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lunes, 1 de abril de 2024

Lucho Espinal: honestidad con el hambre y autoridad moral

 por Hernando Calla*

En esta ocasión, a 44 años de su cruel tortura y muerte violenta a manos de sus asesinos sin nombre, nos interesa rememorar a Lucho Espinal amigo, a la persona de carne y hueso, de mente lúcida para comprender la realidad, de ingenio mordaz para pintar la situación concreta, de gran sencillez como para disfrutar de los placeres más cotidianos (“un vaso de agua fresca”, sobre todo después de una huelga de hambre), de virtudes poco frecuentes en nuestro medio como la honestidad o la puntualidad, de enorme generosidad con todos para compartir sus conocimientos sobre cine y otros campos, y sobre todo al ser solidario con las causas nobles del pueblo boliviano.

Después de haber escuchado los testimonios de nuestros colegas y amigos aquí presentes, quienes destacaron sus varios aportes a la creación e impulso inicial de importantes instituciones culturales, académicas y sociales de nuestro país, me toca destacar que su participación también fue importante en la organización temprana de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de La Paz y en la fundación de la APDHB en 1977. No existen muchos registros de su paso en los años constitutivos de la Asamblea, pero a poco de su llegada a nuestro país en 1968 se involucró pronto en las denuncias que varios sacerdotes católicos venían haciendo al régimen dictatorial que se impuso sangrientamente en 1971 y en su cuestionamiento de la falsa prudencia de la jerarquía católica en su relación con dicho régimen.

Por ejemplo, en un manifiesto de 1973 titulado “Evangelio y violencia”, varios religiosos católicos, entre ellos Luis Espinal, Xavier Albó y Amparo Carvajal, se pronunciaban contra el terrorismo de Estado del régimen militar del coronel Hugo Banzer Suárez, con centenares de desaparecidos, presos políticos, torturados, perseguidos y exiliados. Algunos de los firmantes de ese documento, entre ellos Eric de Wasseige y Arturo Sist, conformaron la Comisión de Justicia y Paz que tuvo asimismo un papel relevante en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos durante el régimen banzerista. No hemos podido determinar si Luis Espinal formó parte de la Comisión Justicia y Paz, pero por los testimonios que aún nos quedan Lucho sí estuvo presente en los inicios de su sucesora más ecuménica – la Asamblea Permanente de Derechos Humanos – y desde las primeras reuniones a las que Gregorio Iriarte convocaba en su pequeña oficina en Fomento Cooperativo de la calle Genaro Sanjinés en la ciudad de La Paz.

Lo que sí me consta es que él participó en el primer congreso de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia el 10 de diciembre de 1977, porque tuvimos el privilegio de estar presentes como representantes del Taller de Teatro Popular de El Alto junto a su principal impulsor el educador popular Benito Fernández. Fue él quien me instó a participar en las reuniones de la Asamblea de Derechos Humanos y en ese primer congreso, y aunque en ese momento yo no conocía a muchos de los defensores de derechos humanos o dirigentes mineros que también participaron (Xavier Albó, Pepe Subirats, Domitila de Chungara, Guillermo Dalence), pude reconocer a Lucho Espinal pues lo había visto y escuchado en otras ocasiones cuando lo invitaban a dar charlas o cursillos sobre cine, compromisos que no rehusaba y a los que llegaba puntualmente antes que nadie.

Pero fue en las reuniones justo antes de la huelga de hambre de las mujeres mineras de Siglo XX que empecé a conocerlo un poco más cuando expresaba sus criterios siempre pertinentes y acertados sobre la coyuntura política. En un par de reuniones entre el 28 y 30 de diciembre de 1977 se discutió la medida ya asumida por las mujeres mineras en el Arzobispado y se decidió que la Asamblea de Derechos Humanos apoye la huelga de hambre en que se habían declarado las mujeres mineras y sus hijos, no sólo moralmente mediante un pronunciamiento público sino materialmente, es decir, organizando un segundo piquete que se declare en huelga de hambre en vísperas de Año Nuevo. No recuerdo si fue él mismo el que insistió que así fuera, pero sí recuerdo que cuando se tomó la decisión de incorporarse a la huelga fue uno de los primeros en anotarse en la lista de candidatos a asumir la extrema medida.

No todos los integrantes de la Asamblea podían entrar en huelga de hambre, por las responsabilidades que ya tenían en el seno de la organización, sea como articuladores y estrategas o bien facilitadores de la logística, pero Lucho sí decidió que, a pesar de sus propias dificultades laborales y otros compromisos asumidos con anterioridad, él sería un huelguista más junto a otros diez que nos sumamos a la medida, a título personal o en representación de nuestras propias organizaciones, organizaciones que formaban parte o tenían un vínculo estrecho con la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.

Pero Lucho fue clave para darle un mayor contenido a la huelga de hambre, al menos desde la perspectiva de nuestro reducido piquete de huelga que se instaló en un ambiente del periódico católico Presencia. Estaba claro que, para todos los que se sumaron a la huelga, la mezquina amnistía de Banzer era decepcionante porque incluía una lista de “348 delincuentes políticos”, entre ellos dirigentes políticos, sindicales y periodistas conocidos, a los que no se les permitía volver al país o no podían salir de la clandestinidad. Las mujeres mineras de Siglo XX fueron las primeras en entrar en huelga de hambre junto a sus niños en ambientes del Arzobispado demandando una “amnistía amplia”, la reincorporación de sus esposos a sus puestos de trabajo, la vigencia de los sindicatos y el retiro de los militares de los centros mineros.

Por su parte, nuestro grupo de la APDH en Presencia justificó su medida no solamente como solidaridad con la demanda de las mujeres mineras sino en términos del derecho humano de los niños a estar bien alimentados, aunque también habían ingresado a la huelga de sus mamás en un ambiente del Arzobispado. Con su eminente sentido político, fue Lucho quien propuso que los 11 del piquete organizado por la Asamblea de Derechos Humanos nos declaráramos en huelga de hambre para sustituir a los 13 niños y que ellos no tengan que hambrear junto a sus mamás.

Además, a pesar de que era el lugar de trabajo donde componía sus columnas de cine regularmente, fue el mismo Espinal quien propuso que hiciéramos nuestra huelga en un lugar visible como el periódico Presencia; como él lo veía, sería como hambrear en una vitrina, por el alto nivel de cobertura mediática que tendríamos. Fue así que decidimos solidarizarnos con la huelga de las mujeres mineras en la sala de visitas del periódico, y aunque fuera una fecha inoportuna entramos en huelga de hambre en vísperas de Año Nuevo. Desde un inicio pudimos comprobar que él tenía razón pues fuimos el piquete de huelga que mayor cobertura mediática tuvo.

En nuestro caso, estuvimos 18 días de huelga de hambre estricta hasta el levantamiento de la medida el 18 de enero de 1978. A los que nunca tuvieron esa experiencia del ayuno voluntario por alguna causa, les resulta inverosímil que uno pueda estar tantos días sin comer. Desde la mirada cínica de los enemigos políticos de la época, la huelga de hambre de las organizaciones sindicales eran una simple fachada para ocultar verdaderas ¡orgías! Incluso algún obispo nos había desprestigiado insinuando un festín de salteñas entre los huelguistas. Se aprovecharon de esto los medios de la dictadura para caricaturizar el supuesto festín de los huelguistas.

Cuando empezamos nuestro ayuno voluntario, lo primero que nos decían los amigos era que, para poder aguantar durante varios días, había que ¡comer! (de ocultas, se suponía) Sin embargo, después de asistir el segundo día de huelga a un rito bastante desabrido de comer unas galletas a hurtadillas y con la conciencia culpable, y desoyendo la experiencia pragmática de los dirigentes sindicales que nos aconsejaban ingerir algún alimento para prolongar al máximo la huelga y la presión sobre el gobierno, nuestro grupo se planteó la tarea de prestigiar la huelga de hambre volviéndola más estricta aún, absteniéndonos inclusive de dulces o de líquidos que pudieran ser alimenticios. Fue nuevamente la autoridad moral de Luis Espinal que se impuso para que nuestro grupo optara por la honestidad con el hambre antes que seguir los consejos de algunos dirigentes o amigos, por muy bienintencionados que pudieran ser.

Haría falta más espacio para destacar otros rasgos de la personalidad de Luis Espinal que fueron fundamentales para que la participación de Derechos Humanos fuera clave en el triunfo de la huelga de hambre y la consecuente apertura democrática que vivimos entre 1978 y 1980. Algunos de ellos se pueden colegir del testimonio que el propio Espinal escribió para una publicación de la Asamblea sobre la huelga de hambre que fue muy difundida esos años, un testimonio personal invalorable que da cuenta de su autoridad moral y fuerza espiritual, y en el que también se pueden leer, en retrospectiva, anticipaciones de su propia muerte a través escenas violentas que tuvo en sus sueños casi cinematográficos de esos días. (Ver en mi blog: https://umbrales2.blogspot.com/2024/03/la-huelga-de-hambre-1977-78.html)

Sólo me queda alentarlos a que lean ese testimonio o sus “Oraciones a Quemarropa”, y sus editoriales publicados póstumamente en el libro compilado por Alfonso Gumucio “Luis Espinal. El grito de un pueblo”, de uno de los cuales hemos extraído una sentencia que nos pareció relevante en la complicada coyuntura presente, hoy atravesada de victimismos de toda especie como estrategias para perpetuarse en el poder, o para recuperarlo a cualquier costo: 

“El país no necesita mártires, sino constructores. No queremos mártires, así se queden vacías las horas cívicas”.

*Hernando Calla es actualmente presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de La Paz (APDHLP)

Lucho Espinal en Huelga de Hambre - Piquete APDHB en Presencia (Foto de Archivo - Alfonso Gumucio)



jueves, 21 de marzo de 2024

La huelga de hambre (1977-78)

En homenaje a Luis Espinal a los 44 años de su asesinato reproducimos su testimonio de la huelga de hambre de 1977-78, en la que tuvimos el privilegio de participar junto a otros mil doscientos ayunadores voluntarios en todo el país. A pesar del contexto diferente, creemos que el carácter primordial de una experiencia como esta trasciende las motivaciones y circunstancias particulares de esa época y permite una aproximación a las potencialidades de la acción humana concertada aun en condiciones extremas límite.

En estas fechas de marzo de 2024, en representación de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de La Paz (APDHLP) queremos honrar la memoria de Luis Espinal y rememorar su generosa vida y fecundo aporte a la institucionalidad democrática de nuestro país, a pesar de que hoy esté... ¡"tan descendido al fondo de la pena", como dijo el poeta! (H.C.)

Testimonio de una experiencia

Por Luis Espinal Camps*

No voy a narrar acontecimientos de todos conocidos y comentados ampliamente por la prensa y radio bolivianas y difundidos a un nivel internacional. Quiero hablar solamente de mis impresiones personales, ante una de las experiencias más intensas de mi vida. Momentos como el del apresamiento de mi grupo de huelga, mientras intentábamos cantar “Viva mi Patria Bolivia”, no los olvidaré jamás.

La lucidez con que hemos pensado en jugarnos la vida, en algún momento, me trae un instante de suprema serenidad: la vida es para esto, para gastarla... por los demás.

Las fechas escogidas para la huelga de hambre fueron impugnadas y parecían poco aptas: fiestas de fin de año, mucha gente estaba de viaje, la universidad cerrada, periódicos y radios sin actividad por el fin de año, etc. No obstante, mi grupo emprendió la huelga el 31 de diciembre, como manera de apoyar a las mujeres mineras precisamente en este cuello de botella. La huelga, como un incendio tal vez no elige el día y la hora. Hay que aprovechar la coyuntura cuando llega.

Para enmarcar mi experiencia de la huelga de hambre he de aclarar dos hechos. Primero: mi condición de intelectual pequeño burgués, que de pronto se siente plenamente inmerso en una experiencia histórica, plenamente popular y revolucionaria. Tal vez, por primera vez, he sido útil para mi pueblo. En aquellos días, nos hemos sentido en la oleada delantera de avance de la historia; nos hemos sentido colocados en una posición justa y en un momento justo.

Aquellas jornadas han tenido algo de semejanza con los días de la lucha por la independencia frente a la colonia. Lo correcto de nuestra actitud lo comprobábamos por el eco popular que tenía y por los comentarios políticos que nos llegaban de grupos representativos. Esto nos hacía sentir del pueblo y para el pueblo.

El segundo hecho es de mi condición de boliviano nacionalizado (frecuentemente atacado por el gobierno como extranjero indeseable), y que en un momento dado se encuentra aceptado por el pueblo; morir por un pueblo puede dar más carta de ciudadanía que nacer en un pueblo. A este propósito, recuerdo que un día llegó un campesino, desde su comunidad perdida en el Altiplano, traía su cartilla de apoyo a la huelga de hambre con tres firmas y dos huellas digitales. Las faltas de ortografía testimoniaban autenticidad popular. Aquel día sentí que no era extranjero en Bolivia.

La huelga de hambre es una experiencia límite a la cual nos hemos lanzado con serenidad, sin entusiasmo, críticamente, después de considerar que las fechas eran poco oportunas. Además, en aquel momento no éramos aún multitudes; éramos el primer grupo de apoyo a las esposas mineras.

Además, la huelga de hambre la hemos empezado con una carga de prejuicios y falta de información. Por ejemplo, yo creía que no se podría durar más de una semana sin comer. Pero en realidad, hemos aguantado casi tres semanas, y aún teníamos resistencia para prolongarla unos días (o semanas) más.

Una hijita de Domitila Chungara le escribía a su mamá; y la palabra “huelga” había cobrado un matiz muy nativo: “welga”; una nueva ortografía popular muy simpática. Era una “welga” del pueblo.

La experiencia del hambre

Lo más doloroso de la huelga de hambre son los primeros días. Luego parece que el organismo se acomoda a la situación. Al principio se siente el hambre, con su acompañamiento de retortijones y acidez gástrica. Hacia el tercer día, era muy intenso el dolor de cabeza. Luego, poco a poco, el aparato digestivo se va paralizando hasta llegar a una inactividad total, como si no existiese. A partir de entonces sólo va en aumento la debilidad; una debilidad que se convierte en somnolencia y cansancio.

Teníamos los ojos un poco irritados, tal vez por estar casi siempre bajo la luz de los tubos fluorescentes. La desnutrición se notaba en la boca: la base de los dientes estaba sensibilizada: tocarlos era como tocar una herida.

La huelga de hambre me ha hecho descubrir las energías físicas de nuestro organismo, mucho más resistente de lo que creía. Es una máquina extraordinaria. El organismo se ha puesto a economizar energías, a autodefenderse a base de una especie de hibernación: parecía que todo se había lentificado, hasta la respiración. También son inmensas las energías de nuestra mente; y el cuerpo necesita los ideales con más urgencia que la misma comida. Cuando se cree en lo que se hace, el cuerpo resiste mejor. Hemos descubierto que podemos más de lo que creíamos; estamos más arraigados a la vida de lo que sospechamos.

Por otra parte, hemos tenido una esmerada atención médica; no era por lo tanto jugarse la salud a la ruleta.

La profunda somnolencia que da la debilidad nos hacía encontrar aceptable la dureza del suelo para dormir. A pesar de que cada día eran más salientes las aristas de nuestros huesos, se podía dormir con facilidad. Hasta sobre clavos habríamos dormido.

Durante la huelga, no se antojaban platos exquisitos, sino la comida más vulgar: tostaditas de pan. Aún el agua tenía un sabor envidiable. Un día intenté imaginar alguna comida de las que no me gustan; pero en aquel momento todo me parecía sabroso y a pedir de boca.

Un amigo se preparó tan bien para la huelga de hambre que de empacho no pudo entrar en ella.

Caí en la cuenta de que nunca había tenido la experiencia del hambre. Esta experiencia el pueblo la sufre con frecuencia; nosotros la hemos sufrido como en un laboratorio. El hambre se nos ha convertido también en un medio de comunicación; es una manera para comprender mejor al pueblo que hambrea siempre, y no solamente en una circunstancia excepcional. El hambre es una experiencia violenta, que nos hace comprender la valentía y la ira del pueblo. Cuando se tiene hambre se comprende mejor la urgencia de trabajar para que haya justicia en el mundo. Los pobres hambrean todo el año; pero ellos no están en vitrina (como estábamos nosotros), y su hambre es tan crónica que ya ha dejado de ser noticia. Este pensamiento me hacía sentir un hambriento muy especial, muy alharaco, muy burgués.

Con el subconsciente a flor de piel

En la huelga de hambre he aprendido muchas cosas. Al tratarse de una experiencia límite me he enfrentado con problemas tan serios como el de la muerte, que hemos aceptado como una posibilidad real y concreta, seguramente como se hace en la guerra. Una vez se ha aceptado la muerte misma si hiciese falta, ya no hay nada que pueda acobardar; y esto nos ha dado una gran libertad y lucidez; pienso en las cosas que hemos dicho a los policías que nos apresaban o amenazaban. Por ejemplo, nosotros decíamos a los mediadores que no tuviesen prisa. La huelga de hambre debe ser más angustiosa para el que la contempla que para el que la sufre.

La debilidad parece que pone el subconsciente a flor de piel. Cualquier ejercicio de yoga me habría sido fácil. Bastaba fijar la atención en un punto, para perder lentamente la conciencia del mundo circundante y sumergirse en una especie de serenidad, como un nirvana. Comprendí el fácil engaño de los estados místicos. El límite entre vigilia y sueño parece ser mucho más débil, al igual que entre consciente e inconsciente.

Con la debilidad creciente, no se ha desmoronado nuestra voluntad (como temíamos), ni se ha oscurecido nuestra mente; todo lo contrario, ahora comprendo por qué se dice que “es más listo que el hambre”. Es cierto que hemos sentido la debilidad física (expresada en la somnolencia, que algunos ya tenían como si fuera una precursora de la muerte), hemos notado que nuestro subconsciente afloraba más fácilmente y se expresaba a través de sueños relacionados con los temas básicos del hambre, la violencia y la muerte. Yo, por ejemplo, nunca sueño, pero en aquellos días tenía sueños de estilo cinematográfico: entraba la policía y nos baleaba, allí sobre el suelo, y los chorros de sangre saltaban lentamente, como en los filmes de Peckinpah; y comíamos carne humana, unos filetes alargados, como los deportistas del accidente de avión en los Andes.

A lo largo de la huelga han ido en aumento los índices de emotividad, notaba que me fallaban los controles culturales que normalmente limitan su expresión exterior. Por ejemplo, me sentí extraño, al notar la facilidad con que me atacaba el llanto o la emoción.

Nos han dicho que el hambre aumenta la agresividad; más aún, que nos notaban más agresivos. Esta debe ser una componente del instinto vital de conservación: agresividad para defenderse en una situación de peligro habitual. Nosotros no notamos esta agresividad contra el grupo, lo cual sería lamentable para la convivencia. Esta agresividad, tal vez se descargaba en las visitas, y sobre todo en los comentarios que hacíamos.

En realidad, durante la huelga, el mayor peligro que hemos tenido hemos sido nosotros mismos: los nerviosismos, el pánico, la ansiedad... los huelguistas que se han tenido que dar de baja médicamente, con frecuencia se han debido a estas causas sicosomáticas, más que a la debilidad física proveniente de no comer. Por eso tiene tanta importancia el mantener la moral alta dentro de cada grupo. Lo cual se ha logrado con los chistes, la comunicación, la clarificación de nuestros objetivos, aceptar las amenazas, etc.

La huelga de hambre, como toda praxis radical, ha ayudado también a radicalizarnos y a aclarar nuestras actitudes ideológicas. Ante el hambre ya no vale la simple palabrería aprendida en los libros. La huelga de hambre nos ha radicalizado a nosotros y ha radicalizado a la gente que ha estado en contacto con nosotros. Es el mejor cursillo politizador al que hemos asistido jamás. Este cursillo intensivo de politización era ayudado por la misma variedad humana y política de los participantes del grupo de huelga; así se han entablado provechosos diálogos entre diversos partidos, y se ha profundizado en un necesario diálogo cristiano-marxista, etc. De los grupos que han estado en la huelga de hambre, sin duda, van a salir personalidades para la militancia política más estricta.

Hambre e ideología

La huelga de hambre vale políticamente en la medida que es una experiencia publicitada, es una experiencia para la vitrina, en un local periodístico, lejos de toda vida privada. Por esto habíamos elegido acertadamente el local de un periódico. Esto ya plantea un tema político: la huelga de hambre no es un acto solamente ético y personal, sino publicitario y colectivo; la huelga vale en la medida en que es conocida y divulgada. Por supuesto, entiendo por publicitario que ha de ser público y publicitado, no que deba ser falso o ficticio. Esto nos separa totalmente de la moral individual puramente privada y personal.

Al empezar la huelga de hambre, encontramos un buen motivo publicitario y emotivo: sustituir a los niños mineros para que ellos no hambreasen. Este era un recurso emotivo y fácilmente comprensible para todos. Más adelante, ya optamos más directamente por el apoyo de los cuatro puntos propuestos por las huelguistas de las minas, y que luego cohesionaron a todos los grupos.

Cuando iban proliferando los grupos de huelga de hambre por todo el país, el gobierno habló de una “gran organización” y de una “cabeza invisible” que lo planificaba todo. En realidad, la huelga de hambre fue un fenómeno espontáneo, que halló gran eco popular por la justicia de lo que se pedía y por una creciente conciencia de lo raquítica que fue la amnistía navideña. La huelga brotaba por doquier, como la hierba después de la lluvia, sin que nadie la siembre. Por otra parte, en lo que se pedía no había slogans sofisticados ni raros, ni palabrería política para entendidos, sino enunciados llanos y asequibles a todos. Se pedían cosas concretas, en vez de soltar epítetos hirientes contra el gobierno. Al estar formuladas las peticiones de un modo llano y poco ideológico –no se identificaban con consignas de ningún partido político– y de gente independiente.

Si se hubiesen lanzado consignas frías, ningún partido político habría sido capaz de acaudillar un movimiento semejante. Y en cambio, aquí no había una buena red organizativa; aunque no se pueden desconocer los aportes de Derechos Humanos y de los grupos universitarios. La expectativa en que se mantuvieron los partidos políticos (además de mostrar su propia debilidad) fue beneficiosa, para no politizar excesivamente el movimiento huelguístico, y mantenerlo dentro de un tono solamente humano y sindical. Hay que tener en cuenta que los seis años de dictadura en su afán de desmovilización social han desprestigiado en exceso la palabra “política”.

La huelga de hambre se ha enmarcado dentro de las características de una lucha pacífica de resistencia, tipo Gandhi o Luther King. Este pacifismo ha dificultado la credibilidad de los epítetos injuriosos lanzados por el gobierno, de que era un movimiento “extremista” o “subversivo”. Nuestra protesta difícilmente se podía decir que alteraba el orden público. Su aspecto pacífico minaba la moral de los mismos agentes y tiras, como vimos en la noche que nos apresaron; uno de los policías comentó: “Nunca he odiado mi profesión como ahora”. La fuerza bruta de ellos quedaba ridiculizada y denunciada por nuestra simple actitud de resistencia pasiva.

La huelga de hambre la he sentido como una experiencia clave en contra de la sociedad de consumo. Cuando uno se priva de algo tan necesario como el alimento, todos los bienes de consumo se vuelven superfluos y aún ridículos. ¿Qué significa entonces el dinero, la posesión de bienes, la comodidad, el afeitarse y aun ciertas formas de educación y urbanidad...? Cuando no se come, la moda, las apariencias, el qué dirán, el figurar, etc. pierden todo su valor. Así se recobra un alto nivel de libertad, ya que el consumo nos compra: hemos de someternos a mil cosas para ganar más y poder comprar más.

Nuestro grupo se planteó la tarea de prestigiar la huelga de hambre. Ya que es la última arma del pueblo, no se la puede desgastar y depreciar impunemente. Hemos visto los conatos desesperados del oficialismo por desprestigiar la huelga de hambre por medio de calumnias e insinuaciones de que se comía.  Por esto, nuestro grupo optó por hacer una huelga más estricta aún, absteniéndonos aún de dulces o de líquidos que pudieran ser alimenticios.

Esta agudización de la estrechez de la huelga de hambre nos ha servido también a los mismos huelguistas para mantener una moral más alta: el hambre era tan sincera como nuestras peticiones e ideales. Por esto rechazamos toda propuesta de farsa, para quienes querían sensacionalismo. Por otra parte, la alta resistencia de nuestros organismos ha dado a la huelga el tiempo necesario y suficiente para que evolucionen los acontecimientos y las negociaciones. Pensamos que, como pequeños burgueses, tenemos más reservas orgánicas que un obrero, habitualmente mal alimentado.

Algunos sentían la necesidad de “espiritualizar” la huelga de hambre, para hacerla más cristiana; y en ese sentido se celebraron dos misas en nuestro grupo. Yo no sentía esa necesidad. El hambre me resultaba un magnífico rito religioso, de solidaridad y comunión. ¿Por qué he de buscar a Dios por otros caminos, cuando sufro solidariamente con mis hermanos? ¿Porqué buscar a Dios en el misterio, cuando era tan tangible en la vida?

También dentro de la iglesia católica se manifestaron claramente las estructuras de clase; propendían a sostener las ideas del gobierno y en cambio la gente de base se identificaba con los postulados del pueblo. Por ejemplo, el Cardenal pactó con el gobierno, por su cuenta, sin tener en cuenta, ni escuchar detenidamente las propuestas de los huelguistas. Menos mal que luego retractó su actitud. En cambio, el Arzobispo de La Paz (Monseñor Manrique) estuvo siempre a nuestro lado; nunca olvidaré su presencia silenciosa y doliente, pero participante en una de las noches en que estaba preso. Finalmente su actitud firme y la amenaza de “entredicho” fueron los que solucionaron el problema.

Experiencia de grupo

Celebrar algo juntos, une. Pero hambrear juntos creo que une mucho más. Hemos tenido una experiencia de grupo y de hermandad inolvidables, durante la huelga. Lo que nos unía eran actitudes e ideas muy importantes para nosotros.

La huelga de hambre ha sido una extraordinaria experiencia de grupo; pocas personas encerradas en un espacio reducido y enfrentadas con problemas básicos de política y supervivencia. Esta es una situación ideal para un grupo. Este grupo variado se ha unificado por la presión misma de los acontecimientos, y por la vibración de los mismos ideales. Esta experiencia de grupo se ha convertido en un cursillo fecundísimo, que nos ha politizado más y nos ha enriquecido humanamente. Acercarse a los problemas del pueblo es una gran universidad.

Por otra parte, éramos un número ideal (once personas), un grupo fácil de interrelacionarse: ni demasiado grande ni excesivamente pequeño. El espíritu de grupo nos ha ayudado a olvidarnos de nosotros mismos como individuos: lo cual se probó en el momento de la separación violenta y el aislamiento (al caer presos) donde cada uno estaba dispuesto a arriesgar su vida (por ejemplo, al cortar el consumo de agua y el rechazo de la asistencia médica, en el momento más crítico, con tal de tutelar a los demás). Este espíritu de equipo es el que nos llevó a la solidaridad con cinco mujeres mineras, a una solidaridad mayor entre más de mil huelguistas de hambre y numerosos grupos de apoyo, hasta convertirnos en un movimiento nacional y aún internacional.

En la huelga de hambre, los grupos de apoyo han sido tan importantes (o más) que los mismos grupos de huelga. Una decisión acertada fue la de no dialogar con el gobierno, grupo por grupo separadamente, sino en todos conjuntamente, a través de nuestros mediadores de Derechos Humanos (que no estaban en huelga, al menos al principio) y podían conocer mejor los detalles de la situación sociopolítica.

Pronto nos dimos cuenta que los grupos más aislados eran los más expuestos al pánico y a la desorientación, o a tomar decisiones incorrectas o apresuradas. Por esto nos han ayudado extraordinariamente las visitas; porque aunque cansen físicamente, pero distraen y animan. Y, a veces, derivan en anécdotas chistosas: un sábado a medianoche vino a verme un amigo farreado; también él quería entrar en la huelga de hambre. Le dije que volviese al día siguiente, ya de sano, y que entonces hablaríamos. Aquella noche, mi amigo se quedó durmiendo en la escalera.

En estos momentos excepcionales se muestra realmente quién es quién. Amigos, al parecer muy cercanos, se hicieron humo; como si fuésemos apestados. En cambio, nació nueva solidaridad con centenares de personas, antes desconocidas.

Los mensajes, frecuentemente chistosos, que intercambiábamos entre los grupos de huelga, han sido muy eficaces para mantener la moral y unirnos para una misma causa. Así se ha creado una “mística” que superaba en mucho una “eficacia puramente funcional”. Luchar por una causa justa no es algo triste, aunque se pase hambre.

Siempre los chistes macabros tienen un sabor agridulce; pero contados por famélicos durante la huelga, se ve que tenían un impacto especial sobre los visitantes; eran como una pedrada en un cristal; era romper esa convención social de no hablar de la pita en casa del ahorcado.

Cada grupo, en sus contactos con la prensa, narraba sus propias experiencias, pero dejaba los comunicados y los temas de fondo para los mediadores, para evitar interferencias y discrepancias. También, un buen ejemplo práctico del espíritu de grupo que nos ha animado ha sido el delegar quienes iban a hablar ante las diversas televisiones que vinieron a entrevistar, sin llevarnos las ganas de figurar o de aparecer en la pantalla.

La huelga de hambre, finalmente, ha dado la lección de la posibilidad de formar un frente amplio dentro de la izquierda, arrinconando momentáneamente lo que nos separa, para insistir en lo que nos une tácticamente. Sería un idealismo utópico y un despilfarro de energías insistir en lo que nos diferencia; este es un lujo que en este momento no nos podemos permitir, y que aplazamos para tiempos mejores. Nuestro enemigo es el fascismo y el imperialismo, y no nuestro hermano de izquierda que milita en el partido de al lado.

En el momento de la prueba

Las tácticas utilizadas para hacernos desistir de la huelga de hambre han sido numerosas. He aquí algunas para tenerlas en cuenta como experiencia para el futuro:

1.      Cansarnos dando largas antes de entablar un diálogo con los huelguistas;

2.      Procurar infiltrar policías en los lugares de huelga, para descubrir a los cabecillas y organizadores, para poder actuar contra ellos;

3.      Desalentar con amenazas, con presiones familiares, con la incomprensión de los amigos, etc.;

4.      Desprestigiar la huelga de hambre, diciendo que comíamos, hacíamos orgías, etc.;

5.      Con la represión abierta, al tomarnos presos, y amenazándonos con juicios y expulsiones del país...

Durante el Congreso Nacional de Derechos Humanos, en diciembre, la policía había rodeado el recinto de las reuniones y nos había sacado fotos a los participantes. Durante la huelga de hambre, nos dimos el gusto de ser nosotros quienes sacábamos fotos a los policías camuflados que venían a observar. Cada fotografía, a juzgar por sus caras, les dolía como un disparo.

Al allanar los centros de huelga de hambre, la policía dejó en algunos de ellos botellas de licor para denigrar a los huelguistas. También se calumnió a la huelga hablando de orgías entre la gente joven de la universidad Todo esto es absurdo. En el estado de inanición en el que estábamos, el trago habría desecho nuestro estómago, cuando hasta un café nos daba náuseas. Y el que imaginó las orgías estaba bien comido, ya que el hambre adormece todo instinto sexual.

Una medida acertada ha sido la de continuar la huelga de hambre aunque estuviésemos ya presos e incomunicados. Si a esto se unía el no aceptar revisión médica, creaba el pánico de que alguno de los huelguistas se muriese en los lugares de detención.

Una noche, hacia las tres, tuve enormes ganas de fugarme. Era algo así como el deseo de un niño de hacer una travesura, simplemente para molestar a la autoridad arbitraria. La clínica estaba silenciosa; los policías dormían; y allí sobre la mesa estaba la llave... Pero había otros presos; y mi fuga habría embromado a los demás. Hubo que dejarlo para otra ocasión.

Radicalizar la huelga de hambre hasta convertirla en huelga de sed es una medida extrema, y sólo se debería usar como último recurso. Aquí el plazo temporal de que se dispone es mínimo (¿48 horas?) y fácilmente es irreversible y puede acarrear lesiones orgánicas de importancia. Los universitarios de La Paz se lanzaron por cuenta propia a este camino, sin consultar. Al tratarse de un último cartucho, hay que jugarlo con toda lucidez. Así creo que lo jugué, una vez ya estábamos presos e incomunicados, como arma para conseguir movilizar a favor de nuestros compañeros presos. Hacer huelga de sed, cuando uno ya está debilitado por la huelga de hambre, fue tal vez una indiscreción. Con la huelga de sed, la boca y garganta se secan; la lengua parece de corcho, en la boca no hay una gota de saliva, y aún hablar se hace difícil. La sed que se tiene es rara; no es la sed ordinaria que todos conocemos, es ya un dolor como un cuchillo clavado en el paladar y que va hasta el cerebro.

Y llegó el triunfo

Ha sido también importante la experiencia del triunfo; pero de un triunfo limpio, que afectaba más a los otros que a uno mismo.  Esto me ha dado la impresión de ser éstos unos días que valía la pena vivirlos, que valía la pena sacrificarlo todo por ellos. Hemos visto claramente que hay cosas que valen más que la propia vida. ¿No será ideal muy rastrero esperar morirse de senectud y vejez? ¿No será mejor morir por algo?

La victoria política ha sido múltiple; no solamente se ha conseguido lo que se pedía sino que se ha dado osadía y esperanza al resto del pueblo: así se han ido desconociendo a los “coordinadores” laborales, y resurge el empuje sindical. En las calles se ven caras conocidas de personas que hace años estaban en el exilio o en la cárcel. Otros obreros recuperan sus puestos de trabajo.  Esta victoria, el pueblo la ha ido aprovechando con prudencia, sin provocaciones, sin alarmar a nadie con palabras estridentes. Es mejor que sean los hechos los radicales.

La huelga de hambre se ha convertido en una experiencia imitable aún continentalmente. El ejemplo boliviano ya se ha citado en el Brasil como un precedente; y en Perú se ha procurado imitar el modelo boliviano. Entonces, hambrear valía la pena.

Los días posteriores a la huelga, me daba vergüenza andar por la calle. Personas desconocidas, gentes de toda clase social, nos han felicitado repetidamente por la calle. Finalmente, no hemos hecho la de hambre tú y yo; ha sido todo un pueblo, hemos sido uno más dentro de la corriente. No he hecho nada extraordinario: era algo que simplemente había que hacer.

*En: La Huelga de Hambre, Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Bolivia, 1978.



Luis Espinal en Huelga de Hambre en Piquete APDHB en Presencia (Foto de Alfonso Gumucio)

miércoles, 13 de marzo de 2024

Huelga de hambre y calorías

 COMPARTIDO EN MARZO DE 2024, A 44 AÑOS DEL ASESINATO DE LUIS ESPINAL

 por Hernando Calla (texto inédito, 7 de enero de 1978) *

Alguien ha dicho que la huelga de hambre es el único medio de presión con que cuentan los bolivianos para reclamar por sus legítimos derechos: el derecho a caminar libremente en su propia tierra, el derecho al trabajo, el derecho a la palabra, es decir, a la política, en fin, el derecho a una vida digna libre de los abusos y arbitrariedades de los poderosos. Si es así, hemos de preocuparnos por reivindicarla para que se convierta en un instrumento verdaderamente eficaz de presión moral y política en una situación como la nuestra en que se han anulado los procedimientos legales y políticos, y los individuos e instituciones se ven perseguidos y desterrados por reclamar la vigencia de estos procedimientos [el estado de derecho].

Son pertinentes algunas consideraciones acerca de la huelga de hambre [de 1977-78 en Bolivia]. Ha sido un síntoma de desprestigio en que se encuentra esta última el hecho de que un obispo se haya, a su vez, desprestigiado insinuando un festín de salteñas entre los huelguistas. Se aprovecharon de esto después los “fachos” y amarillos para caricaturizar de varias maneras el “alto contenido calórico” de la dieta de los huelguistas (ver caricaturas de Rod Bal de El Diario, Confucio de Hoy, etc.) Parece que por muy honestamente que uno quiera enfrentar este ayuno voluntario, aunque políticamente motivado, la huelga de hambre tiene antecedentes que posibilitan fácilmente los intentos de desprestigiarla.

Y es que quizá hacen falta ciertos criterios sobre las calorías permitidas en una huelga de hambre verdadera. La tecnología moderna ha complicado el problema: es posible que el obispo arriba mencionado haya “metido la pata” con lo de las salteñas, pero también es posible que no se haya equivocado en cuanto a las equivalencias calóricas de las salteñas; paradójicamente, es posible tener una huelga de hambre “multivitamínica” como comprobamos los del “grupo de Presencia” [2do piquete de huelga organizado por la APDHB] por los frascos que nos llegan con píldoras y cápsulas de todo color. Aún no sabemos si es que tales vitaminas son meras “estimulantes del apetito” (¡!) como se leía en uno de los frascos (¡lo cual nos asustó!), si son dañinas cuando no se ingieren con otros alimentos (como lo es el cigarrillo que igual hace daño aun con alimentos, nos dicen), o sin son substitutos verdaderos de las comidas, lo cual por supuesto haría mofa de la huelga (alguien mencionó los “pollos en cápsula” que le pegan los astronautas).

Hay que averiguar también acerca de las medicinas. Se sabe que muchos remedios tienen efectos colaterales dañinos para la salud, y es posible que en una huelga de hambre sean aún más dañinos. Sugiero que aquellos que hayan tenido problemas de nauseas, dolores de cabeza y otros a causa de ingerir ciertos remedios (aspirinas, anticíclicos, etc.) anoten sus experiencias para que sirvan de orientación a otros huelguistas y también para otras huelgas en el futuro.

Leí en un libro que el hombre necesita unas 2.500 calorías diarias. Es posible que las clases populares con la precaria alimentación que tienen, no llegan a ese promedio saludable. También es probable que los del grupo de Presencia estemos en un mejor estado de nutrición y salud, y por lo tanto podamos aguantar más y con menos debilitamiento la huelga de hambre que otros grupos de mineros, campesinos, etc. O es posible que ocurra precisamente lo contrario ya que ellos en realidad hacen huelga de hambre todo el tiempo; como decían las señoras mineras respecto a su situación antes de empezar la huelga: “es preferible hacer huelga de hambre aquí que pasar hambre con nuestros hijos sin que a nadie le importe en nuestras casas”. Las diferencias de clase también aparecen en las huelgas de hambre, por lo visto.

Otro aspecto en este sentido lo pudimos ver en los “dulces” (recomendados por “conocedores” en huelgas). Vimos en nuestro grupo que nos llegaban, por medio de familiares y amigos, caramelos importados muy substanciosos, muy ricos y también muy bien “empaquetados”. Suponemos que en otros grupos llegan más los dulces “por metros” de industria nacional y que por supuesto son mucho más baratos. Algo paradójico: hemos escuchado que algunos compañeros cogieron una enfermedad muy rara para una huelga de hambre: la “hiperglicemia” o sobredosis de azúcar en la sangre. Puede ser que sean casos donde ya exista una predisposición para enfermarse así, pero puede haber ocurrido también que… ¡se haya ingerido muchos dulces! En fin, aquí en el grupo hemos decidido no comer caramelos para que nuestra huelga de hambre no sea tan “dulce”, y ojalá se volviera una regla para darle un mayor prestigio a la huelga de hambre.

Así y todo, los médicos nos dicen que el azúcar es importante para la sangre, hay que averiguar en este sentido cuál es el mínimo indispensable. Es posible que el azúcar en los líquidos: café, té, mate, sea suficiente. La miel también nos parece que contradice a la idea de una huelga de hambre. Se puede argüir contra esto que lo esencial en una huelga no es “morir de hambre” sino “hambrear por más tiempo” hasta que la situación se haga insostenible para el gobierno. Un amigo visitante nos sorprendió aconsejándonos, en nuestro 7mo día de huelga, que era hora de que “alguno de nosotros dejara de comer para que hubiera bajas y así poder dramatizar la cosa para la opinión pública” (¡!). O bien la sugerencia era que “alguno de nosotros se cortara el agua”.

Al contrario, no vemos la necesidad de adoptar tácticas de algunas “comidas” dentro de una huelga de hambre. La inclinación del grupo es a la honestidad con el hambre y a decidir colectivamente cuestiones radicales como “cortarse el líquido totalmente para todos”. No sabemos aún, estamos en nuestro 8vo día de huelga y desde hoy tomamos sólo líquidos con azúcar (nada de dulces) hasta que decidamos otra cosa más radical.

Nota [post huelga, como otros textos entre corchetes]: Quizá lo que los huelguistas tienen que procurarse de cualquier manera es agua abundante tanto para tomar como para lavarse, cuando uno no se alimenta por la boca lo hace por los poros. Y finalmente aire fresco, las ventanas bien abiertas y evitando que se concentre el aire viciado y el humo de los cigarrillos.

*Hernando Calla es presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de La Paz, testimonio inédito/reflexiones en la huelga de hambre de 1977-78



domingo, 18 de junio de 2023

NO QUEREMOS MÁRTIRES

Comparto estos pensamientos de Lucho Espinal sobre los mártires pues percibo en la atmósfera ideológica polarizada que nos envuelve ciertas tendencias a absolutizar las consignas que orientan el accionar de las agrupaciones sociales y políticas radicalizadas por este mismo ambiente polarizado que se nos impone en Bolivia.
Aunque fuera escrito (este borrador inconcluso y otros sobre la muerte) hace más de 40 años en un contexto muy diferente, pienso que sus reparos a cierta vocación de "mártires" han demostrado ser plenamente justificados por la evolución perversa de los ideales de la lucha y el cambio social (en esos tiempos asociados al socialismo y la revolución) en ideologías antidemocráticas de vocación totalitaria y en consignas hoy desacreditadas de "patria o muerte" y similares.
Pero es latente el peligro de que quienes adversamos esas ideologías y consignas trasnochadas quedemos también contagiados por el radicalismo desviado de aquellos que han encontrado en su vocación de "mártires" una estrategia de victimismo individual y social que les permita prolongar su poder, o recuperarlo sin mayor esfuerzo.
¡Alerta con los cantos de sirena de autoinmolación de los mártires!

NO QUEREMOS MÁRTIRES

por Luis Espinal (Borrador inconcluso)*

El país no necesita mártires, sino constructores. No queremos mártires, así se queden vacías las horas cívicas.

El mártir es un personaje vistoso, y los personajes vistosos no sirven para el socialismo; piensan demasiado en sí mismos. El mártir es el último aventurero; en otro siglo pudo haber sido un pirata o un negrero. El mártir es un individualista, equivocado de lado.

El mártir es un masoquista; si no puede vencer en el triunfo, procura sobresalir en la derrota. Por esto, le gusta ser incomprendido y perseguido. Necesita al torturador; e inconscientemente lo crea.

¿El mártir no será flojo? No tiene la constancia para vivir revolucionariamente; por esto quiere morir, en espera de convertirse en personaje de vitrina. Porque el mártir tiene algo de figurón y de torero.

El grupo político desplazado tiende a la mística del martirio; procura sublimar la derrota.

En cambio, el pueblo no tiene vocación de mártir, cuando el pueblo cae en combate, lo hace sencillamente, cae sin poses, no espera convertirse en estatua.

Por ello, necesitamos videntes, políticos, técnicos, obreros de la revolución; pero no mártires.

No hay que dar la vida muriendo, sino trabajando. Fuera los slogans que dan culto a la muerte. Alguien dijo: "El peso lo llevan los bueyes, y no las águilas."

Para la revolución social desconfiemos del entusiasmo adolescente. Los mártires son adolescentes de 50 años de edad.

La revolución es algo demasiado serio para tomársela a la ligera. La revolución es violenta: es una operación quirúrgica social; por esto no hay que entusiasmarse con el bisturí.

Dicen que la revolución es laica; pero si nos descuidamos podemos caer en todos los mitos idolátricos de culto a la personalidad, al esfuerzo, al melodrama... Pero revolución y melodrama no combinan.

Porque la revolución necesita hombres lúcidos y conscientes; realistas, pero con ideal. Y si un día les toca dar la vida, lo harán con la sencillez de quien cumple una tarea más, y sin gestos melodramáticos.

*Extraído de  Alfonso Gumucio Dagron (Comp.) Xavier Albó, Antonio Peredo, Gregorio Iriarte, "Luis Espinal. El grito de un pueblo". (Capítulo VI, Editoriales para prensa y radio, p. 158-9). La Paz: Plural Editores/Fundación Xavier Albó, 2017



jueves, 22 de septiembre de 2022

Luis Espinal: "...en vano pretendemos ser un Estado de Derecho"


Editorial de Luis Espinal sobre la impunidad y el desprestigio de la justicia (4 Nov, 1971)

Va pasando el tiempo y los famosos asesinatos de los esposos Alexander, Otero, Soliz, Larrea, etc. siguen si esclarecerse: Pero esto no sucede por falta de datos, sino por exceso de ellos.

Alternativamente son detenidos o puestos en libertad los acusados y luego los acusadores. Esta falta de seriedad es denigrante para el país, y provoca en el ciudadano una enorme desconfianza ante la justicia. Este resultado es de una gravedad patética; porque quien no cree en la justicia pública, adopta fácilmente el sistema antisocial de hacerse la justicia por su mano. Los diversos cambios políticos del país no han mejorado esta situación; lo cual hace sospechar que los verdaderos culpables tienen el poder suficiente para permanecer impunes antes y ahora.

En este caso, da la impresión de que la justicia y la ley caen sólo sobre los pobres y los que carecen de influencia. Se buscan culpables fantasmales, y se escabullen los reos verdaderos.

Lo que no se comprende es el silencio y la pasividad de los juristas y magistrados, como si no les importase que los manejos turbios de un asunto de tanta importancia les salpique también a ellos,

Cuando se desprestigia un magistrado en sus funciones de juez, es toda la justicia que se desprestigia, y todos los hombres que la administran. Sea o no verdad, la sospecha de venalidad o prevaricato será difícil de arrancarla de nuestra imaginación. Mientras no se moralice el país en este aspecto judicial, en vano tenemos una Constitución, y en vano pretendemos ser un Estado de Derecho.

Luis Espinal Camps, Radio Fides, 4 Nov. 1971 (Gregorio Iriarte, "La hora de los asesinos", CEP 1981)

Extraído de "Luis Espinal. El grito de un pueblo". Alfonso Gumucio Dagron (Comp.) Plural Editores, Fundación Xavier Albó: La Paz, 2017



sábado, 6 de enero de 2018

El ayuno voluntario como una práctica de izquierda


por Hernando Calla*/Kostas Chatzikyriakou


Piquete de huelga de hambre de 1978 (foto de Alfonso Gumucio D.)

Hasta mis 27 años, el ayuno me sugería –lo mismo que probablemente a muchos de mis contemporáneos– el ayuno poco voluntario de las "fiestas de guardar", relacionadas con el calendario religioso. En efecto, para algunos de nosotros cuya adolescencia y juventud coincidió con los años de dictadura militar (desde mediados de los sesenta hasta principios de los ochenta), el rechazo del ayuno religioso era otro aspecto más de nuestra actitud “revolucionaria”: rechazábamos el ayuno junto a otras creencias y prácticas de la “alienación religiosa”; aunque más tarde algunos tuvimos una ceremonia de matrimonio religiosa, bautizamos a nuestros hijos, fuimos padrinos o madrinas, etc.

En la víspera del Año Nuevo de 1978 me sumé junto a otras diez personas, que en el transcurso de los siguientes días llegaron a cerca de 1200, a una medida de ayuno voluntario –la famosa huelga de hambre iniciada por mujeres de las minas y rememorada en un libro de próxima publicación–1 en busca de la recuperación de las libertades democráticas de cuya privación el pueblo boliviano se había hartado. En dicha oportunidad pasé de una vida donde el ayuno regular había desaparecido prácticamente de nuestras costumbres a un ayuno total de varios días (hasta 18 en nuestro caso) donde sólo consumíamos líquidos.

Han pasado 25 años desde entonces y me pregunto: ¿qué es lo que ha quedado de todo aquello? Habíamos luchado por recuperar la democracia y nos motivaban ideales de libertad y justicia social. Pero una vez lograda la apertura democrática, y desencadenado el proceso de restitución de las libertades políticas y sindicales, se dieron nuevamente aquellos procesos de enajenación histórica en que los frutos de los esfuerzos de hombres y mujeres por constituirse en comunidad se vuelven contra ellos mismos. Son estos procesos perversos en el marco de la democracia representativa, tal como ésta ha llegado a configurarse hasta el momento, los que han determinado su déficit creciente de legitimidad entre la población al punto de que ya no sabemos si ésta la considera todavía un régimen político preferible a las dictaduras [hoy 6 de enero de 2017, no sólo lo sabemos sino que estamos convencidos de ello].

Hace cuatro meses, el 28 de marzo de 2003, rememoramos el acontecimiento con algo de sabor amargo en la boca y el sentimiento de no haber logrado arribar, como comunidad nacional, a ningún puerto. De todos modos, quisimos celebrar los 25 años del ayuno histórico con unas palabras de conmemoración de la fecha y de reflexión sobre la coyuntura actual, algunas canciones de la época y, sobre todo, compartiendo un buen rato con los amigos mientras degustábamos una copa de vino y unos quesitos.

Posteriormente, algunos de los asistentes nos hemos reunido varias veces en la sede de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Bolivia, gracias a la generosa hospitalidad de sus impulsoras, compartiendo nuestros criterios, a menudo divergentes, sobre la difícil coyuntura que estamos viviendo los bolivianos. Lo que hemos experimentado es cierta desazón al no poder asimilar muchos hechos indigeribles del acontecer reciente (p.ej. lo ocurrido el 12/13 de febrero [hacíamos referencia a un enfrentamiento sangriento entre militares y policías en el mismísimo centro político del país]) dentro una perspectiva afín que tienda a una eventual comunión de criterios y sentimientos.

Al reflexionar sobre las razones de un probable desencuentro con los amigos de entonces, me pregunto si no será por no haber incluido en nuestras reflexiones al hecho mismo de haber ayunado tantos días en esas épocas lejanas. En su momento, la experiencia era para mí totalmente desconocida. En mi familia, la política y el ayuno habían estado prácticamente ausentes: a pesar de ser oriundos de las minas, donde la combativa clase minera tenía una larga tradición de este tipo de métodos de lucha, poco o nada sabíamos de una huelga de hambre.

Cuando empezamos el ayuno aquel de 1977-78, lo primero que nos decían los amigos era que, para poder aguantar durante varios días, había que ¡comer! (se suponía que de ocultas). Sin embargo, después de asistir el segundo día de huelga (el primero estábamos tan cansados que hasta nos habíamos olvidado que no comimos en todo el día) a un rito bastante desabrido de comer unas galletas a hurtadillas y con la conciencia culpable, nuestro grupo se planteó la tarea de prestigiar la huelga de hambre. Frente al intento del oficialismo por desprestigiar la huelga de hambre por medio de calumnias e insinuaciones de que se comía opíparamente, nuestro grupo optó por hacer una huelga más estricta aún, absteniéndonos inclusive de dulces o de líquidos que pudieran ser alimenticios.

Mi madre, enterada de mi decisión de empezar a ayunar en la víspera de Año Nuevo y a pesar de haberse solidarizado “con su hijo” hambreando también ella durante la fiesta que obsequiaba a sus amigos, no se amilanó con la noticia y, después de conversar con papá y cavilar un poquito como era su costumbre, apareció toda sonriente el 2 de enero con su botella de ¡zumo de zanahorias! Le dolió mucho cuando le rechazamos el elixir, pero no pasó mucho tiempo y apareció nuevamente con unos dulces especiales rellenos con chocolate; pobrecita, sufrió mucho al no poder encontrar una alternativa digerible por nosotros, pero al final se resignó y terminó por comprender nuestras razones y la justicia de nuestras demandas.

Durante la huelga no se nos antojaban platos exquisitos, sino la comida más vulgar: tostaditas de pan. Aún el agua tenía un sabor envidiable.2 Apenas terminó la huelga, mientras nos aprestábamos a disfrutar el dulce sabor de la victoria, una amiga nos convidó unas galletitas de agua con miel, pues nos habían aconsejado no volver a comer una comida corriente sino gradualmente; nada me había parecido antes más sabroso que aquel tecito con galletas. No sabe lo que se perdió el amigo del Taller de Teatro Popular, al haberse "preparado" con demasía para ingresar a la huelga, de empacho ya no pudo sumarse al ayuno voluntario.

Pero pienso que hicimos mal en dejar de ayunar regularmente, una vez concluida la huelga de hambre. Entiendo que algunas compañeras y compañeros participaron otras veces en medidas de ese tipo, pero la mayoría, creo, hemos desatendido el hecho de que no por dejar de comer se volvía uno incapaz de hacer otras cosas como leer, discutir, pensar, y hasta hacer chistes para, decíamos entonces, “levantar la moral de los grupos en huelga”. En la huelga de 1978, yo aproveché de leer un par de libros [curiosamente, a la luz de la actual huelga de hambre de los médicos con la cual nos solidarizamos, uno de ellos era "Némesis Médica" la devastadora crítica de Iván Illich a la medicina moderna], estuve entretenido con las discusiones que surgían espontáneamente en la "sobremesa" del mate que tomábamos ritualmente a "la hora del té" y tenía una vida de sueños muy activa, puesto que nos acostábamos temprano y dormíamos hasta tarde como nos aconsejaron (para ahorrar energías).

Si adoptáramos el hábito del ayuno voluntario en nuestra vida cotidiana no tendríamos las restricciones propias del contexto de la huelga de hambre y podríamos, en principio, realizar nuestras actividades normalmente. Aparte de expresar nuestra solidaridad con los hambrientos del mundo, estaríamos solidarizándonos con nuestro propio organismo, del cual a menudo abusamos como si nos estuviéramos "preparando" todo el tiempo para otra huelga. Estamos hablando de "sacarle el jugo" a nuestra experiencia no sólo en el aspecto político, que es lo que hemos estado intentando hacer todo este tiempo, sino también en la misma práctica del ayuno voluntario, como otra forma de lograr un equilibrio en nuestras vidas en un contexto poco favorable para el mismo como es la sociedad de consumo.3

Con esa posibilidad en mente les adjunto a continuación mi traducción libre de la segunda parte del texto que escribe desde Grecia Kostas Chatzikyriakou, donde plantea sus argumentos alentando a incorporar en nuestras vidas "el ayuno voluntario como una práctica de izquierda"4 y cuyas reflexiones iniciales sobre la práctica del ayuno dentro de la tradición cristiano-ortodoxa griega he sustituido con las mías sobre la huelga de hambre de 1977-78 iniciada por 5 mujeres mineras en Bolivia.

“Reflexionando sobre lo anterior, mientras daba una vuelta por el paseo de Heraklion a la orilla del mar –el mismo que, después de haber sido denominado "Avenida Marcapasos", puede que haya mejorado el sistema de corazón-pulmones de algunos de sus habitantes (según sus médicos), pero con seguridad extendió el dominio de los médicos a un aspecto más de la vida de todos sus habitantes, a saber, el paseo distendido mordiendo las semillas "passatempo" recomendadas para la reflexión peripatética (la que se realiza en la caminata que facilita la digestión)– llegué a formular la siguiente pregunta: ¿será posible para nosotros, descendientes de la simbiosis cultural romano-ortodoxa, defender el ayuno voluntario establecido por la religión ortodoxa griega como una práctica de izquierda?

A continuación, presento algunos de mis argumentos a favor de ello:

1) El modo capitalista –desde sus orígenes tempranos, pero hoy día aun más– se basa en gran medida en la fundación de un espacio-tiempo homogéneo, universal. Es decir, donde sea que se establece, este modo tiende a reemplazar el espacio-tiempo peculiar de cada lugar con su propio espacio-tiempo instrumental, abstracto; el mismo que se proyecta, además, como el único paradigma "correcto" respecto al cual todos los demás se definen de modo negativo. Según el modo del capitalismo tardío, todos los tiempos y lugares son igualmente apropiados para todas las actividades, las cuales son, a su vez, definidas como actividades mercantiles. La preservación voluntaria del hábito del ayuno –para nosotros, descendientes de la simbiosis cultural romano-ortodoxa (y está claro que el mismo argumento podría aplicarse a prácticas similares en otras culturas, el ayuno de otras iglesias cristianas, la exclusión del cerdo en su dieta que realizan hebreos y musulmanes, el vegetarianismo hindú, etc.)–, cuyo énfasis en la distinción entre días y estaciones que se experimenta en el propio cuerpo, ayuda a preservar la diversidad cultural y, como consecuencia, dificulta, aunque por sí misma no pueda impedir, la incorporación de todas las actividades al mercado.

2) La distinción entre alimentos que entran y no entran en el ayuno, que trae consigo la práctica del ayuno voluntario, se opone al “reduccionismo” que convierte nuestro pan de cada día en producto alimenticio, nuestro comer diario en "recargar las pilas" y el hacer nuestras necesidades –ya sea diariamente o no!– en la producción de desecho urbano comparable al canceroso desecho industrial. En otras palabras, la relación específica que el ayuno voluntario establece con las comidas prohíbe la transformación del cuerpo en otro más de los "sistemas de energía e información" cuyo funcionamiento correcto sólo sería conocido por aquellos profesionales que normalmente poseen el poder de convertir sus recomendaciones –vendidas en el mercado o impuestas por el Estado– en obligatorias.

3) El ayuno voluntario es una askesis (práctica de la renuncia, ascetismo) que cultiva hábitos personales que se perdieron, como ser la auto-disciplina y el comportamiento mesurado, hábitos que son absolutamente necesarios en un ciudadano. En nuestras sociedades de consumo, el ayuno voluntario puede abrirnos un espacio donde se pueda cultivar la solidaridad: el ayuno semanal (religioso) de los miércoles y viernes se puede convertir en un continuo recordatorio de nuestra obligación de responder al clamor de los hambrientos de este mundo (¡obviamente, esta solidaridad no se agota en la práctica del ayuno voluntario!).

4) Finalmente, la cuestión de la producción de alimentos se ha convertido en uno de los problemas políticos más graves de nuestro tiempo (se podría decir que siempre lo fue). El ayuno voluntario, autónomo, obviamente no religioso para los no creyentes, de casi 180 días (al año) de abstinencia de alimentos que provienen de animales no sólo restringe el consumo de carne embotadora de la mente que caracteriza a la llamada "sociedad de consumo", sino que también lleva a una relación más equilibrada con nuestro entorno natural en la medida en que las reglas y períodos del ayuno voluntario estén en consonancia con las características del paisaje de nuestro rincón del mundo. Por tanto, la adopción consciente, anunciada, públicamente declarada, del ayuno voluntario podría ser una propuesta similar a las explícitas opciones vegetarianas de otras colectividades que luchan contra la incorporación total del ciclo alimenticio en el modo capitalista/industrial.

Y puesto que todos los argumentos se basan tanto en la imaginación como en la razón: imagínense a un grupo de amigos en torno a una mesa, comiendo sus platos sencillos y sin carne, y disfrutándolos tanto como los acuerdos y desacuerdos que surgen en el curso de su discusión (p.ej. uno de ellos insiste –no sin razón– que la principal enseñanza que deberíamos sacar de la huelga de hambre es la capacidad de la gente para actuar políticamente sin la intermediación obligada de los partidos políticos, mientras que otro plantea –sin demasiadas esperanzas de ser escuchado– que tal vez la lección que habría que sacar de todo aquello es la necesidad de volver al ayuno voluntario como una práctica permanente incorporada en nuestras vidas cotidianas N.d.T.), mientras que sus hijos (en caso de tenerlos) están muy felices jugando al "doctor y sus pacientes" en otro cuarto. Comparen luego esa imagen con el comer rápido, silencioso y solitario de todos los días, que se propaga con el ostentoso estilo de vida moderno, y las salidas demasiado frecuentes de la familia nuclear los días domingo a los locales de comida rápida que atraen a los más jóvenes por estar más expuestos a la propaganda comercial de la TV. ¿Cuál consideran Uds. que se acerca más a la imagen de un lugar donde se busca y se practica el bien de modo convivial?”

*Versión original La Paz, 19 de agosto, 2003; editada el 6 de enero, 2017.

Notas
1 Jean Pierre Lavaud, "La Dictadura Minada. La huelga de hambre de las mujeres mineras. Bolivia 1977-1978". La Paz: IFEA/CESU/Plural Editores, 2003 (El texto íntegro es ahora de libre acceso en el siguiente enlace: http://books.openedition.org/ifea/4348) 
2 Se puede leer en el testimonio de Luis Espinal. En: Alfonso Gumucio Dagron (Comp.), "Luis Espinal. El grito de un pueblo". La Paz, Plural Editores/Fundación Xavier Albó, 2017, p. 169.
3 Ver las reflexiones de Luis Espinal al respecto. En: Ibidem, p. 173-174
4 Kostas Chatzikyriakou, Fasting as a leftist practice (El ayuno como una práctica de izquierda). Ponencia presentada en la inauguración del Centro Intercultural de Documentación Ivan Illich en Lucca, Italia: 13-15 junio, 2003. Manuscrito inédito al que se puede acceder en el siguiente enlace: http://www.pudel.uni-bremen.de/pdf/Fasting_1.pdf)



sábado, 27 de mayo de 2017

Alerta con la tentación neonazi*

En nuestro ambiente político se advierten actitudes de estilo neonazi, es decir totalitario. Lo malo es que detrás de un “estilo de acción” fácilmente se desliza también una “ideología”; y por lo tanto quien actúa con sistemas totalitarios apoya también las ideas y los valores antidemocráticos (aunque sea sin querer).

¿En qué se nota el estilo de acción neonazi? ¿Cuáles son algunas de sus características?

Los que creen que ellos tienen toda la verdad política, y solamente ellos la tienen, están en un esquema neonazi.

Los que usan las palabras sonoras como sustitutivo de las ideas, o a falta de las ideas iluminadas, se utilizan solamente los mandatos tajantes y los slogans, se acercan al totalitarismo. Porque convertir la política en simple publicidad comercial y patrocinar la histeria colectiva, esta es una técnica neonazi.

Los que creen en la lógica de la pistola, y patrocinan el terrorismo, lógicamente son neonazis. También lo son los que piensan en destruir, antes de saber qué se va a construir luego, como alternativa.

Los que siguen creyendo en el culto a los jefes y el prestigio de las personalidades políticas, están afectados por la tentación neonazi.

Creer más en los símbolos patrios que en la realidad concreta de la patria de carne y hueso, es otra de estas desviaciones. La patria son su gente, sus fronteras, su riqueza, y no solamente una emotividad abstracta.

No se puede tener tampoco una doble medida de la democracia y los derechos humanos: una para cuando se gobierna y otra para cuando se está en el llano; porque esta actitud llevaría a un típico error neonazi: creer más en el orden que en la justicia; o en otras palabras, pensar que puede haber un orden social que no se base en la justicia social.

En fin el resumen de esta tentación totalitaria en la política estaría en valorar más el resultado que al hombre.

En este momento preelectoral es muy importante valorar que la libertad humana solamente se puede fundamentar sobre la inteligencia y el conocimiento. Por eso sería peligroso apoyar una campaña electoral sobre la emotividad, o manipulando la zona menos racional y libre de la persona humana.

*Último editorial de Luis Espinal Camps en Radio Fides, jueves 21 de marzo 1980

Extractado de "Luis Espinal. El grito de un pueblo". Alfonso Gumucio Dagron (Comp.). Plural Editores, Fundación Xavier Albó: La Paz, 2017


sábado, 8 de agosto de 2015

Fragmentos de “Oraciones a quemarropa” - Luis Espinal Camps*

por Hernando Calla

Son 35 años del asesinato de Luis Espinal en nuestro país, que él hizo suyo con un gesto decidido de adopción al poco tiempo de su llegada a Bolivia en 1968. Desde 1980, cada 22 de marzo recordamos la muerte sangrienta de Espinal a manos de las oscuras fuerzas del (para) militarismo y el narcotráfico que ese año se coludieron con la pretensión de frenar el proceso democrático en curso. Ese proceso se había reiniciado con fuerza desde el triunfo de la huelga de hambre de mujeres mineras y sectores populares en 1978 en la que Lucho también participó con la misma radicalidad de adopción de su nueva nacionalidad pues, como escribió, “morir (de hambre) por un pueblo puede dar más ciudadanía que nacer en él”.
Seguramente por ello es que pocos sabemos el lugar y la fecha de su natalicio (cerca de Manresa, 4 de febrero, 1932) y es posible que también él olvidara la fecha de su cumpleaños; a lo más recordará su “Cumpleaños” en una ocasión para hacer un balance de la vida (desde una perspectiva cristiana muy exigente consigo misma):
La vida transcurre, se nos va de las manos;
y nos hallamos vacíos ante Dios…
Hemos gastado demasiada vitalidad en egoísmo:
Hemos buscado el éxito, la gratitud, el placer.
Hemos sometido el amor
a la ley de la oferta y la demanda;
lo hemos dado a quien no lo necesitaba;
y en cambio, hay hambrientos de amor…
En otra de las “Oraciones a quemarropa” (que publicó primero en España), escribió sobre el “Cansancio de ser cristianos”:
En este momento, en cada momento,
alguien muere, alguien blasfema,
una inocencia es atropellada,
una persona se suicida…
Y nosotros estamos pasivos,
sobre las ruinas del mundo,
preocupados por un botón.
El sacerdote jesuita Luis Espinal Camps llegó a Bolivia todavía joven aunque ya tenía una trayectoria de pensamiento propio y creatividad profesional como periodista y cineasta. A los que se añadía su sensibilidad social que se había manifestado en varias actividades con las que se comprometió decididamente, entre ellas, la producción de una serie de programas sobre problemas sociales para la televisión española TVE  denominada “Cuestión Urgente” y que había generado mucha expectativa en la España franquista.
En otro momento, el paso del tiempo dejando atrás la “Juventud” se le antojaba como una tentación al aburguesamiento:
Ya casi no somos jóvenes;
la vida nos ha madurado, y envejecido…
Nos sentimos cansados de luchar;
y quisiéramos ya una vida aburguesada.
Sin embargo, sólo era una forma de sacudirse la rutina y la tentación de la comodidad pues, de inmediato, sus versos invocaban la posibilidad del camino opuesto, aquel abierto por el Hijo del Hombre, muerto injustamente joven:
Jesucristo, quisiéramos ser como tú,
que no conociste la esclerosis
de la edad madura, y fuiste joven
hasta la muerte violenta.
Lucho tenía una gran empatía con la juventud y fueron los jóvenes de aquella época —particularmente aquellos que siguieron sus pasos como cineastas o críticos de cine— quienes más apreciaron lo trascendente de la llegada de Espinal a Bolivia para esa inquieta generación de los años sesenta y setenta en busca de darle sentido a sus vidas. Si aún pudieran escucharle los jóvenes de hoy, comprenderían que era alguien que intuía su malestar ante una sociedad en crisis que se expresa a través de la “Música moderna”:
Tú comprendes nuestra música,
expresión del hombre actual…
Tú conoces a estos jóvenes
que con voz sollozante interrogan…
Cada vez que golpean su guitarra
nos dejan en carne viva…
Jesucristo, nunca hubo
una nostalgia de ti tan difundida.
El “tecno” y el “rock” son una oración.
Escucha.
En otra ocasión hacía un ferviente llamado a “No ahorrarnos” la vida:
Pasan los años,
y al mirar hacia atrás
vemos que nuestra vida ha sido estéril…
Estamos ahorrando la vida,
por egoísmo, por cobardía.
Sería terrible malgastar
este tesoro de amor que nos has dado.
Pero así como era radicalmente exigente consigo mismo, el “Misterio de la persona” escondido en los demás le infundía respeto y amor; decía que solo cabe “una actitud religiosa ante el misterio de las personas”:
Cada persona lleva sus heridas,
su sensibilidad inexpresada,
el vértigo de su soledad…
Aún la persona más vulgar o despreciable
encierra su misterio;
si lo descubriésemos la llegaríamos a amar…
Haznos delicados para no profanar el misterio humano.
Por ello es que, aún después de 35 años, nos sentimos asimismo sobrecogidos ante el misterio de la vida, pasión y muerte de Luis Espinal, frente a la indecible crueldad con que lo asesinaron. Poco tiempo antes, alguien que trabajaba en su casa de Miraflores lo vio pálido e inmóvil, como ausente (“ido”) en su habitación, “parecía haber recibido el impacto de una anticipación del violento final que le tenían preparado las oscuras fuerzas que conspiraban en las sombras de la noche”.  Años antes, él lo habría asimilado quizás a los “Mandatos incomprensibles” del Señor de la Vida:
Jesucristo, aceptamos esta muerte
que nos roe la persona.
Sabemos que son tus manos
las que nos magullan amorosamente,
las que nos desfloran el alma…
Jesús crucificado…
No nos dejes morir más de la cuenta.
Señor
¡cómo tememos que sea sólo un suicidio
nuestra crucifixión!
Luis Espinal, Director del Semanario Aquí en Bolivia, murió el 22 de marzo de 1980 a consecuencia de torturas, vejámenes y disparos a quemarropa que le infligieron agentes del Servicio Inteligencia del Ejército (Sección II) a las órdenes del coronel Luis Arce Gómez hoy recluido en Chonchocoro por delitos de alzamiento armado y otros crímenes.
Hernando Calla, La Paz, 28 de marzo, 2015

Publicado originalmente el 8/04/2016 por el periódico digital Semanario Aquí. (http://www.semanarioaqui.com/index.php/opinion1/4107-fragmentos-de-oraciones-a-quemarropa-luis-espinal)

*La edición más actualizada de "Oraciones a quemarropa" es de Plural Editores y Fundación Xavier Albó, julio 2015.