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jueves, 3 de marzo de 2022

RESISTENCIA Y SUMISIÓN

Cartas y apuntes desde [la prisión]*

por Dietrich Bonhoeffer




A Eberhard Bethge

Tegel, 30 de abril de 1944

No es preciso que te preocupes en absoluto por mí; me encuentro extraordinariamente bien y te sorprenderías si vinieras a visitarme. Aquí me repiten continuamente –cosa que, como ver, me halaga en grado sumo– que de mi “emana una verdadera tranquilidad” y que “siempre estoy sereno”. De manera que mis ocasionales experiencias personales, que demuestran todo lo contrario, deben basarse en un error (cosa que, por cierto, no creo en modo alguno). A lo sumo te extrañarían o quizás incluso te preocuparían mis pensamientos teológicos con sus consecuencias, y es aquí donde tú me haces verdadera falta, pues no sabría con quién podría hablar sino contigo sobre tales problemas de manera que me aportara un esclarecimiento.

Lo que incesantemente me preocupa es la cuestión de qué es el cristianismo o también, quién es [realmente] Cristo para nosotros [hoy]. Ha pasado ya el tiempo en que a los hombres se les podía explicar esto por medio de palabras, sean teológicas o piadosas; ha pasado asimismo el tiempo de la interioridad y de la conciencia; es decir, justamente el tiempo de la religión en general. Nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa. Simplemente, los hombres, tal como de hecho son [ahora], ya no pueden seguir siendo religiosos. Incluso aquellos que sinceramente se califican de “religiosos”, no ponen esto en práctica de modo alguno; sin duda con la palabra “religioso” se refieren a algo muy distinto.

Pero toda nuestra predicación y teología cristianas, con sus mil novecientos años, descansan sobre el “a priori religioso” de los hombres. El “cristianismo” ha sido siempre una forma (quizás la forma verdadera) de la “religión”. Ahora bien, si un día resulta claro que este “a priori” no existe, sino que ha sido una forma de expresión del hombre históricamente condicionada y transitoria, si, pues, los hombres llegan a ser arreligiosos de una manera verdaderamente radical –y creo que, más o menos, esto es ya lo que sucede actualmente (¿a qué se debe, por ejemplo, que esta guerra, a diferencia de todas las anteriores, no provoque ninguna reacción “religiosa”?)–, ¿qué significa entonces esto para el cristianismo”?

[Significa] que todo el “cristianismo” precedente queda privado de su fundamento, y ya no podemos pisar tierra firme desde un punto de vista “religioso” [salvo] en algunos “[sobrevivientes de la época caballeresca]” o en unos pocos hombres intelectualmente deshonestos. ¿Tendrán que constituir éstos quizá [a los pocos] elegidos? ¿Debemos precipitarnos llenos de celo, amor propio o indignación precisamente sobre este dudoso grupo de hombres para [venderles nuestros bienes]? ¿Tenemos que abalanzarnos sobre unos pocos desdichados en sus momentos de debilidad y, por decirlo así, [imponernos sobre ellos] religiosamente?

Si no queremos nada de todo esto, y si, en definitiva, hemos de juzgar la forma occidental del cristianismo como mera etapa previa de una completa arreligiosidad, ¿qué situación surge entonces para nosotros, para la iglesia? ¿Cómo puede convertirse Cristo en Señor, incluso de los no religiosos? ¿Existen cristianos arreligiosos? Si la religión sólo es un ropaje del cristianismo –y dicho ropaje ha ofrecido un aspecto muy diferente en las distintas épocas– ¿qué es entonces un cristianismo arreligioso?

Barth, el único en comenzar a pensar en esta dirección, no ha desarrollado estos pensamientos hasta sus últimas consecuencias, sino que ha desembocado en un positivismo de la revelación, que a fin de cuentas no deja de ser esencialmente una restauración. Para el trabajador o para el hombre arreligioso en general no se ha ganado aquí nada que sea decisivo. Porque los problemas a solucionar serían: ¿qué significan una iglesia, una parroquia, una predicación, una liturgia, una vida cristiana en un mundo sin religión? ¿Cómo hablar de Dios sin religión, esto es, sin las premisas temporalmente condicionadas de la metafísica, de la interioridad, etc., etc.? ¿Cómo hablar (pero acaso ya ni siquiera se puede “hablar” de ello como hasta ahora) “mundanamente” de “Dios”? ¿Cómo somos cristianos “arreligiosos-mundanos”? ¿Cómo somos ekklesía, “los que son llamados”, sin considerarnos unos privilegiados en el plan religioso, sino más bien como perteneciendo plenamente al mundo?

Entonces, Cristo ya no es objeto de la religión, sino algo completamente diferente: realmente el Señor del mundo. Pero ¿qué significa esto? ¿Qué significan el culto y la plegaria en una [situación de] ausencia de religión? ¿Adquiere aquí nueva importancia la disciplina del arcano, o sea la diferenciación (que ya conoces en mí) entre lo último y lo penúltimo?

Tengo que terminar por hoy, pues el correo está a punto de salir. Dentro de dos días te seguiré escribiendo sobre esto. Ojalá comprendas más o menos lo que quiero decir y no te resulte aburrido. Entre tanto, ¡que te vaya bien! No resulta fácil escribir siempre sin ningún eco; debes disculparme si, por esta razón, mis cartas se parecen a algo como un monólogo.

¡De veras que no te hago ningún reproche por tu falta de respuestas! Tienes otras muchas cosas que hacer.

Te recuerda siempre fielmente, tuyo Dietrich

Veo que aún puedo continuar escribiendo un rato. La cuestión paulina sobre si la ….. es condición de la justificación, quiere decir hoy a mi juicio, si la religión es condición de salvación. La libertad ante la ….. es también la libertad ante la religión. A menudo me pregunto por qué un “instinto cristiano” me atrae en ocasiones más hacia los no religiosos. Y esto sin la menor intención misionera, sino que casi me atrevería a decir “fraternalmente”. Ante los religiosos, me avergüenzo con frecuencia de nombrar a Dios, porque en ese contexto su nombre me parece que adquiere un sonido casi ficticio y yo tengo la impresión de ser algo insincero (Esto llega a ser especialmente grave cuando los demás comienzan a hablar con terminologías religiosas; entonces enmudezco casi por completo y el ambiente me resulta pegajoso y molesto). En cambio ante los no religiosos puedo, cuando hay ocasión, nombrar a Dios con toda la tranquilidad y como algo obvio.

Los hombres religiosos hablan de Dios cuando el conocimiento humano (a veces por simple pereza mental) no da más de sí o cuando fracasan las fuerzas humanas. En realidad se trata siempre de un deux ex machina, al que ponen en movimiento bien para la aparente solución de problemas insolubles, bien como fuerza ante los fallos humanos; en definitiva, siempre sacando partido de la debilidad humana, o en las limitaciones de los hombres.

Semejante actitud sólo tiene posibilidades de perdurar, por su propia lógica, hasta el momento en que los hombres, por sus propias fuerzas, desplazan algo más allá los límites [de modo que] Dios, como deus ex machina, resulta superfluo. Por otra parte, hablar de los límites humanos se me ha convertido en algo cuestionable (la misma muerte, puesto que los hombres ya apenas la temen, y el pecado, que apenas comprenden, ¿son todavía unos verdaderos límites?). Siempre tengo la impresión de que con ello sólo tratamos de reservar medrosamente un espacio para Dios. Pero yo no quiero hablar de Dios en los límites, sino en el centro; no en las debilidades, sino en la fuerza; esto es, no a la hora de la muerte y de la culpa, sino en la vida y en lo bueno del hombre. En los límites, me parece mejor guardar silencio y dejar sin [resolver] lo insoluble.

La fe en la resurrección no es la “solución” al problema de la muerte. El “más allá” de Dios no es el más allá de nuestra capacidad de conocimiento.  La trascendencia desde el punto de vista de la teoría del conocimiento no tiene nada que ver con la trascendencia de Dios. Dios está más allá en [medio de] nuestra vida. La iglesia no se halla allí donde fracasa la capacidad humana, en los límites, sino en medio de la aldea. Así es según el antiguo testamento y, en este sentido, leemos demasiado poco el nuevo testamento a partir del antiguo.

Estoy reflexionando mucho acerca de los rasgos de este cristianismo arreligioso y sobre la forma que adopta; pronto te escribiré más a este respecto. Quizá recaiga sobre nosotros, situados entre occidente y oriente, una importante misión precisamente en este contexto.

Pero hay es hora de que acabe definitivamente. ¡Qué hermoso sería tener alguna vez una opinión tuya acerca de todo este problema! Para mí significaría mucho; más de lo que probablemente puedes imaginar.

Por cierto, lee cuando tengas ocasión Proverbios 22, 11-12. Allí se halla el cerrojo contra toda evasión camuflada de piedad.

¿Que te vaya muy bien! Cordialmente,

Tuyo Dietrich

[Tegel] 29 de mayo 1944

Querido Eberhard:

Espero que a pesar de las alarmas gocéis plenamente de la tranquilidad y belleza de estos días de pentecostés con su calor estival. Poco a poco uno aprende a distanciarse interiormente de las amenazas de la vida. Esto de “distanciarse” suena en realidad demasiado negativo, demasiado formal, artificial y estoico; quizá sería preferible decir que incorporamos estas diarias amenazas al conjunto de nuestra vida. Aquí observo una y otra vez que son pocos los hombres capaces de albergar en sí muchos sentimientos a la vez. Cuando llega la aviación son sólo miedo; si hay algo bueno de comer, son sólo voracidad; si no se cumple uno de sus deseos, son sólo desesperación; si algo les sale bien, ya no ven nada más. Pasan de largo ante la plenitud de la vida y el carácter total de su existencia personal; tanto lo objetivo como lo subjetivo, se les desintegra en fragmentos.

Por el contrario, el cristianismo nos sitúa simultáneamente en muchas dimensiones distintas de la vida; albergamos en nosotros, por decirlo así, a Dios y al mundo entero. Lloramos con quienes lloran y nos alegramos al mismo tiempo con quienes están alegres; tememos por nuestra vida –la alarma me interrumpió en este preciso momento y ahora me hallo sentado al aire libre gozando del sol–, pero al mismo tiempo hemos de pensar en todo aquello que es para nosotros mucho más importante que nuestra vida. Durante una alarma, por ejemplo, tan pronto como nuestros pensamientos dejan de preocuparse por nuestra seguridad personal y se fijan en otro objetivo –nuestro deber, por ejemplo, de infundir calma a cuantos nos rodean–, la situación cambia por completo. La vida no queda reducida ya a una única dimensión, sino que continúa siendo pluridimensional y polifónica. ¡Qué liberación supone poder pensar y mantener en vigor por el pensamiento esta pluridimensionalidad!

Aquí me he impuesto casi como una norma, cuando la gente comienza a temblar ante un ataque aéreo, hablar siempre sólo de que tales ataques aún serían más terribles para las ciudades pequeñas. Es preciso arrancar a la gente de su pensar monolineal, en cierto sentido a manera de “preparación” o “posibilitamiento” de la fe, a pesar de que en realidad sólo es la fe misma la que hace posible la pluridimensionalidad de la vida y la que nos permite celebrar esta pascua de pentecostés a pesar de las alarmas.

En el primer momento, me quedé algo perplejo y quizás incluso entristecido al no recibir este año ninguna carta por pentecostés. Luego me dije que esto era probablemente un buen signo de que nadie se preocupa por mí. Pero existe en el hombre una extraña tendencia por la que de alguna manera le agrada que los demás se inquieten –aunque sea sólo un poco– por él.

La obra Das Weltbild der Physik de Weisäcker aún me ocupa bastante. Veo de nuevo con toda claridad que no debemos utilizar a Dios como [recurso provisorio, parche] de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces, si los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más –lo cual objetivamente, es inevitable–, Dios es desplazado continuamente junto con ellos y por consiguiente se halla en una constante retirada. Hemos de hallar a Dios en las cosas que conocemos, y no en las que ignoramos. Dios quiere ser comprendido por nosotros en las cuestiones resueltas, y no en las que aún están por resolver. Esto es válido para la relación entre Dios y el conocimiento científico, pero lo es asimismo para [los problemas humanos más amplios de la muerte, el sufrimiento y la culpa. Ahora es posible encontrar, incluso para estas cuestiones, respuestas humanas] que pueden prescindir por completo de Dios. En realidad –y así ha sido en todas las épocas–, el hombre llega a resolver estas cuestiones incluso sin Dios, y es pura falsedad que solamente el cristianismo ofrezca una solución para ellas. Por lo que al concepto de “solución” se refiere, las respuestas cristianas son tan poco concluyentes [o tan concluyentes] como las demás soluciones posibles.

Lo mismo aquí, Dios no es ningún parche. Dios ha de ser reconocido en medio de nuestra vida, y no sólo en los límites de nuestras posibilidades. Dios quiere ser reconocido en la vida y no sólo en la muerte, en la salud y la fuerza y no sólo en el sufrimiento, en la acción y no sólo en el pecado. La razón de ello se halla en la revelación de Dios en Jesucristo. Él es el centro de nuestra vida, y no ha “venido” en modo alguno para [dar respuesta a nuestros problemas irresueltos]. Desde el centro de la vida, determinadas cuestiones [y sus respuestas se nos muestran como enteramente irrelevantes] (estoy pensando en el juicio sobre los amigos de Job). En Cristo no existen “problemas cristianos”. Pero bastante por ahora; acaban de interrumpirme de nuevo.

[…..]

8 de junio 1944

[…]

Me formulas ahora tantas y tan importantes preguntas con respecto a los pensamientos que me preocupan estos últimos tiempos, que estaría muy contento de podérmelas contestar yo mismo. En realidad, todo se halla aún en sus inicios, y como casi siempre, me guía más el instinto por las cuestiones futuras que unas soluciones claramente percibidas. Intentaré precisar mi posición desde un ángulo histórico.

El movimiento que se inició poco más o menos en el siglo XIII (no voy a perderme ahora en una discusión acerca del momento exacto) y que tendía al logro de la autonomía humana (entendiendo con eso el descubrimiento de las leyes según las cuales el mundo vive y se basta a sí mismo en los dominios de la ciencia, de la vida social y política, del arte, de la ética y de la religión) ha alcanzado en nuestros días una cierta culminación. El hombre ha aprendido a componérselas solo en todas las cuestiones importantes sin recurrir a Dios como “hipótesis de trabajo”. Esto es ya evidente en las cuestiones científicas, artísticas y éticas, y ya nadie osaría ponerlo en duda; pero de un centenar de años a esta parte, ha ido haciéndose asimismo cada vez más válido en las cuestiones religiosas: se ha puesto de manifiesto que también sin “Dios” marcha todo, y tan bien como antes. Al igual que en el campo científico, en el dominio humano a “Dios” se le va haciendo retroceder cada vez más lejos y más fuera de la vida; está perdiendo terreno.

Los historiadores protestantes y católicos coinciden en considerar esta evolución como la gran deserción respecto de Dios y de Cristo, pero cuanto más recurren y mayor uso hacen de Dios y de Cristo para oponerse a ella, tanto más anticristiana se declara esta evolución. El mundo, que ha cobrado conciencia de sí mismo y de sus leyes vitales, se siente tan seguro de sí mismo que llega a inquietarnos. Fracasos y catástrofes no logran hacerle dudar de lo ineludible de su camino y de su evolución; todo lo soporta con viril serenidad y ni siquiera un acontecimiento como la actual guerra constituye una excepción.

La apologética cristiana ha adoptado las más variadas estrategias para oponerse a semejante seguridad en sí mismo. Se hace esfuerzos para demostrar [a un mundo así mayor de edad], que no puede vivir sin la tutela de “Dios”. Aunque se haya capitulado en todas las cuestiones seculares, quedan todavía las llamadas “cuestiones últimas” –muerte, culpa– para las cuales solo “Dios puede darnos una respuesta y debido a las cuales tenemos necesidad de Dios, de la iglesia y del pastor. Hasta cierto punto, pues, nosotros vivimos de esas llamadas cuestiones últimas de los hombres. Pero ¿qué ocurrirá si un día dejan de serlo, o si también estas cuestiones hallan una respuesta “sin [recurrir a] Dios?

Ahora es cuando surgen los retoños secularizados de la teología cristiana, a saber, los filósofos existenciales y los psicoterapeutas, y se empeñan en demostrar al hombre seguro, contento y feliz, que en realidad es un desdichado, que está desesperado y que no quiere abrir los ojos ante la necesidad en que se encuentra, de la que él no tiene idea y de la cual sólo ellos pueden salvarle. Allí donde hay salud, fuerza, seguridad y sencillez, allí presienten un dulce fruto donde mordisquear o donde colocar sus perniciosos huevos. Ante todo se esfuerzan por empujar al hombre a la desesperación interior, y entonces ya han ganado la partida. Esto es metodismo secularizado. ¿Y a quién alcanza? A un reducido número de intelectuales, de degenerados, de seres que se consideran a sí mismos como lo más importante del mundo y que, por eso, les encanta ocuparse de sí mismos. Pero no alcanzan al hombre normal, cuya vida cotidiana transcurre entre el trabajo y el hogar, y ciertamente en otras escapadas accesorias. Este hombre no tiene tiempo ni ganas de ocuparse de su desesperación existencial, ni de considerar su felicidad, acaso modesta, como “miseria”, “inquietud” y “desgracia”.

El ataque de la apologética cristiana contra la mayoría de edad del mundo me parece en primer lugar absurdo, en segundo lugar innoble, y finalmente [poco] cristiano. Absurdo, porque viene a ser como un intento para retrotraer a un hombre adulto a la época de su pubertad, es decir, para volver a hacerle depender de muchas cosas de las que, de hecho, ya se ha independizado, y para enfrentarlo con unos problemas que, de hecho, han dejado de ser problemas para él. Innoble, porque así se intenta sacar provecho de la debilidad de un hombre para una finalidad que le es ajena y que no ha suscrito libremente. [Nada] cristiano, porque así se confunde a Cristo con un grado determinado de la religiosidad del hombre, es decir, con una ley humana. Más tarde me extenderé sobre ello.

Pero antes, unas palabras aún acerca de la situación histórica. La cuestión es ésta: Cristo y el mundo mayor de edad. La teología liberal tuvo un punto débil: conceder al mundo el derecho de asignar a Cristo un lugar en el mismo mundo; en la querella entre la Iglesia y el mundo, aceptó la paz, relativamente benigna, impuesta por el mundo. Pero tuvo asimismo la entereza de no intentar remontar el curso de la historia y de admitir realmente la discusión (¡Troeltsch!), aunque también en ésta acabara siendo derrotada.

Tras la derrota de la iglesia vino su capitulación, y luego el intento de un recomienzo total, que debía operarse por la reflexión sobre los propios fundamentos: la Biblia y la Reforma. Heim hizo el intento pietista-metodista de convencer a los hombres uno a uno de que se hallaban ante la alternativa: “desesperación o Jesús”, y logró ganar algunos “corazones”. Althaus (siguiendo la línea neopositivista con fuerte tendencia confesional) procuró agenciar un sitio en el mundo para la doctrina (el ministerio) y el culto luteranos, y en todo lo demás abandonó el mundo a sí mismo. Tillich trató de interpretar religiosamente la evolución del mundo, en contra de la voluntad de éste, y de darle su propia forma por medio de la religión. Fue una actividad valerosa, pero el mundo lo [desoyó] y continuó corriendo solo. También Tillich quiso comprender el mundo mejor de lo que éste se comprende a sí mismo. Pero el mundo se sintió totalmente incomprendido y rechazó semejante pretensión. (Es cierto que el mundo debe ser comprendido mejor de lo que él mismo se comprende: pero en modo alguno de forma “religiosa”, como pretendían los socialistas cristianos).

Barth fue el primero que denunció el error de estos intentos (todos los cuales, en el fondo, seguían navegando sin querer en las aguas de la teología liberal), consistente en que todos ellos pretendían reservar un espacio para la religión, en el mundo o contra el mundo [Liberal: pluralismo, también la religión tiene su lugar en el mundo?]. Barth sacó a campaña al Dios de Jesucristo contra la religión: “pneuma contra sarx”. Éste sigue siendo su mayor mérito (Carta a los Romanos, 2da edición, a pesar de todas sus cáscaras neokantianas). Más tarde, con su Dogmática, ha puesto a la iglesia en condiciones de sostener fundamentalmente esta distinción en toda la línea. Y no fracasó luego en la ética, como suele afirmarse –sus explicaciones éticas, en la medida en que existen, son tan importantes como las dogmáticas–; pero ni en la Dogmática ni en la Ética dio una indicación concreta para la interpretación no religiosa de los conceptos teológicos. Ésta es su limitación, y por ello su teología de la revelación pasa a ser “positivista”: un “positivismo de la revelación”, como yo la llamo. [Positivismo: el mundo tal como realmente es]

En cuanto a la Iglesia Confesante, ésta ha olvidado el planteamiento de Barth, pasando del positivismo a la restauración conservadora. Su mérito estriba en que sigue manteniendo los grandes conceptos de la teología cristiana, pero parece que poco a poco va agotando en ello sus fuerzas. Cierto es que tales conceptos contienen los elementos de la auténtica profecía (y entre ellos, la exigencia de verdad y la misericordia, de que tú hablas) y del culto; por eso, la palabra de la Iglesia Confesante sólo encuentra atención, escucha y rechazo. Pero tanto la profecía como el culto quedan embrionarios y lejanos, por faltarles la debida interpretación.

Aquellos que aquí echan de menos el “movimiento” y la “vida” –como por ejemplo P. Schütz, los grupos de Oxford o los de Berneuchen– son peligrosos reaccionarios y retrógrados, porque retroceden detrás del punto de partida de la teología de la revelación, y buscan una renovación “religiosa”. Aún no han llegado a comprender en absoluto el problema y hablan completamente al margen del asunto. No tienen ningún futuro (con la sola excepción probablemente, de los de Oxford, si bíblicamente no fuesen tan insustanciales).

Parece que Bultmann, en cierto modo, ha rastreado los límites de Barth, pero los interpreta erróneamente en el sentido de la teología liberal, y así se estropea en el típico proceso liberal de la reducción (el cristianismo es desprovisto de sus elementos “mitológicos”, quedando así reducido a su “esencia”). Soy del parecer que el contenido debe subsistir en toda su integridad, incluso con sus conceptos “mitológicos” (el Nuevo Testamento no es un revestimiento mitológico de una verdad general, sino que esta mitología –resurrección, etc.– es la verdad misma); pero tales conceptos deben ser interpretados ahora de tal modo que no presupongan la religión como condición de la fe (cf. La circuncisión en Pablo). Sólo así queda superada en mi opinión la teología liberal (que aún influye a Barth, aunque sea de forma negativa), pero al mismo tiempo su pregunta queda planteada y contestada realmente (¡lo que no ocurre en el positivismo de la revelación de la Iglesia Confesante!). La mayoría de edad del mundo ya no es entonces motivo de polémica y apologética, sino que es entendida realmente mejor de lo que [el mundo] se entiende a sí mismo, es decir, a partir del evangelio y de Cristo.

Sigue en pie tu pregunta: ¿Dónde queda el espacio de la Iglesia; no se habrá perdido por completo? Y la otra cuestión: ¿No partió el mismo Jesús de la “miseria” de los hombres? Por consiguiente, ¿no tendrá razón el “metodismo” que antes he criticado?

[Tegel] 30 de junio 1944

Querido Eberhard:

[…]

Y ahora quisiera intentar proseguir con el tema teológico interrumpido el otro día. Partía del hecho de que Dios es desplazado progresivamente del ámbito de un mundo ya mayor de edad, de los ámbitos de nuestro conocimiento y de nuestra vida. Desde Kant, ya sólo ha conservado un espacio más allá del mundo de la experiencia.

Por una parte, la teología se ha alzado apologéticamente contra esta evolución y se ha lanzado al ataque –inútilmente– contra el darwinismo, etc.; por otra parte, se ha resignado a esta evolución y se ha limitado a hacer funcionar a Dios como deus ex machina en las llamadas cuestiones últimas; es decir, Dios se convierte en la respuesta a las cuestiones vitales, en la solución de las miserias y conflictos de la vida. Así pues, si un hombre no puede exhibir nada de esto, o si se niega a meterse en estas cosas y hacerse compadecer, propiamente no se le puede hablar de Dios; o bien hay que demostrarle a él que carece de problemas vitales, etc., que en realidad se halla profundamente hundido en tales problemas, miserias y conflictos, sin confesárselo o incluso sin saberlo. Si esto se logra –y la filosofía existencialista y la psicoterapia han elaborado unos métodos muy sutiles para ello–, entonces a este hombre se le podría hablar de Dios y el metodismo podrá cantar victoria. Pero si no se logra persuadir al hombre de que considere y designe su dicha como una desdicha, su salud como una enfermedad, y su fuerza vital como desesperación, entonces los teólogos han agotado todos sus recursos: se hallan ante un pecador obstinado, de naturaleza especialmente malvada, o ante una existencia “burguesamente [complaciente]”, y tanto el uno como el otro se hallan igualmente lejos de la salvación.

Ya ves, ésta es la postura a la que me opongo. Si cristo salvo a pecadores, éstos eran verdaderos pecadores, pero Jesús no empezó por convertir a cada hombre en un pecador. Los sacó del pecado, pero no los lanzó al [pecado]. El encuentro con Jesús significó ciertamente la inversión de todas las valoraciones humanas. Así ocurrió en la conversión de Pablo. Pero, en este caso, el encuentro con Jesús precedió al reconocimiento de su pecado. Cierto es que Jesús se preocupó de seres que vivían al margen de la sociedad humana, de prostitutas y publicanos, pero no únicamente de ellos, sino en cuanto deseaba ocuparse de los hombres en cuanto tales. Jesús no cuestionó nunca la salud, la fuerza, la felicidad humanas, ni las consideró jamás como un fruto podrido. De lo contrario, ¿por qué habría curado a los enfermos y devuelto la fuerza a los débiles? Jesús reivindica para sí y para el reino de Dios toda la vida humana en todas sus manifestaciones.

¡Precisamente ahora tienen que interrumpirme! Deja que te formule de nuevo en pocas palabras el tema que me preocupa: la reivindicación por Jesucristo del mundo que ha alcanzado su [mayoría de] edad.

Hoy ya no puedo seguir escribiendo, porque en caso contrario la carta se retrasaría de nuevo una semana, cosa que no me gustaría. Así pues, continuaremos.

8 de julio 1944

[…]

He aquí algunos pensamientos más en relación con nuestro tema. Exponer su aspecto bíblico requiere mayor concentración y lucidez mental de la que tengo hoy. Espera unos cuantos días más, hasta que haya refrescado de nuevo. Tampoco he olvidado que aún te debo una respuesta sobre la interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos. Pero hoy me limitaré a unas cuantas observaciones preliminares:

El desplazamiento de Dios fuera del mundo, fuera del ámbito público de la existencia humana, condujo al intento de conservarlo por lo menos en el ámbito de lo “personal”, “íntimo”, “privado”. Y como cada hombre conserva en algún lugar una esfera privada, se pensó que en este punto sería más fácilmente atacable. Los secretos del ayuda de cámara, para expresarlo de un modo grosero –esto es, el ámbito de lo íntimo, desde la oración hasta la sexualidad– se convierten en el coto de caza de los directores espirituales modernos. Pese a que su intención es muy distinta, se parecen en esto a los peores periodistas callejeros (¿Te acuerdas de Die Wahrheit y Die Glocke?) que daban a la publicidad las intimidades de los personajes importantes, aquí para chantajear a los hombres desde un punto de vista político, financiero o social; allí para someterlos a un chantaje religioso. Perdona, no puedo expresarlo de otro modo.

Desde el punto de vista sociológico, se trata de una revolución desde abajo, de una insurrección de la mediocridad. Frente a una persona de alto rango, los espíritus mezquinos sólo se tranquilizan cuando la imaginan “en el baño” o en otras situaciones embarazosas, pues lo mismo ocurre en el ámbito religioso. Constituye una especie de satisfacción malsana saber que cada cual tiene sus debilidades y flaquezasa. En mis contactos con los outcasts, con los “parias” de la sociedad, siempre me ha sorprendido que la desconfianza sea para ellos invariablemente el motivo determinante de todos sus juicios sobre los demás hombres. Ya de entrada, les parece sospechosos cualquier acto –incluso el más desinteresado– que realiza un hombre de prestigio. Por otra parte, estos “outcasts” existen en todas las clases sociales. En el jardín más hermoso sólo buscan estiércol en el que crecen las flores. Cuanto mayor sea el desarraigo en que viva una persona, más propensa estará a caer en semejante óptica.

También entre los eclesiásticos encontramos esa misma actitud, que llamamos “clerical”: ir husmeando los pecados de los hombres para poderlos atrapar. Es como si llegásemos a conocer una hermosa mansión cuando descubrimos las telarañas de su último sótano, o como si no pudiésemos apreciar plenamente una buena obra de teatro hasta después de haber observado el comportamiento de los actores tras los bastidores. Por esta misma razón, los novelistas de los cincuenta últimos años sólo creen haber descrito correctamente a sus personajes cuando nos los han mostrado en el lecho conyugal, y muchos filmes juzgan necesarias las escenas en que los actores se desnudan. Ya de entrada se considera un engaño, una ficción y una impureza todo cuanto es vestido, cubierto, puro y casto: pero con ello sólo se pone de manifiesto la propia impureza. La desconfianza y la suspicacia como actitud básica ante los hombres constituye la rebelión de los mediocres.

Desde el punto de vista teológico, el error es doble. En primer lugar, se cree que sólo se puede tratar a una persona de pecadora después de haber espiado hasta el fondo sus flaquezas o sus bajezas. En segundo lugar, se cree que la esencia del hombre radica en su trasfondo más íntimo y personal; y a esto le llamamos “interioridad”. ¡Y precisamente en estos secretos humanos es donde se quiere ver el dominio de Dios!

Respecto de lo primero, cabe replicar diciendo que, aunque el hombre es pecador, por ello no es ni mucho menos un ser innoble. Para utilizar un ejemplo banal, ¿habrían de ser pecadores Goethe o Napoleón sólo porque no siempre fueron maridos fieles? Lo que importa no son los pecados por debilidad, sino los pecados fuertes. No hace absolutamente ninguna falta andar espiando. La Biblia no lo hace en ningún sitio. (Pecados fuertes: en el genio, la hybris; en el campesino, la ruptura del orden –¿acaso el decálogo es una ética campesina? –; en el ciudadano, el temor a la libre responsabilidad. ¿Es correcto esto?).

Con respecto al segundo error: la Biblia ignora nuestra distinción entre lo externo y lo interno. ¿Y de qué sirve en realidad? A la Biblia sólo le importa el anthropos teleios, el hombre entero, incluso allí donde, como en el sermón de la montaña, el decálogo se adentra en la “interioridad”. El que “los buenos sentimientos” puedan sustituir el bien total, es completamente contrario a la Biblia. El descubrimiento de la llamada “interioridad” sólo se hace en el Renacimiento (probablemente en Petrarca). El “corazón”, en el sentido bíblico, no es la interioridad, sino el hombre entero, tal como se yergue ante Dios. Pero como el hombre vive tanto de “fuera” a “dentro” como de “dentro” a “fuera”, la opinión de que sólo podemos comprender su naturaleza después de conocer sus trasfondos anímicos más íntimos carece de todo sentido.

A lo que voy es, entonces, a que Dios no sea introducido de contrabando en cualquier lugar secreto, el más recóndito, sino que se reconozca simplemente [la mayoría de edad] del mundo y del hombre; que no se “desacredite” al hombre por su mundanidad, sino que se le confronte con Dios por su lado más fuerte. Que se renuncie a todos los trucos clericales y que no se vea en la psicoterapia o en la filosofía existencialista a precursores de Dios. Para la palabra de Dios, la impertinencia de todos esos métodos es demasiado poco aristocrática para convertirse en su aliada. La palabra de Dios no se alía con la rebelión que suscita la desconfianza, con la rebelión desde abajo. La palabra de Dios reina.

Ahora sería el momento de que te hablara en concreto de las interpretaciones no religiosas de los conceptos bíblicos. ¡Pero hace demasiado calor!

[…]

Basta ya, espero que nos podamos ver pronto. Hasta entonces, que te vaya bien.

Tuyo, Dietrich

[Tegel] 16 de julio 1944

Querido Eberhard:

[…]

Pero volvamos a nuestro tema. Progresivamente voy centrando mi trabajo en la interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos. Pero, por ahora, veo mejor el problema que mi capacidad de darle solución.

En el aspecto histórico se trata de una gran evolución que encamina el mundo hacia su autonomía. En teología, ante todo Herbert de Cherburgo, que afirma la suficiencia de la razón para el conocimiento religioso. En el dominio de la moral, Montaigne y Bodin, que en lugar de los mandamientos establecen unas reglas de vida. En política, Maquiavelo, que independiza la política de la moral general y funda la doctrina de la razón de Estado. Más tarde H. Grotius, muy distinto a Maquiavelo por el contenido, pero coincidiendo con él por lo que se refiere a la autonomía de la sociedad humana, quien erige su derecho natural como un derecho de gentes [¿derecho internacional?], válido etsi deus non daretur, “incluso si Dios no existiera”. Por último, la filosofía aporta la conclusión: por un lado, el deísmo de Descartes: el mundo es un mecanismo que funciona por sí solo, sin la intervención de Dios; por otro, el panteísmo de Spinoza: Dios es la naturaleza. Kant, en el fondo, es deísta, mientras que Fichte y Hegel son panteístas. En todos ellos, la autonomía del hombre y del mundo constituye la meta del pensamiento.

(En el campo de las ciencias naturales, este movimiento se inicia según parece con Nicolás de Cusa y Giordano Bruno y su doctrina “herética” del carácter infinito del universo. El cosmos de la antigüedad es tan limitado como el mundo creado de la Edad Media. Un universo infinito –sea cual fuere la forma en que lo imaginemos– descansa en sí mismo etsi deus non daretur. Cierto es que la física moderna pone nuevamente en duda el carácter infinito del mundo, pero sin reincidir en las ideas antiguas acerca de su finitud).

Dios, como hipótesis de trabajo, ha sido eliminado y superado en moral, en política y en ciencia; pero también en filosofía y religión (¡Feuerbach!). Es pura honradez intelectual abandonar esta hipótesis de trabajo, es decir, descartarla hasta donde ello sea posible. Un médico o un científico edificante es un híbrido.

¿Dónde queda, pues, un sitio para Dios?, se preguntan ciertas almas [ansiosas], y como no dan con ninguna respuesta, condenan toda la evolución que les ha acarreado semejante calamidad. Ya te escribí sobre las distintas salidas de emergencia, que conducen fuera de este espacio que tanto se ha angostado. Cabría añadir aún el salto mortal para volver a la Edad Media. Pero el principio de la Edad Media es la heteronomía en forma de clericalismo. El retorno a este sistema sólo puede ser un acto de desesperación, que únicamente puede lograrse a costa de sacrificar la honestidad intelectual. Se trata de un sueño según la melodía: “¡Ojalá conociera el camino de regreso, el largo camino que conduce a la niñez!” Más dicho camino ya no existe; en todo caso, si existe no es por una arbitraria renuncia a la honestidad interior, sino sólo en el sentido de Mt 18, 3: por la penitencia, es decir, a través de la honestidad definitiva [ultimate].

Y nosotros no podemos ser honestos sin reconocer que hemos de vivir en el mundo etsi deus non daretur. Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mimo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento. Nuestro arribo a la mayoría de edad nos lleva así a un veraz reconocimiento de nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios permite que lo echen del mundo a ser clavado en la cruz. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8, 17 indica claramente que Cristo nos ayuda, no por su omnipotencia sino en virtud de su debilidad y sus sufrimientos.

Esta es la diferencia decisiva con respecto a todas las demás religiones. La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo: así Dios es el deus ex machina. Pero la Biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo el Dios sufriente puede ayudarnos. En este sentido podemos decir que la evolución hacia la mayoría de edad del mundo, de la que antes hemos hablado, al dar fin a toda falsa imagen de Dios, libera la mirada del hombre hacia el Dios de la Biblia, quien adquiere poder y sitio en el mundo gracias a su impotencia. Aquí es donde deberá entrar en juego la “interpretación mundana”.

18 de julio 1944

¿Se habrán perdido algunas cartas debido al bombardeo de Munich? ¿Recibiste la carta con las dos poesías? Salió precisamente aquella noche y contenía además algunos pensamientos preliminares sobre el tema teológico. La poesía “Cristianos y paganos” contiene una idea que volverás a encontrar aquí: “Los cristianos están con Dios en su pasión”. Esto es lo que distingue a los cristianos de los paganos. “¿No habéis podido velar conmigo una hora?”, pregunta Jesús en Getsemani. Esto es la inversión de todo lo que el hombre religioso espera de Dios. El hombre está llamado a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios.

Debe vivir, pues, realmente, en el mundo sin Dios, y no le es lícito intentar escamotear, transfigurar religiosamente su carencia de Dios; debe vivir “mundanamente” y así precisamente es como participa en el sufrimiento de Dios; le está permitido vivir “mundanamente”, es decir, está liberado de todas las falsas vinculaciones e inhibiciones religiosas. Ser cristiano no significa ser religioso de una cierta manera, convertirse en una clase determinada de hombre por un método determinado (un pecador, un penitente o un santo), sino que significa ser hombre; Cristo no crea en nosotros un tipo de hombre, sino un hombre. No es el acto religioso quien hace que el cristiano lo sea, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo.

Esta es la metanoia: no comenzar pensando en las propias miserias, problemas, pecados y angustias, sino dejarse arrastrar al camino de Jesucristo, al acontecimiento mesiánico, para que así se cumpla Is 53, De ahí viene aquello de “creed en el evangelio”, es decir, en aquello que Juan designa como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). (Por otra parte, J. Jeremias ha afirmado recientemente que “cordero” en arameo podría traducirse también por “siervo”. ¡Qué hermoso si piensas en Is 53!

Este acto de ser arrastrado a los sufrimientos mesiánicos de Dios en Jesucristo se cumple, en el nuevo testamento, de distintas maneras: por la llamada, hecha a los discípulos, al seguimiento, por la comunidad de mesa con los pecadores; por las “conversiones” en el sentido estricto de la palabra (Zaqueo), por el acto de la gran pecadora –que se realiza sin ninguna confesión de pecados– (Lc 7), por la curación de los enfermos (Mt 8, 17), por la acogida dispensada a los niños. Los pastores, así como los sabios de oriente, se hallan ante el pesebre, no como “pecadores conversos”, sino simplemente porque, tal como son, se han sentido atraídos desde el pesebre (estrella). El centurión de Cafarnaún, que no realiza en modo alguno una confesión de pecados, nos es propuesto como ejemplo de fe (cf. Jairo). Jesús “ama” al adolescente rico. El dignatario (Hech 8) y Cornelio (Hech 10) son todo lo contrario a seres al borde del abismo. Natanael es un “israelita sin engaño” (Jn 1, 47); por último, José de Arimatea y las mujeres junto a la tumba. Lo único común a todos ellos es su participación en los sufrimientos de Dios en Cristo. Esta es su “fe”. Nada de metodismo religioso. El “acto religioso” siempre tiene algo de parcial; la “fe”, en cambio, es un todo, un acto de vida. Jesús no llama a una nueva religión, sino a la vida.

Pero, ¿qué aspecto tiene esta vida, esta vida de participación en la impotencia de Dios en el mundo? Sobre esto escribiré la próxima vez; así lo espero.

Hoy sólo me resta decir lo siguiente: Cuando se quiere hablar de Dios de una manera “no religiosa”, es preciso hacerlo de manera que no se escamotee de algún modo la carencia de Dios en el mundo; muy al contrario, debemos ponerla de manifiesto, y es así precisamente como una luz sorprendente cae sobre el mundo. El mundo mayor de edad es más sin Dios, y quizá precisamente por esta razón está más cerca de Dios que el mundo menor de edad.

Perdona, todo queda expresado aún de forma terriblemente pesada y torpe, lo sé muy bien. Pero quizá me ayudes tú precisamente para aclararme y simplificar, aunque sólo sea por el hecho de que puedo hablarte sobre ello y de que te escucho siempre preguntar y responder.

[…] Siempre tuyo, Dietrich

DESPUÉS DEL FRACASO (20 de julio 1944) **

21 de julio 1944

[…]

Durante estos últimos años he aprendido cada vez más a ver y comprender la profunda intramundanidad del cristianismo. El cristiano no es un homo religiosus, sino sencillamente un hombre, tal como Jesús, a diferencia quizá de Juan Bautista, fue hombre. No me refiero a una intramundanidad banal y vulgar, como la de los hombres ilustrados, ocupados, cómodos o lascivos, sino a la profunda intramundanidad que está llena de disciplina, en la que se halla siempre presente el conocimiento de la muerte y la resurrección. Creo que Lutero vivió en esta intramundanidad.

Recuerdo aún una conversación que hace trece años sostuve en América con un joven pastor francés. Nos habíamos preguntado sencillamente qué queríamos hacer con nuestra vida. El me dijo que quería ser un santo (y creo muy posible que haya llegado a serlo). En aquel entonces, esto me impresionó mucho. No obstante, le contradije y le repliqué poco más o menos que yo quería aprender a creer [a tener fe]. Durante mucho tiempo no he comprendido la profundidad de esta contradicción. Creí que podría aprender a creer al llevar algo así como una vida santa. Al escribir “El precio de la gracia” [The Cost of Discipleship], llegué ciertamente al final de este camino. Hoy veo con toda claridad los peligros de dicho libro, sin embargo, [aún me mantengo firme en lo que escribí].

Más tarde hice la experiencia, y la sigo haciendo actualmente, de que sólo en la plena intramundanidad de la vida aprendemos a creer [a tener fe]. Cuando uno ha renunciado por completo a llegar a ser algo, tanto un santo como un pecador convertido o un hombre de iglesia (lo que llamamos una figura sacerdotal), un justo o un injusto, un enfermo o un sano –y esto es lo que yo llamo intramundanidad, es decir, vivir en la plenitud de tareas, problemas, éxitos y fracasos, experiencias y perplejidades– entonces se arroja uno por completo en los brazos de Dios, entonces ya no nos tomamos en serio nuestros propios sufrimientos, sino los sufrimientos de Dios en el mundo, entonces velamos con Cristo en Getsemaní. Creo que esto es la fe, la metanoia, y así nos hacemos hombres, cristianos (cf. Jer 45). ¿Cómo habríamos de ser arrogantes a causa de nuestros éxitos o sentirnos derrotados ante nuestros fracasos, si en la vida intramundana también nosotros sufrimos la pasión de Dios?

Sabes lo que quiero decir, aunque lo exprese en términos tan breves. Estoy agradecido de que me haya sido concedido caer en cuenta de ello, y sé que sólo he podido hacerlo en el camino que de hecho he recorrido. Por ello pienso con gratitud y paz en el pasado y en el presente.

Quizá te extrañes de una carta tan personal, pero si alguna vez quiero expresar tales sentimientos, ¿a quién podría si no decirlos? Quizá llegará el momento en que también pueda hablar así a María; esa es mi gran esperanza. Pero todavía no puedo exigírselo. Que Dios en su misericordia nos conduzca a través de esta época; pero, sobre todo, que nos conduzca [hacia Él].

[…] [Adiós, que estés bien, y no pierdas la esperanza en que todos nos volveremos a encontrar pronto]

Tuyo, Dietrich

ESTACIONES EN EL CAMINO HACIA LA LIBERTAD

Disciplina

[Si vas en busca de la libertad, aprende ante todo

la disciplina de tu alma y sentidos,

no sea que tus pasiones y deseos

te alejen del camino que has de seguir.

Castos sean tu espíritu y tu cuerpo,

Y sumisos a ti del todo,

Obediente y resueltamente abocados

Al propósito que les ha sido señalado.

Sólo a través de la disciplina puede un hombre

Aprender a ser libre].

 

Acción

[Atrévete a hacer lo correcto, no lo que te dicte

El capricho.

Aprovechando con valentía las ocasiones,

Sin dudas pusilánimes.

Sólo a través de la acción, no del vuelo

de los pensamientos,

Llega la libertad.

No desfallezcas ni tengas miedo,

Lánzate a la tempestad de la vida

Y la acción,

Confiando en Dios cuyos mandamientos

Sigues fielmente;

Y la libertad generosa recibirá a tu espíritu

Con gozo].

A continuación de las líneas tituladas “Estaciones en el camino hacia la libertad”:

Querido Eberhard: Esta tarde escribí esas líneas en unas pocas horas. Están muy poco pulidas; con todo, quizá te gusten algo, y por otra parte son algo así como un regalo personal de cumpleaños. Muy cordialmente,

Tuyo, Dietrich

p.d. Hoy por la mañana me doy cuenta de que debo revisar por completo los versos. A pesar de todo, ahí van, así, al natural. ¡Al fin y al cabo no soy ningún poeta!

*Reproducimos aquí fragmentos de estas cartas desde [la prisión] con ajustes entre corchetes a la traducción castellana de José J. Alemany publicada por Ediciones Sígueme – Salamanca 2001. La selección de los mismos tiene que ver por mi interés particular en los pensamientos sobre un cristianismo “no religioso” del teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer confiados a su amigo Eberhard Bethge y quien las editó y publicó la versión alemana inicialmente en 1951 (la primera edición en inglés apareció en 1953 como Prisoner for God y posteriores ediciones como Letters and Papers from Prison)

**El 20 de julio de 1944 fracasó el intento de asesinar a Hitler por parte de una organización de resistencia dentro del servicio de inteligencia alemán en el que Bonhoeffer estuvo involucrado y por el que fue condenado a morir en el patíbulo a pocas semanas del final de la Segunda Guerra Mundial (9 de abril de 1945)

lunes, 7 de febrero de 2022

DE HEGEL A MARX

 Por Hannah Arendt*

I

Existe tan sólo una diferencia esencial entre Hegel y Marx, aunque, sin duda, sea de una importancia considerable, y es que Hegel proyectó su visión histórica del mundo sólo hacia el pasado, dejando que se extinga en el presente como su consumación, mientras que Marx la proyectó “proféticamente” en la dirección contraria, hacia el futuro, y entendió el presente tan sólo como un trampolín. Por muy escandalosa que pudiese parecer la satisfacción de Hegel con respecto a las circunstancias actuales y efectivas, su instinto político estaba en lo cierto al restringir su método a lo que resultaba aprehensible en términos puramente contemplativos y al no usarlo para establecer objetivos a la voluntad política o para introducir mejoras aparentes en el futuro. Sin embargo, en tanto que Hegel tenía necesariamente que entender el presente como el final de la historia, con ello él ya había desacreditado y refutado en términos políticos su enfoque histórico-universal, en el momento en que Marx lo empleó con objeto de servirle de ayuda para introducir el principio real y funestamente antipolítico en la política. […][1]

La objeción de Marx a Hegel dice así: la dialéctica del espíritu del mundo no actúa astutamente a espaldas de los hombres, utilizando los actos voluntarios que aparentemente se originan en los hombres para su propio provecho, sino que, en su lugar, constituye el estilo y el método de la acción humana. En tanto que el espíritu del mundo era “inconsciente”, es decir, en tanto que las leyes de la dialéctica permanecían ignoradas, la acción se presentaba como un acontecimiento en el cual se revelaba lo “absoluto”. Una vez que hayamos abandonado nuestro prejuicio de que cierto “absoluto” se revela a través de nosotros y a nuestras espaldas, y una vez que conozcamos las leyes de la dialéctica, podremos realizar lo absoluto.[2]

II

Las obras de Marx y Hegel aparecen juntas al final de la gran tradición de la filosofía occidental, pero también se hallan en una extraña contradicción y en una extraña correspondencia mutua. Marx describe su ruptura con Hegel –y Hegel constituía para él la encarnación de toda la filosofía anterior– como una inversión, como un ponerlo todo al revés, del mismo modo que Nietzsche define su “transvaloración de los valores” como una reversión del platonismo. Lo sorprendente de estas autointerpretaciones es que la inversión y la reversión tan sólo pueden tener lugar dentro de un conjunto de hechos reconocidos que deben ser primeramente aceptados como tales. La “transvaloración de los valores” pone cabeza abajo la jerarquía platónica, pero en ningún momento se sale de los confines de estos valores. Algo similar ocurre cuando Marx, al adoptar la dialéctica hegeliana, hace comenzar el proceso histórico con la materia en lugar de con el espíritu. Una rápida comparación de las presentaciones de la historia por parte de Marx y de Hegel nos basta para reconocer que en ambos casos el concepto de la historia es fundamentalmente parecido.

La reversión y la inversión tienen, sin embargo, su propia significación extraordinaria. Implican que la jerarquía tradicional de los valores, si no así necesariamente su contenido, se establece arbitrariamente o, como diría Nietzche, premeditadamente. El final de la tradición, según parece, comienza con el colapso de la autoridad de la tradición, y no con el cuestionamiento de su contenido substancial como tal. Nietzche, con su concisión sin igual, denominó al resultado de este colapso de la autoridad “pensamiento perspectivista”, es decir, un pensamiento capaz de desplazarse a voluntad (esto es, únicamente bajo el dictado de la voluntad individual) dentro del contexto de la tradición, y de tal manera que todo lo que previamente era tenido por cierto asume ahora el aspecto de una perspectiva, frente a la cual debe existir la posibilidad de una multitud de perspectivas igualmente legítimas e igualmente fructíferas.

 Y es este pensamiento perspectivista el que de hecho el marxismo ha introducido en todos los campos de estudio humanístico. Lo que nosotros llamamos marxismo en un sentido específicamente político apenas hace justicia a la extraordinaria influencia de Marx en las humanidades. Dicha influencia no tiene nada que ver con el método del marxismo vulgar –jamás usado por el propio Marx– que explica todos los fenómenos políticos y culturales a partir de las circunstancias materiales del proceso de producción. Lo novedoso y extraordinariamente efectivo de la concepción de Marx fue el modo en que él considera la cultura, la política, la sociedad y la economía dentro de un singular contexto funcional que, como se vio enseguida, puede desplazarse arbitrariamente de una perspectiva a otra. El estudio de Max Weber acerca de cómo el capitalismo surgió a partir de la mentalidad de la ética protestante es tan deudor de la historiografía marxista –haciendo un uso más productivo de sus resultados– como cualquier otra investigación histórica estrictamente materialista. Con independencia de cuál sea el punto de partida que elija el pensamiento histórico-perspectivo –sea éste la denominada historia de las ideas, o la historia política, o las ciencias sociales y la economía– el resultado es un sistema de relaciones que se deriva de cada uno de dichos desplazamientos en la perspectiva y en función del cual, para decirlo toscamente, se puede explicar todo sin generar nunca una verdad vinculante análoga a la autoridad de la tradición.

Lo que ha ocurrido en el pensamiento moderno, a través de Marx por un lado y de Nietzsche por el otro, es la adopción del marco de la tradición junto con un rechazo simultáneo de su autoridad. Ésta es la verdadera significación histórica de la inversión de Hegel en Marx y de la reversión de Platón en Nietzsche. Sin embargo, todas las operaciones de este tipo, en las cuales el pensamiento procede dentro de los conceptos tradicionales al tiempo que “meramente” rechaza la autoridad sustancial de la tradición, contienen la misma contradicción devastadora que se halla inevitablemente en todas las variadas discusiones sobre la secularización de las ideas religiosas. Tradición, autoridad y religión son conceptos cuyos orígenes están en la Roma cristiana y precristiana; se copertenecen entre sí tanto como “la guerra, el comercio y la piratería, esa trinidad indivisible” (Goethe, Fausto, II, 11187-88). El pasado, en la medida en que es transmitido como tradición, posee autoridad; la autoridad, en la medida en que se presenta como historia, se convierte en una tradición; y si la autoridad no proclamase, según el espíritu de Platón, que “Dios [y no el hombre] es la medida de todas las cosas”, sería más una tiranía arbitraria que autoridad. La aceptación de una tradición sin una autoridad basada en la religión resulta siempre no vinculante, pues cualquier cosa aceptada bajo tales condiciones ha perdido tanto su verdadero contenido como su ascendiente manifiesto sobre los hombres en forma de autoridad. En buena medida fue por mantenerse dentro de dicha formalización –que no forma parte menos del pensamiento conservador que del pensamiento en abierta rebelión contra la autoridad de la tradición –que Marx pudo afirmar que él había tomado el método de la dialéctica de la tradición (que para él había llegado a su conclusión en Hegel). En otras palabras, lo que él tomó de la tradición fue un elemento en apariencia puramente formal para ser usado del modo que él escogiese.

Obviamente, no hay necesidad de examinar el argumento según el cual los métodos no implican ninguna diferencia, pues el modo en que abordamos cualquier materia define no sólo el cómo de nuestra investigación sino también el qué de nuestros descubrimientos. Más importante aquí es el hecho de que la dialéctica pudo desarrollarse como método por primera vez sólo cuando Marx la hubo despojado de su contenido sustancial real. En ningún otro lugar demostró ser más onerosa la aceptación de la tradición unida a una pérdida concomitante de su autoridad substancial que en la adopción por parte de Marx de la dialéctica hegeliana. Al convertir la dialéctica en un método, Marx la liberó de aquellos contenidos que la habían retenido dentro de unos límites y que la habían ligado a una realidad sustancial. Y, al obrar así, hizo posible el tipo de pensamiento procesual tan característico de las ideologías decimonónicas y que desemboca en la lógica devastadora de esos regímenes totalitarios cuyo aparato de violencia no se sujeta a las constricciones de la realidad.

La metodología formal que Marx tomó de Hegel es el conocido proceso en tres pasos por el cual la tesis conduce, por medio de la antítesis, a la síntesis, al tiempo que la síntesis, por su lado, se convierte entonces en el primer paso de la siguiente tríada, esto es, se convierte ella misma en una nueva tesis, a partir de la cual se puede decir que surgen automáticamente la antítesis y la síntesis en un proceso sin fin. Lo que importa aquí es que este pensamiento puede arrancar, por así decirlo, de un solo punto, que un proceso, que esencialmente ya no puede detenerse, comienza con esa primera proposición, con esa primera tesis. Este pensamiento, en el cual toda la realidad queda reducida a fases de un único proceso gigantesco de desarrollo –algo todavía bastante desconocido para Hegel– desbroza el camino para el pensamiento verdaderamente ideológico, el cual, por su parte, era también aún bastante desconocido para Marx. Este paso de la dialéctica como método a la dialéctica como ideología se completa una vez que la primera proposición del proceso dialéctico se convierte en una premisa lógica de la cual puede deducirse todo lo demás con una consecutividad totalmente independiente de toda experiencia. La filosofía hegeliana presenta lo absoluto –esto es, el espíritu del mundo o la divinidad– en su movimiento dialéctico, ahora revelado como conciencia humana. En las ideologías totalitarias, la lógica se fija en ciertas “ideas” y las pervierte convirtiéndolas en premisas. En medio de ambas se halla el materialismo dialéctico, en el cual lo factores verificables por medio de la experiencia, esto es, las condiciones materiales de la producción, se desarrollan dialécticamente a partir de ellos mismos. Marx formaliza la dialéctica hegeliana de lo absoluto en la historia como un desarrollo, como un proceso autopropulsado, y, en conexión con esto, es importante recordar que tanto Marx como Engels eran seguidores de la teoría de Darwin sobre la evolución. Esta formalización substrae a la tradición la sustancia de su autoridad, incluso en tanto que permanece dentro del marco de la tradición. De hecho, falta solamente un paso para que el concepto marxista de desarrollo se convierta en un pensamiento procesual ideológico, el paso que conduce en último término a la coercitiva deducción totalitaria sustentada sobre una sola premisa. Es aquí donde se rompe realmente por primera vez el hilo de la tradición, y esta ruptura constituye un acontecimiento que nunca puede “explicarse” en base a tendencias intelectuales o a influencias demostrables en la historia de las ideas. Si consideramos esta ruptura desde la perspectiva del camino que conduce de Hegel a Marx, podemos decir que tuvo lugar en el momento en que no ya la idea, sino la lógica desencadenada por la idea, atrapó a las masas.

El propio Marx explicó la esencia de su relación con Hegel y su alejamiento del mismo en una afirmación extraída de la conocida como la tesis undécima sobre Feuerbach: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es de transformarlo”. Dentro del contexto de su obra entera y de su propósito global, este comentario hecho por el joven Marx en 1845 podría reformularse de la siguiente manera: Hegel interpretó el pasado como historia y, al obrar de ese modo, descubrió la dialéctica como la ley fundamental de todo cambio histórico. Este descubrimiento nos permite conformar el futuro como historia. Para Marx, la política revolucionaria es una acción que hace a la historia coincidir con la ley fundamental de todo cambio histórico. Ello hace superflua la “astucia de la razón” hegeliana (el término de Kant era la “estrategia de la naturaleza”), cuyo papel había consistido en conferir a la acción política un fundamento político retrospectivo, es decir, hacerla comprensible. Hegel y Kant tenían que recurrir a este comportamiento extrañamente sutil de la Providencia porque, por un lado, asumían junto con la tradición que la acción política como tal tiene menos relación con la verdad que cualquier otra actividad humana, y porque, por otro lado, estaban enfrentados con el problema moderno de una historia que –a pesar de las acciones contradictorias de los hombres, que en su totalidad siempre tiene como resultado algo distinto de lo que pretendía cada individuo– es comprensible de modo uniforme y, de este modo, aparentemente “racional”. Puesto que los hombres nunca tienen un control fiable sobre las acciones que han comenzado y nunca pueden ser plenamente conscientes de sus intenciones originales, la historia necesita una “astucia”, que es diferente de cualquier tipo de “tramposidad” y que, de acuerdo con Hegel, consiste en el “gran mecanismo que fuerza a los demás a ser lo que son en sí mismos y por sí mismos” (Jenenser Realphilosophie, edición Meiner, vol. XX, pág. 199). Marx, al tiempo que aún creyéndose en gran medida dentro del movimiento de la filosofía hegeliana, rechaza la idea de que la acción en y por sí misma, y en ausencia de la astucia de la Providencia, no pueda revelar la verdad o, mejor, producirla. Por ello rompe con todas las valoraciones tradicionales dentro de la filosofía política, de acuerdo con las cuales el pensamiento está por encima de la acción y la política existe únicamente para hacer posible y salvaguardar al bios theoretikos, la vida contemplativa de los filósofos o la contemplación de Dios por los cristianos, sustraídos al mundo.

Pero de todos modos esta ruptura de la tradición por parte de Marx tiene lugar dentro del esquema de la tradición. Lo que Marx nunca puso en duda fue la relación entre pensar y actuar en cuanto tal. La tesis sobre Feuerbach afirma claramente que sólo después de que los filósofos hayan interpretado el mundo, y justamente por ello, puede llegar el momento del cambio. Ésa es también la razón de que Marx pudiese dejar que su política revolucionaria o, más bien, su concepción revolucionaria de la política, acabase en la imagen de una “sociedad sin clases”, una imagen que se orienta llamativamente hacia los ideales del ocio y del tiempo libre, tal y como eran concebidos en la polis griega. Sin embargo, el resultado fue, por supuesto, no esta fugaz mirada retrospectiva hacia una utopía pasada, sino más bien una reevaluación de la política como tal.

Con la anticipada desaparición del gobierno y de la dominación en la sociedad sin clases de Marx, la “libertad” se convirtió en una palabra sin significado, a menos que fuese concebida de un modo completamente novedoso. Dado que Marx, aquí como en otros lugares, no se molestó en redefinir sus términos sino que permaneció dentro del marco conceptual de la tradición, Lenin no estaba demasiado equivocado cuando llegó a la conclusión de que si nadie que mande sobre los demás puede ser libre, entonces la libertad es un prejuicio o una ideología, aunque con ello sustrajo a la obra de Marx uno de sus impulsos más importantes. La adherencia a la tradición es también la causa de un error aún más decisivo en Marx y en Lenin: que la mera administración, en contraste con el gobierno, es la forma adecuada para los hombres que viven en común bajo la condición de la igualdad radical y universal. Se suponía que la administración era el no gobierno (no rule), cuando en realidad sólo puede ser el gobierno de nadie, es decir, la burocracia, una forma de gobierno en la cual nadie se hace responsable. La burocracia es una forma de gobierno en la que ha desaparecido el elemento personal del mando (rule), y asimismo es cierto que un gobierno tal puede gobernar sin estar movido por el interés hacia una clase específica. Pero este gobierno de nadie, el hecho de que en una burocracia auténtica nadie ocupe el sillón vacío del gobernante, no implica que las condiciones de gobierno (rule) hayan desaparecido. Ese nadie gobierna de modo muy efectivo cuando se lo considera desde el lado de los gobernados y, lo que es peor, tiene una característica importante en común con el tirano.

El poder tiránico es definido por la tradición como un poder arbitrario, y esto quería decir primordialmente un gobierno en el cual no es preciso rendir cuentas, un gobierno que no se responsabiliza ante nadie. Lo mismo ocurre con el gobierno burocrático de nadie, aunque por una razón totalmente distinta. Hay muchas personas en una burocracia que podrían pedir una explicación, pero no hay nadie para darla, porque ese “nadie” no puede ser hecho responsable. En lugar de las decisiones arbitrarias del tirano encontramos los arreglos aleatorios de procedimientos universales, procedimientos que no poseen malicia ni arbitrariedad, porque no hay nadie detrás de ellos, pero contra los cuales tampoco se puede apelar. En cuanto a los gobernados, la red de esquemas diseñados, en la cual están atrapados, es mucho más peligrosa y más letal que la mera tiranía arbitraria. Pero no debiera confundirse la burocracia con la dominación totalitaria. Si la Revolución de Octubre hubiese permitido seguir las líneas prescritas por Marx y Lenin, lo cual no fue el caso, probablemente habría dado como resultado un gobierno burocrático. El gobierno de nadie –no la anarquía, o la desaparición del gobierno, o la opresión– es el peligro siempre presente en cualquier sociedad basada en la igualdad universal. El concepto de igualdad universal significa dentro de la tradición tan sólo que ningún hombre es libre.

Lo que reemplaza en Marx a la “astucia de la razón” es, como sabemos, el interés, en el sentido de interés de clase. Lo que hace a la historia comprensible es el choque de intereses; lo que le da sentido es la asunción de que el interés de la clase trabajadora es idéntico al interés de la humanidad, y para Marx esto quiere decir que es idéntico al interés no de la mayoría de los hombres, sino de la humanidad esencial de la especie humana. Postular el interés como el motor de la acción política no es nada nuevo. Rohan es famoso por haber afirmado que los reyes gobiernan sobre las naciones y los intereses gobiernan sobre los reyes. Para Marx esta proposición era el simple resultado de sus estudios económicos, así como de su dependencia respecto de la filosofía aristotélica. Lo que es nuevo, si no decisivo, es su vinculación del interés, esto es, de algo material, con la humanidad esencial del hombre. Lo que es decisivo es la vinculación adicional del interés no tanto con la clase trabajadora como con el trabajo en sí mismo en tanto que actividad humana preeminente.

Tras la base de la teoría marxista de los intereses de halla la convicción de que la única satisfacción legítima de un interés descansa en el trabajo. En apoyo de esta convicción y como algo fundamental en todos sus escritos lo que hay es una nueva definición del hombre, la cual ve la humanidad esencial del hombre no en su racionalidad (animal rationale), o en su producción de objetos (homo faber) o en el haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios (creatura Dei), sino más bien en el trabajo, que la tradición había rechazado unánimemente como algo incompatible con una existencia humana plena y libre. Marx fue el primero en definir al hombre como un animal laborans, como una criatura que trabaja (laboring animal). Él subsume bajo esta definición todo lo que la tradición había transmitido como signos distintivos de la humanidad: el trabajo es el principio de la racionalidad y sus leyes, que en el desarrollo de las fuerzas productivas determinan la historia, hacen a la historia comprensible para la razón. El trabajo es el principio de la productividad; produce el mundo verdaderamente humano en la Tierra. Y el trabajo es, como afirma Engels, en su epigrama deliberadamente blasfemo, “el Creador de la humanidad”, con lo cual simplemente reduce muchas de las afirmaciones de Marx a una única fórmula.

No podemos investigar aquí qué es lo que esta nueva autocomprensión del hombre como animal laborans afirma e implica realmente. Baste con sugerir que, por un lado, se corresponde de modo preciso con el suceso sociológico crucial de la historia reciente, la cual, al otorgar en un primer momento iguales derechos civiles a la clase trabajadora, pasó a continuación a definir toda la actividad humana como trabajo y a interpretarla como productividad. La economía clásica nunca distinguió entre el simple trabajo, que produce para un consumo inmediato, y la producción de objetos en el sentido del homo faber. El factor crucial aquí es que en su teoría de las fuerzas productivas basadas en el trabajo humano Marx resolvió esta confusión a favor del trabajo (labor), atribuyendo así al trabajo una productividad que nunca tiene. Pero aunque dicha glorificación e incomprensión del trabajo cerró los ojos ante las realidades más elementales de la vida humana, se correspondía perfectamente con las necesidades de su tiempo. Esta correspondencia es desde luego, la razón real del impacto que el marxismo tuvo en todas las partes del globo. Cuando se consideran las verdaderas interconexiones de toda la cuestión, no sorprende que dentro del marco de la tradición, en el que Marx siempre trabajó, difícilmente pudiese haber otro resultado que no fuese un nuevo enfoque en la filosofía determinista, la cual, según su vieja y conocida costumbre, “necesariamente” ve a la libertad emergiendo de algún modo a partir de la necesidad, pues la glorificación del trabajo de Marx no eliminó ninguna de las razones propuestas por la tradición para negar igualdad política y plena libertad humana al hombre en tanto que trabajador. Ni Marx ni la introducción de la maquinaria fueron capaces de eliminar el hecho de que el hombre se ve obligado a trabajar para vivir, de que el trabajo es, por tanto, no una actividad libre y productiva, sino que está ligado inextricablemente a lo que nos compele: las necesidades que acarrea el simple hecho de estar vivo. El gran logro de Marx fue hacer del trabajo el centro de su teoría, pues el trabajo era exactamente aquello respecto de lo cual había desviado su mirada toda la filosofía política una vez que ya no osaba justificar la esclavitud. Pero, a pesar de todo, todavía no tenemos respuesta para la pregunta política planteada por la necesidad del trabajo en la vida humana y por el papel primordial que desempeña en el mundo moderno.

*Texto para una presentación por la radio alemana en 1953, reproducido en la primera parte de Hannah Arendt, The Promise of Politics, Jerome Kohn ed. (Schocken 2005) y de la versión castellana “La promesa de la política” (Paidos 2015)



[1] Denktagebuch, abril de 1951 (trad. cast.: Diario filosófico 1950-1973, Barcelona, Herder, 2006).

[2] Denktagenbuch, septiembre de 1951.



viernes, 4 de febrero de 2022

Adiós al proletariado. Más allá del socialismo

por André Gorz (1980)

No se trata más de consagrarnos a una Causa trascendente que redimiría nuestros sufrimientos y nos reembolsaría con intereses el precio de nuestras renuncias. A partir de ahora, se trata de saber lo que queremos. La lógica del Capital nos ha llevado al umbral de la liberación. Pero este umbral sólo será franqueado por una ruptura que sustituya la racionalidad productivista por una racionalidad diferente. Esta ruptura sólo puede venir de los propios individuos. El reino de la libertad nunca será el resultado de procesos materiales: sólo puede establecerse por el acto fundador de la libertad asumiéndose ella misma como fin supremo en cada individuo.

Ahora sabemos que la sociedad nunca será "buena" por su organización, sino sólo por los espacios de autonomía, autoorganización y cooperación voluntaria que abre a los individuos.

1. EL PROLETARIADO SEGÚN SAN MARX*

La teoría marxista del proletariado no se basa en un estudio empírico de los antagonismos de clase ni en una experiencia militante de la radicalidad proletaria. Ninguna observación empírica o experiencia militante puede conducir al descubrimiento de la misión histórica del proletariado; misión que es, según Marx, constitutiva de su ser de clase. Marx insistió muchas veces: no es la observación empírica de los proletarios la que nos permite conocer su misión de clase. Por el contrario, es el conocimiento de su misión de clase lo que nos permite discernir el verdadero ser de los proletarios.  Poco importa, por tanto, hasta qué punto los proletarios están conscientes de su ser; y poco importa lo que crean que hacen o quieren: sólo importa lo que son. Aunque, por el momento, su conducta esté mistificada y los fines que creen perseguir sean contrarios a su misión histórica, tarde o temprano el ser triunfará sobre las apariencias y la Razón sobre las mistificaciones. En otras palabras, el ser del proletariado es trascendente a los proletarios; constituye una garantía trascendental de que ellos adoptarán la línea de clase correcta.

Inmediatamente surge una pregunta: ¿Quién es capaz de saber y decir lo que es el proletariado cuando los propios proletarios sólo tienen una conciencia borrosa o mistificada de este su ser? Históricamente, la respuesta a esta pregunta es: sólo Marx fue capaz de saber y decir qué es realmente el proletariado y su misión histórica. Su verdad está inscrita en la obra de Marx. Él es el alfa y el omega; es el fundador.

(…)

La teoría marxista del proletariado es una impresionante condensación histórica sincrética de tres corrientes dominantes del pensamiento occidental en la época de la burguesía heroica: el cristianismo, el hegelianismo y el cientificismo, siendo el hegelianismo la piedra angular. Para Hegel, en efecto, la Historia es la progresión dialéctica por la que el Espíritu, al principio ajeno a sí mismo, toma conciencia y posesión del mundo -que, en verdad, no era más que el propio Espíritu existiendo fuera y separado de sí mismo- hasta que lo retoma completamente en sí mismo y se unifica con él. Los avatares de esta progresión son otras tantas etapas que, debido a su contradicción interna, han de "pasar" necesariamente a la etapa siguiente, hasta la realización de la síntesis final que es, al mismo tiempo, el sentido de toda la Historia precedente y la culminación de la Historia.

(…)

Se reconoce ahí la matriz de la dialéctica marxista. De la dialéctica hegeliana, Marx conserva lo esencial: la idea de un sentido de la historia independiente de la conciencia de los individuos y que se realiza, sea cual sea dicha conciencia, a través de sus actividades. Pero este sentido, en lugar de "caminar sobre su cabeza", como en el caso de Hegel, caminará en el caso de Marx sobre las piernas del proletariado: la obra del Espíritu que eleva el mundo a la conciencia de sí mismo hasta la unificación final, era sólo el delirio idealista de un teólogo comprometido con el racionalismo. No es el Espíritu el que trabaja, sino los obreros. La historia no es la progresión dialéctica del Espíritu tomando posesión del mundo, es la progresiva toma de posesión de la Naturaleza por el trabajo humano. El mundo no es en primer lugar el Espíritu ajeno a sí mismo, es ante todo la exterioridad de una Naturaleza hostil a la vida de los hombres y sobre la que sus actividades no tienen el control. Pero poco a poco irán moldeando la Naturaleza según sus necesidades hasta que, dominándola toda, se reconozcan en ella como con su obra.

(…)

Se puede ver el paralelismo. Lo que ocupa el lugar del Espíritu es la actividad de producir el mundo. Al principio oculta de sí misma, va tomando conciencia de sí a medida que se desarrollan las fuerzas productivas, hasta la autoafirmación prometeica del trabajador colectivo como autor –en la cooperación de todos con todos– del mundo y de sí mismo. El móvil de la historia no es la presencia del Espíritu al final de los tiempos, sino la imposibilidad de que un ser que es producción del mundo acepte que esta producción le sea robada y que sus productos, vueltos contra él, sirvan para someterlo a "objetivos externos". Esta imposibilidad es a la vez esencial e histórica: sólo se hace manifiesta y operativa a partir del momento en que la naturaleza de las técnicas y de las relaciones sociales de producción hace que el mundo, despojado de su "velo místico", aparezca como producto del trabajo social y los individuos, despojados de sus "actividades limitadas" gracias a la socialización del trabajo, aparezcan como productores del mundo.

El capitalismo, según Marx, satisface estas dos condiciones: sus fuerzas productivas, a medida que se desarrollan, dan lugar, en lugar del mundo natural y sus misterios, al universo tecnificado de la fábrica automática, de su entorno y de sus riquezas manufacturadas; y este universo industrial da lugar, a su vez, a una clase cuyos miembros no trabajan en su interés individual particular ni con medios individuales particulares: por el contrario, ellos están despojados de toda individualidad particular y, al ser intercambiables, ponen en marcha una totalidad de capacidades y medios técnicos inmediatamente sociales para producir desde el principio unos efectos globales.

Ese es el proletariado: con él, el trabajo como autoproducción del hombre y del mundo tiene, por primera vez, la posibilidad histórica de equipararse a sí mismo y de hacer arribar un universal humano. El hecho notable es que esta teoría no partió de una observación empírica, sino de una reflexión crítica sobre la esencia del trabajo, llevada a cabo como reacción contra el hegelianismo. Para el joven Marx, no era la existencia de un proletariado revolucionario lo que justificaba su teoría; por el contrario, era su teoría la que permitía predecir la aparición del proletariado revolucionario y establecía la necesidad de su surgimiento. La primacía correspondía a la filosofía. La filosofía anticipaba el curso de las cosas, establecía que el sentido de la historia era hacer surgir, con el proletariado, una clase universal que sería la única capaz de liberar a toda la sociedad. Esta clase tenía que surgir y, de hecho, se empezaba a ver los signos de su arribo. Estas señales sólo eran legibles para el filósofo. Pero el filósofo, como conciencia separada del proletariado en su significación histórica, estaba destinado a desaparecer a medida que el proletariado tomara conciencia de su propio ser [revolucionario] y lo asumiera en su práctica. Entonces la filosofía se encarnaría en el proletariado. El filósofo como conciencia filosófica separada debía procurar su autoanulación y, en consecuencia, la abolición de la filosofía como actividad separada.

La dialéctica materialista por la cual la actividad productiva debe reivindicarse como fuente del mundo y del hombre mismo, para abolir finalmente, en la unidad de la autoproducción integral, “todos los poderes exteriores”, tendría entonces que ir acompañada de una dialéctica político filosófica por la cual el proletariado deberá interiorizar la consciencia de sí que, inicialmente, no existe sino al exterior de ella misma, en la persona de Karl Marx y, más tarde, en la vanguardia marxista-leninista.

(…) Para los jóvenes militantes revolucionarios de antes y después de mayo del ’68, como para Marx, uno no milita en el movimiento revolucionario y uno no se coloca en las fábricas porque el proletariado actúa, piensa y siente de manera revolucionaria, sino porque él es revolucionario por destino, es decir, debe serlo, él debe “devenir aquello que [esencialmente] es”.

A partir de esta posición filosófica se anuncia la posibilidad de todas las desviaciones: el vanguardismo, el sustitucionismo, el elitismo, y sus correspondientes negativos: el espontaneísmo, el seguidismo, el basismo. La imposibilidad de toda verificación empírica de la teoría no ha dejado de pesar sobre el marxismo como un pecado original.

(…) Los discípulos de Marx no han sido olvidados porque el proletariado aún conserva el misterio de su trascendencia: todavía no ha interiorizado la conciencia de sí mismo que le devuelve la vanguardia marxista (leninista). Por lo tanto, esta vanguardia permanece necesariamente separada en virtud de la propia misión histórica de la que está investida, a sus propios ojos. Y como sigue separada, nadie -y menos el proletariado- es capaz de zanjar los debates que dividen a los marxistas. A falta de cualquier verificación empírica posible, sus tesis político-teóricas divergentes sólo pueden extraer su legitimidad de la fidelidad al Libro.

El espíritu de ortodoxia, dogmatismo, religiosidad no son entonces unos fenómenos accidentales del marxismo: ellos son necesariamente inherentes a una filosofía de estructura hegeliana cuyo profetismo no tiene otra base que la revelación por la que pasó el espíritu del profeta. Puedes buscar todo lo que quieras el fundamento de la teoría marxista del proletariado. El único fundamento que te ofrecerán sus diversos defensores es la obra de Marx y la palabra de Lenin: es decir, la autoridad de los fundadores. La filosofía del proletariado es religiosa. Sólo retiene de la realidad los signos que la refuerzan: "Dado que el proletariado es y debe ser revolucionario, veamos las razones en que se basa su voluntad revolucionaria y los obstáculos en que se quiebra".

(…)

*André Gorz, Adieux au prolétariat. Au-delà du socialisme. Éditions Galilée 1980 (p. 30-38)



lunes, 31 de enero de 2022

Reflexiones sobre un “capitalismo lingüístico”: la represión de voces indígenas y de voces de mujeres

por Jean Robert

Escuchar a los que hablan de sí y de nosotros en su propia voz

Uno de los aspectos de la propuesta electoral del CNI es que va permitir escuchar a indígenas reivindicándose como tales, es decir hablando en su propia voz de cosas que les atañen en lo más cercano y que, sin embargo, no son productos de un acto de poder o una planeación sino que les son dadas. Son cosas como sus territorios, sus costumbres, sus lenguas, la medicina tradicional y, con ella, la percepción del propio cuerpo – su “autocepción” como dice la historiadora Barbara Duden – pero también la migración indígena a las grandes ciudades y, ahí, la reconstrucción de lazos comunitarios. La iniciativa indígena de hablar en su propia voz es una invitación a todas las comunidades del país a buscar su propia voz también.

Esta reconstrucción u “organización” es el centro de la propuesta política y organizativa indígena y, por lo tanto, nos concierne también a los que no somos indígenas. El hecho que la aspirante indígena a la candidatura presidencial sea médica tradicional manifiesta la urgencia de hablar en voz propia sobre el propio cuerpo y el territorio en el que se inserta, pero también de confrontar la dificultad de mantener viva esta voz. Escuchar a quien es capaz y tiene el valor de hablar en su propia voz es una invitación a hacerlo también en nuestros lugares. Sólo pueden tejer una relación auténtica con otros los que son capaces de hablar de lo que más les atañe y de escuchar a quienes también lo hacen.

Un rodeo lleno de enseñanzas por la lingüística

Hablando de la palabra voz, les recuerdo que lo que los lingüistas llaman voces son dos formas verbales que sobreviven en los idiomas de Europa del norte: la voz activa y la voz pasiva. Ejemplo: yo como la manzana, forma activa, y la manzana es comida por mí, forma pasiva. Entre los lingüistas, existe la hipótesis de que este dualismo gramatical es la reducción de una pluralidad de voces que, en el sur de Europa, es todavía posible imaginar, pero menos en el norte. El ejemplo clásico es el griego, idioma en el cual existe una voz media, o medio-pasiva. En primera aproximación, se puede decir que la voz medio-pasiva corresponde a una conjugación con forma pasiva y sentido activo. Tomemos por ejemplo el verbo activo griego skopeo, considero, del cual deriva una palabra como radioscopia; su forma medio-pasiva es skeptomai que, en griego moderno, tiene el sentido de “yo pienso” y de la cual deriva la palabra escepticismo. Muchos lingüistas consideran que en español - otro idioma del sur de Europa – el pronombre reflexivo (me parece, se me hace que…) – puede ser un marcador no gramatical de la voz media. Además, el participo pasado de la forma pasiva –“la casa fue – o quedó - terminada en enero” – tiene un sentido ambiguo, ya que “terminada” se puede entender a la vez como forma verbal y como adjetivo. En otras palabras: en español existe una memoria de la voz media y la voz pasiva es ambigua.

Fascinación por la erudición inútil y reconocimiento de sus límites

Esta digresión sólo sirve para recalcar que los hispanohablantes aún tenemos un acceso marginal a formas de expresión que los hablantes de los idiomas europeos del norte han perdido casi por completo. Ya que abrí la puerta a la erudición inútil – como decía Foucault – agravaré mi caso permitiéndome llevar la erudición hasta la pedantería profesoral: la cuestión de una dualidad – o de una pluralidad – de voces verbales se conoce en lingüística como la cuestión de la diátesis verbal. Sin embargo, mi ignorancia me impide arriesgarme al terreno arduo que valdría la pena explorar aquí: él de las lenguas mesoamericanas. Sólo puedo citar a los pocos nahuatlatos que consulté. Me convencieron de que el nahuatl conoce la diátesis de la que me dieron el ejemplo siguiente: ni-c-tlazohta in cihuaatl: amo a la mujer, ni-tlazohtla-lo: soy amado. Lo que no permite decir el nahuatl es soy amado por la mujer, en otras palabras el nahuatl conoce una voz pasiva sin agente. En vista de lo que sigue, me pregunto si no sería más correcto hablar de una voz media del nahuatl, más que de una voz pasiva, concepto gramatical europeo y moderno. ¡Úf!

Para discutir este punto, regresemos a los idiomas europeos cuya gramática nos es más familiar a los que somos no-indígenas. Defenderé una tesis del lingüista francés Émile Benveniste.[1]

La desaparición de la voz media de los idiomas europeos

Fuera del griego y, parcialmente del español, los idiomas europeos modernos solo tienen dos voces verbales: la voz activa y la voz pasiva. Lo que las diferencia es que, en la voz activa, el sujeto actúa sin verse afectado por el proceso verbal mientras que, en la voz pasiva, el sujeto es afectado, se vuelve “paciente”, sin poder actuar. En otras palabras, la voz activa provee el sujeto con un poder exterior sobre el objeto, una exterioridad que me parece corresponder al cogito cartesiano: soy maestro absoluto de la manzana que como y mi ser se confunde con este poder: soy maestro de la naturaleza que la tecnología me permite dominar y cuyos padecimientos no me deben de afectar. La voz pasiva, en cambio, resta al sujeto (o al objeto-vuelto-sujeto gramatical) toda forma de poder sobre un acontecer que sólo puede sufrir pasivamente. En los idiomas antiguos de Europa, existía una voz “intermedia” que permitía al sujeto expresar que estaba íntimamente involucrado con este acontecer a punto de considerarlo como parte íntima de su ser y de experimentar amor o rechazo por él (posible ejemplo: amor profundo a mi cultura nativa y, simultáneamente, rechazo visceral de sus aspectos sexistas). Las voces gramaticales de las lenguas del norte de Europa – con una reserva para el viejo alemán - han perdido la capacidad de expresar estas afectaciones.

La tesis de Benveniste es que la oposición entre una voz que presupone un sujeto todopoderoso, exterior e indiferente a los efectos de su acción y, por otro lado, una voz “esclava”, sumisa, pasiva es una reducción de una multiplicidad pasada de voces. Califiquemos de medias estas voces verbales que no son ni activas ni pasivas sino “otras” o, como dice la gramática griega de su voz media, medio-pasivas. Casi podríamos decir que el dominio de las voces activa y pasiva y la pérdida de la voz media son expresiones de un “capitalismo lingüístico” – hay una voz de “amo” y una voz de “esclavo”. Según Benveniste, la polaridad voz activa – voz pasiva resultaría de un empobrecimiento lingüístico que restó al sujeto, tanto activo como pasivo, su capacidad de hablar en forma natural de cuán íntimamente el acontecimiento descrito por el verbo lo involucra. Perdida esta capacidad de expresar que un acontecimiento que no controlo involucra todas les fibras de mi ser, pudieron florecer, por ejemplo, los sentimentalismos nacionalistas que revisten con palabras altisonantes y vacías mi ausencia de afecto arraigado por el territorio en que “me tocó vivir”. El volver a cultivar la voz media perdida podría contribuir a articular un discurso liberado de las ojeras tanto nacionalistas como capitalistas. Pero, ya que (casi) ha desaparecido el concepto de voz media, es imposible.

Mujeres hablando de un acontecimiento “muy de ellas”

Lo que podemos hacer, es escuchar la voz de personas que hablan en su propia voz de sí y de cosas que les atañen en lo más profundo. El caso que presentaré es el de mujeres alemanas hablando de una experiencia muy de mujeres: el “embarazo”, palabra de observadores exteriores con ojo masculino. Este sustantivo expresa el embargo de conocimientos científicos exteriores sobre una experiencia íntima de mujeres que, cuando ellas la comentan entre sí, prefieren hacerlo en forma verbal. El viejo alemán – así como varios dialectos – permite hacerlo, llamando esta experiencia el Schwangergehen, de schwanger, embarazada y gehen, ir. La historiadora del cuerpo alemana Barbara Dueden, de la que estoy traduciendo en este momento un largo ensayo al francés,[2] ve en el verbo schwangergehen lo que el viejo alemán puede ofrecernos de más cercano a un redescubrimiento de la voz media.

Ahora bien, ¡ojo! La comparación que haré entre los saberes callados de las mujeres y los saberes callados de las y los indígenas no significa para nada que los indígenas sean “femeninos” en relación a los mestizos “machos”. Significa que, como los saberes de las mujeres alemanas, los saberes de los y las indígenas han sido callados demasiado tiempo. Significa que, tanto las mujeres como los indígenas, son portadores de saberes reprimidos.

Presentada sucintamente, la tesis de B. Duden es que, desde la Antigüedad hasta mediados del siglo XX, los saberes nacidos de la experiencia íntima del “ir embarazada” y los conocimientos exteriores, “librescos”, no sentidos ni vividos y epistémicamente “masculinos” sobre el “embarazo” se mantenían en equilibrio; dice también que, en última instancia, prevalecía el saber de las mujeres. Existe un abismo entre ambas formas de verdad.

Hasta la mitad del siglo XX, y hasta hoy en las regiones poco tocadas por la occidentalización-modernización del mundo, estos dos tipos de verdad mantuvieron simultáneamente su autoridad respectiva.

Algunas antropólogas sociales reportan las declaraciones de mujeres embarazadas que perciben su estado en forma muy distinta de la de las mujeres modernas, “desarrolladas”, urbanizadas. Algunas de estas antropólogas expresan su sorpresa frente a la larga duración de algunas certezas somáticas femeninas. En los años 1930, por ejemplo, la mayoría de las campesinas sicilianas no podían admitir que sus esfuerzos para restablecer su flujo menstrual mediante un conjunto de hierbas y con la ayuda de una partera pudieran ser calificados de tentativas de aborto.[3] En la región montañosa del norte de Ecuador, las mujeres no quieren oír que ser embarazada es albergar un “feto”, una cosa de biólogo que, solo en la cabeza de aquellos, puede ser conceptualmente aislada del cuerpo de la mujer.[4] En Ecuador, esas «criaturas » son seres liminales que no pueden ser imaginados separados de la mujer embarazada. Por muy polimorfas que puedan ser, las experiencias y las percepciones de las mujeres,[5] su rechazo conceptual de un no-nacido separado del cuerpo de la mujer que lo carga era unánime.[6]

Una forma de conocimiento sobre un asunto de mujeres enteramente distinta del saber vivido de las mujeres

Toda reflexión sobre el pasado de las percepciones del (aun) no-nato – que sea en el mundo antiguo, medieval o premoderno, o en una cultura descalificada como “subdesarrollada” hoy -, debe empezar por reconocer que lo que quieren decir los filósofos, los hombres de iglesia o los juristas cuando pronuncian las palabras “embarazo” y “feto” procede de una forma de conocimiento radicalmente diferente de la experiencia de las mujeres.

Lo que ellas saben del estar embarazada – del Schwangergehen – lo saben por haberlo vivido o vivirlo. En cambio, en los discursos de las ciencias naturales, de la ginecología o de la teología, el embarazo – un sustantivo – es un estado del cuerpo sobre el cual se pueden hacer declaraciones y construir razonamientos morales (…). El saber somático interno y el saber sistematizable “sobre” pertenecen a constelaciones diferentes. Es la razón por la cual insisto en distinguir cuidadosamente el nombre verbal volverse embarazada (el Schwangergehen) del sustantivo el embarazo (die Schwangerschaft).[7]

La pérdida de la voz media y sus consecuencias

Hablar en forma verbal de este acontecimiento (el ‘ir-embarazada’) es, en cierta forma, recobrar los poderes de la voz media. En cambio el definirlo entitativamente mediante un sustantivo (el embarazo) es ofrecerlo a poderes exteriores, “extra-femeninos”. Sin embargo, el contraste entre estas dos formas de hablar se ha vuelto imperceptible hoy, porque casi se ha perdido el sentido de la voz media.

El verbo viejo-alemán schwangergehen expresa semánticamente la voz media que las lenguas europeas modernas, con pocas excepciones, han eliminado. Esta voz media se refería a una modalidad del hacer que no era ni activa ni pasiva y que permitía hablar de “mi” implicación personal en un estado dado. Este estado era algo que me ocurría según la modalidad de los viejos verbos impersonales de sensación[8] que volvían decible – como se dice «llueve» - que algo «se me presentara» o “se me ocurriera” como un motivo de presentimiento, de ganas, de sufrimiento que hoy expresaríamos por los verbos activos “presiento”, “tengo ganas”, “tengo dolores”. La desaparición de estas modalidades del hablar señala una ruptura en la experiencia somática que facilitó la transición de una función referencial somática a une función referencial categorial del ego. La progresiva desaparición del verbo schwangergehen, por ejemplo y su reemplazo por el sustantivo embarazo – la autora habla del embarazo entitativo – visualizado técnicamente por la ecografía y separado del cuerpo materno por la terminología médica es un indicio de la oposición conflictiva entre la percepción somática y la imputación categorial.

Lo que hace la historiadora Barbara Duden en “sus territorios”

Conozco a la historiadora del cuerpo Barbara Duden desde más de treinta años. Para ella, el cuerpo moderno, cartografiado por la anatomía y la fisiología, no es la representación de una última verdad, sino una construcción histórica, producto de determinada época. El cuerpo moderno es iatrogénico, es decir construido por los médicos (iatros= médico en griego). Es además tecnogénico, en gran parte engendrado por tecnologías que permiten “ver” su interior, iluminar “la oscuridad bajo la piel”, como dice.

Este cuerpo iatrogénico y tecnogénico ha sido constituido, desde por lo menos el siglo XV, por capas sobre capas de descripciones en su gran mayoría masculinas. En el caso de descripciones del cuerpo femenino, el autor masculino de la descripción queda exterior a la realidad que ilustra y de la que no tiene la menor percepción interna, vivida. Según Barbara Duden, el cuerpo descrito por los médicos extingue las percepciones somáticas, particularmente de las mujeres. En griego, cuerpo se dice soma, palabra que, contrariamente a la palabra latina corpus, no se refiere al cuerpo visto desde afuera, sino a la realidad humoral bajo la piel, cuyos flujos sentimos adentro.

Sería inútil negar los inmensos poderes de la medicina moderna. Puede mantener moribundos en vida mucho tiempo, alargar la “esperanza de vida” de las poblaciones, permitir que mujeres puedan concebir después de la edad de la menopausia o que mujeres jóvenes renten su cuerpo a parejas viejas para la gestación de un hijo suyo. Ha encontrado también remedios a la mayor parte de las enfermedades infecciosas de las que, en otros tiempos, morían muchos bebés y niños. Pero los médicos no pueden hacer lo que pueden la mayor parte de las parteras, como por ejemplo reacomodar con las manos la posición del niño por nacer en la matriz. En los casos difíciles, los médicos recomiendan la cesárea.

En Alemania, los saberes de las parteras son saberes reprimidos considerados obsoletos por el orden de los médicos. Su represión se ha incrementado desde que se rompió el equilibrio entre los saberes somáticos experimentados de las mujeres y los conocimientos librescos y cartografiados de los médicos. Las parteras, que necesitan tener una licencia para practicar, están bajo la lupa. Su arte es tolerado cuando se redefinen como auxiliares de la medicina obstétrica. Se les recomienda ejercerlo bajo control de un médico. El año pasado, una reconocida partera alemana atendió un parto difícil en el que murió el niño. Fue traída delante de un juez que la acusó de homicidio so pretexto que el no haber acudido a un hospital en el que se hubiera practicado una cesárea fue una terquedad criminal y la causa de la muerte. El juez ordenó la suspensión de su licencia y la condenó a siete años de cárcel y al pago de una compensación por “daños y perjuicios” de cientos de miles de euros.

Barbara Duden, que se gana la vida como profesora de universidad, es capaz de cruzar la mitad de Europa para reunirse un fin de semana con parteras alemanas, austriacas, suizas, italianas. Quiere fomenta con ellas una resistencia somática al rompimiento del equilibrio entre los saberes somáticos íntimos de las mujeres y los conocimientos exteriores, “librescos” y científicos de los médicos. Insiste también en recobrar los vestigios de voz media que habían permitido a las mujeres hablar de sus experiencias en voz propia.



[1] Émile Benveniste, “Actif et moyen dans le verbe”, Problèmes de linguistique générale, Paris : Gallimard, 1966, p. 168-175.

[2] Barbara Duden, “Zwischen ‚wahrem Wissen’ und Prophetie. Konzeptionen des Ungeborenen” (Entre conocimiento verdadero’ y profecía. Concepciones del no-nacido”, en Bárbara Duden, Jürgen Schlumbohn y Patrice Veit, Geschichte des Ungeborenen. Zur Erfahrungs- und Wissenschaftsgeschichte des Schwangerschaft, 17.-20. Jahrhundert (Historia del [aún] no-nacido. La historia de la experiencia del embarazo vs la historia de su ciencia), Göttingen: Vandenhoek & Ruprecht, 2002.

[3] Nancy Triolo, “Famiglia, aborto e ostetriche in Sicilia (1929-1940)”, in Giovanna Fiume (éd.), Madri, storia di un ruolo sociale, Venecia, 1995, p. 247-266.

[4] Lynn Morgan, “Imagining the unborn in the Ecuadoran Andes”, in Feminist Studies 23, 1997, p. 323-350.

[5] Ibid., p. 328: “En San Gabriel, el feto nunca se pensaba en independencia de la mujer embarazada [...]. En Quito, me enfrenté a un silencio casi total cuando me atreví a hacer preguntas sobre el tema del feto”.

[6] Barbara Duden, “Zwischen wahrem Wissen und Prophetie…” op. cit.

[7] Barbara Duden, op. cit.

[8] El ejemplo clásico de un verbo impersonal es llover, un verbo impersonal climático. Construidos según el modelo de «llueve», el latín conoce verbos impersonales de sensación como taedet, disgusta, repugna, paenitet, es de lamentar. Esos verbos denotan un estado psicológico que «me acontece», expresándolo como si se tratara de una acción sin sujeto.



miércoles, 5 de enero de 2022

El inconsciente social

Por Erich Fromm

El término “el inconsciente” es en realidad una mixtificación (aunque pueda emplearse por razones de conveniencia, de lo cual soy culpable en estas páginas). No existe el inconsciente; sólo existen experiencias de las cuales tenemos consciencia y otras de las que no nos percatamos, es decir, de las cuales somos inconscientes. Si odio a un hombre debido a que le temo, y si percibo mi odio pero no mi temor, podremos decir que mi odio es consciente y que mi temor es inconsciente; sin embargo, mi temor no reside en ese lugar misterioso: “el” inconsciente.

Pero no sólo reprimimos los impulsos sexuales y los afectos, como el odio y el temor; también reprimimos la consciencia de los hechos, siempre que estos contradigan ciertas ideas e intereses que no deseamos ver amenazados. Podemos encontrar buenos ejemplos de este tipo de represión en el ámbito de las relaciones internacionales. En éste hallamos numerosos casos de represión de conocimientos objetivos. El hombre común, e incluso los políticos, olvidan convenientemente los hechos que no encajan en su razonamiento político. […] No siempre la represión es tan drástica... Más frecuente que la represión de un hecho bien sabido es la represión del hecho “potencialmente conocido”. Un ejemplo de este mecanismo es el fenómeno por el cual millones de alemanes, entre ellos muchos de los más prominentes políticos y generales, pretendiendo no haberse enterado de las peores atrocidades nazis. El norteamericano común se inclinaba (…) a decir que los alemanes debían de estar mintiendo, ya que era difícil que no percibiesen los acontecimientos ocurridos ante sus ojos. Sin embargo, quienes así opinaban olvidaron la capacidad que posee el hombre de ignorar lo que no desea observar, y por tanto, que un individuo puede ser sincero al negar poseer un conocimiento que tendría si tan sólo quisiera tenerlo. (…)

Otra modalidad de represión consiste en recordar ciertos aspectos de un acontecimiento y no otros. Cuando en la actualidad se habla del “apaciguamiento” de la década de 1930, se recuerda que Inglaterra y Francia, amedrentadas por el rearme alemán, trataron de satisfacer las exigencias de Hitler con la esperanza de que dichas concesiones inducirían al Führer a no exigir más. Lo que se olvida, sin embargo, es que el gobierno conservador inglés bajo la dirección de Baldwin, como también el encabezado por Chamberlain, simpatizaban con la Alemania nazi, así como con la Italia de Mussolini. De no haber sido por tales simpatías, se hubiera detenido el desenvolvimiento militar alemán mucho antes de que hubiese necesidad alguna de apaciguamiento; la indignación oficial con la ideología nazi fue resultado del desacuerdo político, y no su causa.

Otra forma más de represión es aquella en la cual no se reprime el hecho sino su significado emocional y moral. En una guerra, por ejemplo, las crueldades cometidas por el enemigo se experimentan como otra muestra de su salvajismo demoníaco; los actos idénticos o similares cometidos por el propio bando se consideran reacciones lamentables pero comprensibles; por no hablar de los numerosos individuos que juzgan demoníacos los actos del enemigo mientras que cuando esos mismos actos se producen en el propio bando no les parecen siquiera lamentables, sino perfectamente justificados.

[…..]

Existe otra diferencia entre el pensamiento freudiano y el marxiano que no ha sido suficientemente destacada. Aunque ya hemos discutido la similitud entre “racionalización” e “ideología”, es necesario apuntar cuál es la diferencia. Mediante la racionalización se pretende aparentar que un acto está ocasionado por motivos razonables y morales, ocultando así el hecho de que tal acto está causado por motivos contrarios al pensamiento consciente de una persona. La racionalización es en su mayor parte una simulación, y sólo desempeña la función negativa de permitir a la persona seguir una conducta errónea, pero sin percatarse de que está actuando irracional o inmoralmente.

La ideología tiene una función similar, pero en cierto punto existe una diferencia importante. Tomemos por ejemplo las enseñanzas de Cristo, los ideales de humildad, de amor fraternal, justicia, caridad, etc., en un tiempo fueron ideales genuinos que conmovieron hasta tal punto el alma de los hombres que éstos se mostraban dispuestos a ofrecer sus vidas por amor a esos ideales. Pero a lo largo de la historia de ha abusado de ellos utilizándolos como racionalizaciones para propósitos contrarios a dichos ideales. Numerosos espíritus independientes y rebeldes han sido asesinados, los campesinos han sido explotados y oprimidos, se han bendecido las guerras y se ha estimulado el odio al enemigo en nombre de esos mismos ideales. En la medida en que así ha sucedido, la ideología no ha sido distinta de la racionalización.

Pero la historia nos enseña que una ideología también tiene vida propia. Aunque se abusó de las palabras de Cristo, se las mantuvo vivas, persistieron en la memoria de los pueblos, y una y otra vez se tomaron en serio y se retransformaron, por decirlo así, de ideologías en ideales. Así aconteció en las sectas protestantes antes y después de la Reforma; en la actualidad está sucediendo con algunas minorías protestantes y católicas que luchan por la paz y contra el odio, en un mundo que enarbola y profesa ideales cristianos, pero utilizándolos como ideologías. Lo mismo puede decirse de la “ideologización” de las ideas budistas, de la filosofía de Hegel y del pensamiento marxista. La tarea de la crítica no es denunciar los ideales, sino demostrar su transformación en ideologías, y desafiar a la ideología en nombre del ideal traicionado.

*Erich Fromm, "Las cadenas de la ilusión. Una autobiografía intelectual" [Beyond the Chains of Illusion, 1962], Barcelona: Paidos 2020, 146-9, 194-6