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miércoles, 4 de octubre de 2017

¿En qué idioma nos hablaremos?


Simposio “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos. 90 años” (Sept. 2016)



¿En qué idioma nos hablaremos?

El lenguaje modela nuestra manera de estar unos con otros, pero ese mismo lenguaje es corrupto. Lo es por la publicidad y el discurso mediático, que transforman las palabras en mercancía, dice Mahité Breton. Algunos términos han pasado a ser particulares de ciertas profesiones, no pueden entenderse sino a partir de su uso en campos específicos.

por Mahité Breton

Permítanme explicarles primero por qué decidí presentar este texto en español, que no es mi lengua materna. La explicación tiene mucho que ver con las ideas de Iván Illich sobre el lenguaje. En un texto intitulado “La elocuencia del silencio”, Illich critica al misionero que habla un idioma extranjero como si consultara un diccionario interiorizado. Illich escribe:

Es el hombre de habla inglesa que, al tratar de decir algo en español, busca dentro de sí mismo la palabra en inglés en lugar de procurar la sintonía o de encontrar la palabra o el gesto o el silencio que sea entendido aunque carezca de equivalente en su propio lenguaje o en su propia cultura.[1]

Según Illich, vale más balbucear y buscar sus palabras, lo que sintoniza –es el verbo que él usa–, y refiere a una forma de armonización de sí mismo con el medio ambiente, como para vibrar al unísono. Poco antes, en el mismo texto, Illich habla del silencio de la sintonía, uno en el cual se espera el momento adecuado para que nazca el Verbo (con mayúscula).[2] El Verbo refiere al logos de las Escrituras, que encarnó. De todos los sentidos asociados a la palabra logos, Illich selecciona el de “relación”, así que la encarnación del Verbo es verdaderamente encarnación de una relación. Según Illich, desde la encarnación, lo divino existe entre unos y otros, aquí, en este momento, como relación en la carne. Y el esfuerzo de sintonizar, de ponerse al unísono con los otros, es esfuerzo, o mejor dicho, apertura o disponibilidad, a que se prolongue la encarnación de lo divino entre unos y otros como relación. Obviamente, el lenguaje, para Illich, no es un “medio de comunicación” o un instrumento para comunicar; más bien, siempre es un diálogo, una relación. Buscando mis palabras, esforzándome en armonizar mi discurso con ustedes, aquí, en este momento, espero saludar al pensamiento de Iván Illich, y permitir que se establezca una relación entre nosotros. (Bueno, la idea no funciona perfectamente porque tuve que escribir este texto con el fin de prepararme para mi ponencia, pero ni modo. ¡Queda la intención!).

***

El tema de esta mesa es “El lenguaje y la proporción en lo político”. Lo político es un sintagma muy usado hoy para diferenciarse de “la política”, que muchas veces designa o connota los trámites de dirigentes de integridad variable. En lo que sigue, me refiero a la reflexión del filósofo francés Jean-Luc Nancy. En su reciente libro Que faire?, él nota que “lo político” señala dos tipos de exigencias: una de estabilidad entre las fuerzas de la sociedad, para evitar que reine la ley del más fuerte, y otra de existencia común, la de todos, existencia compartida, en relación y con diferencias, que es nuestra condición humana: ser, existir; es necesariamente estar-con, estar-unos-con-otros. En la actualidad, constatamos que las instituciones políticas –gobiernos, policía, etcétera– no logran cumplir con los dos tipos de exigencias.

En el pensamiento de Illich la petición de existencia común que señala el término “lo político” se presenta, entre otros, como exigencia de lenguaje, de un idioma o una manera de hablar unos con otros, que a la vez manifieste y cree la existencia común, el ser-unos-con-otros. Pero ¿cuál lenguaje? ¿Cuál idioma? ¿Cómo hablar para realmente estar unos con otros?
La relación de Illich con el lenguaje se formula como una contradicción: afirma y explica que el lenguaje que hablamos es corrupto, pero se sigue hablando y escribiendo. Elogia el silencio y la poesía, sin embargo no se calla y tampoco intenta escribir poesía (hasta donde se sabe). Entonces, en los próximos minutos propongo explorar esta contradicción y, de esta manera, intentar contestar la pregunta: ¿en qué idioma podremos hablarnos para satisfacer la exigencia de coexistir?

El lenguaje y su corrupción, según Iván Illich

En sus conversaciones con David Cayley, tal como podemos leer en el libro The Rivers North of the Future, Illich explica que una palabra refleja la percepción que tenemos de lo que designamos. Da como ejemplo la palabra “valor”, y expresa su remordimiento por haberla utilizado en textos pasados.

La transformación del bien en valores, del compromiso en decisión, de la pregunta en problema, refleja una percepción de que nuestros pensamientos, nuestras ideas y nuestro tiempo se han transformado en recursos, o medios escasos que se pueden usar para uno de dos o varios fines alternativos. La palabra valor refleja esta transición y la persona que la usa se incorpora en una esfera de escasez. Es la razón por la cual renuncio a hablar de valores vernáculos, aunque no dispongo de palabras mejores.[3]

Una palabra refleja una percepción. Si la utilizo para hablar contigo, la movilizo entre nosotros, y movilizo también esa percepción (de escasez en este caso). Asimismo, la percepción inscribe una red de asociaciones entre nosotros y nos integra en una visión del mundo, aun si no nos damos cuenta. La palabra valor nos integra de facto a la esfera de un discurso económico que funciona según el paradigma de necesidades ilimitadas en una escasez de recursos, e impone una lógica de cálculo; nos fuerza a vivir calculando y midiendo. Según Illich, ciertas dimensiones de la experiencia humana simplemente no pueden expresarse en tal lenguaje. Por ejemplo, ninguna palabra es capaz de manifestar la experiencia de los que ya no pueden usar sus pies para ir a donde quieren porque el transporte –privado o público– ocupa el espacio y lo estructura de tal manera que ahora es casi imposible vivir sin carro o sin autobuses, logrando que casi no pueda contar con sus pies para desplazarse; es lo que Illich llama el monopolio radical de la industria del transporte sobre la locomoción. Lo que hemos perdido no tiene nada que ver con el paradigma de necesidades y recursos. Los pies y los caminos no son recursos. Pertenecen a una forma de abundancia que no es lo contrario de la escasez, sino una expresión de lo justo, de lo que es en medida justa: ni mucho ni poco. Los pies no tienen relación con lo que llamamos transporte. Pertenecen a otra dimensión de la experiencia humana que no puede expresarse con un discurso económico.

Eso ya nos da una idea de por qué resulta tan importante preocuparse por el lenguaje que usamos. El lenguaje modela nuestra manera de estar unos con otros, pero ese mismo lenguaje es corrupto. Lo es por la publicidad y el discurso mediático, que transforman las palabras en mercancía: las utilizan para construir mensajes empaquetados.

El lenguaje se ha corrompido también por las profesiones que han acaparado varias palabras para su uso propio, construyendo una jerga profesional y terminologías burocráticas. Según Illich, buenas palabras ordinarias (good old words) se convierten en términos técnicos de una profesión, y cuando esto ocurre, uno ya no las puede usar sin ponerse bajo el dominio de los expertos de esta profesión. La consecuencia es que la gente ordinaria se ve despojada de su lenguaje, de sus palabras y de la capacidad de decir lo que quiere sin que implique al mismo tiempo asociaciones y connotaciones de aquel dominio. En un libro co-escrito con Barry Sanders, ABC: The Alphabetization of the Popular Mind,[4] Illich da el ejemplo de la palabra “sexo”, que ya no puede usarse sin que implique “sexualidad”, una construcción científica que no tiene mucho que ver con lo que se intentaba decir.

Poco a poco, entre mercancía y jerga, ciertas palabras se transforman en lo que Illich llama “palabras-amebas”, anticipándose al concepto que Uwe Pörksen nombró “plastic words”.[5] Palabras-amebas son vocablos comunes, aparentemente banales, con varias connotaciones vagas y que, al final, no quieren decir nada preciso. Illich da como ejemplo: “vida”, “sexualidad”, “crisis”, “energía”, “información”. Destruyen el sentido (en todos los sentidos de esa palabra: sentido como significación, razón, sensibilidad, y los sentidos como el oído) porque están disociadas de toda experiencia común y encarnada del mundo, de los otros y de sí mismo. En ABC: The Alphabetization of the Popular Mind, Illich y Sanders explican que la mayoría de las palabras-amebas son ordinarias, hasta que una ciencia se apropia de una de ellas para darle un sentido técnico o científico específico. Luego, las palabras regresan al habla popular, donde se usan con un sentido vago, impreciso, derivado de la significación científica, pero sin corresponderle denotativamente porque el hablante no tiene por qué conocer la denotación precisa, en una ciencia particular, de las palabras que usa. Lo podemos ilustrar con la palabra “energía”, cuya denotación exacta en física es “integral de una fuerza por el camino recorrido” o, menos preciso, capacidad de un cuerpo de producir cierto trabajo. Dentro de la física, “energía” designa algo conciso y concreto, pero que, en general, sólo los físicos entienden. Sin embargo, cuando el término cae sobre el idioma común y aparece en una conversación, de acuerdo con Illich, se vuelve una palabra-ameba. Trae consigo una nube de connotaciones suspendidas encima de un vacío. Un discurso reconstruido con palabras-amebas se presenta como si esas palabras quisieran decir algo, pero no significan nada preciso realmente. Pörksen dice que son ricas en connotaciones, pero que carecen de denotación clara. Estas palabras obligan a los que hablan o escuchan a desunirse de sus propios sentidos y de su entendimiento. Se entrenan, así, a conformarse con una ilusión y a actuar como si se hablara de algo, volviéndose sordas al sinsentido de las palabras sabias eructadas.

La palabra “salud” produce un efecto similar. En un discurso incisivo titulado “Health as One’s Own Responsibility: No, Thank You!”,[6] Illich califica la palabra “salud” como patógeno destructor de sentido (“sense-destroying pathogen”). En este texto, Illich se expresa contra la idea de asumir la responsabilidad de su propia salud en un mundo donde “responsabilidad” y “salud” ya no quieren decir nada porque no son más que palabras-amebas, comparables con las piezas del juego Lego. Como tales, pueden ensamblarse en varias combinaciones, como servicios de salud, ministerio de la salud, organización mundial de la salud, ciencia de la salud... o su salud bajo su propia responsabilidad.

Illich dice:

Considero que es una perversión usar los nombres de ilusiones altisonantes que no caben en el mundo de la computadora y de los medios para designar la internalización en nuestros cuerpos de representaciones de la teoría de los sistemas y de la información.[7]

En esa frase, la palabra “perversión” evoca un motivo fundamental del pensamiento de Iván Illich. Lo designa con el adagio latín corruptio optimi quae pessima est, la perversión de lo mejor es lo peor. Para Illich, las instituciones de la sociedad occidental, como los servicios de salud o la escolarización universal obligatoria, son una perversión de la encarnación de lo divino como logos, como relación entre unos y otros. Según Illich, cada relación libre, gratuita y encarnada es una prolongación de la encarnación en Jesucristo. El modelo de tal relación es la que se establece entre el judío y el samaritano en la parábola del buen samaritano. Según la interpretación muy personal de Illich, con esa parábola, Jesús reveló que ninguna regla puede dictar quién es mi prójimo, sino que éste puede llevarme a la llamada del otro en un gesto libre, gratuito y sensible. La relación de caridad, amistad o amor al otro es una vocación personal y libre. La Iglesia –primera de todas las instituciones en esto– pervirtió esa vocación porque intentó garantizarla y extenderla con estructuras y servicios. Eso es un punto fundamental del pensamiento de Illich, y la corrupción del idioma presenta la misma estructura.

Lo que me interesa es lo que podríamos llamar el revés inmaterial de la relación libre, encarnada y gratuita entre unos y otros: el diálogo. Éste pertenece a una relación encarnada, libre y gratuita en tanto que queda en contacto con la carne. El diálogo sería, entonces, una palabra dirigida a otro, que emerge de las vísceras y de los sentidos en contacto con el medio ambiente; palabra impregnada por mi experiencia, rica tanto de su propia densidad histórica como de mi historia personal –lo opuesto, entonces, de un idioma que fue aprendido únicamente de manera pedagógica, como es el caso de la lengua aprendida por esos misioneros que hablan como si estuvieran consultando un diccionario interiorizado–.

Aquí aparece el problema: hoy, hasta la lengua materna es objeto de pedagogía, no solamente en la escuela, sino también en la casa, donde los padres se vuelven los pedagogos de sus niños, como lo critica Illich en sus ensayos en torno a la lengua. De hecho, la perspectiva histórica de Illich sobre el lenguaje permite ver que la corrupción empezó mucho antes de la publicidad y de las jergas profesionales, y las raíces de esa corrupción retroceden hasta la época de Cristóbal Colón, y aun antes.

Las raíces históricas de la corrupción del lenguaje

Illich traza la evolución histórica de la lengua cotidiana de la gente en sus ensayos “Los valores vernáculos” y “La guerra contra la subsistencia”, publicados en El trabajo fantasma,[8] y también en “La lengua materna enseñada”, texto de una conferencia publicada en En el espejo del pasado. Conferencias y discursos 1978-1990.[9] Distingue tres etapas en un proceso de institucionalización. Primero, en el siglo XI, los monjes de la abadía de Gorze, en territorio germánico, empezaron a usar el idioma vernáculo de la gente en su predicación en lugar del latín. Pusieron énfasis en el valor de este idioma, particularmente al llamarlo “lengua materna”. Es la primera aparición de este término tan familiar hoy. Antes, no existía una lengua materna. Cada quien hablaba diversos idiomas o dialectos, según las circunstancias y las personas. Los monjes empezaron a valorizar el idioma vernáculo franco para defender su territorio de las influencias de monjes de la abadía de Cluny, situada más al Oeste, donde se hablaba románico, porque éstos empezaban a cruzar la línea de separación entre los dos territorios lingüísticos. La aparición del término “lengua materna” ocurrió entonces, desde el principio en el contexto de luchas de poder. Los monjes desviaron la lengua cotidiana para asegurar su poder sobre su feligresía. Ésa fue la primera etapa que empezó a transformar algo que era completamente libre y autónomo, lo que Illich llama vernáculo. Esta palabra designa, para él, lo que la gente hace cuando no está motivada por las fuerzas del mercado, todo tipo de acción autónoma. Entonces, la lengua vernácula era una lengua aprendida sin haber sido formalmente enseñada, sin pedagogía, cultivada a través del curso de la vida; un poco como aprendemos a caminar. Illich insiste en que no hay otro idioma que pueda compararse al vernáculo. Es un fenómeno social completamente diferente de la lengua materna aprendida.

El segundo momento importante en el proceso de institucionalización del idioma sobreviene en el siglo XV, cuando Elio Antonio de Nebrija presentó a la reina Isabela de Castilla su tratado de gramática de la lengua castellana. Era la primera gramática de un idioma vernáculo. Illich analiza el prólogo del tratado para evidenciar la novedad radical del gesto de Nebrija, quien propone crear un idioma a partir del habla popular de la gente. El término que usa es “reducir en artificio”, es decir, domesticar, civilizar. Nebrija expone a la reina su deseo de que la lengua castellana atraviese los siglos como el latín y el griego –lenguas regladas por su propia gramática– y que se aplique de manera uniforme en todo el reino. Argumenta que la lengua, domesticada, regulada y con la seguridad de su duración, contribuirá a la potencia y a la estabilidad del imperio. El paralelo con la institucionalización de la caridad es evidente: en su origen, la institucionalización del idioma proviene de un deseo de garantizar la duración y la uniformidad de lo que era libre y autónomo, también encarnado en el sentido de que era aprendido a través de experiencias en el mundo. En sus ensayos sobre la lengua, Illich habla de lo vernáculo de una manera similar a lo que dice de la relación entre el samaritano y el judío. Ya que el habla vernácula nace de la interacción intensa entre personas afanadamente involucradas en conversaciones, “yo” sólo lo puedo adquirir de un entorno cultural hecho de encuentros con gente que “yo” pueda oler y tocar, amar u odiar. Aprender a hablar es un proceso autónomo y encarnado a la vez. Es lo que intuitivamente entendió la reina Isabel cuando Nebrija le presentó por primera vez su proyecto de gramática del español hablado. “No pensaba que lo vernáculo pudiera enseñarse. Según su real visión de la lingüística, cada súbdito de sus numerosos reinos estaba hecho por la naturaleza para que llegara por sí solo a dominar perfectamente su lengua”.[10]

Nebrija todavía no propone enseñar el idioma domesticado, pero su gramática de facto lo vuelve posible.

La tercera etapa llegó con la expansión de la esfera de educación para englobar todos los aspectos de la vida, lo que nota Illich cuando deplora que los padres hablan a sus niños como profesores y los privan de su última oportunidad de escuchar a gente que realmente conversa. Ya desde Nebrija el idioma existe como instrumento que puede manipularse, y poco a poco la lengua materna enseñada impuso su monopolio radical sobre el hablar. Destruyó las condiciones de existencia del idioma vernáculo, así que hoy, la “lengua enseñada” es el único idioma posible para la mayoría de la gente en los países industrializados.

Conclusión

Entonces, ¿cómo hablaremos unos con otros si el único idioma del cual disponemos es corrupto en su propia estructura? A pesar de su crítica de la perversión de la lengua, de su comprensión de las raíces de esa perversión y de su carácter irremediable, Illich no deja de hablar con sus amigos o en conferencias, ni de escribir ensayos y libros. Cuando David Cayley le preguntó si el lenguaje de lo bueno, the language of the good, era todavía posible, Iván contestó: “Entre nosotros dos, en este momento, ¡sí!”. Añadió que “en ese momento, después de haber conversado bastante tiempo contigo, me pongo en mis palabras por amor a ti”.[11]

Este pensamiento de Illich es el que quiero traer aquí entre nosotros para concluir. Illich dice que a pesar de la corrupción de lo vernáculo –que se trate de la gramática o de la pedagogía que modeló nuestra manera de hablar–, y a pesar de la publicidad y de las jergas profesionales, el diálogo todavía es posible. No hay que inventar otro idioma que imite al vernáculo. Más bien tenemos que entrar a este idioma corrupto y habitarlo enteramente con sus límites, y buscar el camino hacia el otro. En su respuesta, Illich repite “en este momento”, insistiendo en el hic et nunc, el momento puntual del estar-uno-con-el-otro, Illich-con-Cayley. No se trata de una lengua –la lengua siempre tiene que ver con la duración–. Se trata más bien de un habla, una palabra única, que no se puede fijar y que existe entre ellos dos. Cuando Illich dice: “Yo me pongo en mis palabras”, el pronombre “yo” no designa a Illich en tanto persona con una historia y una personalidad que se extienden en la duración. Es el “yo” único de su relación con Cayley en “este momento”, su “ego”, tal como Illich lo define cuando dice “yo”. “Ego” apunta hacia una experiencia que es enteramente sensual, encarnada y de este mundo. Cuando escribe que aquél que dice “yo” se dirige “a este hombre que ha sido golpeado”, sabemos que se refiere al judío de la parábola del buen samaritano. Su modo de referirse a lo bueno en el habla tiene mucho que ver con el gesto del samaritano hacia el judío. Fue un gesto de caridad, amor o amistad con un extraño. Y así como la caridad fue institucionalizada y pervertida por el deseo de garantizarla, pero sigue siendo posible más allá de su perversión de una manera sutil que no se puede definir ni sistematizar y menos hacer durar porque existe cada vez de forma única entre uno y otro, el diálogo sigue siendo posible, aun si no puede capturarse en una definición.



[1] Iván Illich, “La elocuencia del silencio”, Alternativas, en Obras reunidas, p. 182.
[2] Ibid. “Es el silencio de la sintonía, un silencio en el que aguardamos el instante propicio para que la Palabra nazca en el mundo”.
[3] Cayley, op. cit., Ivan Illich in Conversation, p. 159. David Cayley, Conversaciones con Iván Illich, Madrid: Enclave de Libros Ediciones, 2012 [1992].
[4] San Francisco: North Point Press, 1988.
[5] Uwe Pörksen, Plastic Words. The Tyranny of a Modular Language, University Park, The Pennsylvania State University, 1995 [1988]. Traducido al inglés por Jutta Mason y David Cayley.
[6] Conferencia dictada en alemán en Hanover el 14 de septiembre de 1990, traducida al inglés por Jutta Mason, inédita en inglés; puede consultarse en Internet.
[7] Illich, op. cit., p. 6.
[8] Iván Illich, Obras reunidas II, México, Fondo de Cultura Económica, 2008, pp. 67-91.
[9] Illich, op. cit., pp. 421-621.
[10] Iván Illich, El trabajo fantasma, Obras reunidas II, México, Fondo de Cultura Económica, p. 88.
[11] Cayley, op. cit., Ivan Illich in Conversation, p. 161.

Signos de nuestro tiempo: ¿el tiempo del fin?

Simposio “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos. 90 años” (Sept. 2016)

Signos de nuestro tiempo: ¿el tiempo del fin?

Nuestra época podría coincidir con el final que relatan las Escrituras; sin embargo, el análisis de la modernidad ofrece otra interpretación. Iván Illich vislumbró que la crisis civilizatoria no podía comprenderse si no era a partir de la separación del tiempo bíblico y del tiempo histórico. En el primero, la catástrofe es definitiva; en el segundo, cabe una esperanza verdadera.
  
por Etienne Verne

Esta mesa tiene por tema el tiempo del fin. La pregunta que se nos propone es: ¿el tiempo del fin es un signo de nuestro tiempo? Este cuestionamiento implica la afirmación previa de que estamos en el tiempo del fin. Podríamos cuestionarnos cuáles son otros signos de nuestro tiempo. Pero nos limitaremos a la pregunta asignada que reformulamos así: ¿el tiempo del fin es uno de los signos de nuestro tiempo?

En otros círculos esta interrogante podría parecer una broma, una necedad o, peor, una pregunta que nos remite a temas que tienen curso en otras áreas con las que queremos tomar distancia: lo oculto, el esoterismo, el hermetismo o el discurso milenarista que ha marcado la historia de las religiones. Además –si no estamos aquí para divertirnos–, se nos podría reprochar llegar tarde a este debate, planteándonos cuestiones sobre el tiempo del fin, mientras algunos intelectuales ya están pensando el “después del final”, lo que al parecer deja por lo menos una segunda oportunidad a la humanidad, ya que, según ellos, después del fin habrá un futuro.

Antes de contestar la pregunta planteada, hay que precisar el significado del sintagma tiempo del fin y, en consecuencia, intentar una calificación o determinación de los tiempos en que vivimos. Esta mañana hemos escuchado y discutido varios comentarios sobre el tema: ¿en qué tiempo vivimos? Obviamente, éste es primero el tiempo de la historia, el cronológico o, en otro registro, el profano. La crítica radical de las instituciones de la modernidad que Iván Illich propuso en los años sesenta y setenta tenía por contexto esta historicidad. En este tiempo de la historia Illich estuvo en busca de una “comprensión histórica” de lo que ha pasado desde Belén, es decir, en los dos primeros milenios cristianos, lo que buscó entender a través de la inteligencia.

Al rechazar la calificación de nuestro tiempo como postcristiano y al insistir sobre su esencia apocalíptica, me declaro en cierto modo discípulo de Tomás de Aquino. Así entiendo su expresión per fidem quaerens intellectum et per intellectum quaerens fidem: estar mediante la fe en busca de una comprensión histórica del tiempo desde Belén y, por otro lado, intentar entender los dos primeros milenios cristianos mediante la inteligencia. [1]

Sabemos el resultado: la Iglesia, la institución histórica, dio lugar al mundo de la modernidad. “Se convirtió en la semilla de las organizaciones de servicios modernos”[2], y sabemos que corruptio optimi pessima: que la corrupción de lo mejor es lo peor. A este momento de la historia Illich se refiere cuando se distancia de un tiempo entendido como posmoderno o poscristiano. En este tiempo histórico no hay lugar para “un tiempo del fin”, salvo si se dice que hay un fin de la historia; de ser así, siempre estamos en el tiempo del fin. Pero eso no nos dice nada. Para entender la expresión “tiempo del fin” quizá necesitamos dar un paso fuera de la historia. El tema general de este simposio es “Lo político en tiempos apocalípticos”. Y el asunto del debate del próximo viernes es “Vivir bajo el signo del apocalipsis”. Parece que “el tiempo del fin” no se piensa fuera del tópico del apocalipsis. Y eso es: el apocalipsis viene a nuestro debate. Pero, para quedarnos con Illich historiador, debemos saber que este tiempo en que vivimos es también uno diferente del tiempo histórico. Es “el tiempo de ahora” –en palabras de Pablo: ho nun kairos–, y éste es un tiempo apocalíptico, que comenzó con la aparición de una “comunidad”. Illich dice al respecto: “La palabra ‘comunidad’ siempre define un ‘aquí’ y un ‘ahora’, pero recuerda que esta comunidad es una ‘comunidad fuera del tiempo’, una comunidad que cultiva el tiempo del Espíritu, una comunidad que vive en un tiempo en el que ¡nuestra esperanza ha perdido sus calendarios seglares y sus andamios relojeros!”[3]. Estamos (con ella) en el tiempo de “la esperanza sin andamios”. Así que pasamos de un tiempo histórico, secular, a uno religioso, sagrado. ¿Cómo articular esas dos temporalidades, la de la historia y la del apocalipsis? Voy a tratar de cumplir esa tarea difícil en los pocos minutos que me quedan en esta mesa.

Se puede decir que dos “racionalidades” compiten para la interpretación de este “tiempo del fin”. Una se queda en el tiempo de la historia, la otra lo trasciende. Sobre la calificación de estas dos “racionalidades”, por el momento no me pronuncio. El uso de la palabra “racionalidad” presenta una dificultad más, tanto por la razón histórica como por la apocalíptica.

Los organizadores de este simposio nos han dejado en la ambigüedad: si estamos en el “tiempo del fin”, y si esta afirmación es “un signo de nuestro tiempo”. ¿Este “tiempo del fin” es parte de la historia o del apocalipsis? Los vocablos “signo de los tiempos”, “tiempo del fin”, “apocalipsis”, convocan un vocabulario de múltiples resonancias que, a su vez, no es de uso fácil. Si nos quedamos con las connotaciones catastróficas de este vocabulario, que aluden a un mundo de horrores y de amenazas (nucleares, ecológicas, demográficas, climáticas, económicas), no entenderemos mucho.

Lo que propongo es un intento de clarificación a partir del itinerario de Illich. En su crítica radical de los “instrumenta”, es decir, de las herramientas de la modernidad y de sus instituciones, en particular las de los servicios, afloran los temas de la pérdida de los sentidos, la pérdida del significado del cuerpo, con los cuales nos quedamos en el tiempo histórico. Éstos son los “peligros” que enfrentamos en nuestro tiempo. Observo que estamos muy cerca de la definición vulgar de la palabra “apocalipsis”. Estas amenazas no tienen nada que ver con el juicio final. Todos estos signos son del tiempo en que vivimos, uno dentro la historia. A partir de ahí me atrevo a pensar que la calificación de nuestro tiempo como el “tiempo del fin” puede aparecer como una simple extensión de la crítica radical de la época en que vivimos. Después de la crítica de las amenazas y catástrofes que enfrentamos en este mundo contraproducente, deshumanizado, corrupto, el camino normal que se presentaba para Illich era la visión de un tiempo sin futuro. Él se negó siempre a vivir en la “sombra del futuro”. Habla más bien del “comienzo del fin”, y con este otro sintagma estamos entrando de nuevo a otro tiempo. Dice que vivimos en el tiempo de la esperanza porque nuestro tiempo es apocalíptico, y por tanto “apocalipsis” no significa más un desastre final, sino una revelación, un desvelamiento.

Si nos quedamos dentro del tiempo histórico, se ven inmediatamente los peligros que se corren cuando uno se desliza sobre esta cuesta. En primer lugar, el riesgo recurrente de lanzarse con un discurso de tono “profético”, en su alternativa “pájaros de mal agüero”: el mundo va mal (es el catastrofismo ordinario), las instituciones son corruptas; entramos al “tiempo del final” o al “principio del final”; el fin de los tiempos está cercano... ¿Cómo escapar del delirio del pensamiento apocalíptico y encontrar una razón a esta clase de discurso, hasta calificar este tipo de pensamiento de presciencia?[4] ¿Habrá una “razón apocalíptica”?

En el centro del debate está la determinación o la calificación del tiempo en el que vivimos. Me habría gustado –si el tiempo lo hubiera permitido– tomar como referencia a dos autores: Günther Anders y Giorgio Agamben. Recordemos que Iván Illich usó los sintagmas “tiempo de ahora” y “comienzo del fin”. Günther Anders (1902-1992), uno de los primeros pensadores de la catástrofe, habló del “tiempo del fin”[5]. Giorgio Agamben, en su gran saga, Homo Sacer, hace de la locución “il tempo che resta” la base de su ontología política. Empezaré por exponer la definición del “tiempo del fin” propuesta por Günther Anders. El tiempo del fin es el título de un texto escrito en 1969. Escribe que no es cierto que ya hayamos alcanzado el fin de los tiempos. Es cierto, en cambio, que vivimos definitivamente en el tiempo del fin y que el mundo en el cual vivimos es, por lo tanto, un mundo amenazado. “En el tiempo del fin” significa: en esta época en que cada día podemos causar el fin del mundo. “Definitivamente” significa que el tiempo que nos queda es para siempre el “tiempo del fin”: no puede ya ser sucedido por otro tiempo, sino solamente por el fin. No es posible porque nos hemos vuelto incapaces de no poder hacer de un golpe, mañana y para siempre, lo que somos capaces de hacer hoy, es decir, de “preparar el fin de los unos y de los otros”[6]. Y precisa que el apocalipsis, que era una “ficción” en el imaginario religioso, accedió, en 1945, con Hiroshima y Nagasaki, al estatuto de “amenaza real, indudable”. Con la amenaza nuclear, el apocalipsis vuelve a la historia y nos obliga “a pensar lo más cerca posible del Apocalipsis”[7], para retomar la fórmula de Jean-Pierre Dupuy. Éste también toma en cuenta que “la crisis presente es apocalíptica en el sentido etimológico de la palabra: nos revela algo fundamental con respecto al mundo humano”[8]. La lengua para decir esta “revelación” solía ser religiosa. Con Anders, el “tiempo del fin” se introduce en el campo racional. Y este tiempo es apocalíptico porque es el tiempo del fin.

Con Agamben dejamos el tiempo histórico y volvemos a uno religioso. Su libro Il tempo che resta[9] es un seminario en forma de comentario de la epístola de Pablo a los Romanos. Tiene en cuenta que, para Pablo, el tiempo del fin es uno mesiánico, un tiempo que Agamben se dedica a distinguir del tiempo escatológico. Entonces, el tiempo del fin no es el fin de los tiempos. Lo cito:

Lo mesiánico no es el fin del tiempo, sino el tiempo del fin. Lo que interesa al apóstol (Pablo), no es el último día, el momento en el cual el tiempo termina, sino el tiempo que se contrae y que comienza a terminar (Ho kairos sunestalmenos esti)[10]. Si prefieren, es el tiempo que permanece entre el tiempo y su fin. Por eso es importante corregir sobre todo la idea que consiste en bajar el tiempo mesiánico sobre el tiempo escatológico y en volver con esto incluso impensable lo que es la especificidad del tiempo mesiánico.[11]

La confusión entre el tiempo del fin y el fin del tiempo, entre el mesianismo y la escatología, es un error común en varios autores. Podemos definir el tiempo mesiánico como el lapso que el tiempo toma para terminar –o más exactamente: el tiempo que empleamos para hacer terminar, para acabar nuestra representación del tiempo–. No es ni la línea del tiempo cronológico –representable pero impensable–, ni el momento de su fin –igualmente impensable–, pero tampoco es un simple segmento del tiempo cronológico que iría de la resurrección al fin del tiempo. Es más bien el tiempo operativo que empuja dentro del cronológico, que lo trabaja y lo transforma desde el interior; es el tiempo que necesitamos para hacer terminar el tiempo –en este sentido: el tiempo que nos queda–. Agamben define el tiempo mesiánico como

tiempo operativo en que entendemos y acabamos nuestra propia representación del tiempo, es el tiempo que nosotros mismos somos; por esta razón, es el único tiempo real, el único tiempo que tenemos. Y es precisamente porque se sitúa dentro de este tiempo operativo que la klèsis (la vocación, la llamada) mesiánica puede tomar la forma del como si no, [es decir] de la incesante revocación de toda vocación.[12]

Se nota la proximidad con lo que dice Illich: el fin empezó con una “comunidad”. Agamben comenta que la ekklèsia es la comunidad de los “convocados” mesiánicos, “es decir, de los que tomaron conciencia de esta casualidad y viven bajo la forma del como si no y del uso”.[13]

Aquí podríamos abrir otra pregunta: ¿cómo se vive en el tiempo del fin? No olvido que se convocó a este simposio, aquí en Cuernavaca, para celebrar el aniversario del nacimiento de Iván Illich hace noventa años. Cuando, a principio de los setenta, llegábamos a Cuernavaca para frecuentar el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) con procedencia del Norte y del Sur, del Oeste y del Este, el horizonte más compartido entre nosotros era el de la “revolución”, un futuro cuya “deseabilidad” aún no se ponía en cuestión. Dudo que alguno de esos jóvenes de entonces haya visto y menos asumido –a la manera de los neomarxistas de hoy– la filiación entre “mesianismo” y “revolución”, o haya adoptado “la tesis de Benjamin que quiere que el concepto marxista de sociedad sin clases sea una secularización de la idea del tiempo mesiánico”[14]. De lo que estoy seguro es de que no teníamos la impresión de llegar aquí después de haber cruzado un parteaguas y menos ¡de haber accedido “a los ríos al norte del futuro”! Por el contrario, estábamos seguros de que el futuro se pensaba aquí, en Cuernavaca –el documentalista Gordian Troeller llamará Cuernavaca “las cocinas del futuro”–, y que la crítica radical del presente que veníamos a buscar serviría para liberar el porvenir, un porvenir anclado en la prolongación del tiempo de la historia y que se afianzaba en nuestro presente, un futuro de cambio radical guiado por la crítica que Iván Illich hacía de las herramientas industriales.

Se entiende el giro de Illich a partir de los años ochenta al meditar sobre su paso de la crítica de las herramientas a la de los sistemas: al entrar a la era de los sistemas accedemos a un tiempo apocalíptico, quizás el de “la instrumentalidad total” del que hablaba Anders. En la era de los sistemas, las herramientas no están más en la mano del hombre, por lo que ya no son propiamente dicho herramientas.

El vínculo entre el tiempo del fin y la crítica de la modernidad puede entenderse así. Vivimos en el tiempo de la catástrofe posible, dice Anders, lo cual no refleja bien la posición más compleja de Illich. Según él, para comprender su transición de la crítica de la contraproductividad de las instituciones en los años setenta hacía una crítica de las instituciones con las cuales vivimos; hoy –aquéllas que se caracterizan, por ejemplo, por “la secularización del samaritano” o por la transformación de la caridad en una conducta regulada por la Iglesia–, no es necesario albergar una visión habitada por el imaginario apocalíptico, el del día de la cólera, del “último momento”, del último día o del fin de los tiempos. La modalidad de la visión apocalíptica de Illich no es la de la catástrofe o del desastre. Para él, el tiempo apocalíptico es el tiempo-de-ahora, el de la esperanza, un tiempo donde se vive el kairos, el tiempo de la revelación, de la gracia y de la “crisis”, entendida como la decisión que debe tomarse en la encrucijada de los caminos.


Etienne Verne, ponente en el Simposio Illich "Lo político en tiempos apocalípticos" (Sept. 2016)

Después de mantenerse mucho tiempo en el tiempo de la historia, Illich vislumbró –signo de los tiempos– que el mundo había cruzado un parteaguas.[15] Tomó como ejemplo de esto el uso de la palabra “responsabilidad”. Hace una veintena de años, dice Illich (lo que nos remite al final de los años setenta), era “imposible poner en cuestión [nuestra] responsabilidad hacia los niños muertos de hambre”. “Hoy”, en cambio (es decir, a mediados de los años noventa), en su círculo era posible reconocer “la falla de este modo de pensar”. Muchos de sus interlocutores de entonces reconocían que el mundo en frente de ellos –no el mundo futuro, sino el presente– se construye sobre suposiciones o axiomas para los cuales no encontraron nombres convenientes. Estos signos del paso de la línea de división de las aguas, Illich los ve también en los que renuncian al poder porque éste reveló su propio vacío, “su carácter ilusorio”. Y, más ampliamente –otro signo del “tiempo que nos queda”, del tiempo del fin–, los conceptos de ciudadanía, de responsabilidad, de poder, de igualdad, de necesidad, de derechos están perdiendo su fuerza. “La credibilidad de muchas cosas que se pensaban tan importantes que merecían que uno le dedicara su vida, está en declive y, a mi modo de ver, en uno muy rápido. La mayoría de la gente ve eso (...). Me gustaría sugerir la posibilidad de verlo como el final de una época”[16].

¿En qué tiempo estaríamos entonces, puesto que estas últimas observaciones nos regresan al tiempo de la historia? Illich lo ve como un tiempo caracterizado por “una apertura, una libertad de acceso, una credibilidad enteramente nueva, una facilidad para moverse hacia el mundo de la conspiratio, sabiendo que nada de eso puede garantizarse contractualmente, que implica una renuncia a la seguridad”. Y dice:

Estamos en una situación donde la desencarnación de la relación Yo-Tú condujo a una matematización, una algoritmización que se disfraza de objeto de experiencia. Durante estos últimos años, vine a pensar que el primer servicio que puedo aún prestar es hacer admitir a la gente que vivimos en tal mundo. Enfréntate a él, no intentes humanizar el hospital o la escuela, sino pregunta: ¿qué puedo hacer en este momento preciso, en este único hic et nunc, aquí y ahora, en el cual estoy? ¿Qué puedo hacer para salir de este mundo de deseos por saciar (...) y sentirme libre de oír, percibir o adivinar lo que otro quiere de mí en este momento, lo que es capaz de imaginar, de esperar de mí, con apertura a la sorpresa de la esperanza?[17] Pienso que mucha gente dejó muy razonablemente de intentar mejorar las agencias y organizaciones sociales de las cuales, hace apenas veinte años, se sentía responsable. Sabe que todo lo que puede hacer es intentar, mediante criterios negativos, disminuir el impacto y la influencia de esta idea de responsabilidad en su medio, con el fin de ser cada vez más libres de conducirse anárquicamente como seres humanos que no actúan para el bien de la ciudad, sino porque recibieron del otro el don de poder responder a su llamado.[18]

La última frase de la cita me genera un problema: “ser cada vez más libres de conducirse anárquicamente como seres humanos que no actúan para el bien de la ciudad, sino porque recibieron del otro el regalo de poder responder a su llamado”. Yo también, en mis tiempos en Cuernavaca, quería actuar en primer lugar para el bien de la ciudad y permanecer en el tiempo de la historia. Pero, para Illich, para que el mundo perciba que ha cruzado la línea de división de las aguas, era necesario “haber desactivado la sombra del futuro”, es decir, haber dejado de vivir bajo la presión de un futuro que debemos construir. Extraje mis citas del libro que David Cayley publicó en 2005, tres años después de la muerte de Iván, sobre las conversaciones que tuvo con él a finales de los años noventa, The Rivers North of the Future, traducido pero aún inédito en español. El título en inglés –en español sería La corrupción de lo mejor es lo peor– es un verso de un poema de Paul Celan.[19] “El norte del futuro” evoca este “otro tiempo” en que Illich ubica su esperanza; un tiempo y un lugar inaccesibles mediante una simple proyección desde el presente (puesto que se encuentran “al norte del futuro”). Para darlo a entender mejor a sus lectores, Cayley cuenta la siguiente anécdota: cuando un amigo cuestiona a Illich en cuanto a un futuro posible, él le contesta lapidariamente: “¡Al diablo el futuro! Es un ídolo devorador de hombres. Las instituciones tienen un futuro (...) pero no los hombres: ellos tienen solamente esperanza”. Y Cayley comenta: “Interpreto este anatema contra el futuro de dos maneras: por una parte, como afirmación de que ningún ser juicioso puede imaginar el futuro de nuestra utopía económica de crecimiento sin fin de otra manera que como un cataclismo; pero, por otra parte –más importante pero menos evidente–, lo entiendo como la manifestación de que la idea misma de un futuro devora el único momento en que el reino pudiera ocurrir, es decir, el presente. Prever es querer forzar el futuro; la esperanza extiende el presente y suscita así un porvenir “al norte del futuro”[20].

El tiempo “al norte del futuro” no puede ser sino “el tiempo de ahora”, un tiempo que Iván se dedicó a elogiar. Para decir lo que es “el tiempo de ahora”, Illich comienza por preguntar: “¿Cuándo empezó a ser lo que es ahora?”.[21] Illich alude con ello a “una pregunta sobre la transformación de la dimensión temporal, de la temporalidad durante el tiempo pasado desde nuestro nacimiento [...]. El concepto de tiempo está en crisis [...]. El concepto moderno de tiempo nunca tuvo relación con la duración vivida, con el “para siempre” del voto matrimonial, por ejemplo, que no significa “sin final”, sino “ahora totalmente” [...]. Debemos comprometernos con una forma de ascetismo que nos permita gozar el aquí y el ahora como un lugar, el aquí que está entre nosotros ahora, como lo es el reino.[22] Y menciona a Tomás de Aquino: “Tomás dice muy claramente que, para pensar la temporalidad, hay que distinguir, por una parte, entre el tiempo y la eternidad sin comienzo ni fin y, por otra, un tercer tipo de duración que él llama aevum. El aevum designa un tipo de supervivencia y de estar juntos al que “tú” y “yo” estamos destinados. No tiene fin, pero sé que tiene un comienzo”. Prosigue recordando que Petrus Hispanus había dicho que “como personas que vivimos en el aevum, estamos sentados sobre el horizonte, es decir, en la línea que nos divide en dos, desde la nariz hasta el trasero. Una parte está sentada en el tiempo, la otra en el aevum. Entiendo esta metáfora como la expresión del tipo de criaturas que somos: vivimos el acto creador de Dios en un ‘ahora y para siempre’ contingente en cada instante”.[23]

Con este elogio del aquí y del ahora, no hay ya que desinteresarse de la idea que el final comenzó y que llegará próximamente. El “ahora” tiene vocación de ocupar todo el tiempo. En el tiempo del fin, no se puede vivir sino “ahora”. Y este “tiempo de ahora” es un tiempo apocalíptico. Inicié esta exposición recordando lo que Illich decía del tiempo de la historia: “Buscar mediante la fe una comprensión del tiempo desde Belén, y, por otra parte, tratar de entender con la inteligencia los dos primeros milenios cristianos”. Nos hace pasar, en el mismo movimiento, del tiempo histórico al tiempo apocalíptico:

El mundo cambió para siempre con la aparición de una comunidad –y la palabra “comunidad” siempre remite a un “aquí” y un “ahora”, fundada por completo sobre la contribución de cada uno, cualquiera que sea su rango, a la conspiratio[24] del beso litúrgico. Una comunidad, por lo tanto, creada por un intercambio físico y no por alguna referencia cósmica o natural. Cuando un “nosotros” puede advenir como resultado de una conspiratio –literalmente, un aliento compartido– estamos ya fuera del tiempo. Vivimos ya en el tiempo del Espíritu.[25]

Añado: “en este mundo y no de este mundo”, “como si no”. Es toda la dificultad del pensamiento illichiano sobre el apocalipsis que sería necesario confrontar con lo que nos amenaza ahora, y lo que nos amenaza es también una señal muy fuerte del tiempo que vivimos.

(Leer otra ponencia referida al tema análogo de la posibilidad del diálogo a pesar de la corrupción del lenguaje, a cargo de Mahité Bretón (canadiense) quien participó en la Mesa 6 sobre "El lenguaje y la proporción en lo político" junto a Humberto Beck y Carl Mitcham, en el siguiente posteo: http://umbrales2.blogspot.com/2017/10/simposio-ivanillich-lo-politico-en.html)



[1] Iván Illich y David Cayley, La corruption du meilleur engendre le pire, Arles, Actes Sud, 2007, p. 238, traducción al francés por Daniel de Bruycker y Jean Robert, de In the Rivers North of the Future, Toronto, 2002. Traducción al español por Jean Robert. Francófono, el autor prefirió citar este libro en su versión inglesa, pensando que era de acceso más fácil para los lectores mexicanos. (N. del T.)
[2] Iván Illich y David Cayley, The Rivers North of the Future. The Testament of Iván Illich as told to David Cayley, Toronto, House of Anansi Press, 2005, p. 179.
[3] Illich y Cayley, op. cit., p. 183.
[4] René Girard, Achever Clausewitz, París, Flammarion, Champs Essais, 2011 [2007], p. 10. Utiliza la palabra prescience. (N. del T.)
[5] Günther Anders, La menace nucléaire, La Madeleine-de-Nonancourt, Le Serpent à Plumes, 2006 [1972].
[6] GüntherAnders, Le temps de la fin, París, L’Herne, 2007 [1969].
[7] Jean-Pierre Dupuy, La marque du sacré, París, Carnets Nord, 2008, p. 31.
[8] Anders, op. cit., p. 43.
[9] Bollati Boringhieri Turin, 2000. Para la referencia de la traducción francesa, ver nota 11.
[10] Según 1 Cor 7, 29.
[11] Giorgio Agamben, Le temps qui reste. Un commentaire de l’Épître aux Romains, trad. del italiano por Judith Revel, París, Rivages poche, Petite Bibliothèque, 2004, p. 111.
[12] Agamben, op. cit., pp. 119-120.
[13] Agamben, op. cit., p. 57. “Como si no”: cf., 1 7, 29-32.
[14] Agamben, op. cit., p. 56.
[15] Iván Illich y David Cayley, “Across the Watershed”, capítulo 21 de The Rivers North of the Future, Toronto, House of Anansi Press, 2005, p. 220-225.
[16] Ibid., pp. 220-221.
[17] Ibid., p. 122.
[18] Idem.
[19] In den Flüssen nördlich der Zukunft: En los ríos al norte del futuro: aviento la red que tú, vacilando, cargas con sombras grabadas en piedra. Trad. de Jean Robert.
[20] Cayley, op. cit., “Preface”, p. 19. (Entrevista inédita con Douglas Lummis).
[21] Ver “The Beginning of the End”, capítulo 15, op. cit., pp. 175-185.
[22] Ibid
[23] Illich y Cayley, op. cit., p. 182.
[24] Ibid., ver el capítulo 20, “Conspiratio”, pp. 215-219.
[25] Illich y Cayley, op. cit., p. 178

Iván illich, 90 años: lo político en tiempos apocalípticos

Compartiré algunas ponencias del Simposio I. Illich "Lo político en tiempos apocalípticos" que se celebró hace más de un año en Cuernavaca, México con motivo de recordarse el natalicio de Iván Illich (Sept. 4, 1926 - Dic. 2, 2002) en un contexto político de corrupción generalizada de los poderes establecidos y de violencia social inaudita y macabra (desapariciones forzadas, secuestros cotidianos, narcotráfico, asesinatos de periodistas, feminicidios) que algunos califican de "apocalíptico" (de ahí el título del simposio) y frente al cual las alternativas "políticas" al repliegue personal en los estrechos ámbitos de la amistad y la familia son cada vez menos creíbles en sociedades (como las nuestras) que luchan cuesta arriba por no perder la esperanza de poder revertir la violencia y el sinsentido, y de acceder a un mundo más sano y menos absurdo. He aquí la ponencia inaugural del politólogo e historiador de las ideas Roberto Ochoa (autor de "Muerte al Leviatán. Principios para una política desde la gente". México: Editorial Jus, 2009) 

Simposio “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos. 90 años” (Sept. 2016)

La inauguración del simposio sucedió el mismo día en que cientos de policías antimotines desalojaron a la fuerza el plantón que mantenían los integrantes del Frente Amplio Morelense (FAM), quienes demandan la destitución del gobernador actual. Este suceso, que atentó contra la libre expresión, tuvo un eco particular en las mesas de diálogo en torno a las ideas de Illich. Ante escenarios de represión y autoritarismo surge una pregunta: ¿es posible la política?

Iván illich, 90 años: lo político en tiempos apocalípticos* 

por Roberto Ochoa

La apertura de este simposio coincide con un momento histórico y, en cierta forma, dramático para la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Como universitarios, estamos en pleno combate contra el poder. El rector ha desafiado al gobernador, Graco Ramírez, para que se someta a una consulta popular de revocación de mandato. En la madrugada de este mismo 29 de agosto de 2016, día de inauguración del simposio, el plantón de resistencia civil que habíamos instalado frente a las puertas del palacio de gobierno, para exigir la salida del gobernador, fue desalojado por la fuerza.

En medio de este combate hemos apelado insistentemente a la vigencia del artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”. Sin embargo, políticos y juristas nos recetan constantemente que, en realidad, no existe mecanismo legal alguno para que las manifestaciones populares logren su cometido: remover al gobernante en turno. Ese horizonte de la soberanía popular se encuentra, entonces, cerrado por la vía de los hechos.

En el fondo este anegamiento tiene que ver fundamentalmente con el abismo que separa la legalidad de la legitimidad. Con la tiranía de una legalidad, para ser más precisos, que ha perdido todo sentido de lo justo y que nos avienta, cada vez más, hacia los barrancos de la impotencia y la desesperación.

Hannah Arendt explica muy bien cómo la tiranía de la legalidad, esta tiranía propia del mundo liberal moderno, regido por imperativos económicos más que jurídicos, nos seduce y, al mismo tiempo, nos arrincona.

Lo primero que (la tiranía) socava y luego mata [dice Arendt] son las comunidades políticas. Hace que pierdan paulatinamente el poder, hasta llevarlas a la impotencia final. El poder es lo que mantiene la existencia de la esfera pública, el potencial espacio de aparición entre los hombres que actúan y hablan. (...) el poder surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece en el momento en que se dispersan.[1]

Con base en una lógica economicista, la tiranía moderna de la legalidad nos convence de que el “hacer” es prioritario sobre el “actuar”, es decir, coloca el trabajo productivo y la labor del hogar por encima de la acción política; “al desterrar a los ciudadanos de la esfera pública e insistir en que se preocupen de sus asuntos privados y que sólo el gobernante debe atender los asuntos públicos”,[2] la tiranía de la legalidad ha estado socavando, desde hace ya más de dos siglos, la esencia de la política y los principios propios de la democracia.

Hannah Arendt afirma que

La esfera pública, el espacio dentro del mundo que necesitan los hombres para aparecer, es más específicamente el “trabajo del hombre” que aquel trabajo de sus manos o que la labor de su cuerpo.

Contra esta convicción se levanta la del homo faber al considerar que los productos del hombre pueden ser más (...) que el propio hombre, y también la firme creencia del animal laborans de que la vida es el más elevado de todos los bienes. Por lo tanto, ambos son apolíticos, estrictamente hablando, y se inclinan a denunciar la acción y el discurso como ociosidad, ocio de la persona entrometida.[3]

Para Arendt, en cambio, el discurso y la acción son las más características de las potencialidades humanas, pues a través de ellas el ser humano se revela a sí mismo. Actuar (como lo indica la palabra griega archein) significa tomar una iniciativa, comenzar, conducir y finalmente gobernar. Implica poner algo en movimiento. La acción y la palabra muestran quiénes son los hombres. Más allá de sólo expresar hambre o sed, afecto, hostilidad o temor, la acción pública y el discurso “son los modos en que los seres humanos se presentan unos a otros, no como objetos físicos, sino en cuanto hombres”,[4] y sólo de ese conocimiento e interacción puede emanar auténticamente el poder del pueblo.

Este simposio, “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos. 90 años”, es una ocasión inmejorable para ir a fondo en nuestra reflexión como universitarios, hasta descubrir algún fundamento que nos fortalezca y nos impulse hacia una acción realmente transformadora de la sociedad en el espacio público. O de lo contrario, si ya no hubiera tiempo para ello, si la catástrofe y la anomia aparecieran ya ineluctables por encima de nosotros, cuando menos para entregarnos con fe en el acto final.

¿Cuál es la metodología de este simposio, cuál el recorrido que haremos a lo largo de estos próximos cinco días?

Cuando preparaba esta conferencia, me vino a la mente la imagen que Lanza del Vasto, discípulo europeo de Gandhi, usaba para meditar y que enseñó a sus compañeros. Ya fuera con los ojos cerrados o abiertos, proponía visualizar su árbol preferido. A través de la respiración, hacía un re-corrido imaginario por el interior del árbol. Una de sus observaciones más puntuales durante la meditación era la proporcionalidad que existe entre lo que está oculto en el árbol y lo que está a la vista. Las raíces, escondidas debajo de la tierra, son proporcionalmente igual de grandes que la fronda y, por ello, la altura será también equivalente a su profundidad.

La acción en el espacio público, es decir, la que hace su aparición y se vuelve visible, está impulsada por aquello que se concibe en nuestro interior, del mismo modo que las raíces de un árbol permiten que éste crezca y sea frondoso.

La aparición de Javier Sicilia y de sus amigos en el espacio público, en aquellos meses de abril y mayo de 2011, tras el asesinato de Juanelo y seis de sus amigos, estuvo precedida por casi 20 años de una reflexión compartida de un grupo bastante pequeño de personas, principalmente en torno a las revistas Ixtus y Conspiratio, dirigidas por el propio Sicilia. Esto, por supuesto, además del ejercicio poético, y hasta místico, que Javier había cultivado desde su juventud y que ha impregnado ampliamente su obra. Desde ese fondo, oculto para la mayoría de la gente hasta ese entonces, surgió la fuerza para dar proyección y sentido al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD).

Lo que tienen en común casi todas las críticas que se han hecho al protagonismo de Javier Sicilia es que ignoran el sedimento profundo, lo que se elaboraba por debajo de la tierra antes de que el MPJD apareciera en la esfera pública con tanta fuerza, a consecuencia de una raíz inexpugnable.

Al igual que entonces, tal como ocurrió con el MPJD, albergo la esperanza de que estos días de profundidad en la reflexión en torno al legado de Iván Illich, con el itinerario que nos hemos trazado, permitan que lo que emerja como acción pública por parte de la UAEM y diversos actores agraviados de nuestra sociedad, sea todavía más potente y claro y nos permita recuperar el espacio y la dignidad que, como universidad y ciudadanos, merecemos. La amplia lectura y reflexión en torno a la obra de Iván Illich se vinculan innegablemente con la lucha que la UAEM está librando en estos precisos momentos por su autonomía.

Del itinerario de Illich y de la controversia que hoy nos convoca

Tal como lo postula Etienne Verne, coautor del libro La escuela a perpetuidad y ponente en este simposio, el itinerario intelectual público de Iván Illich inicia teniendo como tela de fondo la idea de revolución. Esto se explica fácilmente si tomamos en cuenta el contexto histórico que lo rodeaba; los centros de estudio que Illich fundó en Cuernavaca –primero el Centro de Investigaciones Culturales (CIC) y luego el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC)– surgieron pocos años después del triunfo de la Revolución cubana, justo cuando ésta representaba una gran inspiración para los pueblos de América Latina, y un peligro para la hegemonía hemisférica de Estados Unidos. Sin embargo, en cuanto a la obra que escribe Iván durante esos años se requiere una lectura muy atenta para apreciar el proyecto político y revolucionario que lo inspiraba.

Según afirmó David Cayley, La convivencialidad, publicado en 1978, es la declaración política más clara de Iván Illich. Se trata de un programa político específico que sugiere medios políticos y legales para realizar su visión de una sociedad que respeta y sabe vivir dentro de ciertos límites frente al crecimiento industrial. En este libro, y a fin de no ser colocado como partidario de uno de los dos grandes bloques políticos de la época, evita casi por completo usar la palabra “revolución”, aunque utiliza el concepto eufemístico de “inversión política” de las instituciones. En La convivencialidad se aprecian pensamientos como:

La instalación del fascismo tecnoburocrático no está escrita en las estrellas. Existe otra posibilidad (...). Dentro de muy poco, la población perderá la confianza no sólo en las instituciones dominantes, sino también en los gestores de la crisis. El poder que tienen sus instituciones para definir los valores (...) se desvanecerá repentinamente cuando se conozca su carácter ilusorio.

Un suceso imprevisible y probablemente menor servirá de detonador de la crisis, como el pánico en Wall Street precipitó la Gran Depresión. (...) De la noche a la mañana, importantes instituciones perderán toda respetabilidad, toda legitimidad y reputación de servir al interés público. Es lo que le ha sucedido a la Iglesia de Roma bajo la Reforma y a la monarquía francesa en 1793. En una noche, lo impensable se convirtió en evidencia (...) La inversión es realmente posible.[5]

Sin embargo, el quiebre histórico que ocurrió en la década de 1980 no tuvo nada que ver con lo que Illich esperaba. La gente no abandonó las instituciones contraproductivas de la sociedad industrial, sino que las ha llevado al paroxismo. Varios años después le confía a David Cayley que nunca imaginó que tantas personas pudieran mostrarse tan tolerantes y dóciles frente al absurdo. “Muchas de las certezas [sostiene Iván] con las cuales la gente vivía en 1974, se han desvanecido. Esto produce un cinismo, una confusión y un vacío interno entre la gente que vive en una sociedad intensamente monetarizada”.[6]

A partir de lo que denomina un “quiebre catastrófico”, Illich comienza a profundizar más y más en sus investigaciones. Dejará de estudiar lo que él llama la trama, en la que está estructurado el tejido social, para comenzar a investigar los husos con los que se tuerce la hebra para dar forma al hilo, antes de hilvanarlo en cualquier tipo de trama. Es decir, más allá de estudiar la fenomenología de la escuela obligatoria, por ejemplo, y sus efectos en la sociedad, comienza a indagar sobre los orígenes del alfabeto, su repercusión sobre la mentalidad y las culturas orales, así como la transformación de la etología de la lectura a partir de la invención de un nuevo orden de la página. Más allá de estudiar los efectos contraproducentes de la institución médica, comienza un largo estudio sobre la historia de las percepciones y de las distintas maneras de habitar el cuerpo o de vivir en la carne.

Dichas investigaciones terminarán por demostrar que el movimiento de modernización, o de occidentalización del mundo, está impulsado, paradójicamente, por una desencarnación progresiva de nuestras percepciones, así como por un envilecimiento de la relación cara a cara con el prójimo. La mayor paradoja de nuestra civilización occidental consiste en ello: se trata de una civilización fundada en el misterio de la encarnación del Verbo y en la vocación del samaritano, pero que ha virado completamente hacia el anverso de aquello que alguna vez fue proclamado.

El verbo, la palabra, son carnales cuando los pronuncia una boca y los escucha un oído de carne [dicen Jean Robert y Valentina Borremans en el prefacio del tomo I de las Obras Reunidas, de Iván Illich]. Hoy en día, observa el historiador sociólogo, de 100 palabras escuchadas en un día, más de 90 no emanan de bocas de carne y se dirigen menos a interlocutores personales (...) En cuanto a la encarnación perversa de las entidades sin carne, se acelera en la multiplicación de falsas concretudes y de seudoperceptos y culmina en una transformación tecnógena –es decir, asistida por la técnica– del sentido de la materia. Para el historiador, por lo tanto, la traición a la Encarnación toma dos formas observables: una lenta desencarnación histórica y, más recientemente, una seudoencarnación tecnógena de entidades intrínsecamente desprovistas de carne.[7]

Illich concluye su itinerario intelectual elaborando una sorprendente reflexión en torno al adagio latino: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo mejor es lo peor).

Él cree que la encarnación hace posible un sorprendente y completamente nuevo florecimiento del amor y del conocimiento. Para los cristianos, el Dios bíblico puede ser amado ahora en la carne. Sin embargo, la apertura de esta nueva dimensión del amor tiene también un lado ambiguo, pues altera todos los presupuestos y las condiciones bajo las cuales el amor era posible anteriormente.

En los Evangelios se lee que en cierta ocasión un jurista quiso poner a prueba a Jesús, preguntándole: “¿Quién es mi prójimo, a quien debo amar?”.[8] Jesús cuenta la conocida parábola del buen samaritano. Un judío es asaltado, golpeado y dejado al borde del camino. Pasan frente a él un levita y un fariseo y se siguen de frente. Pasa en tercer lugar un samaritano, quien por las rivalidades étnicas es un enemigo, pero se apiada de él, le limpia las heridas, lo levanta, lo lleva a un hospicio y deja algunas monedas para su manutención.

Así, a partir del Evangelio, dice Illich, si “yo antes estaba limitado por el pueblo dentro del cual había nacido y la familia que me había criado, ahora puedo escoger a quién amaré y en dónde amaré. Esto amenaza profundamente la base tradicional de la ética, que estaba siempre asociada a un ethnos, es decir, a un “nosotros” históricamente dado que precedía cualquier articulación de la palabra “yo”.

La apertura de este nuevo horizonte está acompañada por un segundo peligro: la institucionalización. Aparece la tentación de tratar de manejar y, eventualmente, legislar este nuevo amor, de crear una institución que lo garantice, que lo asegure, que lo proteja, criminalizando además a su contrario. Aquí es donde se revela la corrupción de lo mejor (el acto libre de amar), que engendra lo peor (una obligación legalizada y una institución que se propone garantizarla). Es decir, junto con esta nueva habilidad de entregarse libremente, ha aparecido la posibilidad del ejercicio de un tipo de poder completamente nuevo, el de aquéllos que organizan la cristiandad y usan esta vocación para reclamar su superioridad como instituciones sociales. Este poder fue reclamado primero por la Iglesia y luego por las muchas instituciones acuñadas a partir de su molde, coronadas al final con lo que conocemos como el Estado moderno. La perversión de la Iglesia consiste, entonces, en que al haber institucionalizado la caridad evangélica, ha provisto al Estado moderno con un modelo para hacerse cargo y gobernar soberanamente a la humanidad.

Debido a esta última elaboración illichiana, en torno a los fundamentos de la civilización occidental moderna, Giorgo Agamben ha comenzado a citar a nuestro autor de manera recurrente. En su libro El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, y tras referirse a Illich “como un teólogo genial ignorado por la Iglesia”, Agamben resalta el vínculo que tiende Illich entre la corruptio optimi pessima, o sea la perversión de la Iglesia, y el mysterium iniquitatis, es decir, el misterio del mal o el anticristo, el hombre de la anomia, el impío o el hijo de la destrucción quien, según la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, “se contrapone y se alza sobre cada ser que es conocido como Dios (...) hasta lograr sentarse en el templo de Dios, mostrándose como Dios mismo”.[9] Según las Escrituras, en los tiempos últimos el impío será revelado, y Cristo volverá de nuevo para eliminarlo con el soplo de su boca.

La controversia que hoy nos convoca tiene precisamente que ver con las lecturas que recientemente Agamben ha hecho de Illich, y que pueden acercarnos a una nueva apreciación respecto a los tiempos que vivimos.

La frase “Lo político en tiempos apocalípticos” es evidentemente una aporía, una provocación para la apertura de un debate, pues conjuga dos términos incompatibles. El apocalipsis se refiere al final de los tiempos, cuando Dios reina y ya no queda lugar para lo político. ¿Qué decisión pública sería posible tomar al final de los tiempos? ¿Qué estrategia se pudiera proponer para mejorar las condiciones de nuestras vidas? Cualquiera de estas preguntas se queda sin materia y sin sentido.

Estoy consciente, siguiendo todavía a Agamben, de que no es lo mismo el final de los tiempos que el tiempo del fin, ni lo apocalíptico y lo escatológico. Como nos lo expondrá Javier Sicilia, el tiempo escatológico, el tiempo del fin, es el de las cosas penúltimas que anteceden al final de los tiempos, el apocalipsis o revelación final. Digamos que no es lo mismo el tiempo en que el hombre de la anomia, el impío, se ha apoderado de los altares, que el tiempo en que Cristo vuelve para derrotar al impío, revelar lo que estaba oculto y restituir todas las cosas en su orden. Sin embargo, y para no confundirnos más por lo pronto, basta con decir que en cualquiera de estos dos momentos el tiempo de lo político ha terminado y no queda más alternativa que ponerse al margen de la ley para retirarse a vivir, de manera pobre, amorosa y frugal, como en las primeras comunidades cristianas.

Aquí es donde volvemos a lo contradictorio de nuestro título y al llamado para una controversia que sea fructífera. El itinerario de Illich fue, claramente, de la formulación de un programa político hasta la lectura teológica de una historia que amenaza con llegar a su fin y dentro de la cual sólo nos resta espacio para el cultivo de la amistad.

Pero volvamos a nuestro lugar y a nuestro presente. Hemos sido convocados desde una universidad que se bate en contra del poder arbitrario de un gobernador y que, para derrotarlo, necesita promulgar una especie de programa político alternativo.

Por eso, el itinerario que seguiremos durante esta semana es probablemente el inverso al que ha seguido nuestro querido Iván. Nosotros iniciaremos con la reflexión en torno al posible “tiempo del fin”, que Illich y Agamben nos han anunciado, y concluiremos discutiendo en torno a la universidad como institución y a su papel en la reconstrucción del espacio político. Illich fue de lo político a lo apocalíptico, y nosotros andaremos el camino inverso, con la esperanza de que las raíces profundas que alcanzó a echar nuestro gran pensador alimenten una acción política cada vez más frondosa y rica en alternativas.

* Reproducido de Voz de la Tribu, revista de la secretaría de comunicación universitaria, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, México. (Ver publicación completa del No. 10, Nov. 2016 - Ene. 2017, de la revista en: https://www.dropbox.com/s/8ef4tgm10kybyak/voz_de_la_tribu-10.pdf?dl=0)


(Leer la siguiente ponencia de Etienne Verne, un antiguo amigo de Illich y partícipe del CIDOC en los años setenta, que aborda el complejo tema de los "Signos de nuestro tiempo: ¿el tiempo del fin?", junto a Roberto Ochoa en la Mesa 1 del simposio "Iván Illich. Lo político en tiempos apocalípticos", en el siguiente posteo: http://umbrales2.blogspot.com/2017/10/signos-de-nuestro-tiempo-el-tiempo-del.html)



[1] Hannah Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 2005, p. 226
[2] Ibid., p. 243.
[3] Ibid., p. 233.
[4] Ibid., p. 206.
[5] Iván Illich, Obras reunidas I, México, Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 472-474.
[6] David Cayley, Ivan Illich in conversation, Toronto, House of Anansi Press, 1998 p. 115.
[7] Op. cit., Jean Robert y Valentina Borremans, “Prefacio”, pp. 25-26.
[8] Lc 10, 25-36.
[9] 2 Tes. 2, 1-11.

sábado, 3 de junio de 2017

CONTROVERSIA Y MEMORIA EN LA OBRA DE HANNAH ARENDT



por Fernando Yurman

"Con el tiempo, hubo certeza que Eichmann no era un banal burócrata insignificante, sino ferviente nazi y antisemita apasionado. Eso no debería cambiar la legitimidad del concepto, polémico y complejo, aunque excede una descripción que parece intuida a través de un vidrio. Esa postura creció luego en arrogancia y la dejó situada en el centro de la controversia para sus colegas y críticos mayores. Era difícil no asociar su énfasis con la influencia de Heidegger, su profesor y antiguo amante. La otra tesis irritante de su crónica, el juicio lapidario y simplificado de los consejos judíos de los guetos controlados por nazis, también fue desmontada por muchísimos análisis y relatos posteriores. En aquel tiempo, 1960, el conocimiento del genocidio (que todavía no se llamaba holocausto) estaba encubierto, y no se conocían los textos de Primo Levy, Vassily Grossman, Eli Wiesel, tampoco los estudios de R Hilbert o D Goldhagen, y había una sorda resistencia a diferenciar la ‘Solución final’ de la debacle de la guerra. Tanto los libros como la filmografía evitaban tácitamente el tema, y la creciente documentación no hacía mella en la concertada ignorancia. El film Hanna Arendt repuso el dedo en esa llaga. Margareth Von Trotta había estado reconstruyendo una memoria para entender los tiempos oscuros que la precedieron. Ella pertenecía, como Wenders, Herzog, Fassbinder, al nuevo cine alemán, muy atento para revisar la historia, a veces para explicarla, muchas para excusarla y algunas para interrogarla. Este film fue su caso especial".

Compartido del texto que puede leerse íntegro en el blog de Fernando Mires, junio 02, 2017:

https://polisfmires.blogspot.com/2017/06/fernando-yurman-controversia-y-memoria.html