban la falta de ingresos, falta de tecnologías y falta de acceso al mercado que afectan a los pobres, abogando por toda clase de remedios para elevar su nivel de vida. En pocas palabras, ellos trabajaban para elevar el piso, en vez de bajar el techo. Sin embargo, con el surgimiento de las restricciones biofísicas al crecimiento económico, este enfoque ha resultado ser claramente sesgado; no solo son los pobres sino también los ricos, al igual que su economía, los que deben ser cuestionados. En cualquier caso, la búsqueda de la equidad en un mundo finito significa, en primer lugar, cambiar a los ricos, no a los pobres. En otras palabras, la reducción de la pobreza no puede separarse de la reducción de la riqueza.

En octubre de 1926 Mohandas Gandhi ya había percibido el impasse del desarrollo. En una de sus columnas para el Young India, portavoz del movimiento por la independencia de la India, Gandhi escribió:

“No permita Dios que la India siga nunca el camino de la industrialización a la manera de Occidente. El imperialismo económico de un solo reino en una pequeña isla (Inglaterra) hoy está encadenando al mundo. Si toda una nación de 300 millones emprendiera una similar explotación económica, dejaría completamente pelado al mundo como una plaga de langostas”

Más de 80 años después esta afirmación no ha perdido un ápice de su relevancia. Por el contrario, su significación ha quedado magnificada puesto que actualmente existen, solo entre India y China, no únicamente 300 millones sino 2,000 millones que se predisponen a imitar a Inglaterra. ¿Qué diría  Gandhi si se encontrara con Hu Jintao en la inauguración de la Exposición Internacional de 2010?

Berlín, 2009
Traducido por Hernando Calla con aportes de Jorge Ishizawa
La Paz, Bolivia – Lima, Perú, diciembre 2014




[1] Esta edición de The Development Dictionary: A Guide to Knowledge as Power (El Diccionario del desarrollo: Una guía del conocimiento como poder) cuya edición original es de 1992 fue publicada en 2010 también por Zed Books Ltd (Sitio web: www.zedbooks.co.uk)
[2] La noción de commons, de origen inglés, remite a las tierras de uso comunal o los ámbitos “comunales” tradicionalmente destinados a la subsistencia campesina pero que, en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, fueron crecientemente cercados para la crianza comercial de ganado ovino u otros usos económicos. Estos “comunales” son – o eran – espacios ubicados más allá del umbral doméstico, pero no dedicados, como los espacios públicos modernos, a la circulación de mercancías. En la teoría económica moderna, el término se aplica a los recursos culturales y naturales accesibles a todos los miembros de una sociedad, tales como el aire, el agua y un hábitat (Nota del traductor).

miércoles, 4 de noviembre de 2015

EL IMPACTO ALIENANTE DE LAS INSTITUCIONES DE SERVICIO MODERNAS


por Hernando Calla *

Hubiera querido dar cuenta de mis experiencias y formación en economía para abogar por el reflorecimiento de la subsistencia como alternativa al monopolio radical de la economía. Sin embargo, por el momento me remitiré a escuchar atentamente sobre estos temas el segundo día de este Encuentro en Homenaje a Iván Illich al que los amigos de Cuernavaca generosamente nos invitan.  Presentaré, en cambio, algunas reflexiones retrospectivas sobre cómo me impresionaron las ideas de Illich en la década de 1970 para orientar la atención, como él mismo lo hizo posteriormente, no tanto ya a los efectos inhabilitantes no deseados de las instituciones de servicio sino más bien a su impacto alienante sobre la imaginación social y la psique individual de las generaciones que han vivido en plena época del progreso y el desarrollo. Con este objetivo, enmarcaré el relato sobre mi relación con el servicio de transporte, la educación y la medicina haciendo referencia a las principales obras de Illich en esos años: “Energía y equidad”, “La sociedad desescolarizada”, “La convivencialidad” y “Némesis médica”.

Pienso que este ejercicio de la memoria puede aún decirles algo a los que se interesan por el pensamiento del autor en cuya memoria hoy nos convocan. Confío en que pueda ser considerado como una suerte de testimonio personal sobre la posibilidad de que incluso los sujetos más alienados por los servicios de la modernidad industrial pueden llegar a romper el hechizo que los ata a dichos sistemas, y no solamente como un “estudio de caso” sobre las condiciones más bien privilegiadas y el temperamento algo errático que tuvieron que coincidir en mi caso para que pudiera rebelarme en algún momento contra mi condición de usuario adicto a los servicios modernos.

El estupor inducido por la velocidad

Mi experiencia me dice que uno se convierte en usuario del transporte de pasajeros casi desprevenidamente y sin que medie un previo acondicionamiento por haber vivido siempre en una ciudad o algo parecido. Mi familia es de las minas del sur de Potosí (Bolivia) y yo pasé allí mi niñez a unos metros de la escuela pero sin haber visto un automóvil  de 4 puertas más que en las películas. Los motorizados existentes eran casi todos de propiedad de la empresa minera estatal y la gente no recurría a ellos más que para trasladarse a otros centros mineros o la estación de ferrocarril cuando tenía que viajar. Pensándolo bien, es posible que la sola presencia de camiones y camionetas en estos lugares haya tenido ya un sutil mensaje para las nuevas generaciones; mientras nuestros abuelos y papás caminaban todo el tiempo entre una población y otra, muchas veces haciendo el trayecto de noche y agradeciendo a su suerte cuando tenían luna llena, las generaciones post-1952 (año de la revolución nacionalista en mi país) ya no estábamos tan prestos a caminar más allá del horizonte de nuestra pequeña comunidad.

A mediados de los sesenta, me tocó salir de las minas para estudiar la secundaria en la capital (La Paz) que para entonces tenía una población cercana al medio millón de habitantes que dependían de un sistema de transporte público/privado compuesto de buses y taxis que recorrían distancias no mayores a 10 km. No tardé mucho en acostumbrarme a mis nuevas circunstancias en la ciudad donde vivo hasta el día de hoy; me volví usuario del transporte público con la misma falta de prevención con que las nuevas generaciones adoptan las nuevas tecnologías de comunicación. Salvo por alguna circunstancia que me obligó a caminar cotidianamente durante un par de años, luego me acostumbré a depender de los buses para llegar mañana y tarde al colegio, cuando bien podía haber caminado los 3 km. de distancia para evitar la frustrante espera de algún bus pues todos pasaban llenos. Cuando años más tarde leí “Energía y equidad”, no pude sino estar de acuerdo con su autor cuando dice:
El usuario no puede captar la demencia inherente al sistema de circulación que se basa principalmente en el transporte. Su percepción de la relación entre el espacio y el tiempo ha sido objeto de una distorsión industrial. Ha perdido el poder de concebirse como otra cosa que no sea usuario. Intoxicado por el transporte, ha perdido conciencia de los poderes físicos, sociales y psíquicos de que dispone el hombre, gracias a sus pies.[1]
Cuando pienso en esos días, en mi situación concreta de vivir a poca distancia del centro de la ciudad, no puedo explicar cómo asumí tan fácilmente mi dependencia del transporte motorizado sino es por el impacto alienante que tienen los transportes en la psique del individuo moderno, en vista de que no existía un impedimento de tipo físico o cualquier otro.

No sé si hubiera llegado a cuestionar en mi vida esta perspectiva del usuario de transporte de no mediar circunstancias personales algo particulares. En 1972 salí del país para cursar la universidad en Filadelfia; una ciudad fantástica de lo poco que me acuerdo pero que no llegué en verdad a conocer, adivinen por qué: pues si en La Paz dependía de los buses para recorrer 3 km, era para mi inimaginable caminar los 10 km que separaban a La Salle del centro de la ciudad, donde iba ocasionalmente solo tomando el subway, y de esta manera no caminé lo suficiente por los alrededores como para ubicarme, de modo que cuando salía del barrio cerca o lejos, en bus o en coche, nunca sabía bien dónde estaba. Aún no había leído este texto de Illich:
[El usuario] olvida que el territorio lo crea el hombre con su cuerpo y toma por territorio lo que no es más que un paisaje visto a través de una ventanilla por un hombre amarrado a su butaca. Ya no sabe marcar el ámbito de sus dominios con la huella de sus pasos, ni encontrarse con los vecinos, caminando en la plaza. Ya no encuentra al otro sin chocar, ni llega sin que un motor lo arrastre. Su órbita puntual y diaria lo enajena de todo territorio libre.[2]
En algún momento, conseguí una chamba de verano en las afueras de la ciudad, adonde llegaba con 2 combinaciones de metro y bus, lo que me tomaba hora y media solo de ida. Sin embargo, los fines de semana no había el servicio de bus regular por lo que tomaba un Greyhound que hacía servicio interestatal a Nueva York, y me tenía que bajar en medio trayecto pero a unos 10 minutos caminando de mi lugar de trabajo. Creo que Estados Unidos ya entonces era un país diseñado enteramente para los vehículos motorizados, y por tanto no había ninguna acera donde caminar en este recorrido, lo que me obligaba a pegarme a la orilla de la autopista mientras decenas de coches pasaban por mi lado a una velocidad de cien por hora. Años más tarde, Illich escribió que el sistema de trasporte moderno significaba una afrenta a los pies, una “humillación por la tecnología”[3]; creo que fue precisamente esa humillación la que sentí en lo más íntimo cuando hacía ese recorrido de locura durante el verano de 1973.

Justamente por esos años Illich publicó “Energía y equidad”, un libro delgadito que ponía al descubierto “la ilusión de que se puede sustituir indefinidamente la energía metabólica del hombre por la potencia de la máquina”. Cuando retorné a La Paz en 1975, dejé atrás la ilusión del homo transportandus y me volví radicalmente “anti-auto”. Quería recuperar todo lo que no había caminado antes, evitando conscientemente subirme a los coches, incluidos los buses de transporte público, y caminé calle arriba, calle abajo durante varios años. Sin saberlo le daba la razón al autor que recién descubrí un tiempo después, cuando señala:
Atravesándolo a pie el hombre transforma el espacio geográfico en morada dominada por él. Dentro de ciertos límites, la energía que aplica al movimiento determina su movilidad y su poder de dominio. La relación hacia el espacio del usuario de transportes se determina por una potencia física ajena a su ser biológico. El motor mediatiza su relación al medio ambiente y pronto lo enajena de tal manera que depende del motor para definir su poder político. El usuario está condicionado a creer que el motor aumenta la capacidad de los miembros de una sociedad de participar en el proceso político. Él perdió la fe en el poder político de caminar.[4]
Creo que en esos años mi lema principal, aunque no explícito, fue justamente recuperar el poder político de caminar. Sin embargo, por alguna razón no llegué a plantear a mis amigos de izquierda la necesidad de una plataforma política de mayor equidad a través de una limitación de la invasión vehicular a los lugares donde transita la gente. La agenda política se limitaba, por entonces, a recuperar el poder político de manos de los militares, y las diferentes tendencias de izquierda se vieron obligadas a poner entre paréntesis sus propias reivindicaciones en función del objetivo que parecía ser la prioridad de todos: la recuperación de la democracia (no voy a relatarles mi participación en esas luchas pero creo que ella fue, entre otras cosas, una consecuencia de mi creciente empoderamiento en el caminar de esos años).

Con el tiempo, mi rechazo a los medios de transporte se atenuó y, poco a poco, fui aceptando que el “monopolio radical del transporte” era una realidad abrumadora que sería difícil cambiar en el tiempo de nuestras vidas. Se podría decir que fui nuevamente domesticado por el sistema de transporte y la historia de mi relación con estos medios parece ser finalmente una historia de reconciliación: el mismo coche al que de joven me negaba a subir me sirve ahora para sacar a mi familia a pasear algún domingo fuera de la ciudad (un detalle: se trata de una “peta” o VW clásico que mis progenitores compraron el mismo año en que se publicó Énergie et Équité en Le Monde)

La nueva alienación

Algo parecido ocurrió en mi relación con el sistema educativo. Después de haber rechazado radicalmente en algún momento la educación formal para mí mismo, cuando mis hijos crecieron no me atreví a no enviarlos a la escuela y a la universidad. Lo único que hice fue relativizar la importancia de estas instituciones en su estima personal. Al contrario de lo que ocurrió conmigo pues hasta donde me acuerdo, desde muy chico mi autoestima dependía de la escuela y tal vez lo hubiera seguido siendo después de no mediar las situaciones particulares que ya les relaté. En otras palabras, creo que hasta mis 25 años tenía una mentalidad “escolarizada” como el que más.

A diferencia de las movilidades, en el centro minero la escuela era parte de mi vida cotidiana. Por el lado de mi madre, tenía muchas tías profesoras y ellas me llevaban a la escuela incluso antes de tener la edad suficiente para el kinder. Por otra parte, mi casa era una de las pocas viviendas en la mina que tenía un living, un cuarto de baño, etc. Con estos antecedentes, ya de inicio aventajaba a mis compañeros de curso (la mayoría hijos de mineros) en dar las respuestas “correctas” a las preguntas de los profesores, como, por ejemplo, ¿qué habitaciones tiene una casa? Con el tiempo, me volví un “buen alumno” que sabía encontrar las respuestas que quieren los profesores, y asumí sin ninguna precaución una actitud escolarizada.

Esta actitud se caracteriza, entre otras cosas, por sobreestimar los procesos mentales y subvalorar las habilidades manuales. De paso, en un medio tan poco natural como el centro minero se olvida incluso la capacidad del homo faber para transformar su entorno natural y convertirlo en un mundo de cosas creadas por sus manos; hasta los medios de sustento básicos del minero tenían que ser importados masivamente por la empresa y distribuidos a través de un almacén centralizado que conocíamos como “pulpería”: el almacén de abarrotes donde las amas de casa podían sacar desde latas de leche evaporada hasta algunos kilos de carne por familia al mes, o cierto número de unidades de pan elaborado diariamente por la misma empresa.

En un medio así, la imaginación de los niños es presa fácil de la ilusión industrial: la idea de que todos los bienes son producidos por la industria, concebida esta última no como una cualidad de los seres humanos para producir cosas con sus manos y su trabajo, sino como una entidad ajena y completamente foránea desde donde se tiene que comprarlos para que puedan ser consumidos por la gente. Como parte de la tertulia familiar, se contaba la divertida historia de una maestra de escuela que preguntó a sus alumnos: ¿quién nos da la leche? A lo que los chicos respondieron no con el nombre de alguno de los mamíferos que se ordeñan, sino con el nombre del administrador de la pulpería. A pesar de que siempre reíamos con esta historia, no deja de ser ilustrativa del grado de alienación de la mentalidad minera presa de la ilusión industrial.

Como lo anticipan las estadísticas, de todos mis compañeros de escuela solo unos cuantos fuimos a la secundaria. En mi caso, hice la secundaria en La Paz y, contrariamente a lo que podía esperarse, viniendo de las minas estaba mejor preparado para tener un rendimiento académico satisfactorio que mis compañeros de la misma ciudad. Ello no hizo sino reforzar mi ego que se enorgullecía de mis progresos escolares; me vanagloriaba de dominar, por ejemplo, las valencias de los elementos de la química, mientras que, por otro lado, nunca pregunté cómo se hacía el jabón que utilizábamos para lavarnos la cara todas las mañanas.

Fue a fines de 1975 cuando entendí el verdadero significado de mi “progreso escolar” durante esos años, al leer “En América Latina ¿para qué sirve la escuela?” donde Illich dice:
Lo primero que el niño aprende del currículum oculto de la escolaridad es un viejo adagio, la corrupción inquisitorial de la fe: “extra scholam nulla est salus” (afuera del rito no hay salvación). Por su mera presencia en la escuela, el niño suscribe al valor de aprender de un maestro y al valor de aprender acerca del mundo. O sea: desaprende a considerar a cada persona como un modelo en potencia; desaprende a aprenderlo todo de la cotidianidad. En la escuela, el niño aprende a distinguir dos mundos: el real, al que algún día ha de entrar, y el sagrado en el cual se le encierra para que aprenda. De la promoción o del progreso escolar, el niño aprende el valor del consumo interminable; la apetencia de grados que caducan anualmente. En la escuela aprende que su propio crecimiento vale la pena social sólo porque es el resultado de su consumo de una mercancía llamada educación.[5]
Mis progresos continuaron. Mis buenas calificaciones en química y otras materias exactas indicaban mayores posibilidades de éxito si seguía alguna carrera de ingeniería. ¿Yo ingeniero? ¡Si ni siquiera podía cambiar una lámpara! De todos modos, ingresé a la carrera de ingeniería eléctrica en la Universidad Mayor de San Andrés. No por mucho tiempo, pues las universidades fueron cerradas el año 1971 por el régimen surgido de un golpe militar. Cuando salí a Estados Unidos, me encontré en un college de artes liberales, así que no me fue difícil cambiarme a otra carrera y terminé siguiendo estudios en economía.

Tantos cambios delataban cierta inseguridad que hizo crisis el último año de mis estudios. En algún momento, me pregunté qué estaba haciendo allí tan lejos de casa y de los míos; la respuesta de siempre, de que me “preparaba para el futuro” ya no me satisfacía. Como cualquier estudiante, intentaba asimilar los textos asignados —en mi caso, reiteradas formulaciones de la ley de la oferta y la demanda— sin llegar a entender, la mayoría de las veces, cuál la utilidad de tanta teoría y análisis. Aunque no necesariamente me iba mal con las calificaciones, lo cierto es que no obstante las innumerables horas dedicadas al estudio en la biblioteca (en ocasiones, creo que fingía estudiar), no estaba haciendo sentido de todo aquello. Tampoco me conformaba con el “mito del progreso automático e indefinido”[6] —la idea de que uno está progresando gradualmente (casi inconscientemente) al interior de una estructura piramidal abierta (no terminando en una cúspide) que se ocupa de establecer “objetivamente” quiénes están calificados para pasar al siguiente nivel y quiénes no—.

No conforme con todo ello, lo único que se me ocurrió fue intentar averiguar por mi cuenta: dejé de lado todas las tareas asignadas y me dediqué a explorar la biblioteca de La Salle, tratando de leer todo lo que me parecía atractivo durante el resto de mi estadía en la ciudad del amor fraterno. Me importó un rábano dejar de dar algunos exámenes finales y de escribir algunos papers que podían haberme subido la nota (apenas me alcanzó para graduarme); lo cierto es que la excitación de estar aprendiendo por mi cuenta en unos meses, cosas que parecían más significativas que aquellas otras que no había aprendido en años, me hizo olvidar por un tiempo el movimiento inexorable de las agujas del reloj.

Cuando a principios de 1976 leí “La convivencialidad”, no pude sino identificarme con el “despertar de la conciencia” descrito por su autor:
El servicio educación y la institución escuela se justifican mutuamente. La colectividad sólo tiene una manera de salir de ese círculo vicioso, y es tomando conciencia de que la institución ha llegado a fijar ella misma los fines: la institución presenta valores abstractos, luego los materializa encadenando al hombre a mecanismos implacables. ¿Cómo romper el círculo? Es necesario hacerse la pregunta: ¿quién me encadena, quién me habitúa a sus drogas? Hacerse la pregunta es ya responderla. Es liberarse de la opresión del sin sentido y de la falta, reconociendo cada uno su propia capacidad de aprender, de moverse, de descuidarse, de hacerse entender y de comprender. Esta liberación es obligadamente instantánea, puesto que no hay término medio entre la inconsciencia y el despertar. La falta, que la sociedad industrial mantiene con esmero, no sobrevive al descubrimiento que muestra cómo las personas y las comunidades pueden, ellas mismas, satisfacer sus verdaderas necesidades.[7]
Cuando volví de Estados Unidos, continué apoyándome en mi instinto para determinar mis propias necesidades educativas: sobre todo identifiqué una lista de autores extranjeros y nacionales que tenía que leer, pero también decidí aprender, entre otras cosas, el antiguo oficio de radiotécnico de mi padre para ganarme la vida (nunca lo aprendí). Años después enseñé economía política en la universidad de manera temporal, pero me pareció que la mentalidad carrerista de muchos estudiantes era reacia al genuino aprendizaje de cualquier tema y no encontré suficientes razones para continuar. La última vez que enseñé en la universidad fue hace 20 años cuando me invitaron los estudiantes de la carrera de antropología en La Paz. No descartaría, sin embargo, volver a enseñar en un contexto de aprendizaje convivencial, pues aún recuerdo que soy bueno para explicar algunas cosas que parecen complicadas.

La muerte escamoteada

En cuanto a la atención médica, ¿terminaré como todos recurriendo a ella en el momento en que la muerte toque la puerta? No lo sé. En cambio, a diferencia de las nuevas generaciones, no fue indispensable en mi nacimiento pues mi madre fue asistida por un partero local en la propia casa. Por lo visto, en algunos lugares a mediados del siglo pasado los hogares aún no eran considerados poco apropiados para el parto. Como dice Illich en “Némesis médica”, esto cambia rápidamente “cuando todo sufrimiento se ‘hospitaliza’ y los hogares se vuelven inhóspitos para el nacimiento, la enfermedad y la muerte”.
En muchos pueblos de México he visto lo que ocurre cuando llega el Seguro Social. Durante una generación la gente continúa con sus creencias tradicionales; saben cómo afrontar la muerte, el morir y el duelo.[8] La nueva enfermera y el médico, creyendo que saben más, les hablan acerca de todo un panteón de malignas muertes clínicas, cada una de las cuales puede suprimirse por un precio. En lugar de modernizar las prácticas populares de autoasistencia, predican el ideal de la muerte en el hospital. Con sus servicios inducen a los campesinos a la búsqueda sin fin de la buena muerte de estándares internacionales, búsqueda que los hará consumidores para siempre.[9]
No les relataré mi experiencia con la medicina que, a diferencia de la educación y el transporte, no tuvo mayor impacto en mi visión de la realidad. Si en algún momento acudimos a ella, fue cuando mis hijos estaban pequeños y teníamos miedo, como muchos padres o madres jóvenes, de que se nos mueran en las manos. No ocurrió. Nuestro hijo menor era algo propenso a las dolencias respiratorias cuando chiquito y, en alguna ocasión, vino la enfermera hasta la casa para inyectarle un antibiótico cuando se le quería cerrar la garganta. Luego un médico amigo nos aconsejó no abrigarlo demasiado y, al cabo de unos años, ya ni nos acordábamos que alguna vez parecía tener una salud más vulnerable.

No obstante, él mismo sufrió una muerte violenta a los 21 años. No voy a contarles en qué circunstancias pero es otra víctima de la violencia indiscriminada que se expande espantosamente por las calles y ciudades de nuestros países. Ahora bien, mi mayor interés para venir hasta aquí es poder escuchar las discusiones del tercer día del Encuentro sobre aquellos commons más sutiles (como la mirada en el rostro del otro) cuya historia Iván empezó a encarar, y alentó a otros a profundizar, y de cuyo agostamiento parece desprenderse esta ausencia de ética que caracteriza al mundo moderno y, sospechamos, el incremento exponencial de la violencia que estamos padeciendo.

* Originalmente escrito para leerse en el Encuentro Intercultural en Homenaje a Iván Illich realizado en Cuernavaca, México (diciembre 2012) y publicado por Tamoanchan, Revista crítica de ciencias y humanidades (CIDHEM, Morelos). Año 1, No. 2, julio - diciembre, 2012. Ver sitio: http://www.critica.org.mx/revistas/tamoanchan2/index.html




[1] Ivan Illich, “Energía y equidad”. En La guerra contra la subsistencia, Runa, La Paz, Bolivia, 1991, p. 89.
[2] Ibid., p. 89.
[3] Ivan Illich, “To Honor Jaques Ellul”. Basado en una ponencia leída en Bordeaux, 13 de noviembre 1993. Visitar sitio www.pudel.uni-bremen.de
[4] I. Illich, Op. Cit. p. 89.
[5] Ivan Illich, Una nueva religión, “En América Latina ¿Para qué sirve la Escuela?”; Ed. Búsqueda, Buenos Aires, 1973, p. 38
[6] Ivan Illich, Deschooling Society, Harper & Row, New York, 1972. “The Myth of Self-Perpetuating Progress”, p. 60.
[7] I. Illich, “La convivencialidad”; Barral Editores, S.A., Barcelona, 1974, p. 39-40
[8] [Nota 58 del capítulo La muerte escamoteada de “Némesis Médica”, ver Op. Cit, nota 9] Dora Ocampo Villaseñor, "Cuando la tristeza se mezcla con la alegría", manuscrito, México, noviembre de 1974.
[9] Iván Illich, “Némesis Médica”; en OBRAS REUNIDAS I, Fondo de Cultura Económica, México, 2006, p. 564¸ 701-702


viernes, 4 de septiembre de 2015

Verdad y política (4)

por Hannah Arendt
IV

Lo que define a la verdad de hecho es que su opuesto no es el error ni la ilusión ni la opinión, elementos que no repercuten en la veracidad personal, sino la falsedad deliberada, o mentira. Claro está que el error es posible, e incluso común, con respecto a la verdad de hecho, en cuyo caso este tipo de verdad no se diferencia de la verdad científica o de razón. Pero la cuestión es que, con respecto a los hechos, existe otra alternativa, y esta alternativa, la falsedad deliberada, no pertenece a la misma especie de proposiciones que, acertadas o equivocadas, no pretenden nada más que decir lo que es, o la manera en que algo que es se me aparece. Un juicio objetivo —Alemania invadió Bélgica en 1914— adquiere implicaciones políticas sólo si se pone en un contexto interpretativo. Pero la proposición opuesta, esa que Clemenceau, aún poco familiarizado con el arte de reescribir la historia, consideraba absurda, no necesita de un contexto para tener significación política. Con toda claridad, se trata de un intento por cambiar la crónica y como tal es una forma de acción. Otro tanto ocurre cuando el falsario, que no puede hacer que su mentira se imponga, no insiste en la verdad evangélica de su afirmación sino que pretende que ésta es su "opinión", para la cual reclama un derecho constitucional. Con frecuencia hacen esto los grupos subversivos, y en un público políticamente inmaduro, la confusión resultante puede ser considerable. La atenuación de la línea divisoria entre la verdad de hecho y la opinión es una de las muchas formas que puede asumir la mentira, todas ellas formas de acción.

Mientras que el embustero es un hombre de acción, el veraz, ya diga verdades de razón o de hecho, no lo es de ningún modo. Si el que dice verdades de hecho quiere desempeñar un papel político y por tanto ser persuasivo, en la mayoría de los casos tendrá que extenderse considerablemente para explicar por qué su particular verdad es la mejor para los intereses de determinado grupo. Así como el filósofo obtiene una victoria pírrica cuando su verdad se vuelve dominante en los medios de opinión, el que dice la verdad de los hechos, cuando entra en el campo político y se identifica con algún interés parcial y con alguna formación de poder, compromete la única cualidad que podía hacer que su verdad fuera plausible: su veracidad, garantizada por la imparcialidad, la integridad, la independencia. Es difícil que haya una política más capaz de despertar sospechas justificadas que la del veraz de profesión que ha descubierto alguna feliz coincidencia entre la verdad y el interés. El embustero, por el contrario, no necesita de tan dudoso acomodo para aparecer en la escena política; tiene la gran ventaja de que siempre está, por así decirlo, en medio de ella; es actor, por naturaleza; dice lo que no es porque quiere que las cosas sean distintas de lo que son, es decir, quiere cambiar el mundo. Toma ventaja de la innegable afinidad de nuestra capacidad para la acción, para cambiar la realidad, con esa misteriosa capacidad nuestra que nos permite decir "brilla el sol" cuando está lloviendo a cántaros. Si en nuestro comportamiento estuviéramos tan completamente condicionados como algunas filosofías hubiesen querido que estuviéramos, jamás habríamos podido concretar ese pequeño milagro. En otras palabras, nuestra capacidad para mentir —aunque no necesariamente nuestra capacidad para decir la verdad— es uno de los pocos datos evidentes y demostrables que confirman la libertad humana. Podemos cambiar las circunstancias en que vivimos porque tenemos cierta libertad respecto de ellas, y de esta libertad se abusa y a ella se la pervierte con la mendacidad. Si es tentación poco menos que irresistible para el historiador profesional caer en la trampa de la necesidad y negar de forma implícita la libertad de acción, también es casi igualmente irresistible la tentación que siente el político profesional de sobrestimar las posibilidades de esa libertad y tolerar implícitamente la negación o distorsión mentirosa de los hechos.

Sin duda, en lo que respecta a la acción, la mentira organizada es un fenómeno marginal, pero el problema es que su antítesis, el simple relato de los hechos, no conduce a ninguna acción: en circunstancias normales, se decanta por la aceptación de las cosas tal como son. (Esto, desde luego, no implica rechazar que las organizaciones políticas puedan hacer un uso legítimo de la divulgación o que, en ciertas circunstancias, los asuntos objetivos llevados a la atención pública puedan propiciar y reforzar notoriamente las demandas de los grupos étnicos y sociales). La veracidad jamás se incluyó entre las virtudes políticas, porque poco contribuye a ese cambio del mundo y las circunstancias que está entre las actividades políticas más legítimas. Sólo cuando una comunidad política se embarca en la mentira organizada por principio y no únicamente con respecto a determinadas cosas, la veracidad como tal, sin el sostén de las fuerzas distorsionadoras del poder y los intereses creados, puede convertirse en un factor político de primer orden. Cuando todos mienten acerca de todo lo importante, el hombre veraz, lo sepa o no lo sepa, ha empezado a actuar; también él se ha metido en actividades políticas porque, en el caso poco probable de que sobreviva, habrá dado un paso hacia la tarea de cambiar el mundo.

Sin embargo, en esta situación pronto se encontrará en incómoda desventaja. Hablé antes del carácter contingente de los hechos, que siempre podían haber sido distintos, y que por tanto no tienen por sí mismos ningún rasgo evidente o verosímil para la mente humana. Como el mentiroso tiene libertad para modelar sus "hechos" de tal modo que concuerden con el provecho y el gusto, o incluso las simples expectativas, de su audiencia, lo más probable es que resulte más persuasivo que el hombre veraz. Es cierto, por lo general tendrá la verosimilitud de su lado; su exposición será más lógica, por decirlo así, porque el elemento inesperado —uno de los rasgos sobresalientes de todos los acontecimientos— ha desaparecido misericordiosamente. No sólo la verdad de razón, según la frase de Hegel, coloca al sentido común de cabeza; la realidad, con mucha frecuencia, ofende la plausibilidad del razonamiento de sentido común tanto como ofende al provecho y el gusto.

Ahora debemos volver nuestra atención al fenómeno relativamente reciente de la manipulación masiva de hechos y opiniones, como se hizo evidente en la tarea de reescribir la historia, en la elaboración de la imagen y en la política gubernamental concreta. La tradicional mentira política, tan prominente en la historia de la diplomacia y en el arte de gobernar, en general se refería a verdaderos secretos —datos que jamás se hacían públicos— o bien a intenciones, que de todos modos no tienen el mismo grado de fiabilidad que los hechos consumados; como todo lo que ocurre dentro de cada persona, las intenciones son simples potencialidades, y lo que se pensó como una mentira siempre puede terminar siendo verdad. Por el contrario, las mentiras políticas modernas se ocupan con eficacia de cosas que de ninguna manera son secretas sino conocidas de casi todos. Esto es obvio en el caso de reescribir la historia contemporánea ante los ojos de quienes son testigos de ella, pero también es verdad cuando se pretende crear una imagen, caso en que, una vez más, todo hecho conocido y probado se puede negar o desdeñar si daña la imagen, porque a diferencia de un retrato antiguo, se supone que la imagen no mejora la realidad sino que la sustituye de manera total. Gracias a las técnicas modernas y a los medios masivos, ese sustituto es mucho más público que su original. Finalmente nos enfrentamos con hombres de Estado respetables que, como De Gaulle y Adenauer, fueron capaces de construir sus políticas básicas en "falsos hechos" tan obvios como el de que Francia fuera uno de los vencedores de la última guerra y, por tanto, una de las grandes potencias, y "que la barbarie del nacionalsocialismo había afectado sólo a un porcentaje relativamente pequeño del país".(21) Todas estas mentiras, lo supieran o no sus autores, contienen un elemento de violencia; la mentira organizada siempre tiende a destruir lo que se haya decidido anular, aunque sólo los gobiernos totalitarios de manera consciente hayan adoptado la mentira como paso previo al asesinato. Cuando Trotski supo que nunca había desempeñado un papel en la Revolución Rusa, tuvo que haber comprendido que se había firmado su sentencia de muerte. Es obvio que resulta más fácil eliminar a una figura pública del registro histórico si es posible eliminarla del mundo de los vivos. En otras palabras, la diferencia entre la mentira tradicional y la mentira moderna en la mayoría de los casos equivale a la diferencia entre ocultar y destruir.

Además, la mentira tradicional sólo se refería a ciudadanos particulares y nunca tenía la intención de engañar literalmente a todos, pues se dirigía al enemigo y sólo a él pretendía engañarlo. Estas dos limitaciones restringían el daño infligido a la verdad hasta un punto que, visto en perspectiva, nos puede parecer casi inofensivo. Como los hechos siempre ocurren dentro de cierto contexto, una mentira limitada —es decir, una falsedad que no intenta cambiar el contexto en su totalidad— provoca un desgarro, por así decirlo, en la tela de los hechos. Como todo historiador sabe, se puede detectar una mentira localizando incongruencias, agujeros o líneas de remiendos. En la medida en que la estructura en su conjunto se mantenga intacta, la mentira se mostrará al final como si lo hiciera por sí misma. La segunda limitación se refiere a los que están comprometidos con la impostura, los cuales solían pertenecer al círculo restringido de los estadistas y diplomáticos, y que entre sí aún conocían y podían preservar la verdad. No eran personas que fueran a resultar víctimas de sus propias falsedades; podían engañar a los demás sin engañarse a sí mismos. La ausencia tanto de estas circunstancias atenuantes como del viejo arte de mentir es obvia en la manipulación de los hechos a la que hoy asistimos.

¿Cuál es, pues, el significado de estas limitaciones, y por qué se justifica que las llamemos circunstancias atenuantes? ¿Por qué el autoengaño se ha convertido en una herramienta indispensable en el oficio de creación de imágenes, y por qué, para el mundo y para el mismo falsario, el que se engañe con sus propias mentiras sería peor que el simple hecho de engañar a los demás? Un mentiroso no podría presentar mejor excusa moral que la de que, por ser tanta su aversión a la mentira, tuvo que convencerse a sí mismo antes de poder mentir a los demás, es decir que, como Antonio en La tempestad, había tenido que "convertir en pecadora a su memoria, para dar crédito a su propia mentira". Y por último, y tal vez sea lo más inquietante, si las modernas mentiras políticas son tan grandes que exigen una completa acomodación nueva de toda la estructura de los hechos —la configuración de otra realidad, por decirlo así, en la que entren sin grietas, brechas ni fisuras, tal como los hechos encajaban en su contexto original—, ¿qué es lo que impide que esos nuevos relatos, imágenes y "falsos hechos" se conviertan en un sustituto adecuado de la realidad y lo factual?

Una anécdota medieval ilustra lo difícil que puede ser mentir a los demás sin mentirse a sí mismo. Dice el relato que había un pueblo en cuya atalaya noche y día un centinela montaba guardia para advertir a la gente en caso de que se acercara el enemigo. El centinela era hombre dado a hacer bromas pesadas y una noche hizo sonar la alarma para meter un poco de miedo a los habitantes del pueblo. Tuvo un éxito abrumador: todos corrieron a las murallas y el último en llegar fue el propio centinela. El cuento sugiere que, en gran medida, nuestra captación de la realidad depende del compartir el mundo con nuestros semejantes, y que se requiere una gran fuerza de carácter para aferrarse a lo no compartido, sea verdad o mentira. En  otras palabras, cuánto más éxito tenga un mentiroso, más probable es que caiga en la trampa de sus propias elucubraciones. Además, el bromista autoengañado que demuestra estar en el mismo bando que sus víctimas resultará mucho más fiable que el embustero de sangre fría que se permite disfrutar de su jugarreta desde fuera. Sólo el autoengaño es capaz de crear una apariencia de fiabilidad, y en un debate sobre los hechos, el único factor de persuasión que a veces tiene la posibilidad de ser más fuerte que el gusto, el temor y el provecho es la apariencia personal.

El prejuicio moral corriente suele ser más bien duro con la mentira cruel, en tanto que, por lo común, se mira al a menudo muy desarrollado arte del autoengaño con gran tolerancia y permisividad. Entre los pocos ejemplos de la literatura que se pueden citar como contrarios a esta valoración habitual está la famosa escena del monasterio al inicio de Los hermanos Karamazov. El padre, un mentiroso empedernido, pregunta al starets: "¿Qué debo hacer para salvarme?" y el monje responde: "Ante todo, ¡jamás te mientas a ti mismo!" Dostoievski no añade ninguna explicación ni elaboración. Los argumentos en favor del axioma "es mejor mentir a los demás que engañarte a ti mismo" señalarían que el mentiroso de sangre fría tiene conciencia de la distinción entre verdad y falsedad, de modo que la verdad que esconde de los demás todavía no ha quedado por completo fuera del mundo, sino que ha encontrado en el falsario su último refugio. El daño que se hace a la realidad no es total ni definitivo, y por la misma razón, el daño hecho al propio embustero tampoco es completo ni final; esa persona ha mentido pero no es una mentirosa. Tanto esa persona como el mundo al que engaña no están más allá de la "salvación", para usar las palabras del starets.

Ese carácter total y definitivo, desconocidos en tiempos anteriores, son los peligros que nacen de la moderna manipulación de los hechos. Aún en el mundo libre, donde el gobierno no ha monopolizado el poder de decidir y decretar cuáles son los hechos y cuáles no lo son, las organizaciones de intereses gigantescos han generalizado una especie de mentalidad de raison d'etât, que antes estaba restringida al manejo de los asuntos exteriores y, en sus peores excesos, a las situaciones de obvio e inminente peligro. Y la propaganda nacional de los gobiernos, ya tiene aprendidas más que unas pocas triquiñuelas de los métodos y prácticas empresariales. Las imágenes elaboradas para el consumo interno, distintas de las mentiras que se destinan al adversario extranjero, pueden convertirse en realidad para todos y, en primer lugar, para sus propios fabricantes, quienes se ven abrumados por la sola idea del número de sus víctimas, mientras todavía se encuentran en la tarea de preparar sus "productos". Sin duda, los que diseñaron originalmente la falsa imagen  que "inspira" a los agentes encubiertos de la propaganda todavía saben que quieren engañar a un enemigo en el campo social o en el nacional, pero el resultado es que todo un grupo de personas, e incluso naciones enteras, puedan querer orientarse por una red de engaños con la que sus líderes desean someter a sus oponentes.

Lo que pasa después es casi automático. El grupo engañado y los engañadores mismos suelen esforzarse, sobre todo, por mantener intacta la imagen de la propaganda, y esta imagen se ve menos amenazada por el enemigo y por los verdaderos intereses hostiles que por aquellos que , dentro del propio grupo, han conseguido escapar de su embrujo en insisten en hablar de hechos o acontecimientos no acordes con esa imagen. La historia contemporánea está llena de ejemplos en los que quienes dicen la verdad de los hechos fueron considerados más peligrosos e incluso más hostiles que los enemigos mismos. Estos argumentos contra el autoengaño no deben confundirse con las protestas de los "idealistas", sea cual sea su mérito, en contra de la mentira como algo malo por principio y en oposición al antiguo arte de engañar al enemigo. Lo primordial, políticamente hablando, es que el moderno arte del autoengaño es capaz de transformar un asunto exterior en tema interno, de modo que un asunto internacional o entre bloques revierte sobre el escenario de la política interna. Los autoengaños practicados por ambas partes en la época de la guerra fría son demasiados como para enumerarlos, pero es obvio que constituyen un ejemplo apropiado. Los conservadores críticos de la democracia de masas destacaron con frecuencia los peligros que esta forma de gobierno acarrea a los asuntos internacionales, sin mencionar, no obstante, los peligros propios de las monarquías o las oligarquías. La fuerza de sus argumentos está en el hecho innegable de que, en condiciones enteramente democráticas, el engaño sin autoengaño es poco menos que imposible.

En nuestro actual sistema de comunicación mundial, que abarca un gran número de naciones independientes, ninguna de las potencias existentes es lo bastante grande como para asegurarse una "imagen" segura. Por consiguiente, las imágenes tienen una expectativa de vida más o menos breve; pueden estallar no sólo cuando la suerte está echada y la realidad reaparece en público sino antes, porque los fragmentos de hechos perturban sin cesar y sacan de sus engranajes a la guerra de propaganda entre imágenes enfrentadas. Sin embargo, ese camino no es el único, ni siquiera el más significativo por el que la realidad se venga de los que se atreven a desafiarla. La expectativa de vida de las imágenes difícilmente puede ampliarse de manera significativa incluso bajo un gobierno mundial o alguna otra versión moderna de la Pax Romana. La mejor ilustración de ello está en los sistemas relativamente cerrados de los gobiernos totalitarios y las dictaduras de partido único, que por supuesto son de lejos las entidades más eficaces para proteger a las ideologías y las imágenes del impacto de la realidad y la verdad. (Y esa corrección de las crónicas nunca está ausente de problemas. En un informe de 1935, encontrado en el Archivo Smolensk, nos enteramos de las incontables dificultades que rodean este tipo de empresa. Por ejemplo, ¿qué "habría que hacer con los discursos de Zinoviev, Kamenev, Rikov, Bujarin et alii en los congresos del Partido, en los plenos del Comité Central, en el Komintern, los congresos de los soviets, etc.? ¿Que hacer con las antologías sobre marxismo... escritas o editadas en conjunto por Lenin, Zinoviev... y otros? ¿Qué hacer con los escritos de Lenin editados por Kamenev?... ¿Qué se podría hacer en los casos en que Trotski... había escrito un artículo en un número de la Internacional Comunista? ¿Habría que confiscar toda la tirada?" (22) Preguntas complejas, sin duda, para las que no hay respuestas en el Archivo). Su problema es que tienen que hacer cambios constantes en las falsedades con las que sustituyen la historia real; las circunstancias cambiantes exigen la suplantación de un libro de historia por otro, el reemplazo de páginas en las enciclopedias y libros de consulta, la desaparición de ciertos nombres para incluir otros desconocidos o poco conocidos antes. Y aunque esta inestabilidad persistente no dé señales de cuál podría ser la verdad, es en sí misma una señal, y muy potente, del carácter mentiroso de todas las declaraciones públicas relativas al mundo de los hechos. A menudo se ha señalado que la consecuencia de lavarle el cerebro a la gente en el largo plazo es un peculiar tipo de cinismo, un rechazo absoluto a creer en la verdad de cualquier cosa, por muy bien fundada que esté esa verdad. En otras palabras, el resultado de una consistente y total sustitución de los hechos verdaderos por mentiras no es que las mentiras vayan a ser aceptadas en adelante como verdad, y la verdad sea difamada como mentira, sino que el sentido por el que nos orientamos en el mundo real —y la categoría de verdad contra falsedad se encuentra entre los medios mentales para conseguir este fin— queda destruido.

Para este problema no hay remedio. No es más que la otra cara del incómodo carácter contingente de toda realidad objetiva. Ya que todo lo que ha pasado realmente en el campo de los asuntos humanos podría haber ocurrido de otra manera, las posibilidades para la mentira son ilimitadas, y esta ausencia de límites propicia la autoderrota. Sólo el embustero ocasional conseguirá adherirse a una falsedad particular con una firmeza inconmovible; los que adapten las imágenes y los relatos a las circunstancias siempre cambiantes se encontraran flotando en un horizonte totalmente abierto a las potencialidades, deslizándose de una posibilidad a otra, imposibilitados de apoyarse en ninguna de sus propias construcciones. En lugar de conseguir un sustituto adecuado de lo real y factual, transforman los hechos y los acontecimientos nuevamente en esa potencialidad de la que originalmente surgieron. Y la señal más segura del carácter fáctico de los hechos y acontecimientos es precisamente esta tozuda presencia, cuya contingencia inherente desafía, por último, todos los intentos de una explicación concluyente. Por el contrario, las imágenes siempre se pueden explicar y hacer plausibles —lo que les otorga una ventaja momentánea sobre la verdad de hecho—, pero nunca pueden competir en estabilidad con lo que simplemente es por que resulta que es así y no de otro modo. Por este motivo, hablando en términos metafóricos, la mentira consistente nos jala el suelo debajo de los pies y no nos pone otro en que pisar. (En palabras de Montaigne: "Si la falsía, como la verdad, no tuviera más que una cara, sabríamos mucho mejor donde estamos, porque podríamos dar por cierto lo opuesto de lo que el embustero nos dice. Pero el reverso de la verdad tiene mil formas y un campo ilimitado"). La vivencia de un tembloroso movimiento tambaleante de todo lo que sirve de base a nuestro sentido de dirección y la realidad, se encuentra entre las experiencias más comunes y más intensas de los que viven bajo un gobierno totalitario.

Por tanto, la innegable afinidad de la mentira con la acción y el cambio del mundo —es decir, la política— está limitada por la naturaleza misma de las cosas abiertas a la facultad del hombre para la acción. El fabricante de imágenes se equivoca cuando cree que puede anticipar los cambios mintiendo acerca de los asuntos objetivos que todos quisieran eliminar de todos modos. La edificación de las aldeas Potemkin, tan aplaudida por los políticos y propagandistas de los países en vías de desarrollo, nunca lleva a la creación de la cosa real sino sólo a una proliferación y perfeccionamiento de la fantasía. Ni el pasado —y toda la verdad factual, por supuesto, se refiere al pasado— ni el presente, en la medida en que es una consecuencia del pasado, están abiertos a la acción; sólo el futuro lo está. Si el pasado y el presente se tratan como partes del futuro —es decir, vuelven a su antiguo estado de potencialidad—, el campo político queda privado no sólo de su principal fuerza estabilizadora sino también del punto de partida desde donde cambiar, para empezar algo nuevo. Lo que se inicia entonces es el constante cambio y recambio en una forma totalmente estéril, algo característico de muchas nuevas naciones que tuvieron la mala suerte de nacer en la época de la propaganda.

Que los hechos no están seguros en manos del poder es algo evidente, pero el asunto aquí es que el poder, por su misma naturaleza, jamás puede producir algo que sustituya la firme estabilidad de los hechos reales que, por haber ocurrido en el pasado, han crecido en una dimensión que está más allá de nuestro alcance. Los hechos se imponen por su terquedad, y su fragilidad se combina de manera extraña con una gran adaptabilidad —la misma irreversibilidad que es el sello de toda acción humana—. En su obstinación, los hechos son superiores al poder; son menos transitorios que las formaciones de poder, las cuales surgen cuando los hombres se reúnen para un propósito pero desaparecen tan pronto como ese propósito se logró o se perdió. Este carácter transitorio del poder hace que sea un instrumento poco fiable para lograr una permanencia de cualquier clase, y es por ello que no sólo la verdad y los hechos quedan inseguros en sus manos sino asimismo la mentira y los falsos hechos. Por cierto, la actitud política ante los hechos debe caminar por la senda muy estrecha entre el peligro de considerarlos como resultado de algún desarrollo necesario que los hombres no pueden evitar —y por tanto no pueden hacer nada con respecto de ellos— y el peligro de negarse a aceptarlos, de tratar de manipularlos y eliminarlos del mundo.

Cuarta sección extractada de: Hannah Arendt, "Verdad y política". En: Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios de reflexión política. Ediciones Península: Barcelona, 1996, pag. 262-272. Traducción de Ana Luisa Poljak Zorzut, revisada y corregida por Hernando Calla.

Se puede leer sección quinta en: http://umbrales2.blogspot.com/2016/05/verdad-y-politica-5.html




21. En cuanto a Francia, véase el excelente artículo «De Gaulle: Pose and Policy», en la publicación Foreign Affairs de julio de 1965. La cita de Adenauer es de sus Memorias 1945-19S3, Chicago, 1966. p. 89, donde, sin embargo, pone esta idea en la cabeza de los jefes de la ocupación. Pero repitió el concepto muchas veces mientras fue canciller.
22. Partes del archivo están publicadas en Merle Fainsod, Smolensk UnderSoviet Rule, Cambridge, Massachusetts, 1958. Véase p. 374