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jueves, 19 de enero de 2017

Morelos y la banalización de la violencia

De nueva cuenta en Morelos – como ocurriera en marzo de 2011 con el homicidio de Juan Francisco Sicilia Ortega- el cruento asesinato de Alejandro Chao y Sarah Rebolledo, destacados catedráticos y activos ciudadanos, sacude a esa entidad y conmociona a la sociedad mexicana entera. No sólo es deplorable por las pérdidas humanas que en sí mismo entraña, sino por la insensatez y la saña con que fueron realizados.
“Primero lo que parece obvio. Se advierte entre víctimas y victimarios, la presencia de una brecha social que separa o cuando menos impide la construcción de un vínculo de identificación humana de los segundos con los primeros. A pesar de la existencia de un trato cotidiano, en el que medió de base una cierta confianza otorgada por los patrones a los victimarios, otrora trabajadores del matrimonio, (copia de llave o acceso a ellas) se mantuvo una distancia social que resultó irremontable. Distancia marcada tal vez por la propiedad, los bienes, la cultura, también la fisonomía (color de la piel, etc.) de la pareja de catedráticos, ante la carencia, la pobreza patrimonial, la miseria cultural y el sentimiento de exclusión o discriminación de sus trabajadores. Lo que está claro es que el trato previo entre ellos no alcanzó para generar un vinculo de reconocimiento mutuo, en tanto iguales y semejantes, ni para construir un puente de identificación entre el “nosotros” y “ellos”, que cerrara la posibilidad de la agresión.
“Ese impedimento para reconocerse como iguales y semejantes a los propietarios, patrones, también pudo haber mediado en el uso de la crueldad por parte de los victimarios: los aplastaron como puede hacerse instintivamente ante una alimaña que amenaza la propia seguridad; como a algo que hay que eliminar para sobrevivir.
“Estimo igualmente que esa distancia, sumada a la presencia de una violencia interna, soterrada, que parecer brotar en cada acto criminal de los que tenemos noticia cotidianamente, actúa como un inhibidor de la piedad. Esa virtud cívica que para los romanos vinculaba a los hombres entre sí, que los arraigaba como sujetos de derechos y deberes, como ciudadanos dignos y portadores de valores, que Aristóteles (Ética a Nicómaco) consideraba una virtud filial y Cicerón (Retórica II) veía como fuente del respeto a los orígenes de la sociedad, del propio individuo y del honor a lo que está por encima del poder del hombre.
“Pero carentes los presuntos delincuentes del reconocimiento como ciudadanos dignos, con derechos y obligaciones cívicas, sociales, políticos, económicos; negados en consecuencia, como tantos otros parias urbanos de nuestro México en su condición de sujetos y ciudadanos existentes para el Estado, invisibilizados en el mainstream de la comunidad social, no tienen vínculos fuertes que los arraiguen y por tanto, tampoco deben lealtad a la comunidad, a sus normas y a sus leyes.
“Las reflexiones anteriores me llevan a proponer una hipótesis interpretativa que es la siguiente: vivimos en México actualmente, en una sociedad fracturada por la desigualdad, el racismo, la discriminación, los abusos, la impunidad y el autoritarismo, a todo lo largo y ancho del tejido social.” Teresa Incháustegui Romero, “Morelos y la banalización de la violencia” (La Silla Rota, México, 9 mayo 2014)
http://lasillarota.com/morelos-y-la-banalizacion-de-la-violencia#.U3GMQ_l5Ovs

martes, 17 de mayo de 2016

Conciencia, ley y desobediencia civil

por Daniel Berrigan S.J.*

Demos por supuesto, ya desde el comienzo, la naturaleza grave de este asunto. La verdad es que resulta tan profundamente serio que, ante él, muchos hombres de buena voluntad se encuentran entre la espada y la pared: entre la muerte violenta y la cárcel por resistirse a la violencia. La sangre y las lágrimas de estas personas nos impiden la frivolidad de una discusión abstracta o fría.

Permítaseme comenzar con un postulado que puede resultar incomodo, pero que en cualquier caso es inevitable. El postulado tiene nombre de lugar: la facultad de derecho de la universidad de Cornell. La facultad es anglo-sajona, blanca, occidental.[1] Es rica, se mire por donde se mire: en bibliotecas, en sabiduría profesional, en tradición, en recursos de todo tipo. Soporta el peso de muros góticos, y un colorido peculiar durante las cuatro estaciones del año. Como tal, es miembro por derecho propio de la llamada Ivy league.[2] Y se ha asociado en estrecha colaboración con determinadas estructuras de facultades de derecho igualmente blancas, ricas, anglosajonas, occidentales, post-cristianas y post-góticas. Todas ellas albergan abogados, estudiantes, bibliotecas y, por extensión, gran parte de nuestro futuro —si es que alguno nos queda—. Les rindo este entusiasta tributo "de encargo", aunque el mío puede que sea, irónicamente sólo el tributo de un bribón.

Tal es, crasamente resumida, la geografía.

Y también tengo un decorado. Ni procedo de la frente de Júpiter, ni es que me haya traído la cigüeña: la verdad es simplemente —si es que alguien se lo puede creer— que procedo de una tradición férrea por lo que respecta a la ley, y en la que se insistía con fuerza en el vigor de la obediencia. Algunos hay que han oído algo de nosotros —la compañía de Jesús—. Se nos conoce acá y acullá.

Ahora bien, puede que le convenga a los fines ocultos de la ley civil, o incluso de la iglesia católica, considerarme un fenómeno, algo extraño: esa clase de rareza biológica que surge de vez en cuando, muy ocasionalmente, para desmentir y confundir los más rigurosos procesos de selectividad. Puede que tal sea el caso. O puede también que sea algo distinto a eso. Es posible que la tradición jurídica y la mía propia, estén llegando a converger hacia un punto de verdad. Que ambos estemos intentando poner de relieve lo mismo: perplejos por igual, quizá incluso en peligro, ante una verdad de la cual, ninguno de los dos, podamos por más tiempo erigirnos en custodios.

El problema es de la tradición: la mía propia y la de la profesión jurídica. Creo que la posibilidad de un hombre queda en gran parte afectada por la tradición de la que procede. Lo he dicho en reiteradas ocasiones en el recinto universitario de Cornell; lo he dicho también ante la SDS ("estudiantes por una sociedad democrática"), ante las comunidades religiosas, ante las fraternidades (o asociaciones estudiantiles), también lo he dicho y repetido ante mi propia alma: nos guste o no, somos lo que hemos sido. Cualquier persona puede pretender que va a algún sitio, pero para ello necesita venir de otro. La alienación absoluta, en cualquier sentido total que se la considere, tan sólo puede ser fuente de desarraigo e irresponsabilidad.

Para ir a cualquier sitio, el hombre debe venir de otro. Por lo que a mí se refiere, y si mi pretensión de estar arraigado en la tradición cristiana es válida, ello se debe solamente a mi esfuerzo consciente por abrazar una ciudadanía y una fe que va de Jesús a Pablo, a Galileo, a Newman, a Teilhard de Chardin, a Juan el papa, y que se apodera de mí de manera irresistible. Del mismo modo, quien pretenda quedar entroncado a la tradición jurídica del occidente, ello es debido a que pretende identificarse con un espíritu que va desde la Carta magna, a través de la Common law inglesa, hasta Holmes y Frankfurter, hasta uno mismo.

Tampoco hace falta decir, con toda seguridad, que cualquiera que pretenda ser heredero de su tradición deberá al mismo tiempo abominar de cuantas tentaciones y mentiras corrompen esa tradición. Pues también es cierto que esta proposición es convertible: cualquiera puede pretender venir de algún sitio concreto, si es que se dirige a otro determinado. Así, de este modo, por consiguiente, debo rechazar la furia y la incoherencia de la inquisición. Y los abogados, a no dudarlo, deben estar en estos momentos intentando liberarse de las actividades heredadas de la legislación esclavista. Yo, personalmente y con otros muchos que piensan como yo, estoy intentando superar un concepto sacerdotal inhumano: su menosprecio por los hombres vivos. Y los hombres de leyes, me figuro, estarán rechazando las tentaciones del dinero todopoderoso, de los hombres poderosos, de la ignorancia de los sucesos y de las pasiones sociales actuales, el menosprecio de cuantos intentan marchar codo con codo, al unísono con el hombre: los inconformes ante la guerra, los estudiantes del poder negro,[3] cuantos intentan abrirse paso entre la perplejidad y la crueldad, hacia una posible sociedad honesta, decente y justa.

Por supuesto, puede que todo esto no resulte ser sino retórica hueca, a la luz de nuestros verdaderos deseos y motivos. Porque hace falta mucho valor, mucha disciplina y mucha paciencia, para ser hombre de tradición arraigada, en el sentido que aquí se da a la expresión, en cualquier esfera vital. Una de las dificultades estriba en que cada disciplina, cada aspecto de la vida pública del hombre actual, tiende hoy día —en virtud de su propia irreprimible importancia— a reclamar al hombre totalmente para sí misma. A los abogados les complace creer —o creerse— que el hombre es la suma de sus leyes; a los sociólogos, que el hombre es el compendio de los fenómenos sociales; piensan los filósofos que el hombre queda definido exclusivamente por su sabiduría o su lógica; los creyentes, que el hombre es su religión; los nacionalistas que el hombre debe vida y bienestar al Estado; y los generales están convencidos de que el hombre debe marchar contra otros hombres, a los acordes marciales marcados por ellos. Pero me atrevo a sugerir, apelando a un hecho de vida, que para llegar a ser hombre, es imprescindible a veces eludir y repudiar estas definiciones y estas etiquetas. Hay que liberar al gueto, desobedecer la ley, repudiar la raza, trascender la religión. Para llegar a ser verdaderamente estudiante, es necesario primero aniquilar Columbia. Para conseguir ser ciudadano, es imprescindible manifestarse por las calles de Chicago. Para llegar a acatar profunda e inteligentemente la ley, es preciso enfrentarse a ella. Al menos, éstas son las vías abiertas que los hombres que piensen algo se sienten impulsados a explorar. Los hombres desobedecen, destruyen, quebrantan leyes. ¿Son ya por eso criminales de hecho? ¿O actúa en el corazón de esas actitudes algo mucho más profundo y misterioso? ¿Puede convertirse en cuestión de conciencia el quebrantar una ley determinada?

De aquí, pues, surge una tesis, basada en la época misma que nos ha tocado vivir: lo que no quiere decir, desde luego, que el argumento sea irrebatible o incontrovertible. Para justificarse a sí mismo, este argumento debe tener en cuenta tanto la existencia de una administración de justicia recalcitrante, como la de apasionados violadores de la ley: la inexorable presencia de estructuras fosilizadas de una parte, y de otra la creciente marea de esperanza humana, incontenible.

Ahora, actualmente, en este preciso instante, poderosas fuerzas de amor y odio están realmente experimentando con el futuro mismo de nuestra sociedad. Nadie puede —al menos racionalmente— sugerir que el inmovilismo o el compromiso puedan llegar a significar en modo alguno una salida viable a los problemas planteados. De ninguna manera. Todo parece indicar, de acuerdo con la historia, que una solución tan simple no llevaría, por sí misma, sino a su propia autodestrucción. No es actitud sincera con respecto a los hechos como éstos se presentan, con el curso verdadero de los acontecimientos, con la evidencia real a la que nos enfrentamos. Desde luego, la revolución es la entraña de esa evidencia: un cambio social radical está a la orden del día... y constituye el sueño o la pesadilla nocturna.

También éste fue el "orden" de mi generación, e igualmente nuestra pesadilla. Procedemos de una zona de pobreza, de un género de indigencia de la zona norte de los Apalaches. En los años treinta nuestra familia, de tradición rural, formó parte de la epidemia de pobreza de aquella época de la gran depresión.[4] Y muy a duras penas pudimos salir adelante. Tuvimos experiencia de primera mano, no porque nadie nos lo contara, de la cercana catástrofe del crash, los duros y lentos tiempos de recuperación con Roosevelt y el new deal, los primeros pasos hacia la reforma social. Fuimos nosotros los destinatarios para los que el new deal estuvo planeado.[5] "Programas de ayuda pública", el llamado "Cuerpo de recuperación civil", el "Acta de reconstrucción industrial": comimos nuestra sopa de letras y nos podíamos dar por contentos, por muy solpicado insustancial que aquello fuera.

Durante aquellos mismos años, mientras que las instituciones federales quedaban conmovidas hasta sus cimientos, otro hecho de vida rodeaba y afectaba a mi familia. Pertenecíamos a una iglesia cuya más importante palabra, nos gustara o no, les gusta o no les gustara a otros, era auténticamente revolucionaria. La revolución sólo algo más tarde se puso en marcha. No importaba: la bomba ya estaba ya colocada. Sólo era cuestión de poner en marcha el detonador. Mientras tanto, no tuvimos más remedio que ir quemando las etapas imprescindibles, antes de llegar a cualquier revolución: es decir, la iniciativa al entero servicio, en manos por completo, de los reaccionarios. La actual revolución de la iglesia está en deuda con sus más encarnizados opositores —por muy paradójico o irónico que esto pueda resultar—. El cardenal Spellman y el senador Joseph McCarthy fueron los precursores; florecieron, sin control de nada ni de nadie, durante los años cincuenta. (Durante los mismos años, y para estímulo de cuantos pudieron el tener el privilegio de echar un vistazo alrededor, ya había en escena hombres como Maritain, Murray, y el papa Juan: todos ellos apuntando a algo radical y nuevo). Y así llegamos a la década de los sesenta, y la guerra se autoabasteció a sí misma, fue engrosándose poco a poco, hasta convertirse en una auténtica furia. Los católicos se unieron a comunidades de protesta a lo largo del país: un muro de fuego contra aquel otro fuego monstruoso. Los "Dos de Boston", los "Cuatro de Baltimore", los "Nueve de Catonsville", los "Catorce de Milwaukee", los "Nueve de Washington", los "Ocho de Nueva York", las protestas de parte de católicos, sobre todo sacerdotes, en Chicago, en Newark, en Brooklyn, en Cleveland. ¿Revolución? El resultado de todo —permítaseme por un momento ser presuntuoso— no es enteramente desfavorable.

¿Pero qué hay de la revolución legal? Las perspectivas no son buenas. Más bien me atrevo a decir que los hechos son, sencillamente, lamentables. Hoy día la ley cambia con excesiva lentitud: la ley misma, y la mentalidad de cuantos la fabrican, de los que obligan a cumplirla, de los que la enseñan y estudian. Los rápidos acontecimientos de cambio social los están dejando, a todos ellos, en auténtico fuera de juego.

Pero hay todavía noticias peores que comunicar: la ley, tal y como actualmente se reverencia y se enseña y se impone, se convierte precisamente en estímulo para la ilegalidad, más exactamente dicho, para la a-legalidad. Los abogados, y las leyes y los tribunales, y los sistemas  penitenciarios, permanecen casi totalmente inmóviles ante una sociedad convulsionada que hace de la desobediencia civil un auténtico deber civil (y aún me atrevo a decirlo: un deber religioso y moral). La ley se alía más y más con formas de poder cuya existencia es, cada vez más, puesta en cuarentena. Abogados, estudiantes de derecho, profesores de derecho, no han elevado su voz —ni con fuerza ni sin ella— contra una guerra monstruosa y exactamente ilegal.

Por tanto, si los hombres hubieran de obedecer la ley quedarían forzados, en las presentes circunstancias sociales, bien a desobedecer a Dios, o bien desobedecer las exigencias mismas de humanidad. En verdad, obedecer hoy día las leyes americanas, tal y como son interpretadas y juzgadas por muchos abogados, como son impuestas por muchos tribunales, como se castiga su quebrantamiento en muchas cárceles, acarrea inevitablemente, en muchos momentos cruciales, la violación de las exigencias impuestas por el más rudimentario sentido común de cualquier conciencia civilizada.

La ley permite, por otra parte, un método fantástico, y posiblemente ruinoso, de selectividad en la acción de imponer su cumplimiento: dicho crasamente, de discriminación. La actuación criminal de muchas personas en el poder ni siquiera se investiga; mientras que aquellos a quienes la alienación o la desesperación les lanza a la calle, son perseguidos con todo el rigor imaginable. ¿Diversos criterios? ¿Dobles standards? Por supuesto que sí. Con respecto al rigor o a la rapidez con que se aplica la ley, los criterios son muy distintos según se trate, digamos, de un policía, un afro-americano, un ejecutivo de una empresa, un clérigo, un estudiante contestario.

A algunos se les señala por principio. Algunos otros, también por principio, quedan protegidos. Y el resultado casi siempre es predecible. A la persona humana se le fuerza a quebrantar la ley... como exigencia estricta precisamente de ser persona. La ley ajusta sus tornillos, acogota literalmente los miembros de hombres decentes. Algunos se deciden por el heroísmo, la mayoría se acomoda simplemente a la complicidad, sencillamente porque no son héroes: no se puede esperar un héroe en el trasfondo de todo hombre. Este sistema legal suprime la honestidad humana como fuente de integridad social, porque los hombres buenos no son capaces con frecuencia de convertirse en héroes. Se les empuja a un mal objetivo, a una obediencia perniciosa, porque la ley que se les impone está orientada y dirigida... ¿a qué? ¿A la supervivencia? ¿Al prestigio? ¿A la ambición de poder?

Me gustaría ahora sacarle a este tema todo el partido posible. La profesión legal —me atrevo a afirmarlo— es una de las diversas profesiones que, en el más amplio espectro de la convivencia humana, están simplemente actuando contra el hombre mismo. Las más influyentes facultades de derecho de América producen anualmente un número ingente de abogados cuya vida profesional se convierte en refugio, casi en coartada, para eludir el cambio social y esconder legalmente, limpiamente, la cabeza bajo el ala para no enterarse, ni quererse enterar, de los acuciantes problemas humanos de la realidad tal como se presenta. Tales facultades son las que "forman" jueces que procesan a personas como mi hermano Philip, y como yo mismo, simplemente pacifistas, mientras que de otra parte no procesan a hombres que llevan a cabo una guerra genocida. Tales facultades "forman" abogados que intercambian los intereses americanos en Naciones Unidas, en las embajadas americanas en todo el mundo, en programas del gobierno que enmascaran, o abiertamente fomentan, objetivos reaccionarios y retrógrados de carácter nacionalista: objetivos compuestos de militarismo, nacionalismo estúpido, guerras limitadas, pero no devastadoras. Y si el presente puede dar medida de lo que ha de ser el futuro, tales facultades de derecho no están sino fortaleciendo un sistema económico de grandes empresas capitalistas que habrán de agudizar incesantemente la hegemonía económica americana en el extranjero y arraigar cada vez más firmemente la pobreza y el racismo en los propios Estados Unidos.

La profesión jurídica, en efecto, termina pues por relacionarse, progresivamente, con menos necesidades reales de la vida, con menos problemas auténticos, y con menos hombres de carne y hueso. ¿Necesitaremos reflexionar sobre el hecho doloroso de que procede de la profesión jurídica, el presidente de los Estados Unidos, Mr. Richard Nixon? La caridad, o la más profunda decepción espiritual, nos eximen de todo comentario.

Ahora bien, el hecho realmente doloroso consiste en que Mr. Nixon constituye, verdaderamente, un caso en ningún modo anómalo: en la profesión jurídica, según los abogados van escalando el poder, Mr. Nixon es en efecto un caso tipo. El es, de hecho, americano puro, cosecha de 1970. Dentro de una organización que cada día defiende los intereses de menor número de personas, el sistema continúa operando en su beneficio, a su favor siempre. Indudablemente, nunca debe Nixon haber tenido motivo alguno para reflexionar seriamente sobre la frase irónica que Florence Nightingale escribía a Inglaterra el siglo pasado, desde Crimea: "No estoy segura de hasta qué punto sirve de algo un hospital" —escribía la dama—; "pero de lo que sí estoy suficientemente segura es que, desde luego, la finalidad de un hospital no es la de propagar enfermedades". —Y me refiero con esto a la inmensa mayoría de los pabellones públicos de los hospitales urbanos en la actualidad—. No, si Mr. Nixon o sus familiares precisan de asistencia médica, la consiguen rápidamente. Y a cargo de especialistas de entera confianza.  Para ampliar el tema: si algún miembro de su familia busca plaza escolar en alguna institución docente, la encuentra fácilmente: según su mentalidad sobre lo que la educación debiera ser, a no dudar que la escuela seleccionada sería buena. Si él o su familia necesita los servicios de un tribunal, o de la ley, la pericia consumada de estas instituciones se inclinará efectivamente a su favor.[6] Mr. Nixon y su familia son personas, como ponen de relieve las fotografías, pletóricas de salud y bienestar, con cobijo en una casa bien acondicionada, bien alimentadas, bien atendidas por la policía, bien atendidas por la iglesia, bien pertrechadas contra los imponderables aguijones y venablos del destino.

Muchos americanos, sin embargo, y desde luego la inmensa mayoría de los seres humanos en el mundo entero, ya no están tan bien armados, ni tan bien instalados en su propia casa —si es que la tienen—, ni tan bien alimentados, ni tan reconfortados por la palabra complaciente de la iglesia y del estado. Alrededor del mundo, en efecto, la asistencia médica propaga las enfermedades (bien por su impericia, bien por su lastimosa ausencia). . La mayoría de los hombres sobre la tierra habitan viviendas enteramente precarias, están mal alimentados, mal vestidos; y si para escapar a este yugo de desesperación quebrantan la ley, la ley les unce de nuevo con un espasmo de violencia. Y de este modo, cuantos viven muriendo lentamente, mueren en un instante.

La razón básica, para poner de relieve todos estos hechos, según yo lo entiendo, es la de intentar conseguir una percepción de nuestra relación personal con esta vasta escena mundial. Dado el hecho de que la máquina americana no funciona bien, ya sea a nivel doméstico —sus mismas piezas constitutivas—, ya a nivel internacional —o en su engranaje general con el mundo entero—, los hombres de buena voluntad deben, de una vez por todas, lanzarse a la acción. Algunos de ellos dentro del orden práctico de los acontecimientos tal y como están las cosas, deben estar dispuestos a ir a la cárcel, antes que seguir siendo "buenos" ciudadanos en libertad. Esto significa que ese tipo de persona debe tener la decidida voluntad de reaccionar ante lo que ve y contempla cuando dirige su atención a esa máquina, cuando la oyen fallar, cuando ven sangre humana impregnando sus piezas y su mecanismo entero. La máquina está programada para lanzar por una espita irreprimible un vasto arsenal letal de basura militar (ochenta billones y medio de dólares en el actual presupuesto de guerra y de preparación de guerra); por otra espita, siempre en disminución, un débil chorro, apenas un hilo delgadísimo, de servicios (unos once billones de dólares en total, que hay que repartir entre sanidad, educación y seguridad social). Son muchos los que, como estricta exigencia de salud mental y lógica, experimentan la imperiosa urgencia de decir algo muy sencillo: "La máquina funciona mal". Y si la jurisprudencia y la legalidad, al servicio de la máquina, una legalidad para provecho militar y económico, promulgada por generales y magnates feudales, debe ser destruida en defensa de las necesidades del hombre, ¡destruyamos la ley! Hagamos que la máquina fracase, que quede deshecha, destrozada, hecha añicos, y reconstruida con nueva mentalidad, con propósitos nuevos. Obliguemos a prestar atención y a entrar en razón a los poderes irracionales que la sustentan y que perpetúan su maligna producción.

Hace tan sólo algunos años, la mayoría de nosotros, los denominados "Nueve de Catonsville", no teníamos tan dura opinión sobre nuestra maquinaria social, Yo, al menos, jamás había violado una ley civil hasta mayo de 1968. Esta fue una de las experiencias comunes, compartidas por los nueve. Desde Guatemala hasta Norvietnam, hasta África, hasta el centro de las ciudades de Nueva York, Nueva Orleans, Washington, Newburgh y Baltimore, habíamos observado la ley, habíamos trabajado dentro de la más estricta legalidad, habíamos creído y esperado que el cambio fuera posible dentro y mediante la ley. Durante muchos años habíamos albergado la esperanzada ilusión de que ser buenos americanos era un cometido secular aceptable. Y que en ese marco, en el seno de esa comunidad secular, podríamos llegar a ser capaces de elaborar y poner en práctica nuestra específica vocación cristiana.

Pero súbitamente, para todos nosotros, la escena americana dejó de ser algo tan convincentemente bueno. Se convirtió, en efecto, en una escena inmoral, corrompida por una guerra inútil y cara en el extranjero, y por un racismo doméstico creciente y aterrador. Nuestra escena era ya distinta: ningún hombre honrado podía seguir aprobándola, si es que se quería merecer, al menos, el solo nombre de hombre. La escena americana, en sus relaciones cruciales —ley, estado, iglesia, otras comunidades nacionales, nuestras propias familias— fue sometida a una interrogante, a una interrogante mortal. ¡Nada menos que la inculpación... y la condena! En verdad, el cambio que experimentamos fue tan totalizante y devastador, que se equivoca de medio a medio quien interprete la acción de Catonsville como un mero acto de protesta contra éste o aquel aspecto concreto de la vida americana. Catonsville, correctamente entendido, significó un visceral y profundo "NO", dirigido no solamente contra una ley federal que protege y estimula la licencia de caza de hombres. Nuestra acción se dirigió, como intentaba patentizar inequívocamente nuestra declaración, contra todo presupuesto hoy día considerado importante dentro de la escala de valores de la vida americana. Nuestra acción fue, en el más estricto sentido de la palabra, una conspiración. Es decir, nos habíamos puesto de acuerdo para atacar los presupuestos básicos vigentes de la vida americana. Nuestra acción significaba nuestra negativa y nuestra resistencia a que las instituciones americanas estuviesen actualmente funcionando de tal modo que pudieran ser aprobadas, o incluso defendidas, por hombres de buena voluntad. Tratábamos de negar que la ley, la medicina, la educación, y el sistema de seguridad y asistencia social (y sobre todo, los estilos y objetivos militares y paramilitares que rigen, controlan y dominan todo lo demás), negábamos, pues, que todo ello prestara servicio alguno al pueblo, incluyera a los necesitados, o pudiera esperarse que cambiara de acuerdo con las necesidades cambiantes. Negábamos que todo esto abarcara o implicara las reservas de los hombres de buena voluntad: imaginación, flexibilidad moral, pragmatismo realista, o compasión. Estábamos negando que cualquier estructura importante de la vida americana respondiera seriamente a la defensa de las necesidades de juventud, de los negros, de los pobres, de los obreros, de la gente con sensibilidad religiosa, de la gente con capacidad de apasionamiento o idealismo. Este tipo de persona sometía sus propias instituciones a crítica, con la confiada esperanza de que fueran capaces de llegar a poder actuar de modo decente y correcto.

Mucho fue lo que arriesgamos, como más tarde pudimos comprobar. Estábamos atacando nada menos que una presuposición subyacente, optimista, intangiblemente testaruda: la de que el paradigma americano es, en efecto, un buen ejemplo del modo en que se comportan los seres civilizados. La presuposición de que, en asuntos domésticos, las instituciones americanas pueden ser un buen modelo de comunidad humana: en la administración de justicia, en asistencia médica, en exigencias religiosas, en atención a las necesidades de los más pobres.

Y al atacar la presuposición americana, estábamos sin duda atacando implícita y explícitamente la ley y a los juristas. Estábamos atacando la presuposición de que los abogados son capaces de abrazar profundamente una tradición —en el sentido de que antes ya se ha hablado— y por tanto de que nos pudieran servir de algo. Estábamos atacando la presuposición de que la ley americana, en su forma actual, pueda representarnos, interpretar y asumir nuestro sentido de la justicia, juzgar nuestros actos, castigarnos por ello.

De modo que nuestra acción fue, en efecto, peligrosa hasta un extremo que la sociedad enseguida reconoció y comprendió. Era peligrosa, del mismo modo que la evidencia de la buena salud debe significar siempre un peligro para la ansiedad neurótica, la enfermedad, el miedo a la vida, la desesperanza, la abulia, el temor. Créaseme: la quema de ficheros de reclutamiento, por hombres y mujeres como nosotros, constituye un cierto género de juicio preliminar y particular. Y algo tiene que ver con el fin y el agotamiento de una paciencia ya demasiado larga, desesperadamente prolongada. Lo que quiere decir que cuando gentes como nosotros adquieren conciencia del hecho de que las cárceles y los tribunales significan el otro extremo imprescindible de nuestra insensatez de Vietnam, entonces los santuarios en los que tiene su asiento el poder, y todos aquellos que los ocupan, están verdaderamente en peligro. Las personas que comparten, desde su nacimiento,  los privilegios y beneficios de la vida americana, no se revuelven normalmente con demasiada rapidez contra sus iguales. Ni tan inequívocamente. Ni vagabundos, ni hippies, ni feroces negros: ¡imagínense! Simples clérigos, clase media, blancos, hombres y mujeres con profundas convicciones religiosas... ¿pero qué está pasando aquí?

Quizá haya expuesto ya lo suficiente, con respecto a las implicaciones de Catonsville, tanto para tranquilizar como para preocupar. Tranquilizar: nuestro punto de mira está enfocado a la ley. Preocupar: apuntamos en realidad más allá de la ley. Apuntábamos a un cambio social, en una época de parálisis y pánico. Nuestra esperanza era modesta y premeditada. No estábamos pidiendo de modo utópico un cambio apocalíptico súbito en el carácter de la ley de nuestra propia tierra. Pedíamos, se crea o no se crea, nada más que la mínima observancia a la ley que consta en los libros. Pedíamos a abogados y jueces una insistencia mínima sobre la obediencia a la ley. Insistíamos en que, si cuantos están encumbrados obedecieran la ley, no existiría razón alguna que nos empujara a quebrantar esa ley. Pedíamos un presidente que obedeciera, que fuera fiel, al mandato que le había llevado a su cargo. Pedíamos unas fuerzas policiales que evitaran la violencia como su primer objetivo. Pedíamos que los ciudadanos aceptaran la ley patria con respecto a la igualdad de oportunidades, al acceso igualitario a la educación, viviendas, puestos de trabajo: para todos, blancos o negros.

Nuestras esperanzas eran bien modestas. Pero en las frecuentes explosiones de furia pública desde el año 1954, nuestras esperanzas, una por una, fueron arrasadas. No nos quedó una sola. La ley y el orden eran violados casi de modo universal y sistemático. Fueron violados, sobre todo y frecuentísimamente, por todos aquellos que nos lo gritaban como slogan de salvación universal. ¡Ley yorden! La ciudadanía era racista sin rebozo; la policía, violenta; el congreso, delincuente; los tribunales de justicia, cómplices; el presidente seguía incrementando indefinidamente una guerra oficialmente no declarada, jurídicamente inexistente. Se prolongaba, seguía indefinidamente, una sincronizada danza de la muerte, la celebración del horror.

Fue entonces cuando decidimos actuar. Los hechos de tal acción ya han sido descritos en las páginas anteriores. Su resultado está ante los tribunales.

Termino con una palabra de esperanza. Nuestras vidas forman parte de una vasta paradoja social. Los bien instalados están roídos frecuentemente por una íntima y secreta desesperación. Pero aquellos que han arriesgado su vida y su buen nombre, están interiormente encendidos por un gozo y una esperanza inextinguibles. En verdad, abrigamos una tan fuerte esperanza en el poder de la vida misma, y en la vitalidad de nuestra sociedad, que llegamos a jugarnos la vida, rigurosamente hablando, a manos del poder. Deseamos descubrir con seguridad si nuestra sociedad está agonizando o no, en sus puntos neurálgicos, o si está naciendo algún misterioso hombre nuevo. Nuestra acción en Catonsville tuvo el prodigioso efecto de esa clase de prueba médica de la que habla el poeta T. S. Eliot: "Con el fin de encontrar la curación, nuestra enfermedad debe agudizarse y empeorar".

Desde un determinado punto de vista, hemos contribuido a empeorar la ya deteriorada salud pública de muchas realidades nacionales. Hemos desconcertado a buenas personas, entre ellas a nuestros propios amigos y colaboradores, en la universidad y en la iglesia. Hemos endurecido los corazones de muchos, que parecían estar suavizándose hacia ideas de paz e ideales de justicia doméstica. Pero una tal esperanza hubiera constituido tan sólo otra forma de ilusión, a menos que se estuviera intentando la exploración de las entrañas secretas e inconscientes de desesperación y enfermedad, que son la cruz de la moneda cuya cara queda simbolizada en el optimismo nacional.

Que así sea. Hemos intentado subrayar con nuestras lágrimas, y en caso de necesidad con nuestra sangre, la esperanza de que el cambio es todavía posible. De que los americanos todavía están a tiempo de humanizarse. De que la muerte puede ser alternativa no necesariamente inevitable. De que una sociedad unida y compasiva es todavía posible. En esa esperanza descansa nuestro alegato.

* Capítulo 4 de "Conciencia, ley y desobediencia civil"; Ediciones Sígueme: Salamanca (España) 1974. Traducción de Juan J. Coy (con ajustes de Hernando Calla, abril 2016)





[1] Según el orden establecido, las más puras esencias norteamericanas quedan encarnadas en la sociedad WASP, es decir, white, anglo-saxon, protestant, blanca, anglosajona, protestante. El resto vendrían a ser ciudadanos de segunda clase. Berrigan aquí sustituye “protestante” por “occidental”, con muy buen tino (N.d.T).
[2] La Ivy league la componen las universidades privadas más antiguas y de más tradición en Estados Unidos, todas ellas localizadas en el Este. Son: Cornell, Columbia, Princeton, Harvard, Yale, Brown, Colgate, Dartmouth y la University of Pennsylvania. Hoy tienen una connotación de clasismo, y hasta de pedantería (N.d.T.).
[3] El black power: su teoría básica, dicho en síntesis, podría ser ésta: el negro debe alcanzar el poder político para entonces, sólo entonces, entablar negociación con el blanco de igual a igual. Rechazan el “integracionismo” a una cultura blanca que no es la suya y que consideran alienante e imitación simiesca (N.d.T.).
[4] The great crash, el enorme desastre económico norteamericano del año 29, analizado en la obra del mismo título, entre muchas otras, por John Kenneth Galbraith (N.d.T).
[5] New deal, o nuevo pacto, programa electoral de Roosevelt basado fundamentalmente en una serie de medidas socializadoras (N.d.T.).
[6] El asunto Watergate aún estaba lejos (N.d.T.).

martes, 12 de abril de 2016

La 'fractalización' del mundo global: Estado delictivo, fraude estructural y depredación social

  

Para Jean Robert el actual derrumbamiento del discurso del orden tanto de las democracias liberales como de los regímenes populares, así como la intensificación de las múltiples formas de violencia, evidencian la disfuncionalidad y decadencia de Estados fraudulentos sostenidos por el pretendido monopolio de la violencia.
El autor expone las falacias que apuntalan a los poderes políticos divorciados de la ética –cuya estructura imposibilita la distinción entre la economía legal y la economía delictiva–. Y señala al mundo globalizado como el escenario propicio para la proliferación de organismos sociales “fractalizados”, que vienen a ser el modelo tanto de las organizaciones criminales como de los partidos políticos, las organizaciones económicas y las instituciones estatales.

Jean Robert

El sábado 30 de abril de 2011, el filósofo y psicólogo político Ashis Nandy, de la Universida de Delhi, habló con jóvenas y jóvenes reunidos en la Casona de Cuernavaca. Su tema: la mutación de la violencia en la época moderna. Nandy apunta que, según expertos militares, en la Primera Guerra Mundial, 60 por ciento de los disparos de los combatientes de ambos lados se hicieron al aire. El hombre sano se resiste a matar a su semejante.

Actualmente, en las escuelas militares, los combatientes reciben un entrenamiento especial para aprender, no sólo a disparar el blanco, sino a matar, es decir a vencer su renuencia natural a la violencia homicida. Pero otra mutación, más importante afectó a la violencia. Nancy recuerda a un piloto que en una conversación con Tagore le quería convencer de "la belleza de los bombardeos aéreos", consistente, según él, en que quien mata no ve a sus víctimas y no conoce su rostro ni su nombre. La modernidad ha introducido una distancia sin precedente entre el que asesina y el asesinado. Esta distancia ha permitido burocratizar el homicidio, volverlo anónimo y masivo. Adolfo Eichmann, quien mandó burocráticamente a millones de personas a la muerte, nunca atentó personalmente contra la vida de una sola de sus víctimas, de tal suerte que sus jueces, en Jerusalén, tuvieron dificultades en inculparlo de homicidio en los términos del código penal hebreo: Eichmann no había hecho otra cosa que llenar y firmar papeles. Hannah Arendt, quien reportó para el New Yorker el juicio de Eichmann en Jerusalén, en 1961, habló de la banalidad del mal. [1] Burocratizada, la violencia se hace "normal, casi invisible, mero entramado de la ejecución administrativa de sentencias de muerte, de hechos estadísticos y de pretendidos daños colaterales.

En la semana que pasó en México, nos confía Ashis Nandy, no hubo una sola reunión que no fuera dominada por el tema de la violencia en México. Recalcó que, a pesar de los 40 mil muertos registrados desde el inicio de la llamada "guerra de Calderón", caen mucho menos ciudadanos diariamente en México que en países como Irak, Afganistán o Pakistán. Gran parte de la indignación que provoca la violencia en México está causada por la crueldad indecible de los asesinos. Contrariamente a la "belleza de los bombardeos" de la que un piloto hablaba a Tagore, la violencia que padecemos desde hace unos años no es "violencia a distancia", sino "violencia de proximidad", cometida por hombres especialmente entrenados para deshacerse de toda empatía y piedad humana. Se supone que esta violencia está ordenada por las cúpulas de oscuras organizaciones que, uno quisiera pensar, no tienen nexo alguno con las instituciones del Estado; pues, de lo contrario, habría que preguntarse si el brote de violencia espectacularmente cruel que padecemos no tiene la función disimulada de preparar a los ciudadanos para formas menos visibles pero más arraigadas de violencia: la violencia a distancia de la que el Estado tendría el monopolio, usada para limpiar territorios de sus habitantes legítimos, negar derechos adquiridos en luchas sociales y aniquilar protestas y resistencias locales. Más de 70 por ciento de los homicidios en el mundo, concluye Nandy, son perpetrados por Estados que matan a sus ciudadanos por el bien mayor de sus "Naciones".

I

En sus conferencias en el Colegio de Francia, Michel Foucault no dejaba de exhortar a sus auditorios a “pensar lo impensable”. Hay momentos, añadía, en los que si queremos seguir pensando, debemos pensar lo impensable. Pensar lo impensable implica romper las seguridades mentales engendradas por el discurso del orden. Estamos en tal momento. El orden del discurso, con las formas de verdad y de poder que solía fomentar, se está derrumbando: no solo pierde credibilidad y legitimidad, sino que dejará rápidamente de referirse a la realidad en la que la mayoría de los ciudadanos estamos inmersos. El “orden del discurso” propio de todas las democracias liberales y las repúblicas populares, justifica la violencia y la reivindica como monopolio del Estado. Idealmente, dentro de esta lógica, si el Estado, en aras de la eficiencia, emulara a las organizaciones criminales, perdería su legitimidad. ¿No es precisamente lo que está ocurriendo en este momento? Las autoproclamadas élites están perdiendo la seguridad intelectual y la buena conciencia que el discurso del orden proporcionaba a los que pretendían ejercer el poder y proclamar la verdad desde arriba. Mientras, abajo, se disuelven los reflejos mínimos de obediencia necesarios para asegurar la gobernabilidad. No es solo ineptitud arriba y mala voluntad abajo. Es que, viniendo de quien venga, la extrema violencia pone al desnudo la ilegitimidad fundamental de toda violencia. Fundada en la violencia de Estado, la oposición entre gobernantes y gobernados, entre administradores y administrados, entre los que saben y los que deben ser instruidos, entre los que tienen el monopolio de la fuerza y los que padecen está perdiendo todo el significado. La verdad ya no tiene dueño, ni el poder lugar legítimo. La ignorancia de lo que viene y, más, de lo que se debe hacer, se ha vuelto endémica. Si el Estado emula a las organizaciones criminales, ¿cómo puede seguir legitimando su violencia? No queda más que reconciliar la ética con la política, lo que de Hobbes a Marx y a Max Weber es la cuadratura del círculo del pensamiento occidental. Al respecto la exigencia zapatista de inventar una política ética es una luz en la neblina que, [2] como un faro, indica la dirección general de una ruta navegable.

Es también el momento en que las evidencias que todavía ayer permanecían ocultas pueden volver a resplandecer. La primera de ellas, la más elemental, es que el pueblo y sólo él es soberano. Esa evidencia debe ser la base de todos los pactos y consensos entre el "arriba" y el "abajo", ya que ningún constitucionalista la puede negar sin desacreditarse, y abre al pueblo, otrora "gobernado", espacios de libertad que le pertenecen legítimamente desde la redacción de la constitución. Si hay tareas que los recientes acontecimientos han transformado en emergencias, son estas: reafirmar, arriba, que la soberanía no es un monopolio de arriba, y recobrar esta soberanía abajo. Osar este gesto de necesaria y digna restitución es abrir un nuevo horizonte político. Es querer que se manifiesten formas de interlocución inéditas, aún impensables ayer.

Sin embargo, los cascarones vacíos de un orden difunto no se dispersarán como arena en el viento. Su inmensa inercia los hace sobrevivir a todo lo que les dio legitimidad. Hoy son solemnes monumentos a la irrealidad cuyas capas de certezas muertas nos aplastan muy realmente. Sus ruinas siguen siendo el escenario en el que los ciudadanos, soberanos sin siempre saberlo, desempeñan sus quehaceres políticos, económicos e intelectuales. Tanto en la esfera privada como en el dominio público, el actuar ciudadano queda confinado entre simulacros. La vida cívica se reduce a un show en que los ciudadanos juegan a hacer política eligiendo gobernantes desprovistos de todo proyecto político que no sea el desmantelamiento de aquello que aún pudiera ser genuinamente político. Si este show sólo fuese la celebración ritual de realidades muertas, diría, como un muy amigo mío, que tarde o temprano "enterraremos al muerto". Pero no comparto su optimismo. Los tiestos de poderes difuntos pueden agregarse a poderes hasta ahora heterogéneos y, recombinados, adquirir una virulencia nueva. Esto ocurrió por ejemplo en Rusia donde, después del derrumbe de la URSS, vestigios de los poderes estatales rotos se fusionaron con varias formas de delincuencia para crear nuevas redes simultáneamente políticas, económicas y criminales. En México, al fragmentarse aún más esos poderes, los vestigios de los que fueron nuestro Estado semi-benefactor y nuestra "democracia dirigida" podrían agregarse y recombinarse cada vez más indisociablemente con elementos de realidades otrora ajenas a la política: formas estructurales de fraude, los esquemas Ponzi de las nuevas finanzas, el crimen y la estafa. Como lo apunta un magistrado francés del que volveré a hablar, cuando el fraude se vuelve estructural es imposible distinguir el crimen y su represión y cada ciudadano inserto en la nueva realidad se comporta como un estafador de sí mismo. Ninguna de esas circunstancias es específicamente mexicana, pero tampoco escapa México a ninguna de ellas.

II

Mi tesis es que el impasse al que ha conducido la “guerra al crimen organizado” resulta ante todo de un intento desesperado por mantener el principio de legitimidad de la violencia de Estado. Hoy, tres falacias impiden pensar lo que aún no se ha pensado y con ello trascender el discurso del orden.
1. Existe un territorio de fronteras nítidamente trazadas llamado “La” Delincuencia (o “El” Crimen) cuyo antónimo, igual de bien definido, se llamaría “La” Ley. Cada ciudadano tiene la opción moral de pisar el territorio del Crimen o de quedarse en aquello de La Ley.
Falso: Hoy los límites entre los territorios del crimen y los territorios de la ley se mezclan tan íntimamente como el mundo acuático y el mundo terrestre en esas zonas de interpenetración mutua que son las orillas de ríos, lagos y mares con sus lagunas, humedales y manglares.
2. Tanto el territorio de La Delincuencia como el de La Ley están ordenados según principios de organización radicalmente diferentes: el primero según las reglas del orden criminal; el segundo según las leyes “morales” del Estado de Derecho.
Falso: Los respectivos principios de organización de ambos dominios son cada vez más difíciles de distinguir. En ambos, por ejemplo, el fraude y el engaño se han vuelto principios de gestión valorados por su eficiencia fuera de toda consideración moral.
3. Aún disminuido en sus atribuciones el Estado sigue garantizando el orden legal en sus territorios.
Falso: El Estado o lo que queda de él, ya no garantiza el respeto de la ley formal, concebida como escudo de los ciudadanos, sino que se ha vuelto objetivamente promotor de la fusión económicamente eficiente de lo criminal y lo legal.
Estas ideas, quizá excesivamente contrastadas, me fueron sugeridas por las obras de Jean de Maillard. Para este magistrado francés, querer distinguir claramente y en cada detalle del orden social "realmente existente" lo ilegal de lo legal es tan infantil como representar la silueta verde de un árbol sobre el cielo azul pretendiendo que la frontera entre el follaje y el cielo es un simple círculo. En realidad, esta frontera no se deja capturar por ninguna línea geométrica simple. Entre más se la considera, más se alarga, pareciéndose cada vez más a un complejísimo encaje con enclaves azules en el territorio verde y protuberancias verdes en el azul. Los matemáticos llaman  "patológicas" a aquellas curvas cuya longitud no se puede determinar porque crece con la precisión o la cercanía de cada observación. Con el tiempo, tocan tantos puntos de las superficies que las dividen uniéndolas que ya no se pueden considerar puras líneas, pero tampoco son verdaderas superficies, razón por la cual los matemáticos atribuyen a tales curvas patológicas un dimensión fractal —ni 1, ni 2, sino, por ejemplo, 1.6 dimensiones—, llamándolas simplemente fractales. La fascinación estética que los fractales ejercen sobre ciertas personas se debe a que cada uno de sus detalles reproduce la forma de su conjunto, una propiedad que los matemáticos llaman autosimilitud. Otra de sus características es que, en la medida en que se encarnan en objetos reales, no pueden subsistir por sí mismos, sino que necesitan parasitar un flujo constante, por ejemplo los flujos de dinero sobrevalorado por la prohibición en el caso del tráfico de droga o —lo que da lugar a las mismas actitudes depredadoras— los recursos públicos destinados a su persecución en el caso de las instituciones —centros terapéuticos, cárceles, policía y ejércitos— que prosperan de ellos. Los alumnos del profesor Ilya Prigogine dirían que los fractales "realmente existentes" son estructuras disipativas, es decir, organismos que construyen su orden interior a costa de la depredación de su entorno social.
En su libro “L’avenir du crime”, [3] Jean de Maillard quiere estudiar la evolución de las formas criminales como la expresión de un nuevo tipo de modelo social al que llama el modelo fractal en analogía con “esas figuras geométricas en las que cada detalle reproduce la forma del conjunto en varias escalas”. Según él, “el fractal se ha vuelto el modelo de organización hacia el cual, con la proliferación de las redes y el declive de los Estados, derivan nuestras sociedades contemporáneas”. En el mismo libro leemos: “entre los síntomas que señalan la emergencia de una nueva sociedad global, el crimen es uno de los que mejor pueden hacernos entender lo que será”. Traduzco: si interpolamos las tendencias actuales, la sociedad global estará cada vez más fraccionada en organismos sociales fractales, es decir, semejante a esas plantas llamadas saprófitas que se alimentan de la descomposición del huésped que matan lentamente o de su entorno. La organización criminal es el modelo de esos parásitos sociales, pero las organizaciones estatales destinadas a perseguirlas imitan cada vez más este modelo.
Habiendo leído esas breves citas, uno no se asombra de que Maillard asocie la proliferación de los fractales sociales crimino-legales o legalmente delictivos con el inicio de la globalización, la cual, al abolir progresivamente tanto los umbrales naturales como los límites artificiales, transformó el mundo en un vasto espacio indiferenciado en el que las nociones de escala, de justa medida y de proporción, están perdiendo su sentido. La globalización abrió en el tejido social brechas en las que redes y organizaciones “fractales”, en el sentido de Maillard, pudieron proliferar casi mecánicamente con toda impunidad. Esos fractales sociales colonizan las franjas que unen más que separan medios tradicionalmente heterogéneos, como la ciudad y el campo, o la economía clásica y las finanzas modernas, y, por supuesto, La Delincuencia y La Ley, demostrando frecuentemente una capacidad de invención que –como, desde su cárcel de Sao Paulo, ironiza Marcos Camacho “Marcola”, líder de la banda de las cárceles– ridiculiza todo intento legal de controlarlas. Estas organizaciones inventan nuevas realidades antes que existan conceptos para describirlas y, por supuesto, leyes para regularlas. Aprovechan  cada zona de desregulación y abundan en todos los intersticios con la flexibilidad que les proporciona su habilidad de hacerse, según las circunstancias, grandes o pequeñas. Sus formas de organización son tan eficientes que tanto agencias económicas como partidos e instituciones políticas se inspiran en ellas.
Este panorama es aterrador. En el mundo a la vez global y fractal descrito por Jean de Maillard, los organismos parasitarios que se reproducen similares a sí mismos, de las más pequeñas a las más grandes escalas, están acabando con todas las distinciones tradicionales, los límites y umbrales sin los cuales no hay ética. Hacen despenalizar técnicas fraudulentas y, con ello, hacen de la depredación y el pillaje simples técnicas de gestión y, de las nuevas herramientas financieras, instrumentos de despojo de cuello blanco. La verdadera diferencia entre la economía del crimen y la economía legal sólo es una diferencia de intensidad. En las zonas calientes de choque frontal con lo que queda de legalidad, el espectáculo del homicidio se vuelve cotidiano y, en las zonas tibias, donde no encuentra resistencia, el fraude de baja intensidad se vuelve instrumento de gestión como los otros.

III

Autocrítica: Si del título del libro de Jean de Maillard (El futuro del crimen) yo dedujera que éste nos revela una evolución histórica ineluctable, estaría profundamente abatido frente a la ausencia de opciones y alternativas. Lo confieso: estuve a punto de pensar que la fractalización del mundo global  bajo la forma de la criminalización estructural de la sociedad es irremediable y que lo que padecemos en México en 2011 es solo una prefiguración de lo peor por venir. Pero había olvidado algo. En la práctica, la proliferación de las redes criminales y legalmente delictuosas siempre tiene un momento ético de encuentro o confrontación cara a cara. Alguien convence o conmina a otro a entrar a la nueva realidad crimino-legal, lo que siempre es un momento de posible resistencia, por lo que aún bajo la amenaza de muerte siempre existe la libertad de decir “no” al crimen abiertamente legal o revestido de una espuria legalidad. De hecho, la concertación, es decir la palabra en su aspecto más existencial es el principal baluarte contra la crimino-legalidad. Los lugares de concertación, tanto los que existen como los que hay que abrir, son el antídoto a la depredación fractal de la sociedad. Llevada a colación en un foro de amigos elocuentes y valientes, la legitimidad de cualquier modelo de organización que combine el fraude y el crimen con la legalidad se esfuma y causa risas. Pero hoy, la puesta a la vista pública de cuerpos torturados fomenta un terror que amenaza con matar el sentido del humor. No olvidemos que, en el núcleo duro de las organizaciones criminales en proceso de legalización, la amenaza de muerte es el cemento de las lealtades elementales.

Contra ello no tenemos más que el Verbo, la palabra. Me parece que la tarea debe ser el invento de nuevos foros políticos a una escala compatible con el encuentro cara a cara, como lo recalca Roberto Ochoa en un magnífico libro; [4] una escala apropiada a la reinvención de la paz de la gente en sus múltiples formas locales, como lo explica Iván Illich en un texto publicado en este número.
[1] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Lumen, Barcelona, 1999 [1963]. Contrariamente a los sobrevivientes de los campos que veían en Eichmann a un hombre diabólico, Arendt lo definió como "terroríficamente normal". Los nazis solían eliminar de los comandos de la muerte a los sádicos y a aquellos que gozaban del sufrimiento de otros. Querían operadores fríos y absolutamente leales, imbuidos por el sentido de una "misión histórica". Eichmann no sabía más que repetir a sus jueces frases de Himmler como: "Sabemos muy bien que de lo que de ustedes esperamos es algo sobrehumano; esperamos que sean sobrehumanamente inhumanos". El "sentido de esta misión histórica" implicaba eliminar toda piedad frente al sufrimiento humano.
[2] Ver en Rebeldía, año 8, núm. 77, los autores involucrados en el intercambio epistolar sobre ética y política iniciado por el subcomandante Marcos: Luis Villoro "Una lección y una esperanza, pp. 41-42; Carlos Aguirre Rojas, "La guerra, la política y la ética. Reflexiones sobre una carta", pp. 43-50; Raúl Zibechi, "La ética necesita un lugar otro para echar raíces y florecer", pp. 51-57; Gustavo Esteva, "Cuestión de entereza", pp. 58-65; Sergio Rodríguez Lascano, "La clase política y la guerra", pp. 66-72, México, 2011.
[3] Jean de Maillard, L'Avenir du crime, París, Flammarion, 1997.
[4] Roberto Ochoa, Muerte al Leviatán. Principios para una política desde la gente, Jus, México, 2009.
Jean Robert, “La fractalización del mundo global: Estado delictivo, fraude estructural y predación social”, en Conspiratio. Violencia de Estado: el fracaso de la transición “, Conspiratio, año II, nº12, México, 2011, p. 12.